Elecciones 2020: La izquierda indifunta

Los mismos que se resistieron a aceptar la derrota en las elecciones del 2016, nos alertan ahora sobre un inminente golpe de Estado de Donald Trump. “Corremos el peligro de que Trump no acate el resultado de las elecciones”. Pero, ¿no hemos vivido cuatro años de desacatos mezquinos, insidiosos, cotidianos? Por primera vez en la historia de los Estados Unidos, un partido rebelde se negó a respetar la voluntad del pueblo, expresada en las urnas.

El golpeado es acusado de golpista.

Pero, ¿no es esa la manera de actuar de los socialistas? Aquellos que se rasgaron las vestiduras la noche de las elecciones del 2016 y se preguntaron, llorando, delante las cámaras: “¿Cómo les explico esto a mis hijos?”. Los que espiaron a Trump desde las mismas agencias de inteligencia del gobierno norteamericano, todavía bajo el control de los obamistas. Los que montaron la farsa de la colusión rusa.

Los que instituyeron el culto a la personalidad de Barack Obama. Los que hubieran votado por él para un tercer mandato. Los sublevados de la “Resistencia”.

Los que han asestado golpes mediáticos a cada gobierno conservador en los últimos cuarenta años, aprovechando cualquier crisis: un ciclón, una debacle financiera, un atentado terrorista, una pandemia.

Los que convirtieron a la prensa en servidora de la ideología. Los que han acusado a Trump de violar a su hija. Los que hicieron trizas sus discursos en plena asamblea. Los que lo persiguieron con investigaciones superfluas y acusaciones falsas durante cuarenta y ocho largos meses.

Los que cometieron todos los crímenes de odio imaginables contra el obrero que llevó una gorra de MAGA a su centro de trabajo. Los que han derogado unilateralmente la libertad de expresión. Los que empujan a la clandestinidad a los intelectuales y artistas conservadores. Los que le niegan la permanencia en los claustros a quienes no comulgan con la doctrina.

Los que han salido a las calles a vandalizar, saquear y quemar en masa, y ahora nos imponen un higiénico voto por correo, enmarañando desembozadamente el curso de las próximas elecciones, ¿no son los mismos que crearon el caos para impugnar los comicios del 2004 y el 2016, y ahora, preventivamente, los del 2020?  

Los mismos que pretendían reinterpretar la Segunda Enmienda y provocaron, con sus actos de violencia, el mayor incremento en las ventas de armas de la historia contemporánea norteamericana. Los que predican la revolución y promueven el desacato a toda autoridad, ¿podrían ser los guardianes de las elecciones?

Los que dijeron “¡Hasta la victoria siempre!” en Miami y se preguntaron en Cuba “¡No sé qué le encuentran de malo a este país!” . Los mismos que miraron callados cómo los vándalos derribaban las estatuas de Washington y Frederick Douglass, ¿podrán venderse ahora como amigos de la Constitución?


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El problema de la revolución es demasiado complejo para despacharlo en un solo artículo. No es un problema nuevo, sino viejísimo. Es un asunto candente que arranca en la Francia de Madame Roland, en A Letter to a Noble Lord de Edmund Burke, en la Comuna de París, en la revuelta del Haymarket Square en Chicago. Es un problema dieciochesco y decimonónico. Es un embrollo retrofuturista, tan viejo como el cristianismo y tan moderno como el tratado Contra Galileos, de Juliano el Apóstata.   

Es más anciano que Ramsés II.

De la época de Ramsés II, en la remota dinastía XIX, datan Las admoniciones de Ipuwer, que me gusta citar: “Los hijos de los príncipes son arrastrados por las calles. El hijo del hombre de rango ya no se distingue del que no tuvo padre. Cada comarca dice: Acabemos con los ricos. La que solía mirarse en el agua, ahora es dueña de un espejo. El que desconocía la lira, ahora tiene un arpa. El que nunca construyó un sarcófago, ahora es dueño de una tumba. El que no tenía pan ahora es dueño de un granero, su despensa está llena de cosas ajenas. Niños y viejos gritan: ¡Queremos morir!”.

La revolución huele a papiro mustio, a sudor viejo, a piedra quemada, a saliva seca, a sobaco de Nefertiti. Es lo más arcaico que podamos imaginar, aunque siga presentándose como lo eternamente pendiente.

