Sin descansar ese verano

I

En el puerto fluvial habían cinco vagones con sacos de sal, a cien rublos el vagón por la descarga. Si hacías el trabajo solo, los cien rublos eran para ti; si entre dos, tocaban a cincuenta rublos. El caso era que una pareja no podía ocuparse de un vagón lleno de sacos de sal, de setenta kilos cada uno. Allí mismo, junto al vagón, probamos a levantar uno de esos sacos que la humedad había vuelto el doble de pesados. Fue como querer levantar a un muerto: se nos iba de las manos. Descorazonado, subí al vagón y estudié el lento desplazarse de las gruas de portal y el revolotear de las gaviotas sobre el agua. Llevaría allí, absorto, cosa de un minuto, cuando alguien nos habló: 

—¡Ey, aguiluchos! ¿Han venido a ayudarme? 

Frank seguía parado junto al vagón y se asomó para ver quién nos hablaba. Yo me di vuelta. Al fondo, en la penumbra, descubrí a un hombre con una barba de días acostado sobre los sacos. Al parecer había pasado la noche en el vagón. No sé lo que pensó Frank, pero yo entendí que aquel hombre no había podido dar un paso más la tarde anterior, tras una jornada agotadora, y se había echado a dormir allí mismo. Estaba como encadenado al vagón y a los sacos de sal por una deuda o por el alcohol, y lo estaba “despalillando” solo. Serían cien rublos para disfrutarlos acostado en una cama con todos los huesos molidos. Serían cincuenta rublos para cada uno, pero cambiamos de idea y no esperamos al contratista, una mujer joven con botas de gomas que al descubrir nuestra fuga nos dijo burlona: 

—¿Qué, aguiluchos, se asustaron?

Le respondimos: 

—Vamos afuera a esperar a dos amigos nuestros que quedaron en venir, pero no conocen el lugar. Enseguida volvemos. 

—Bien, pero apúrense, porque los soldados los pueden dejar sin vagones. 

—¿Son cien rublos por cada vagón?

—Cien rublos por vagón. No tarden.

Con aquellos cien rublos fuimos una semana seguida a la playa y bebimos muchísimo champán con nuestras vecinas de pasillo. Es decir: nunca lo tuvimos en las manos. Tirados en una cama, filosofando, el dinero se gasta con mucho gusto. 


II

Mientras nos recuperábamos del shock de los sacos de sal y vendíamos botellas vacías, pensamos en algún otro trabajo para el verano. Sería el primer verano que pasaría trabajando, pero no tenía alternativa porque había gastado todo el dinero de las vacaciones; julio acababa de empezar y hasta septiembre tenía que vivir de algo que no fuera pan negro con margarina y té. 

Entonces decidimos ir a una panadería, donde aparte de un trabajo fácil podríamos conseguir comida, al menos todo el pan que quisiéramos. Con el tiempo llegamos a llevar para la casa huevos, mantequilla, mermelada, dulces. 

Lo primero que hicimos fue cargar el pan a los furgones de la distribución. Un trabajo agotador y muy mal pagado. No recuerdo bien, pero la tonelada sería a veinticuatro kopecs o algo así. Al final del día teníamos cargadas tantas toneladas que de alguien habérmelo dicho antes no le hubiera creído. Eran toneladas de pan, pero una tonelada de pan pesa tanto como una tonelada de cualquier otra cosa. 

Debíamos mover unas carretillas llenas hasta el tope de panes calientes y tener cuidado, al voltearlas bruscamente, de no pillarnos los dedos, pues las carretillas eran de hierro y muy pesadas de por sí. Una vez vacías las empujábamos hacia el interior de la nave a íbamos por otra. 

Las bandejas eran de madera, desvencijadas por el uso, y sus clavos nos rasgaban las manoplas. Para colmo, no corrían bien por las guías de los furgones. Cuatro puertas con seis guías, una encima de otra, y para cada guía cuatro bandejas de pan con doce hogazas de a kilo cada una. 

Al final del primer día no me sostenía en pie. Habían sido ocho horas sin dejar de tener un furgón junto al parapeto. Entraban uno tras otro al patio de la fábrica, hacían una corta parada para ser pesados en una báscula y al momento ya estaban junto a nosotros.  

Los choferes, al vernos la primera vez, nos echaban miradas, extrañados, y comentaban: “No son rusos esos muchachos”. Al segundo día se nos acercaron y nos dijeron lo mismo: “Muchachos, ¿ustedes no son rusos, eh?”. No si éramos extranjeros. Nos tomaban por no rusos sencillamente: uzbekos, turkmenos o algo así. No rusos. 

