Cuba, con el alma al aire

Un hombre solo y una cola oscura*

Seis de marzo de 2021. Día mundial de los Datos Abiertos. Libres, aclaro. Los (des)protegidos aquí serían tantos que… Olvidémoslos.

Un hombre joven, negro. Descubriendo de pronto su orfandad.

Se ha desnudado absolutamente frente a una tienda oprobiosa del país, de esas que, a última hora, han retornado “por divisas”.

Ambos, el país y él, andan desesperados. (Como Martha Sánchez, y en ese bis se entonan).

Con respectivos/represivos cuerpos en ofrenda. Parece insano, pero no.

¿Trae mochila consigo? Lo que se ve es un ramillete de blancas jabas sobre el suelo. ¿Único abrigo?

El muchacho luce la versión insular de (la también negra y miamense) Lady Bag.

No emite palabra. Parece mudo. Tal vez lo sea.

No escuchó decir (porque tampoco vio) que antes, en otra provincia, un operativo policial ha sacado de su casa a otro cubano en pelotas a la vía pública. Y lo ha arrastrado en contra de su voluntad, como escarnio y arrebato supremo del poder omnímodo e inclaudicable.



Que no hay modo de entenderlo, ni saberlo. “No hay dato pa’ eso”, murmuran en la fila los desharrapados que quieren filmar a discreción.

El nasobuco en su lugar demuestra que esta persona sabe bien lo que significa ser multado por “propagación de epidemias”. De manera que no es crucial incluir la faci(a)lidad en el descascaramiento. Lo acusarán más tarde de veleidades indignas, inconexas e ignotas: escándalo, desorden, desacato u oprobio. Dios sabrá.

Lo harán confesar, en última instancia, algún pago secreto recibido de míster Soros, subrepticiamente. No del mismo pago que se provee el gobierno.

Padecerá el recurso “legal” que existe para castigar a todos los disensos intestinos, máxime si son expuestos al aire libre de la patria presa. Aunque homenajee, con tal decursar, el maltratado cuerpo de una nación que ha devenido libérrima.

Los viandantes le miran con recelo, de reojo. Suerte de sorna, mezcla de miedo y conmiseración. La cola barrunta y despotrica entre dientes.

Temen que la tan pujada compra de ese día colapse tras el showcito. A la espera de que nada termine en fallo dictatorial.

Pues si, con el arresto del vil ciudadano, la guardia terrorista “manda a parar” (como en la canción de Carlos Puebla), se van a la pituita.

Esa musiquita, abyecta, gusanoide.

Quizá, quizá, quizá.

Otra divisa abrepuertas en un país donde mirar de frente (incluso a los bien vestidos y mejor enfundados) es, cuando menos, acto de arrojo y aplomo (frente a imaginarios plomos arrojados).

La población dubita, hesita todo el tiempo en hacer, cavila demasiado antes de expresarse. Pero sigue cantando. Por lo bajito, como de costumbre.

Presuntamente contenta, musicaliza ditirambos. Idéntica a los coros de la Corea (nórdica).

Pero se trata ahora de supervivencia Y de paso, como al descuido, mostrarnos un tin del enojo. Por La Jama Ausente. (O el cubizhe MediCaos).

Así, el paseante nos evoca al otro Pánfilo, el genuino.

Cuando menos es más, empeora el sitio donde uno se torna punible (de)mostrando las ilógicas congruencias del artefacto reductor.

Pongamos entonces qué es mirar la desnudez. No artística. No escultural. Sino los raudos y súbitos vaciamientos del pundonor en performática callejera.

La mirada va al vacío. En plan de convocada deglución del cuero crudo y sin censura. Apretando dentaduras.

El ojo vacila y desmenuza. Con el descaro propio del asaz voyerista.

A algunas mujeres, que se atrevieron antes, las trancaron o le apalearon el (des)honor.

Aquí todo es posible. Cualquier eventualidad puede ocurrir.

Traza entonces nuestro héroe la acción de desandarse, feliz y sin atributos, acera arriba, rampa abajo.

Una hipérbole que frisa entre lo objetivo y lo demencial, para quedarse a solas consigo mismo, al fin y de una cabrona vez.

Sin nada encima. Tal cual llegó a este mundo. Y así se irá.




“Me han robado mi vida”

Ocho de marzo. La ¡Ah! Vana: mucha cáscara de plátano en derredor, podredumbre por doquier. Más sucia que una ciudad bombardeada. Ulula un perro triste.