Biden y Kamala son tan antiguos como las pirámides, como los neandertales que entorpecieron el advenimiento del Homo Sapiens. Lo anunció Bowie en una canción escrita en la década que marca el ocaso de Occidente: You got to make room for the Homo Superior.

He ahí el problema: La gauche, c’est le Ancien Régime.

El régimen de dos partidos ha tocado a su fin. La democracia despilfarró sus recursos y un socialismo descalabrado está a las puertas. Necesitábamos una tercera opción. Se acusa a Donald Trump de querer implantar una dictadura, pero la dictadura suele confundirse —fue el caso de Lincoln— con la respuesta enérgica, incluso violenta, a la esclavitud.

En las universidades, en la prensa, en la industria del entretenimiento, en las tapas de las latas de galleticas, en un cuaderno de colorear, en una canción de amor, en la alta cultura y la prensa amarilla, la esclavitud se expresa de las maneras más ingeniosas.   

La dictadura está delante de nuestros ojos y no la vemos; o la ignoramos aunque la veamos. Se sabe, desde hace casi dos siglos, que es un espectro. Eso que Karl Marx llamó Gespenst en el Manifiesto Comunista, el fantasma que recorría Europa.

Es un último aliento.

La dictadura no es un invento trumpista: ha estado con nosotros desde hace sesenta años, desde los años 60. Somos ciudadanos de la dictadura. La unanimidad es, por fin, pandémica. Trump se enfrenta al absolutismo: es el Tercer Estado contra el Estado profundo.    

Los nuevos dictadores comenzaron por prohibir el tabaco y terminaron por vetar el piropo. Se declaró la guerra a las comidas superficiales: Coca-Cola, Del Monte, Doritos, McDonald’s. Y a las creencias: dios, himno, bandera, patria, cultura. Y a los sentimientos: odio, deseo, hambre, roña. Un día se nos informó que solo el café era bueno: latte, grande, espresso y machiatto. En cada cuadra un Starbucks empapelado con afiches de campesinas de países hermanos a las que pagábamos precios justos por cosechas orgánicas.

Y creímos, y dejamos de fumar, y nos convertimos en cafeinómanos absolutistas.

Café sin cigarros. Pan con terror.

El sol, el sexo, el mar, la galaxia, la paz, el ozono, los ciclones —politizados, parametrados. El nuevo absolutismo abarcó la genética, la dietética y la astrofísica. Hasta Vladimir Putin le tiene miedo; Xi Jinping, Erdogan y Orbán cierran las fronteras y le oponen un ejército. El antiguo terror se resiste al Terror nuevo. Los tiranos de ayer son los disidentes de hoy.


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Al bioquímico Michael Behe, creador del concepto de complejidad irreducible, que contradice la mutación aleatoria y la selección natural darwiniana, lo parametraron por creacionista, y fue condenado en pleno por la comunidad académica. Ni una sola abstención. El socialismo científico es la nueva escolástica. Los prebostes de la Universidad de Pennsylvania colgaron un aviso en la puerta de su oficina, que decía: “¡La universidad reprueba las ideas del profesor Behe!”.

Dentro de la Revolución todo, fuera de la Evolución, nada.


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Jóvenes blancos radicalizados destruyeron ciudades, derribaron estatuas, incendiaron estaciones de policía, mataron a transeúntes inocentes, arrancaron zapatos de los pies de viejecitas, apalearon a los opositores, rompieron los cráneos de confederados y conferencistas. Pero, en los anuncios políticos de Joe Biden, el encapuchado blanco es invisible. No constituye un problema, ni para Obama, ni para la Pelosi, ni para el Partido, que lo respaldan.

Es el [email protected] [email protected]

No hay pandilleros, ni asaltadores, ni vidrieras rotas, ni incendios en ninguna de las imágenes difundidas por el órgano de propaganda electoral que es la prensa unánime. La actualidad candente ha sido amansada y remasterizada. La Revolución no será televisada. Por los anuncios políticos del momento desfilan blancos vociferantes seguidores de Trump. El expediente criminal de Antifa y sus manifiestos antisistema son pixelados instantáneamente.  