Al llegar a la casa, después del primer día, yo decidí no volver más por aquel lugar. Estaríamos yendo casi un mes, pero aquella noche había decidido seguir vendiendo botellas o pedir prestado, tal era mi cansancio. A la mañana siguiente Frank me convenció de que volviéramos y a los tres días ya se me había acostumbrado el cuerpo. Cargábamos rápido los furgones y teníamos tiempo de fumar y darnos nuestra vuelta. 

A la semana, unos rusos de nuestra edad, estudiantes también, nos hablaron de trabajar en otra sección de la misma fábrica, de la panadería: un trabajo más fácil y mejor pagado: picar en rodajas los panes viejos y los panecillos dulces que devolvían de las tiendas para ponerlos a secar dentro de un horno. Ese pan seco era empaquetado como galleta; de munición o se molía para harina de kvas. 

Ya habíamos oído hablar de aquel taller pero no albergábamos esperanzas de entrar a él, porque muchos querían el trabajo. El jefe de brigada, una mujer, los había estado pidiendo siempre a ellos durante un mes, pero ellos se iban y nos recomendaron para ocupar sus puestos. Ellos le convenían a la jefe de brigada pero la jefe no les convenía a ellos. No nos dijeron nada, no entraron en detalle. Se limitaron a decir: “Aquí van a estar más descansados. Quizás les guste. Nosotros nos vamos”. 

La primera noche (allí siempre fuimos de noche) trabajamos entre tres: yo, Frank y la mujer, que era un hombre trabajando. Picamos pan todo el turno y acomodábamos las rodajas a una velocidad cada vez mayor. Queríamos gustarle a la mujer que, al vernos trabajar con tanto ahínco, nos decía amistosa: “bien muchachos, bien”. Ella arrancaba con la carretilla para dentro del horno, una especie de cuarto grande con dos puertas. Por una se metían las carretillas llenas, y a medida que se iba avanzando en el trabajo, se iban sacando por la puerta trasera. Estaban allí dentro el tiempo justo para llenar otra carretilla, pero las rodajas se ponían duras como piedras por el grandísimo calor que soltaban las paredes de aquel horno. Cuando nosotros también empezamos a meter las carretillas salíamos empapados de sudor por estar forcejeando con la carretilla caliente, empujándola para sacarla de allí. 

A media noche íbamos a cenar al comedor de la fábrica. Comprábamos un litro de leche para los dos y teníamos un pan entero, caliente, que tomábamos al pasar por la sala de carga de una de las carretillas a la espera de los furgones. 

Al segundo día de estar trabajando en el otro taller, vencido el tiempo de discreción, quisimos saber cómo la jefa nos estaba cerrando los reportes de trabajo. Cuántas toneladas de pan habíamos hecho rodajas y pasado por el horno. 

A las seis de la mañana, cuando nos vestíamos para irnos, descubrimos, tirado sobre unos sacos detrás de las taquillas, al esposo de la mujer a quien nosotros hacíamos en su casa, enfermo o cosa así. Entonces, sospechando ya algo, fuimos a fijarnos bien en el reporte y vimos escrito el nombre del mujik, el de ella y, debajo, nuestros inocentes nombres. 

¡Ella apuntaba en los reportes el nombre de cuatro personas cuando en realidad habíamos estado trabajando solo tres! La mujer ni levantó la cabeza y nosotros nos fuimos sin decir palabra. Tenía un marido alcohólico y estaba resolviendo su problema. Nosotros el nuestro y allí ganábamos más que en el otro lugar. ¿Qué podía importarnos?

Después que lo vimos aquel día, el hombre salió de su invisibilidad y lo descubrimos en diferentes lugares del taller, acostado sobre sacos vacíos, al pie de una máquina o junto al techo, sobre una pila de sacos, con la redonda barriga al aire como otro saco más. 

Una vez despertó a medianoche y puso en juego su fuerza de siete pies. Las carretillas volaban y el pan viejo casi no alcanzó para duplicar la norma de los días que la pasaba durmiendo. Eso fue un juego, pura distracción para él; no podía abandonar su clandestinidad porque al momento se vería que nunca hacíamos lo que cuatro podían hacer. 

Aquel día que lo descubrimos detrás de las taquillas, su esposa, al despedirnos, no levantó la vista por miedo. No sabía qué esperar de unos extranjeros. Pero como no dijimos nada y la dejamos con su rejuego, ambos nos tomaron afecto. Ella comenzó a traernos huevos de la sección de dulces que, junto con unas papas poníamos a cocinar en un rincón del horno y así nos ahorrábamos el dinero que antes gastábamos en comida. También nos traía leche fresca en un bidoncito, mermelada y dulces. A veces, mientras cenábamos, su marido se despertaba y nos veía comer, nos daba palmaditas en la espalda y nos decía: “Coman aguiluchos. Tomen leche. Felices ustedes que pueden tomarla. A mí, después de lo mío, me da náuseas. Felices ustedes, aguiluchos, que pueden tomarla”. 

