Uber Cuba 0027

Rumanía es un país de brujas. Durante los años iluminados de la Unión Soviética, el comunismo convirtió a todas esas magníficas mujeres en profesoras de Marxismo-Leninismo en la universidad estatal. Es más: las elevó al estatus de jefas de cátedra, devoradoras de cerebros y dictadoras de conceptos científicos sobre la base material y la superestructura de la justicia social. En fin, que la URSS puso toda esa energía vaginal vampiresca en función de los medios de producción y la dialéctica de la construcción de utopía en La Tierra. Ah, pero después de la caída de los Ceausescu todo se fue a la mierda. Y las elenitas vampiras volvieron a sus orígenes transilvánicos de avidez genital y sed de sangre post-socialista. Es decir, la mayoría de ellas se metió a manejar taxis Uber en un exilio de terciopelo llamado New York. O, más exactamente: Manhattucarest.

Iba yo en uno de esos taxis Uber por la Lexington Avenida.

La tipa se viró para mí y me dijo:

―Cubanez? Ești cu adevărat cubanez?

Supuse que me preguntaba si su presa (es decir, yo) era realmente cubano. Los ojitos le brillaban con fuego gitano. Me temo que me tembló un poquito la voz cuando le contesté:

―Da, sunt cubanez. Sunt din Cuba.

Pero la chofer rubia platino no se mostró tan interesada en mí, sino en mi nacionalidad:

―Este mort Fidel Castro?

Manda pinga esto, pensé, ya empezamos otra vez con la singá cantaleta de Cuba y la Revolución.

Por supuesto, estábamos en noviembre de 2016. Viernes de noche. Raúl Castro acababa de salir en la televisión cubana anunciando la muerte de su hermanito mayor. Y esta bruja de seis pies y dos pulgadas al volante ya tenía la primicia del notición.

Me puse serio. Solemne, circunspecto. La miré cara a cara a través del espejo mágico retrovisor. Qué lástima de mujer perdida para la mafia rumana. Qué desperdicio de cuerpo de combate para una buena película de pornopolítica criminal. Qué tristeza constatar cómo el mujerío rumano en el siglo XXI ha vuelto a renunciar a su libidia sin límites y otra vez se dedica a preocuparse por los destinos del proletariado mundial. Pensé que la chofer de mi Uber (conducía un Dacia, por supuesto) durante el día seguro que se ganaba la vida enseñando Estudios Neocoloniales en la New York Universitate.

―Fidel Castro es inmortal ―le dije―. Tú sabes, como el compañero Vladimir Drácula.

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