Ni el saqueo de Gucci y Louis Vuitton en Rodeo Drive, ni la quema de la estación de policía en Minneapolis, ni el pánico de Portland, ni la profanación de las estatuas de los fundadores, ni la checa afroamericana, ni la ley de la turba en los tiempos del nasobuco. Solo blancos trumpistas vociferantes. Para los nuevos absolutistas, Blacks Lives Matter no es un problema, sino la solución.  

Es el show de Truman producido por Barack Obama.

Hay corrección de lenguaje para blanquear, tergiversar y dar horror. Se ha declarado al blanco enemigo público número uno, como lo fueran antaño “la burguesía” o “el imperialismo”. Todo blanco es un yanqui. Un blanco llegará a declararse contrario a los blancos, aunque haya nacido en Guanabacoa y no tenga relación alguna con la brutalidad ancestral del anglosajón contra el africano. La palabrota “blanco” se ha convertido en un insulto peor que el “n****” de la antigüedad.  

Se puede decir “blanco” con desprecio, y se puede decir “blanco de mierda” y escupir en el piso, donde está prohibido arrojar colillas. Y esos blancos que, con todos sus defectos, crearon la civilización a la que llegamos como forasteros y refugiados, el país al que huimos en nuestra hora de miseria y persecución, ahora le ruegan (¡hincados!) a la “gente de color” que los instruyan en el arte de la civilidad y la democracia.

Hincar la rodilla es el nuevo gesto de rebeldía. Es el mundo patas arriba.


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Si diez mil cubanos se manifiestan en Miami a favor de Donald Trump, esos no son latinos. Ni siquiera se les considera entes racionales. Ni siquiera se les considera votantes. Para entender quiénes son los malditos cubanos que marchan en contra del comunismo a estas alturas del siglo XXI, después que los intelectuales de izquierda nos dijeron que el comunismo no existe, que es un espectro, una invención de la derecha para desacreditar a sus críticos, habría que enseñar en las escuelas la verdadera historia latinoamericana.   

Los estudiantes norteamericanos necesitan saber que las estatuas de los presidentes de la República de Cuba desaparecieron de la Avenida de los Presidentes. Que el águila de bronce del monumento al Maine yace en un almacén desde hace sesenta años. Que la Plaza de la Revolución fue alguna vez la Plaza Cívica. Los norteamericanos deberían acabar de entender que los cubanos venimos del futuro.

Esos norteamericanos ahistóricos tendrían que saber lo que fue un “inventario”, y el terror que producía un tenedor extraviado de una vajilla de alpaca a la hora que llegaba el “telegrama”. Antes de discutir lo que es o no es el socialismo, a la dirigencia de Black Lives Matter le toca aprender qué demonios es un “telegrama”.

Y, con esos tiros, ¿quién puede asegurarle al cubano que “lo que pasó allá no se repetirá aquí”? Hasta Donald Trump podría ser la coartada de la izquierda para precipitar la revolución.


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El profesor Henry Louis Gates Jr. podría dedicarle un programa a la historia de las confiscaciones, los actos de repudio, los médicos esclavos y la segregación política. Dedicarse a rastrear las raíces de nuestros males en los genes de una familia blanca de Láncara que ocupa el trono desde hace seis décadas. Henry Louis Gates Jr., casado con una blanca cubana que conoce estas historias, podría escribir un libro sobre ese episodio de la esclavitud moderna.

Pero en su programa de Public Broadcasting System, los cubanos anticastristas no cuentan, no hablan. No será bienvenido en PBS quien reclame la casa ancestral que le confiscaron para entregársela al primer vago que bajó de la sierra. En la Historia de Cuba, según Henry Louis Gate Jr., Fidel Castro emancipó a los negros; y si Alicia Garza y Patrisse Cullors, las creadoras de BLM, veían PBS cuando eran estudiantes, no hay que culparlas por creer lo mismo.

Black Lives Matter es nada menos que la apropiación cultural del guevarismo por los departamentos de ciencias sociales de los Estados Unidos. Es el castrismo inoculado en las venas abiertas de una cultura exhausta que necesita una nueva droga. Si alguien lo duda, que preste atención a las escandalosas declaraciones públicas de su dirigencia, donde queda expuesta la mentalidad de plantación que la anima.