Trabajamos allí hasta principio de agosto, que nos fuimos porque nos cansamos y oímos de otro lugar donde pagaban mejor. Nos tomamos una semana para gastarnos el dinero. Fuimos a bañarnos al río. Eramos unos trabajadores más reposando sobre la arena caliente después de un mes de trabajo. 


III

La producción industrial soviética sufrió una seria merma por el tiempo que estuvimos descansando bajo el solecito. Todos los estudiantes trabajan mucho el año corrido y nosotros, por no ser menos, decidimos matar los veinte días que quedaban hasta septiembre, pero cambiamos de lugar. Del calor de los hornos de la panadería nos fuimos a mover cuartos de vacas congelados en un frigorífico de las afueras de la ciudad. 

Para entrar a las grandes naves del frigorífico teníamos que, en pleno agosto, vestir pantalones y chaquetas guateadas, gorros con orejeras, manoplas, y calzar botas de fieltro con chanclos contra la humedad. 

Desde el cuarto donde nos vestíamos salíamos al patio y, por una rampa, subíamos al edificio del frigorífico. Aquel tenía cuatro pisos y, en cada uno, seis cámaras de unos diez metros por treinta, amplias como campos de básquet y llenas hasta el techo de carne apilada en lomas. En ellas conservaban también mantequilla, pescado, tocino, corderos de Nueva Zelandia y ratas vivas de alguna especie siberiana porque el termómetro marcaba siempre -20°C. 

Lo primero que hicimos fue limpiar una de aquellas cámaras del hielo que cubría el suelo y sus paredes. (Para abrir la cámara tuvimos que romper con barreta una gruesa capa de hielo a través de la cual, como en la lejanía, se veían el candado y los herrajes de la puerta). 

Una vez dentro, el contratista nos dijo: “Me voy y los dejo encerrados aquí para que no roben nada. No quiero revisarles al salir, pero no se escondan nada bajo los abrigos. Voy a confiar en ustedes. ¿A qué hora les vengo a abrir para que descansen? Son las nueve. ¿A las doce? De acuerdo”. 

Con nosotros trabajaría otra pareja de estudiantes. Unos rusos jovencitos que eran quienes habían llegado al acuerdo con el contratista de ciento veinte rublos por la limpieza, más el trabajo que tendríamos después descargando unos camiones refrigerados. 

Empezamos a golpear la costra de hielo. Mi barreta era pesada, con la hoja de un hacha soldada en la punta. Yo la usaba para levantar el hielo desde abajo. El único inconveniente era que costaba mucho trabajo fragmentar las capas gruesas. Por eso yo y Frank nos turnábamos. Su barreta tenía la punta afilada y con ella rompía fácilmente el hielo. Primero él hacía cosa de un metro cuadrado y yo lo rascaba. Cuando teníamos levantado un buen pedazo lo paleábamos y lo amontonábamos en pequeñas pilas. Nuestra pareja fue quitando la escarcha del techo con una escoba y al hacerlo sus cabezas y sus hombros se iban cubriendo de una fina nieve.  

Trabajamos largo rato sin cansarnos. El frío nos provocó una especie de euforia y nos movíamos alegres, fuertes, jóvenes, y las astillas volaban y la nieve caía del techo. 

No nos tomamos ningún descanso y no tenía sentido hacerlo porque te enfriabas al momento. Al sentirnos agotados pensé que tal vez ya habían transcurrido las tres horas y aquel tipo se había olvidado de nosotros. Nos congelaríamos aquí al vernos obligados a parar por la fatiga. Le pregunté a los muchachos si no estaban cansados y fuimos a darle con las barretas a la puerta para que alguien nos oyera y nos sacara, cuando esta se abrió y apareció el contratista: había pasado solo una hora cuarenta minutos y venía a abrirnos porque sabía que tres horas eran muchas para nosotros la primera vez. 

Vestidos aún de expedición polar salimos a la calle y nos asombró que el verano estuviese allí todavía. Habíamos hecho un viaje de hora y media al invierno y ahora podíamos calentarnos a gusto los huesos bajo el sol. 

Nuestra pareja, que hacía mucho trabajaba allí y conocía el lugar, fue por unos helados a una fábrica del mismo complejo. Por la tarde terminamos de sacar todo el hielo y dejamos limpia la cámara, lista para llenarla de carne al siguiente día. 

