Uber Cuba 0078

· Uber Cuba 0077


“Como los hombres cubanos no pudimos matar en vida al dictador cubano, pues ahora matamos sin coger mucha lucha a las mujeres cubanas. Claro, siempre después de singárnoslas. Preferiblemente, durante varios años. Con hijos incluidos.” 

“Es decir, las matamos cuando ya hicimos con ellas todo lo que teníamos que hacer y, por lo tanto, sus piltrafas ya no nos sirven para nada. Pero tampoco podríamos dejar que sus mondongos les sirvan a ningún otro cubano, ni a nadie. Y por eso les bajamos sus correspondientes cuatro o cuarenta buenas puñaladas, partiéndoles desde el culo hasta el corazón.”

“En el extranjero, las feministas y los afeminados llaman a este acto de elemental venganza: feminicidio. En Cuba y en el exilio cubano todos sabemos, pero lo callamos, por las apariencias, que se trata meramente de justicia social.”

Duras palabras, ¿no? Parecen sacadas del diario de un loco, pero tampoco es para tanto. Es el diario de un lúcido. La realidad es mucho más rala que la más radical de las retóricas. Me explico.

Esas son palabras copiadas textuales del diario de un pasajero, con subrayados y todo. Un blanconazo medio capirrón, que dejó abandonada su libretica rayada a mi lado, en el asiento de atrás de un Subaru, al bajarse de nuestro Uber Pool que seguía dando tumbos y vericuetos, desde la médula rascacielos de Brickell hasta un condominio gentrificado de South Miami.

Y decía mucho más aquel diario. Por un momento, pensé en entregarlo a la policía de la ciudad. Pero después pensé: qué policía ni qué policía de qué pinga. 

Primero que todo, se trataba de un compatriota cubano y, por lo demás, con ciudadanía estadounidense y todo, yo bien sé que los Estados Unidos nunca podrán ser de verdad mi país. Ni el país de nadie.

Por último, tampoco pensaba devolverle su libretica rayada a mi compatriota. Que se jodiera. La guerra es la guerra. Porque, entre aquellas dos tapitas de pasta color rojo escarlata, esbozada entre el marabuzal de aquella letrona de caballón cerrero, de burro oriental recién acabado de bajar de una Sierra Maestra psicópata, allí me estaba esperando, ansiosa, al acecho, casi ya lista para su publicación instantánea por Editorial Hypermedia, por ejemplo, precisamente como si fuera la más puta de las putas en celo, una novela de asesino en serie sensacional. Al filo de Pedro Navaja.

El capirro blanconazo, después de una decena de párrafos como los que les copié en primicia exclusiva al inicio de este Uber Cuba 78, se lanzaba entonces a fondo a contar. A contar crímenes y no cascaritas de piña. Crímenes cometidos por él, con las propias manos de construir una carretera de una punta a otra del estado encharcado de La Florida.

Ojalá haya sido mentira todo lo que decía en su diario aquel tipo. Pero, a los efectos de mi novela de un serial-killer criollo en el exilio, me da irrevereconsultivamente igual. Anécdotas son anécdotas: la literatura no tiene otra ética como no sea la de una alta narratividad. Hemoglobina a pulso. Vísceras en vilo.

Nuestro hombre mataba por matar exclusivamente a cubanas, como correspondía según su teoría del machismo frustrado bajo el mantra marxista de la Isla. Atesoro así, en su libretica rayada, por lo menos una veintena de cadáveres: todas y cada una de ellas con lujo de detalles sobre cómo el varón vil se las templaba a lo bestia antes de descuartizarlas. En ocasiones, en simultáneo. O sea, las picaba en pedacitos todavía con su pingón santiaguero dentro de las vaginas vaciadas de vida por su vocación de venganza.

Escatológico. En el sentido religioso del término. 

Porque no hay Historia de la Revolución más allá del límite libidinoso de ultratumba que representan estos relatos sin ideología. Esas muertes violentas en un sentido son nuestra mejor poesía revolucionaria: el conversacionalismo que nunca consiguieron cristalizar los conversacionalistas comemierdas cubanos, empezando por el espantapájaros de Roberto Fernández Retamar, que al parecer por fin acaba de fallecer en La Habana (aunque, con los poetas pésimos, eso nunca se sabe). 

Esos cuerpos femeninos hecho papilla, cuando estaban a punto de venirse como unas perras sin patria, junto a la plusvalía estética del relato natural de la descojonación o más bien desuterización, son el realismo mágico socialista que nos faltó en el siglo XX, que fue cuando único hubo esperanza para la literatura cubana, porque, como debe ser ya más que evidente a estas alturas de la historieta, sin Estado Totalitario es inconcebible ningún tipo de literatura cubana.

No sé si el tipo seguirá o no seguirá activo. Acaso la falta de su diario lo haya paralizado. Lo cierto es que siempre sigo las noticias de condenas de muerte a cubanos de costa a costa de los Estados Unidos. Sólo me falta ese datico para rematar mi novela de él. Nuestra obra cumbre a cuatro manos y cuarenta cadáveres. Por desgracia, yo, como él, como para colmo así también lo ha declarado hasta Leonardo Padura, soy un escritor sin imaginación.

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