La plantación se llamará Birán y no Tara, pero es la misma.

Así, se nos prohibió decir que todas las vidas cuentan, no solo las negras, en el mismo momento en que el Ejército Popular de Liberación chino tomaba Hong Kong por asalto. Las manifestaciones nublaron, durante un ciclo mediático, los eventos del mundo exterior. Los fuegos de Minneapolis levantaron una cortina de humo que recorrió el mundo como un espectro. La policía de Xi aprovechó la coyuntura para instalarse en el Hotel Metropark: 266 habitaciones y 33 pisos de jenízaros rompehuesos, y ni un solo vándalo de los que queman bodegas levantó el puño para denunciarlo.

Si hoy vivimos en estado de guerra, no es, ciertamente, por causa de Donald Trump. Se debe a que, desde hace seis décadas, la izquierda viene predicando en el aula y en las calles el evangelio de la Revolución. Desde la guardería hasta la universidad, lo mismo en la iglesia que en el centro de trabajo, en el videojuego y en el poema, el credo revolucionario ha suplantado al ideal democrático.  


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The Story of Colors, del Subcomandante Marcos, se vende en Amazon desde el 2003, cuando mi nieta tenía dos años. En la contraportada: “¡Un libro subversivo disponible ahora en tapa blanda!”. (Subversivo en cursivas irónicas). Quienes hoy lo ven todo en blanco y negro aprendieron a colorear en escuelas tomadas por los guevaristas.

El estado de guerra es el resultado de una mala educación.

Cuando los que aprendieron a colorear con el Subcomandante Marcos crecen, y toman los puestos claves, y prohíben Lo que el viento se llevó, el Homo Sapiens pone el grito en el cielo. La mayoría silenciosa, que todavía cree en la Primera Enmienda, obligó a los neandertales a retornar la película —marcada en la nalga con el hierro de la Corrección Política, pero salvada del fuego.

¡Los trumpistas han evitado el sacrificio de otra obra de arte!

Lo mismo podría decirse de Balthus, Goya, Aunt Jemima y Uncle Ben. Alta o baja cultura, la izquierda no hace distinciones: Candace Owen, Condoleezza Rice, James Watson, Robert Unanue, Michael Behe, Kevin Spacey, Al Franken, Betsy DeVos, Freeman Dyson, Rosseane Barr, Jay Leno, John Stossel, Michelle Malkin, J.K. Rowling, Abon’go Malik Obama, Ben Butler, el capitalismo, el neoliberalismo, la cientología, el cine clásico, la religión, Tiger Moms, la escuela autónoma, Walmart, The Dukes of Hazzard… ¡los neandertales andan con el mazo al hombro! La represión izquierdista solo puede aliviarse con un eructo primario colectivo, lo que antes llamábamos “la voz de la razón”.

Es también la voz de la Nación, y los trumpistas responden a ese grito.


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El problema de la moderna esclavitud es demasiado complejo como para despacharlo en un solo artículo. Arranca del Partido Demócrata de James Buchanan y, tomando un peligroso atajo, llega al Partido Demócrata de Nancy Pelosi y a la era de la segregación ideológica.

Arranca de la Guerra Civil y, dando un glorioso rodeo, retorna siempre a Abraham Lincoln (Sic semper tyrannis!le gritaron también a él) y a un campo regado de muertos en el sur de Pennsylvania.   

Una tarde de julio de 1863, en el campo de batalla de Gettysburg, el general confederado John Brown Gordon, que había perdido 28,000 hombres, le dijo a Lincoln: “¡Los federales que defendieron estas alturas vivirán en la historia!”. A lo que Lincoln respondió, tendiéndole una mano: “¡Y los confederados que la atacaron vivirán en la historia también!”.

También.

La nación dividida había enterrado el hacha.

Pero la izquierda es el esclavismo que se resiste a aceptar la derrota. El esclavismo que desentierra el hacha.




Néstor Díaz de Villegas

Cargaré con la cruz del compañero

Néstor Díaz de Villegas

Estaba enfrentado a mi enemigo, y era un hombre bueno.
¡Yo soy el materialismo histórico encarnado, so imbécil! —quería gritarle—. ¡Atrévete a tocarme, y tus argumentos se desvanecerán en el aire!”.
Este texto forma parte del libro El compañero que me atiende 
(Hypermedia, 2017).


