Uber Cuba 0088

Otra vez debo advertirlo desde el inicio. Esta anécdota puede llevarme a la cárcel en los Estados Unidos. En algunos estados, incluso a la pena capital. Pero no tengo más remedio que contarlo. Esta es la hora de declarar la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.

La chofer se llama Gloria Beatty. O, al menos, ese era el seudónimo más o menos cinematográfico que ella usaba en la aplicación de Uber. Desde que me recogió, en casa de NDDV, en un bungalow de Pasadena camino al aeropuerto de Los Ángeles, se puso a hablar como una loca. Literalmente. Literariamente.

Me dijo que vivía con varios roommates por la zona de Beverly Hills. Alguna vez le había interesado, como a todos los que vienen jóvenes a California, trabajar en una película importante y hacerse famosa de inmediato. Idolatraba a la actriz Lillian Roth. Quería conquistar el mundo de la pantalla grande, como todas. Y conquistar, como todas, a una audiencia masculina de corazones canallas. (Estoy haciendo un esfuerzo de traducción instantánea de sus palabras, de sus parlamentos acaso sacado del último guión que memorizó.)

Era obvio que Gloria Beatty tenía talento. También era obvio que Gloria Beatty estaba cansada. Muy, mucho. Una mujer exhausta. Y, a estas alturas, ni siquiera había conseguido registrar su nombre en el Central Castings Bureau. Así que ni soñar con su fulminante estrellato.

Antes de la salida del expressway hacia el aeropuerto LAX, y sin hacer el menor intento de anunciármelo con antelación, Gloria Beatty desvió nuestro taxi Uber hacia el mar, que en Los Ángeles, como en toda la costa oeste de los Estados Unidos, se pronuncia “Océano Pacífico”.

No le pregunté nada. Ella sabría. El exilio cubano es así. Una sorpresa tras otra, un laberinto infinitamente más enredado dentro un laberinto facilito de desentrañar.

Era la hora violeta de la puesta de sol en América la magnífica. Las nubes lucían ensangrentadas a contraluz, gravitando como una amenaza sobre la línea claustrofóbica del horizonte nipón. A veces, aquí, uno extraña tanto a Pearl Harbor. Mejor dejémoslo ahí.

En cualquier caso, el astro rey se hundía ahora en el agua sin pedir ayuda de nadie. Por gravedad, por rutina. Como ella misma naufragaba en su propio tedio vital, sin otro signo vital que sus cabellos de ángel hechos todos un remolino de luz rubia ante la brisa marina: alisios en el país de las maravillas, aire asfixiante un poco post-norteamericano y ya casi pre-asiático.

Gloria Beatty dijo, sin necesidad de interpretación (basta con ponerle unas cuantas cursivas intraducibles, por culpa de cierto criterio editorial):

Lovely, lovely, lovely. Lovely, lovely, lovely.

Y, en efecto, el paisaje lo era. Precioso, precioso, precioso. Precioso, precioso, precioso. Como creo recordar que decía un pasaje sin importancia, y por eso mismo aún más memorable en pleno siglo XXI, de la edición cubana de “¿Acaso no matan a los caballos?”, una novelita de Horace McCoy traducida para la audiencia cautiva de la Revolución Cubana quién sabe si por José Rodríguez Feo o por Ambrosio Fornet, para no invocar en pleno Tercer Milenio al fantasma finisecular de Andrés B. Couselo.

Los pescadores pescaban. Los paseantes paseaban. Todos apurados o entretenidos, pero todos haciendo cualquier otra cosa excepto contemplar extasiados aquella puesta de sol. 

―Pobres tontos ―dijo mi preciosa, preciosa, preciosa chofer de Uber tan pronto parqueamos junto al muellecito, con su mirada de mujer preciosa, preciosa, preciosa, perdida en el vacío de un planeta sobresaturado de información―. Están ciegos, don´t they?

Y entonces añadió:

―Una puesta de sol así vale más que cualquier pesca o paseo, ¿no?

Preferí callarme. Era obvio que dentro de ella se alojaban ya todas las respuestas y contrarrespuestas. Pobrecita la norteamericana. Pobre su cabecita blonda de hembra harto harta de vivir, pero todavía mucho más temerosa de morir. Debió de haber nacido en Hiroshima, a principios de agosto del verano vil de 1945.

A un lado de la bahía rielaban como unas luces no sin timidez. Anochecía apenas. Era la tierra prometida, el país de la fantasía. Malibú, donde las estrellas de cine se recluyen a brillar durante el plazo justo de una vida y una carrera estelar. También, algunos cometas y meteoritos fugaces, como Gloria Beatty.

Always tomorrow ―reflexionó en voz alta para nadie, al menos no para mí―. The big break is always coming tomorrow.

No le voy a dar más vueltas a la bola escondida. La tipa me pidió que la matara allí mismo. Registró el nido de pájaros de su carterita y sacó un revólver de miniatura.

―Toma ―dijo―. Mátame, por el amor de Dios. It´s the only way to get me out of my misery.

Para los cubanos que no saben leer en inglés (aunque, desde la Campaña de Alfabetización de 1961, los cubanos en general no saben leer en ningún idioma), “misery” no significa “miseria”. O acaso sí, pero no material, sino del alma, ese eufemismo en un país ateo como es Cuba, como son los Estados Unidos.

Sus ojazos azules tenían un poder de convicción del recontracoño de su madre. Me excitó pensarla desnuda, frágil, vulnerable. Templar su condición miserable, singar su alma en pena. “Tiene razón”, pensé, a esta pobre criatura no hay manera de que nada ni nadie la haga feliz bajo el sol, ni siquiera bajo una puesta de sol.

Cogí el arma. La rastrillé. Estaba cargada.

―Estoy listo ―le dije―. ¿Dónde?

―Aquí ―me dijo―. En la sien.

―¿Ahora?

―Ahora.

Le puse la pistola en la sien derecha y disparé. Ella cayó lentamente sobre su lado izquierdo, como corresponde a las leyes de la mecánica newtoniana, como un pequeño príncipe mordido a voluntad por la serpiente insolidaria del capital. Nunca antes había amado tanto a una mujer, nunca antes me había entregado tanto por nadie. 

Sólo después fue que miré a ver si había alguien alrededor. Curiosos, extras del escenario, homeless, policías, lo que fuera. Pero no, Los Ángeles estaba más desierto de lo acostumbrado. Además, la pistolita de juguete casi ni sonó. Y el viento transcontinental se había llevado enseguida hacia el tren de olas el escaso ruido y el sagrado humo de una muerte de mentiritas. 

Entonces tiré la pistola al agua. Y me fui en su carro de vuelta hacia el aeropuerto LAX. Un Chevy Malibú del año. Se me hacía tarde. Y Miami me esperaba para la presentación de mi libro “Espantado de todo me refugio en Trump”, recién publicado por error unas semanas atrás.

Lo dije al inicio y otra vez debo advertirlo ahora al final. Esta anécdota puede llevarme a la cárcel en los Estados Unidos. En algunos estados, incluso a la pena máxima. Pero no tuve más remedio que contarlo. Para los cubanos sin Cuba esta es la hora de declarar la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.

Condenadme, no importa. No hay forma humana de que la historia de Cuba y los cubanos vaya a absolver a nadie.


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