Es el día internacional de la mujer (en minúsculas). Mujeres sitiadas. Algunas feministas aseguran en sus redes que “exhibir las tetas en una manifestación pacífica”, es un recurso plausible. Y se chilla a la par del can.

Apéndices mamarios que pueden aplacarle excesos de testosterona al ente prepotente. Sabias, ellas. Doctas, las tetas. Apetitosas. Y tercos los entes. Como aquel perro hambriento.

Otro hombre emerge, a plena luz. Histérico, se desgañita. Un exconvicto que no desea “regresar al penal, a la prisión”, ni muerto.

Han sido 20 años. Duros. Quiere volver a ser honesto. Levantar una pared con sus brazos. No lo dejan.

Y por alguna razón, vocifera impotente. Llama al dolor que enciende otra llama. Extinguible y fría. Él es la Razón de Estado. Pero de sitio.

Porta un cartel que el viento le arranca, paradójicamente, cuando comienza a encuerarse. (Ni que Rubiera supiera). Faltos que andamos de serios avisos previos.

“No tengo trabajo, coño. Ni un peso”.

Su ex “ha dejado conmigo en Cuba a mi hija de 5 años, en el Círculo” (vicioso). “Pingaaaaa… Y se ha quedado ella allá, en Panamá… ¡¿Qué cojoneeeees hago?!”.

Parece que la escabullida consorte maneja billetes (de banco, y de avión).

Sin dinero para alimentar a la niña, él continúa milagrosamente vivo. ¿Cómo?

Cosa de mini(mi)sterio.

Se caga a mandíbula combatiente en el corazón de la República. Invoca a dirigentes indirigibles e indigeribles.

Él “deliraba”, repetirán segurosamente en Palacio si hiciera falta. O en Zanja. La unidad. Ante la corte marcial, y sin que medie pacto concesionario. Sanseacabó. Muerto el perro…

El camarógrafo del celular no termina, acaso, de grabarlo. O ha editado el promo solidario en su perfil, antes de subirlo.

Es candela mortal poner las partes colgantes del protestante en jefe. Por demás, imaginables.




Categorías semánticas de la promanada

No se consigue hacer creíble el viejo estereotipo, si no se reproduce hasta el cansancio.

La cultura ¿democrática? impele a repetir normas de convivencia. En lugares obvios, claro. Países normales, digo. No morrales. Vaya: en casa de las quimbambas.

La anormalidad insular, hoy como ayer, se da en forma de subterfugios sabrosos en ciertos períodos, bajo el debate pueril que establece tempos de salivación morbosa, entre “el especial y la coyuntural”, cual opción salvavidas.

Directo a la yugular. Del yugo mismo.

O a la subjetividad marxista. La improbada teoría del Bing Bag (que significa llenar la bolsa como sea).

O a la impractic(h)abilidad de convencernos de que hubo cierta implosión. Y ni nos hinchamos. Porque se hincharon otros.

Cuando palpamos los agujeros grises en la alborada roja, sobre el tejido (no social, no corporal) de aquella tela jabinforme.

La tarea ordenamiento, la actualización del modelo, la batalla de ideas, la rectificación de errores y tendencias negativas, el cálculo económico, la empresa socialista, la planificación centralizada, la nacionalización, consolidados todos los conatos-nonatos, la oficoda y la juceplan, más un carajal mascatrancoideo de eufemismos castro-comunistas que retrotrajeron al fasci-festejoso diciembre del 58, y que van portando, hondo adentro, desinencias soviets en banderola.

El regreso al plan quinquenal y a la cacería de gorriones. Revival de aquella hecatombe sin el navideño aguinaldo que sostuvo el otro Francisco, el más Franco.

No quedan entonces puntos vivos ni suspensivos, sino muertos. El Cero. Ese, sí, tal vez, tremendo punto: todo se reduce a un abrir y cerrar (de/los) ojos. Y levitar, por ejemplo. O divagar. Hasta llegar al meollo. Al hueso. Al polvo. Y defecar tranquilos.


Somos, seremos, hemos sido

Está claro que somos personas que no hemos superado una lacra social bastante más negativa de lo que la gente piensa.

No se percibe lo adverso que resulta el uso compulsivo del atuendo cuando no es necesario.

