Uber Cuba 0074


· Uber Cuba 0073



Él lucía tan lindo, tan joven, con su barba de azabache y sus ojillos de lector, coleccionista, archivero, provocador racional, etc. Lúcido como carajo. Un Abel sobreviviente al totalitarismo caribe. Con toneladas de mujeres y machos a rastras, muriéndose por él de cátedra en cátedra, relamiéndose los labios en vano, de una punta a otra del exilio académico poscubano y antinorteamericano. Y él como si nada, como si con él no fuera la cosa. Incólume de remate, con esa luz medio célibe que cae como un spotlight conceptual sobre los elegidos por la magia del ensayo, que es el género por excelencia de los geniecillos y exégetas que llegan, acaso convenientemente tarde, a poner un poco de orden después de la catástrofe y el caos. Tipos duros, pero a la vez de muy buenos modales, con el don natural de interpretar la gloria que se ha vivido, sobre todo en épocas épicas como, por ejemplo, la Revolución Cubana.  

Yo lucía tan raído, tan resentido, tan resabioso de ejercer ese oficio impúdico que es encarnar en público, a nombre del cobarde pueblo cubano, el epíteto estéril de ser un anticastrista radical. Un Caín ya al borde de los cincuenta, cada vez más chocho y avejentado, panzudo a pesar de no contar con un solo artículo de opinión citable en medio de la academia cómplice. Sin carrera científica o humanista ni la cabeza de un guanajo. Sin libros deslumbrantes para los Abeles y Desiderios de la victoria. En fin, un perdedor nato, así en la Isla como en el Exilio. Y, para colmo, sí, nostálgico a matarme y bien, qué tanto lío, melancólico como un mongólico de aquella aura caída de mi Revolución Cubana personal, que para Orlando Luis Pardo Lazo significó íntimamente la infancia y la felicidad. Abajo la democracia. Abajo los presos políticos y los fusilados. Muerte a Girón y a Peter Pan. No renunciaremos así como así a nuestro tótem tierno y tiránico, a nuestro comandante tan cruel como cool.

Salíamos de una conferencia en NYU. Como de costumbre, él brilló y arrancó aplausos. A mí me abuchearon y una profesora de origen cubano propuso denunciarme, acusado de “acoso intelectual”, ante los abogados de la oficina de Title MCMLIX de su universidad. Ese es el clima correcto entre colegas y compatriotas. Me encanta.

Ahora los dos estábamos en un Uber Pool, el ensayista brillante y el escritor opaco. Viajábamos de vuelta a los dormitorios de estudiantes graduados, si bien ambos estábamos bastante pasaditos de tiempo para aprender ya nada. Se nos había ido la biografía sin darnos cuenta, como agua igualitaria entre las manos. Ninguno de los dos pertenecía a esta realidad retórica, pero tampoco teníamos alternativa. Para la Cuba geográfica, ni para coger impulso. Éramos, además, dos animales de carroña alimentándose de las vísceras viles del pasado. Él con gracia, yo con grosería.

Fui a decirle todo esto, pero no le dije nada de esto. Le pregunté la hora. Elogiamos la comelata gratis, pagada por los magnates marxistas de la universidad. Hicimos un par de chistes anticubanos y algún que otro comentario despectivo sobre la mediocridad masiva de este país, los antiguos Estados Unidos de América.

Él brillaba incluso en privado. Creo que el chofer del taxi medio que se fascinó lgbtqiamente con él. Quería entrometerse en nuestra conversación y, cada vez que yo trataba de aportar algo, nos interrumpía para demostrar su espontáneo desagrado con mi participación.

Yo no podía dejar de pensar: no quiero seguir viendo este paisaje, no quiero seguir teniendo estos diálogos, no quiero seguir siendo un cubano incapaz de no estar rodeado de cubanos.

Él estaba sano. Yo, enfermo. No era una conversación entre iguales. Terminada la representación, era la hora de protagonizar cada cual su propia desaparición.

Él, de cuello y corbata, al salón aterciopelado de los triunfadores. Yo, con camisa de fuerza, al cajón de sastre de los juguetes despingados.  

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