La maldición de Los Zafiros

Era el verano de 1968 y unos niños camagüeyanos llegábamos a Varadero: el Estado nos premiaba por nuestros resultados en la escuela primaria. En un trío de almendrones todavía sin historia habíamos hecho el viaje larguísimo y ahora nuestros tutores decidían refrescarse en la cafetería del hotel Kawama, a la entrada del balneario. 

No recuerdo cuál fue la merienda vespertina, pero sí a un individuo que salió disparado, con gran elegancia, desde la cantina hacia la puerta. Apenas lo vimos, pero el agregado de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) que presidía aquella interesada excursión, comentó: “es el maricón de Los Zafiros”. 

A los jóvenes de ahora, tengo que explicarles que Los Zafiros era el grupo vocal más famoso del país, con cuyas canciones soñaban y bailaban los adolescentes (lo que en breve haría yo también). Si la alegría es característica de los cubanos, nadie la ha manifestado como ese grupo, cuyo cantante fundamental era, efectivamente, alegre: gay

Pero Los Zafiros sabían hacer igualmente versiones insuperables de canciones serias y elegíacas, y en la mayoría de ellas disfrutábamos la voz y la figura varonil del maricón, un tipo que no necesitaba tatuajes ni manoteos ni ropitas curiosas para seducir con su dulce masculinidad de mulato. 

Una sensualidad intensa y humana, desprovista de groserías, emanaba de él cuando cantaba “La caminadora”. Y ahora que el asunto de los derechos de las personas no heterosexuales está candente en nuestro país, he recordado a este maricón maravilloso en una frase de dicha canción: “Permita Dios te disgustes con el que te vaya a amar, y no te puedas casar con el hombre que te guste”.

El culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre —aquí tanto liberal me acusa de fantasioso o traidor—, exige el respeto a la dignidad plena de la persona no heterosexual. Obsérvese que Martí siempre habló de dignidad plena, no simplemente dignidad. A partir de la orientación martiana se abren dos corolarios: que no se puede hablar de dignidad sin reconocer todos los derechos de todas las personas, empezando por los derechos políticos, y además en sentido dinámico, porque es imposible prever qué derechos exigirán las generaciones que han de venir; y que la dignidad es plena, es decir, es un estado de satisfacción reconocible por los sujetos de ese derecho, no una dádiva parcial y controlada desde el poder

El debate actual sobre el llamado matrimonio igualitario ignora este ejercicio elemental de pensamiento. Como decía el maricón Virgilio Piñera, somos un pobre pueblo que no sabe definir. Como si el horizonte teórico de la nación se limitara a la frase popular de Los Zafiros, que desde luego no pasaba de ser un chiste. Hace rato que debiéramos haber superado el nivel de la graciosa caminadora de los sesenta, para quien el matrimonio era su destino absoluto. Y en efecto: cuando menos lo esperábamos se ha caminado, en una marcha llena de gracia desafiante, hacia la claridad del problema.

El matrimonio entre homosexuales, entendido como la protección de la ley para este tipo de unión, es una necesidad para los cubanos de ahora, independientemente de su orientación sexual. Los que se oponen por razones religiosas —yo soy católico, y mi obispo casi coincide conmigo— ignoran que la fe no es para todos, porque Dios no ha determinado esa unanimidad, y que no se puede obligar a nadie a creer: el orden civil y el religioso son distintos. Y como no hay palabras de Cristo en los Evangelios sobre este asunto —silencio significativo—, la interpretación queda abierta incluso para los cristianos. Allí donde Dios calla, los profetas debieran ser cautos. 

En cuanto a los comunistas (divididos entre los ortodoxos, que recuerdan las palabras y las gestiones de su líder condenando a los homosexuales, y los liberales, que se dan cuenta de lo peligroso que resulta mantener esa y otras ortodoxias): insisten en la conveniencia de aprobar o prohibir, pues para ellos existe o no existe solo lo que se aprueba o se prohíbe desde arriba. 

¿Pudiéramos volver a Martí? Ya los policías comentan que yo me dedico a tergiversarlo y pronto seré borrado de la lista de sus exégetas, por mi conocida incapacidad y maldad. Pero estudien el caso anterior de matrimonio peliagudo: sí, Martí se ocupó del asunto del matrimonio entre personas blancas y negras, tabú por aquel entonces, aunque era legalmente posible (y exigido por San Antonio María Claret para los curas amancebados con negras o mulatas). 

Desde luego, Martí estaba a favor del matrimonio interracial, pero no dejó de apuntar que las dificultades para extenderlo se resolverían desde abajo, entre la gente pobre, carente de mucho, y carente también de prejuicios. Y justo eso fue lo que ocurrió, ya en la República. Gracias a esa apertura desde abajo, tenemos la pintura de Lam y la música mulata de Los Zafiros. 