En muchos momentos sí es de utilidad, como bajo tronco de aguacero. El problema es cuando la ropa desprotege y estorba, y seguimos usándola a modo de excusa, y asfixiándonos con ella en este clima dantesco. Lo cual trasunta la negatividad del disfraz humano. Superarlo es, francamente, avanzar en el nivel de psicodelia.

La vestimenta focaliza nuestra atención. Es sexy mientras se es joven. El nudismo provoca lo contrario. Normalizarlo reduce el trasiego de easy-fucking, pues lo denuesta sin ambages y se autofagia en la denuncia. Desplome del índice inflacionario Ass Street que nos saquea.

Las más afectadas, por la manipulación en torno a este cojonudo tema, son las mujeres. Porque se les exige tener el cuerpo perfecto, en el momento adecuado, para la fiera satisfacción del otro (o de la otra).

Bruca maniguá.

Siga la rima.


El desnudo como arma (alma) de combate

Hay civilizaciones que se visten y civilizaciones que se encueran. Todo el Tiempo de los Cerdos.

A nosotros, herederos de una civilización que vistió a la fuerza a los autóctonos pobladores de lo que luego se llamaría América, nos tocó investirnos por costumbre (de decoro), y seguir vestidos por exigencias morales.

Volvimos la desnudez un obstáculo, lo que acabó por crear un hábito inocentón (hasta muy recién, privado) llamado exhibicionismo.

Desde fines de los 60 el mundo conoció una nueva forma de protesta púber: empelotarse al aire. No tanto para entrar en comunión con la naturaleza, como para enfrentar la rigidez de la incivilidad rampante, que había convertido la desnudez en tabú.

Al mundo occidental le sucedió algo divertido y contradictorio: convirtió la moda en arte de insinuar la desnudez sin desvestirse. Recreó las helénicas transparencias, sinuosidades parapingas y reminiscencias sudabollos, que no son otra cosa que la propia calentura cubierta de fino tejido.

Inventó las playas salvajes, un lugar donde todos toman el sol al pelete, aceptando que la norma es lo impuesto por mayorías. Concibió la publicidad, que desvirtuó el sentido del desnudo sano y lo volvió objeto de seducción mercantil y chupabaros.

Armó, en resumen, el descojonamiento intergaláctico. Envulvó a la mayoría. Escrotó al prójimo.

Pocos trans masculinos han querido mostrarse tal cual, y las trans del otro bando, ni soñando. Hay mucho del macho cabrío aún adormilado en ellxs.

Un nudista no se empelota por estética, sino por la ética de comulgar con madre natura, en un sueño edípico y anorgásmico, como lo pregonaba el gran Whitman, primer norteamericano que enfrentó el hedonismo con puro puritanismo. Otros, lo enfrentaron con putería.

¿Por qué el desnudo, individual o en grupo, se ha convertido en manifestación de protesta?

Porque viola una absurda prohibición. Porque arremete contra la moral dominante, impuesta por los falsos atuendos. Y por más falsos discursos. De los falos falenterados.

Lo que están mostrando, quienes no sufren de contriciones ni prejuicios, no es otra cosa que su más extrema vulnerabilidad. Su ambiguo poderío.

Una mano bien esparcida de gas pimienta o bombas lacrimógenas arrojadas a manifestantes desnudos, vuelve más violenta la violencia, más represivo el orden impuesto pour aller d’hors et sortir sans vêtement, casi siempre dado a entelequias uniformadas, sacras.

Esa misma mano, que alivia y espanta, es de amanuense. Decepcionantemente más turbadora.

Antanas Mockus mostró sus pálidas nalgas colombo-lituanas a unos estudiantes reacios al diálogo formal. Los abugarroneó sin querer, de hecho. Introdujo en la cultura un gesto simbólico que todavía es objeto de sarcasmo. No inventó nada físico, el matemático.

Desde los tiempos de las sentadas contra la agresión gringa al sudeste asiático, desvestirse en plazas y calles dejó de ser una transgresión honorable para convertirse en zafio lenguaje políticón.

La protesta va a contravía de lo establecido. No es, como suponen muchos, un acto de abierta ostentación, porque no hay preeminencia del placer en sentirse admirado, sino el propósito de subvertir la costumbre y visibilizar lo que aún resta debajo. No el cuerpo, sino el argumento de la crítica. Si es que existe tal categoría de protesta.

La hipocresía del viejo Occidente encuentra menos repulsivo el acto de la violencia callejera, o las atrocidades cometidas en campos de concentración, que una sencilla manifestación de fe o convicción.

