Uber Cuba 0085


· Uber Cuba 0084


Usaba un vestidito rojo a la altura de las nalgas. No me pidió permiso para montarse. Abrió la puerta delantera del taxi y se instaló a mi lado. La dueña de los caballitos. Una yegua, una caballa.

―Dale ―me dijo, en inglés―, que voy tarde.

Y puso una navaja en mi yugular.

Suena inverosímil, lo sé. Una acción fuera de contexto, sin efecto dramatúrgico y sin la más mínima justificación. Como la vida misma.

Pisé el acelerador de mi Uber. El Chevy Opala patinó un poco por la bachería de Richmond Heights (la ineficacia proletaria no es exclusiva del socialismo), metió dos o tres brincos en los que el filo de la navaja me acarició la garganta, pero eventualmente logré enrumbar mi Uber hacia el sur, llevándome los semáforos del Big Bend Boulevard de Saint Louis. Al filo de la madrugada mizzou.

De pinga. Mi vida en las manos temblorosas de una adolescente tomada o drogada o, preferiblemente, ambas profesiones en una. Mi cabeza sostenida por el reluciente metal y los destellos rojo sangre de su telita de matarife madonna.

―No bajes de 120 ―me dijo, siempre en inglés.

―¿Kilómetros por hora? ―traté de precisar las unidades internacionales, en aquellas condiciones yo no podía arriesgarme a un error de escalas.

―No te hagas el inmigrante sin papeles, big boy ―me contestó, me cortó―. Tú sabes bien que aquí 120 son siempre 120 millas.

Y, tal como me lo ordenó la adolescente angloparlante (esa rareza lingüística en los Estados Unidos), a 120 millas por hora puse a volar el taxi, tan pronto como nos montamos en el expressway. 

Íbamos, según me guiaba la aplicación de Uber, hasta el parque de diversiones de Six Flags: seis banderas confederadas a falta de estatuas para conmemorar la legalidad decimonónica de la esclavitud.

Ella iba relajadísima. Como si tal cosa. Como si amenazar de muerte a los choferes fuera su hobby escolar. Una tarea de clase. Una prueba inter-semestral o de fin de curso (por cierto, los semestres en las escuelas de este país duran poco más de tres meses).

Me pidió poner música. Prendí la radio. Se rio de mí. Ella quería la música de su Playlist, conectada vía Bluetooth desde su súper iPhone con la reproductora coaccionada de mi carro.

Todo se lo permití. Tampoco tenía muchas alternativas en lo que me quedaba de vida. La niña echaba chispas afiladas por sus ojos de vidrio verde limón. Verde lunático, verde que la quiero verde. Bajo la luna republicana, grandes estrellas polares y montañas rusas vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba.

Cuando llegamos al parque de diversiones, por supuesto, a esa hora estaba del todo desierto. Y no eran ni las doce todavía. América ya no quiere ni sabe ganar ganancias. 

Los aparatos rotos de solitario metal, puestos a dormir sin custodios. Las casetas de tickets, abiertas. Papeletas por todas partes, vaciadas de cualquier valor numismático. Y, haciéndole justicia al nombre del siniestro sitio, seis enormes banderolas confederadas ondeando en pleno hondón norteamericano.

La del vestidito rojo a la altura de las nalgas me dejó de amenazar con la navaja. Me pidió perdón por su exabrupto. Me dio las gracias. Y entonces me invitó, con un generoso gesto de buena voluntad de su índice derecho, a acompañarla.

Apagué la música. Sonaba a una mezcla de Kim Kardashian con Kate Bush. Me bajé de mi Chevy Opala. Avancé tras ella. Iba como poseída. Iba, literalmente, poseída.

Fue hasta la montaña rusa. Se montó, como si de un taxi Uber se tratara. Me pidió prenderla. Lo hice, sin necesidad de coacción venosa o arterial. Me gritó ya en movimiento que la pusiera en el modo Turbo Test, que es a exceso de velocidad, una variante de vértigo que no se usa con personas montadas, sino sólo para probar la confiabilidad del sistema y la resistencia a la fatiga del tuerqui-tornillaje del aparato.

Minutos. Acaso horas. Viaje vertiginoso en círculos antigravitatorios. Curvas de vómito. Su espina dorsal con la polaridad invertida, como dicen que le ocurre al planeta una vez cada mil novecientos cincuenta y nueve millones de años. 

Así la vi pasar ante estos ojos miopes que se los va a tragar precisamente La Tierra: dos, doce, veinte, doscientas, dos mil dos veces. Era como una estrella fugaz. Era, literalmente, una estrella fugaz.

Nunca fui tan feliz de haberme ido para siempre de Cuba.

Cuando en una de las vueltas me hizo la señal de STOP, con una manito cortándose el cuello, obedecí enseguida y paré aquel demencial tiovivo astrológico. Ella se bajó sin pizca de mareo, relajadísima. Me agradeció nuevamente, en su inglés nativo de tan pocos años de práctica. Y me tomó de la mano. 

No quedaban en ella trazas de asesina en serie en el Holoceno. Ahora en mi pasajera se revelaba su naturaleza secreta de ángel. Mi ángel, gracias. Nunca te lo agradeceré demasiado.

Entonces me condujo hasta la estrella polar. Que aquí le llaman, creo, “la rueda del hada”. Y se montó. Y me pidió prenderla. Y lo hice, sin necesidad de otra violencia física o verbal que no fuera la de su belleza de virgen insomne. 

Me pidió ya en movimiento que la pusiera en el modo Panorama, que es casi con cero velocidad, una variante en cámara lenta para disfrutar eternamente del paisaje hasta el horizonte y más allá, según suben y bajan los carricoches de diseños infantilizados, como América del Norte toda lo está, incluidos indios y cowboys de tramoya genética para eludir el pago de impuestos. 

Con el mismo gesto generoso de su índice derecho me invitó a montar con ella. Y montamos, en aquella estrella de hierros más o menos oxidados por el salitre de tierra adentro de tres siglos de capitalismo devenido hoy un contemporáneo cadáver. Y viajamos hasta el cielo, mi pasajera de Uber y yo. A mínima velocidad.

Fue allá arriba donde sacó otra vez su arma blanca. Pero esta vez la deslizó por su propia yugular. Pensé que estaría jugando a asustarme. Pensé que incluso la sangre en este parque de diversiones debería de ser pura diversión: agüita de colorantes baratos, coágulos sintéticos con polímeros de importación (Made in China), venas y arterias plásticas, tejido adiposo de styrofoam, pasto para selfies suicidas en Instagram, con la etiqueta #TerrorizeCubans o #PrankOrlandoLuisPardoLazo.

Pero no. No importa. Qué va a importar.

Lo dicho. Nunca fui tan feliz de haberme ido para siempre de Cuba.

Gracias, mi ángel, gracias. Nunca te lo habré de agradecer demasiado.


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