18 Comentarios
  1. El trauma cubano es muy profundo. Yo estoy de acuerdo con más o menos la mitad de este artículo, con sus argumentos sobre el cinismo de la izquierda, sobre la instrumentalización de BLM, sobre la propaganda procastristas en muchos (no en todos) los medios liberales americanos, sobre la bobería del obamismo (aunque en general creo que el saldo de su presidencia fue positivo, y su intento de cambio de rumbo en la política hacia Cuba fue una buena idea, mal implementada y finalmente trunca, pero por lo menos no el más de lo mismo que nos ofrece Trump, donde los cubanos muertos de hambre sufren más y la dirigencia de la Revolu sigue arrastrando sus barrigas porcinas impunemente). Pero, una vez pasadas esas cosas en que estoy de acuerdo (y que no tienen nada de original ni de interesante, por otra parte) me quedo pasmado con la falta total de sentido crítico con el otro lado (cualquiera que lea esto sin saber qué ha pasado en los últimos cuatro años se cree que Trump es de verdad el nuevo Lincoln). Y, además, con las groseras generalizaciones aplicadas a los demócratas (si Biden y Harris son la Revolución, a Robespierre le va a dar un soponcio póstumo). Biden y Harris no son BLM, aunque tengan que flirtear con el movimiento (que por otro lado tampoco es simplemente un monstruo neocastrista y sí tiene muchos elementos justos y necesarios), y de hecho los elementos de la izquierda más radicalizada votarán por ellos, si votan, sólo porque la última vez se dieron un tortazo tan grande por hacerse los exquisitos con Hillary. Trump está más cerca de la extrema derecha neofascista, supremacista o monga, como la quieran llamar, que sus oponentes lo están de la extrema izquierda, aunque sí es cierto que los apoya toda la izquierda de salón, todos los descarados de la “izquierda colonial”, y a mí me encantaría de verdad tener a alguien mejor por quien votar. Pero ese alguien no es Trump, ni por odio a la izquierda voy a cegarme como lo hace alguien tan brillante como Néstor y ver sólo la mitad de la ecuación tan jodida en que estamos. En una democracia ya anquilosada (en el buen y el mal sentido) como la americana, la única revolución puede venir, y de hecho ha venido, de Trump. Y cuando digo revolución lo digo en el mal sentido de la palabra (caso de que tenga alguno bueno).

    1. Gracias Nelson Cabral por tu comentario. Claro que hay diversas opiniones sobre el desempeño de Barack Obama. Yo creo que fue nefasto en política exterior y también en política interna, y que la violencia actual parte de su énfasis en la revisión histórica y en la exacerbación enfermiza del problema racial. Yo creo que el problema de Henry Louis Gates a las puertas de su casa, de vuelta de un viaje a China, fue un evento creado por los libretistas de Obama. Un mulato catedrático, refinado como un lord, no puede ser tomado por un delincuente por un policía con experiencia en problemas raciales, solo porque la policía recibió una supuesta llamada de un vecino. Obama hizo de este tipo de evento sus “teacheble moments”. Soy demasiado suspicaz para tragarme todos los episodios que Obama montó para enseñarnos sus lecciones políticas. La Primavera Árabe es la más peligrosa de esas aventuras. Así que tampoco coincido contigo en que la liberación de los espías y el simulacro de resolución del conflicto colombiano, que venían convoyados con la reapertura cubana, sean saldos positivos de su gobierno. En cuanto a Kamala y a Biden y Robespierre y el soponcio póstumo, quizás debas volver a leerte la historia de la Revolución Francesa para que veas cómo un período de Terror puede ser implementado y llevado a término por abogados, juristas y pintores, y más allá de ellos, por encantadores iluministas y filósofos. O volver sobre la revolución Cubana y rastrear sus ideas más radicales, y comprobar que salieron de la misma clase de abogados, hijos de terratenientes, y politiqueros profesionales. Filtrear con los “elementos” es lo que hicieron los políticos tradicionales cubanos con los revolucionarios castristas, así que no aconsejo subestimar el flirteo político, ya que se trata del error más grave en una situación revolucionaria. Estoy seguro que no ignoras las consecuencias de la cultura de la cancelación izquierdista, o la glorificación de la violencia revolucionaria por parte de Antifa, la cerrazón ideológica en las universidades y la prensa, o que en California, de donde viene Kamala Harris, el Partido Demócrata ya es una especie de Partido Único. Yo creo que las mejores mentes de la nación están hoy por hoy en la oposición al Partido Demócrata: Condoleezza Rice, Nikky Haley, Candace Owen, Ben Shapiro. Claro que Trump es revolucionario, los otros son los contrarrevolucionarios en este escenario nuevo. Pero Trump no es un golpista, está buscando ser reelegido por los 4 años adicionales que le corresponden si los votantes lo deciden. Pero la izquierda que es la dueña de las imágenes y los conceptos, quiere tratar esos 4 años, y los 4 anteriores como ilegítimos.