El Oriente dirimió extemporáneamente esas sutilezas, a fuer de dar palos e inaugurar gulags y mezquitas. Reproducción al calco del descrédito y el odio, que alcanza al hartazgo judeocristiano. The sweet stereotype. Pero traspolado.

Nos acostumbramos más fácilmente a la violencia, tal vez porque está contenida en los rituales sagrados de las sociedades primitivas y en el origen malvado del Estado moderno, que la convirtió en instrumento de disuasión legal desde el momento en que se reservó el monopolio de la brutalidad y, consecuentemente, de todas las armas fratricidas disponibles.

El mundo contemporáneo contiene un inmenso álbum de fotografías obscenas en las que la violencia, los genocidios y las torturas se repiten con frecuencias casi naturales. Hasta lograr el orgasmo visual y la catarsis espasmódica que ni siquiera el sexo consigue.

Por una de esas falacias del mero doblez, la desnudez es asociada con la lubricidad.

Y en esas estamos: aceptando como normales los extremos perversos de la intimidación y repudiando, por anormal, la incuria, la guerrilla desfilante de unos pelados/peludos pacifistas con el rabo afuera, en danza lúdica.

Dijo una periodista cubana el pasado 8 de marzo, a propósito del empoderamiento femenil diluido:

“Exponer nuestro universo personal, tanto lo que nos oprime como lo que nos enorgullece, en espacios públicos, es una parte esencial de la politización de las desigualdades que el sistema patriarcal impone. Así visualizamos todos los problemas cotidianos que enfrentamos, interpelamos a la sociedad, hacemos conciencia acerca de los prejuicios que limitan nuestra libertad. Yo sueño con poder desfilar un día por el Malecón con las tetas al descubierto. No porque quiera exhibir mis tetas, sino porque quiero naturalizar ponerme una camiseta sin ajustadores y poder ir al agromercado a comprar alimentos sin sufrir acoso y sentirme avergonzada. Detrás de cada rebelión feminista, que puede resultar a veces difícil de comprender, hay siempre una historia profunda de dominación. Las razones por las cuales las feministas cubanas no salimos a la calle a marchar son muy similares a las razones por las que casi ningún actor social en Cuba sale a la calle a marchar, y podrían resumirse en la falta de garantías para el ejercicio de derechos civiles. En los dos últimos años hemos visto excepciones inspiradoras, como las manifestaciones del 11 de mayo de 2019 y el 27 de noviembre de 2020, pero no pasan de ser excepciones”.



Coda con codo

El nudismo no es filosofía, es un estado mental. No se nos menta la madre con frecuencia: uno no es nudista siempre, lo practiquemos o no, bajo el embrujo de socarrones entusiasmos. Porque no es una forma consciente de so-pe(n)sar el cuerpo humano (ex)puesto al mundanal arbitrio.

El acto libertario de despojarse de trapos (y consignas) devela una anarquía que propaga acercamientos.

La loquiacademia de psicología clasifica como potencial agresor a quien dibuja un cuerpo desnudo durante un examen de conducta.

Refugio alternativo a la mirada suicida, la s(o/u)ciedad nos hace creer que hay algo malo en el cuerpo propio (y mucho más en el ajeno). Hasta que algunos consiguen superar esa anatómica disfunción que lo doblega.

Desnudarse como acto de soberanía individual no está contemplado en las leyes. El derecho a disponer de la libertad proclamada sobre el sumo territorio patrio que es tu cuerpo, acaba en osadía.

O sea: matria del alma desatada. Ello supera la cotidiana transgresión y el miedo al medio.

Hoy, en la Cuba arrasada de esperanzas, es perceptible una creciente propensión a arrancarnos lo único que delimita la astuta exposición de la carne viva.

Donde nada más se puede perder, o extraviarse entre tanta peladera.

Sea entonces, tamaño despelote, prolija razón para esta nota.                                            




Nota:
*Cualquier coincidencia con un libraco de ensayos (¿en-sayas?) sobre posturas antifí[email protected], obra del finiquitado Rufo Caballero, es absolutamente intencional.




Ray Veiro

La fábrica de balas

Ray Veiro

Seibabo es uno de esos campos que a nadie le importan. Caseríos alrededor de una bodega, arrabales, otro caserío alrededor de una escuela primaria. Nada pueden significar cuatro casas para la economía de un país, como nada significa Cuba para la economía mundial, para la geografía mundial o, por ejemplo, para la industria militar mundial.





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