Pero dicen que la supuesta solución del problema LGBT en Cuba sería nada menos que una frase del papel constitucional o de otro código de menos nivel. Los comunistas reclaman el derecho de pernada de controlarlo todo, qué es familia o matrimonio, quién se casa con quién, quién es artista o no, si es moral o inmoral esto o aquello. Y todo lo que controlan, fracasa. Fracasaron en la marcha del pasado 11 de mayo, cuando buena parte de lo más esclarecido de la comunidad LGBT cubana decidió actuar, desde abajo y por su cuenta.

Matrimonio igualitario. Stonewall de La Habana.

Así fue el Stonewall de La Habana

Maykel González Vivero

El 11 de mayo, tras la cancelación del desfile LGBTI+ más famoso de Cuba, impulsado por Mariela Castro Espín, el activismo independiente realizó su propia marcha, que terminó disuelta por la policía antes de llegar a su destino.

¿Pidieron permiso para vivir juntos, toda una vida, los maricones René Portocarrero y Raúl Milián, glorias de la patria? ¿Será que la Constitución del 40 realmente garantizaba las libertades individuales? Que yo sepa, en aquel clima de machismo jamás fueron molestados por el gobierno. Tal vez porque el maricón Gastón Baquero era amigo y admirador del dictador Batista, a quien llamaban el Hombre.

Podrá aprobarse el matrimonio entre homosexuales en Cuba si los comunistas lo encuentran conveniente para sus intereses, pero los casados tendrán que enfrentarse a una sociedad que sigue siendo hipócritamente homófoba, por incultura, por estupidez, y en buena medida por cobardía. En medio mundo a nadie le interesa lo que haga el vecino, siempre que no moleste; pero aquí la tradición cederista dicta lo contrario, y quiera Dios que a la pareja sexualmente disidente no la agredan los vecinos. Si se ha matado a mujeres, hay que prever lo peor. 

Por otro lado, dudo que entre los homosexuales varones sean tantas las ganas de casarse. Los varones, con independencia de la orientación sexual, no somos demasiado matrimoniables. 

En cuanto a los comunistas: cultivarán entre sus filas y sus partidarios la mayor cantidad de homofobia posible. De lo contrario no podrán hacer lo que estuvieron haciendo el mes pasado con los detenidos de la marcha: burlarse de su condición sexual. 

La policía política nunca renunciará a la denigración y descalificación de los opositores con argumentos sexuales: putería, mariconería, libertades así. Con fotos y grabaciones que violan la privacidad del ciudadano, supuestamente defendida por el papel constitucional. Y para eso hay que tener público, excitar a los evangélicos para que sean más homófobos cada día, según las tradiciones de la Unión Soviética y Corea del Norte, como han orientado por escrito a algunos líderes cristianos. Y cuando esos líderes discrepen del gobierno, recibirán su dosis de escarnio. Por maricones.

No pueden luchar contra la homofobia aquellos que sienten fobia, odio activo y violento, contra los que piensan distinto. Y una sociedad que está penetrada por ese odio, no dejará manifestarse jamás la dignidad plena de la persona no heterosexual. Que no solo es convivir con la persona amada, sino expresar sus valores abiertamente y sin limitaciones en la vida social. Y hacerlos triunfar, porque son buenos, porque son imprescindibles para todos. 

El socialismo no ha visto en cien años una cultura del respeto y la delicadeza, de la diversidad, el entendimiento, la concordia y la paz. El socialismo hasta ahora ha sido macho. Egoístamente macho. Biológica y puercamente macho. Ha sido una civilización de la porra de marabú, y de otras porras identificadas con los efebos reclutas del servicio militar, tan protegidos por algunos oficiales en esos dos años de barracón y calabozo. 

El matrimonio igualitario, como realidad del socialismo, no es otra cosa que una maniobra para conservar un régimen que no sabe cómo sostener los derechos de la gente. Pero, al mismo tiempo, la realidad de tener que aceptarlo es una derrota estratégica de este socialismo. Que va pariendo ya costosas derrotas tácticas.

La dignidad plena del hombre es una meta elevada, difícil e inacabable. No se impone desde arriba con un papel y no se agotará con ningún éxito. Sale de abajo: por la libre y responsable acción de los actores sociales, que solo es posible mediante el ejercicio de las libertades civiles. Va imponiéndose cuando se obliga al poder a reconocer las demandas, no cuando el despotismo ilustrado intenta limpiar sus establos o acomodarse a circunstancias manejables. 

Se lucha en varios frentes, y se vence en algunos. Los cubanos tenemos la ventaja de conocer la meta con la claridad de la palabra y la acción de José Martí: un apasionado heterosexual que amaba los abanicos y las orquídeas, que celebró y divulgó a los “raritos” Whitman y Wilde, y que dio su vida por nosotros con un amor que incluye el sexo y que es mucho, mucho más que sexo. 

Dios es Amor y no tiene intención de que te disgustes con quien te quiere amar. La decisión es tuya. Empecemos pues por la democracia martiana, en la que la dignidad plena de cada uno, sea quien sea, será la garantía de la dignidad de todos. 

Para que salgamos de la maldición de los mulatos, “y que te puedas casar con el hombre que te guste”.


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