      1. Puede que tengas razón y que Biden/Harris sean los girondinos futuras víctimas de los extremistas de BLM y Antifa, pero eso para mí está por ver, mientras que el secuestro de la democracia americana por Trump y sus acólitos es ago que para mí está pasando ya, y el flirteo trumpista con los Proud Boys y QAnon y compañía es una realidad, que puede desencadenar una guerrita de La Chambelona pero con AR-15s si el loquito de Trump pierde y se niega a aceptar el resultado basado en un fantasmagórico fraude. Yo lo veo de manera menos catastrofista, quizás más cínica, quizás naive, pero para mí Biden/Harris son precisamente el dique bobo que puede parar la “revolución” de la izquierda caviar, porque en realidad debajo de su barniz progre (sobre todo la Harris) no pueden ser más aburridamente mainstream, mientras que Trump con su diarrea verbal constante la exacerba y de paso solivianta también a todos los locos y los idiotas del extremo contrario. Trump no es un golpista, pero sí es un narcisista acomplejado que es capaz de formar cualquier rollo si se siente humillado, y para muestra todos los meses que ha pasado hablando de fraude si pierde, en vez de ponerse a hacer campaña para ganar. La campaña que está haciendo cada vez parece más un gran desfile de justificaciones para cuando pierda. No se puede ser un partido serio, que intenta enfrentarse a peligros reales y complejos, con un líder que aparte de su gracia para conectar con el populacho tiene muy poco más. Los que ven a Trump como un mal necesario o una solución de emergencia me parece que deberían recordar lo que decía Maquiavelo, que decía que la guerra no se evita sino se pospone deandole ventaja al contrincante. Trump no puede ser una solución ni el trumpismo una filosofía que el partido republicano pueda seguir en el futuro, sino un remedio peor que la enfermedad. Y como te decía en mi anterior comentario, estamos de acuerdo a medias: es cierto que la izquierda ha querido presentar estos cuatro aaños como ilegítimos, pero a día de hoy es Trump el que le está quitando legitimidad prospectivamente a los próximos cuatro, y de manera muy peligrosa.

        1. Se le ha dado más mala prensa a los Proud Boys que a Antifa que ha desestabilizado el país y quemado ciudades enteras y casi logrado que se sustituya la policía por las milicias populares. Proud Boys es una respuesta muy inadecuada a la violencia crónica que impide a un conservador poner un pie en un reciento universitario so pena de cráneo roto. Debía ser mucho más enérgica. Por favor, estimado, no confundir el huevo con la gallina. Los Proud Boys no pueden tener cátedras en Yale y el Berkeley para enseñar las ideas de Francisco Franco y Augusto Pinochet, los que tienen derecho a enseñar en las aulas las ideas de Sendero Luminoso, el foco guerrillero y la muerte del capitalismo son los los izquierdistas. Si viniendo de un país donde la izquierda ha demostrado ser una fuerza destructiva capaz liquidar un país próspero y colarse en la misma conciencia del monstruo y no ves que en la Historia moderna los 60 y 80 años de tiranía han sido siempre de dictaduras de izquierda, si no le temes a la izquierda como al demonio, entonces, claro, estamos viendo el mundo con cristales muy diferentes. Pero quién no sabe que en cualquier parte puedes llevar una camiseta de Obama, pero que puede costarte una pateadura llevar una, ya no de Trump, sino de Ann Coulter. Eso es tiranía actual, viva, actuante y triunfante. Para no hablar de un curso sobre la teoría anticomunista de Pinochet, que fue un caballero y niño de teta comparado con nuestros dirigentes vitalicios en la islita. Por cierto, cuando inicias tu primer comentario diciendo “el trauma cubano es muy profundo”, no si quieres decir que nuestro problemita tiñe nuestra visión del mundo o si traumatizarse por 60 años de exilio y tiranía es un capricho y una majadería nuestra que nos impide pensar con claridad. El asunto de mi artículo es precisamente lo que rebates: la administración Trump fue saboteada por la izquierda y declarada ilegal, las elecciones del 2016 fueron declaradas un fraude. Pero ahora acusan a Trump de lo mismo que ellos hicieron. Eso. Gracias por comentar y discutir.