Al llegar por la mañana nuestra pareja nos dijo que el contratista no estaba contento con el trabajo y que nos pagaría setenta u ochenta rublos por todo. Fuimos a gritarle al hombre aquel a su oficina, pero él, acostumbrado a gritarle a sus estibadores nos “sobregritó” como se diría en ruso. A voz en cuello nos dijo que el trabajo no servía para nada y que no podía pagarnos por una mala labor. Entonces hice otro intento de ganarle y le dije: “No nos grite que yo también sé gritar” y a tanta gritería entraron los estibadores de plantilla y le gritaron y le dijeron: “¡Quieres clavar a los muchachos!” y a nosotros: “¡No se dejen clavar, aguiluchos! Ese trabajo no lo hace nadie aquí y su precio es de ciento cincuenta rublos”. 

Nos abrieron los ojos porque para cerrar un reporte había que ser un entendido, saber por dónde te podían quitar y por dónde poner. Ese mismo día cargamos cuartos de cerdo desde un camión refrigerado hasta la cámara. Todo se tenía en cuenta: cuánto costaba la carne, cuánto pesaban las carretillas, cuántos metros teníamos qué cargar a pulso los cuartos desde el camión hasta la carretilla, cuánto teníamos que hacer rodar la carretilla llena para pesarla en la báscula, a cuántos metros quedaba el ascensor, a cuántos la cámara del ascensor y, al ir haciendo la pila de diez por diez metros, conformando un cuadro en el piso con los cuartos, cuánto teníamos que caminar. 

Además, supimos que como la carne de cerdo costaba menos que la de res, nos dejaban ese trabajo peor pagado. Hubo días, sin embargo, que hicimos cuarenta o cincuenta rublos, aunque salíamos ya de noche del frigorífico. Durante el cobro de los viernes nos dejaban frío las sumas que alegremente recibían los Vasias y Vanias de plantilla. Eran la gente más alegre y fuerte del mundo, muy buenos bebedores además: en plena descarga se sacaban una botella del pecho y, abiertas las piernas, se empinaban un largo trago “para calentarse el cuerpo”. Cuando cubríamos turno de noche prendíamos un fuego bajo el parapeto o al fondo de las naves, y en un cubo con agua y sal echábamos un pernil de cerdo o tres pollos y armábamos un festín a las doce de la noche. Ya éramos amigos y nos habían puesto a cargar reses, medio canal que cualquiera de ellos se echaba al hombro y nosotros cargábamos entre los dos. Ganábamos muchísimo dinero y nos gustaba mucho aquella carne sin más condimento que sal y pimienta, y la visión del fuego que nos alumbraba las caras. 

Yo empecé a usar una hachuela entre las ropas “cosidas al faldón del abrigo” como un Raskolnikov carnicero, y todos los días mataba a la usurera y a Lizaveta, y seguíamos el festín en casa con nuestros amigos. Mi maletín, que sacábamos a escondidas por la cerca, cargaba de todo: grandes panes de mantequilla, queso, tocino; de todo. 

Un día de finales de agosto, cuando ya llovía mucho y las tardes se volvían frías, Frank me estaba pasando el maletín lleno de carne cuando vi la figura de un hombre al final de la acera. “Ya está —pensé—. De cabeza para Cuba”. No podríamos negar la acusación de robo porque tenía el maletín en la mano y el hombre debía haberlo visto todo. 

En toda la calle no se veía un alma y no iba a dejarme agarrar por aquel único testigo. Pensé tirar el maletín sobre la hierba y lanzarme a correr cuando vi que el hombre no se apuraba ni nada y proseguía calmo su paseo. Al llegar junto a mí me habló con voz alegre, palmeándome el hombro: 

—¿Robando, aguiluchos? Todos se llevan su poquito. Está bien… Nuestro estado es grande. Cada uno su poquito. ¿Por qué no? Solo con cuidado, aguiluchos. Su poquito. No más… Así fue cómo estuve sin descansar ese verano. No recuerdo ahora en qué gasté el dinero. Solo puedo decir que tuve la oportunidad de ganármelo trabajando duro y que en aquel verano estaba en la plenitud de mis fuerzas para hacerlo y en el mejor estado de ánimo para sentirme bien haciéndolo. 


* Del libro Teoría de la transficción: Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI
(Editorial Hypermedia, 2020), compilación de Carlos A. Aguilera.




Librería

Teoría de la transficción - Carlos A Aguilera

Esta antología quiere mostrar la ligereza, la «borradura», el no género, el kitsch, el muñón o el self de algunos escritores. Carlos A. Aguilera




Teoría de la transficción - Carlos A. Aguilera

Teoría de la transficción

Carlos A. Aguilera

La literatura como máquina de guerra, como vampiro contractual y político, como nudo de fuerzas, no ha dejado de concebirse como escritura…”. Prólogo a la antología Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI, (Hypermedia, 2020).


1 Comentario
  1. transficción ni transficción…. esto es sencillamente BUENA LITERATURA, de esa de la que ninguno de los demás transficcionales antologados podrá escribir nunca…no jodan

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.