          1. Efectivamente era eso lo que quise decir, que nuestro problemita tiñe todo, para mí y para ti, por mucho que tratemos de tomar distancia para ser “objetivos” y “curarnos” en la medida de lo posible (aunque tú quizás has decidido vivir el trauma productivamente y hacerlo el motor de tu performance como escritor y ciudadano). Pero en fin, como toda trauma, nos hace hipersensibles a algunas cosas y nos insensibiliza para otras, dependiendo de dónde nos golpeó más fuerte. Aunque mi experiencia en Cuba fue terrible, no se puede comparar con la tuya, y quizás eso colorea mi reacción a los vaivenes políticos americanos, y hace que la dictadura académica de la que hablas, y que yo sufro todos los días en carne propia, me preocupe menos que la ruptura de las instituciones democráticas que Trump representa. La dictadura de lo políticamente correcto pasará como pasó el postestructuralismo o el New Criticism, dejando sin dudas víctimas y escombros varios, pero no creo que toque los fundamentos de la república, ni que para combatirla haya que romper esos fundamentos. Como te decía más arriba, es cierto que los demócratas trataron de deslegitimar a Trump desde el primer día, pero lo hicieron, todo lo ladinamente que se quiera, dentro de las alternativas legales/constitucionales del sistema, y Trump se lo puso fácil desde el principio con sus transgresiones reales y verbales, con su nepotismo bananero y sus insultos constantes. ¿Te pareció bien que pusiera al idiota del yerno y a la inocua de la hija en posiciones de responsabilidad que requerían security clearance? ¿Qué hubiéramos dicho si Obama o si un hipotético presidente Biden hace algo similar? ¿Te pareció bien la presión al presidente de Ucrania usando fondos ya aprobados por el Congreso? A ese tipo de “detallitos” me refiero cuando digo que nuestro trauma nos hace insensibles a algunas cosas, mientras nos enfocamos en otras. El impeachment fue una idiotez, pero parte del juego político, que cada vez se juega más al duro, como recordarás McConnell dijo públicamente que su principal función sería asegurarse de que Obama durara un sólo término. Y lo que están haciendo ahora con la Barrett, después del precedente que crearon con Garland… es que no paran. Y si eso no te preocupa tanto como los del otro extremo, creo que estás viendo sólo la mitad de la película. Y la deslegitimación que está intentando ahora Trump es mucho más peligrosa que un impeachment, que al fin y al cabo es algo contemplado en las leyes del país y sujeto al voto de los representantes elegidos. Mi trauma cubano me hace quizás hipersensible a todo lo que amenace romper la intitucionalidad, y no quisiera que la presidencia de Obama fuera nuestro tratado de Versalles. En cuanto a lo de la izquierda como madre de las dictaduras totalitarias, estamos completamente de acuerdo, aunque unas cuantas de derecha también me vienen a la mente. Lo que no vemos igual es que los demócratas moderados como Biden tengan mucho que ver con esa izquierda revolucionaria. Si sacamos de esto cuatro años de relativa calma en que los dos partidos puedan finally get their shit together y volver a luchar por los principios del liberalismo y el conservadurismo que los dos han olvidado, me doy por bien servido (y sé que es demasiado pedir, pero conque empiece el proceso me conformo). Y eso con Trump es imposible. Y yo no sigo demasiado los debates políticos en las redes, pero si Ben Shapiro y Candace Owens están entre las mejores mentes de ese espacio, más allá de que defiendan la libertad de expresión, que se lo aplaudo, es hora de retirarse a alguna playita de Belice y dedicarse a cazar atardeceres. Un saludo y siempre es un placer leerte o debatir contigo, espero que alguna vez lo podamos hacer en persona.

  2. con este texto tan testicular comienza el Neocubarroso Político (Rococó catabólico cubano)
    la indigestión ideológica del anti-castrismo es de índole onírica-metafísica…
    tremenda neuralgia patafísica…
    todo un sainete en el solar académico ver a Néstor vestido de Alfred Jarry liborio…
    cuando el mal es de parlar no valen guayabas verdes…

  3. Perdona que no sea muy generoso contigo. No suelo serlo con casi nadie en el sentido crítico. Así que me disculpas si me quedo algo corto en el elogio. Eres el mejor ensayista vivo o muerto cubano. Sin duda, el más original y brillante de tu generación (creo que de las generaciones anteriores o siguientes también). Has hallado el punto exacto de tu estilo con gracia sostenida, los argumentos como pedradas certeras y una prosa provocativa y deliciosa. Leerte es todo un lujo.

  4. Brillante Nestor. No se podia expresar mejor Soy muy amigo de Olga Connor quien me habla mucho de vuestra amistad. Sabiendo de su posición ideológica penséque estaba equivocado en cuanto a tu postura tanto con Cuba como en la política actual de os Estados Unidos. No se trata de Trump, sino de el peligro que se nos que se nos avecina.. Creo que en cuanto a la tarea de derrotar ese peligro Trump es el único candidato que tenems con con la entereza y aquello otro, para hacerle frente a algo que parece incontrolable por los politicos actuales.

  5. Es sin duda una radiografía brutal de la realidad que vive EEUU hoy como consecuencia de la indigestión con un pasado que la izquierda quiere convertir en futuro. Y Trump es un tirano porque lo quiere impedir. Trump que no espío a la prensa ni persiguió periodistas como Obama. Trump contra quien Obama, Biden, los Clinton, el FBI y la CIA conspiraron para derrocarlo. Trump, cuyos hijos no han hecho negocios con China. Rusia y Ucrania como los Biden. Trump que no le vendió Uranio a Putin. Trump que no ha iniciado ninguna guerra sino que ha acabado en las que estábamos. Trump es el peligro para la democracia a pesar de que no ha violado la constitución ni le ha dado armas A los narcos mexicanos. Ni ha aprobado ninguna ley inconstitucional es el tirano. No me
    Jodan vayan a tomar por culo.

  6. Se puede venir de Cuba para tener que retirarse en una playita de Belice. Habrá alguien en la academia que no sea tan comemierda?Mira que a estás alturas todavía creer que Trump cometió quid pro quo con Ucrania cuando hay un video de Biden reconociendo que obligó al gobierno de Ucrania a despedir al fiscal que investigaba a Burisma. O al propio Obama prometiendo darle el culo a Putin cuando pasarán las presidenciales sin saber que había un micrófono abierto. La
    Izquierda es izquierda. No lo pueden evitar por mucho que se disfracen.

    1. Sí, se puede ser así de comemierda y hasta más, como lo demuestra tu comemierda respuesta. Comemierdas como tú qué solo ven lo que quieren ver o peor, lo que les dicen que quieran ver, son el problema de Cuba y se ha vuelto el problema de este país también. Y la insistencia comemierda en lo de la izquierda y la derecha es lo que hace a los comemierdas que siguen a otros comemierdas vivir con la cabeza metida en lo que comen. Trump dijo ayer que ya la pandemia se está acabando, justo cuando hay un pico en el número de casos, y los comemierdas siguen con lo de la izquierda y la derecha. NDDV discute ideas y puedo estar de acuerdo con todo o con mucho o con nada, porque así es el mundo de las ideas. Raúl, que tiene muy buen puesto el nombre, trafica con “hechos alternativos” y se da el gusto de tener opiniones sin el paso intermedio de pensar. Le basta con gritar “izquierda”, “academia”, “comemierda”. Y ya con eso tiene la razón.

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