Para Carlos Lechuga, de una lectora casada

Carlos Lechuga:

Es un verdadero gusto comenzar el año leyendo En brazos de la mujer casada (Editorial Hypermedia, 2020). Creo que es una hermosa despedida al 2020, tan lleno de sobresaltos y represiones. Su libro supera esos doce meses de mierda y consigue que, al menos por un momento, sea posible olvidar tanta tragedia universal.

Hypermedia es la tiza, seguro diría, y creo que lo es, y mucho. Su libro tiene la frescura de quien no teme cuidar sus palabras; son páginas de puro latido, a veces con cierta arritmia: una intensidad contagiosa que fluye a borbotones como con la inocencia de la primera vez, la sorpresa del placer inédito.

Debo decirle que no me agradó mucho la portada. Entiendo la intención de vender una imagen de femme fatale asociada al título, pero en ello hay algo de insulso, y hay una especie de falta de coherencia entre la rebuscada estética visual de la que hace gala en su prosa y esta foto como sacada de una de esas revistas de moda o farándula. Una boca es una boca es una boca, pero en esta hay demasiado artificio, mucho de lugar común, de postalita.

Tampoco entiendo el deseo de constreñir el volumen en un género específico. ¿Es necesario etiquetar la literatura? Más que eso: ¿es necesario, o pertinente, etiquetar el arte? En mi opinión, sería interesante que en el futuro la editorial no tenga que verse en la obligación de catalogar un texto. Ya el lector se encargará de hacerlo.

No me malinterprete, pienso que su libro puede ser una novela, y así me funciona, pero también creo que la unidad del texto no se consigue con este sello: la logran su pericia como escritor para encontrar un tono en cada uno de los textos, incluyendo las entrevistas, y la edición cuidadosa y eficiente de Ladislao Aguado.

Del tono quiero hablarle: usted tiene una voz. Eso es algo que casi ningún autor consigue en un primer libro. No lo digo por halagarle de más. Lo cierto es que en su escritura se siente la intensidad de un narrador, y eso contradice su idea (si fuera cierta) de que los cineastas no saben escribir (criterio con el que Pasolini no estaría de acuerdo, imagino).

Una de las virtudes de su lenguaje es la falta de pudor, la capacidad para soltarse a describir situaciones sin que se note en ello la búsqueda de la palabra exacta, y a la vez, consiguiéndola sin esfuerzo. Es algo notable y digno de subrayar: tiene mucho que decir, y sabe además cómo hacerlo. Ya que cita a Memorias del subdesarrollo,debo decir que así es como le he sentido: asomado por la ventana, oteando curioso, y en ocasiones escéptico, la vida que le rodea; solo que esta vez el telescopio gira y lo escudriña también a usted, le devuelve la imagen de su propio dolor.



Entre sus líneas puede pulsarse la soledad ontológica del ser humano. Hay un estilo de soledad que abunda en nuestros días, la más expuesta de todas las soledades: esa que se exhibe en las redes sociales como una parte más del show, y que se encuentra en los textos más personales del libro.

Estoy pensando en los textos donde narra sus peripecias amorosas, la incesante sed del amor en cada una de sus manifestaciones; los textos en que describe su sentimiento hacia Cuba y cada uno de los problemas a los que se enfrenta un cubano; los textos donde habla de la amistad o donde busca pequeños tesoros cinematográficos de antaño, olvidados y perdidos. Está en usted también La mirada de Ulises: busca, como el inolvidable personaje de Angelopoulos, un pedazo de cinta valiosa que lo ayude a completar su colección de imágenes sobre una realidad pasada, sobre una realidad que persiste, que se empeña en persistir.

En brazos de la mujer casada es un libro lleno de añoranza, repleto de deseos de regreso a un pasado mejor o a un futuro menos accidentado, al menos por contraste. Sus entrevistas son ejemplo de ello. Ha logrado que nombres tan diversos de la cultura cubana como Enrique Colina, Carlos Quintela y Jorge Molina, puedan ser escuchados nuevamente. Es verdaderamente deliciosa su entrevista con Abilio Estévez, ese imprescindible. Y muy interesante el acercamiento a Bruce LaBruce y su loco deseo de filmar en La Habana: una ciudad pornógrafa desde su nacimiento, pero tan timorata desde que alguien considerara que la diversión es antagónica de la revolución, y que la ideología de Cuba debe alejarse de aquello que huela a esparcimiento y placer.

La trilogía de cuestionarios a Luis de la Paz, José Abreu Felipe y Juan Abreu, resulta reveladora y sumamente oportuna. Son voces a las que es necesario escuchar, historias que complementan la idea de nación ingrata, un aporte a la exposición de todos aquellos espantos a los que se han visto (y aún se ven) sometidos los artistas cubanos, y un bello homenaje al que quizás sea el ejemplo más preciso de la persistencia del deseo de crear por encima de las terribles circunstancias, no solo “del agua por toda partes”, sino de la delación y la deslealtad: ese Reinaldo Arenas nuestro, voluntariamente retirado de este mundo, a su manera y “antes que anochezca”.

Lo autorreferencial en su escritura me recuerda a Bukowski, a aquel libro donde narra sus avatares mientras filma en Hollywood. Así lo siento cuando habla de sus incursiones en los festivales de cine del mundo: Carlos Lechuga con los ojos abiertos como un niño asombrado que no quiere parecerlo tanto, con esa facilidad para nadar con soltura junto a peces grandes, como si no pasara nada, como si fuera un día más, otro magnífico día para el pez plátano.

Para aquellos cubanos que le leen, para la mayoría que no ha puesto un pie fuera de esta isla, resulta revelador ojear sus aventuras. La simpatía que despierta entre los lectores, la certeza de estar frente a un producto nacional… Todos somos productos nacionales, y usted está entre nosotros.

Me encantan sus obsesiones, esa manera atrevida de encender un tabaco y tratar de conquistar lo intangible. Hacer el amor con Ana Mendieta o caminar junto a Ena Lucía Portela. Baja sus defensas de macho-varón-masculino-erecto para dejarse seducir por grandes mujerangas de la cultura cubana. Mujerangas que se imponen sobre la porquería de vida que les toca y marcan una pauta en el arte universal, que sufren y se retuercen y lo muestran al público, y que aún pueden poner de cabeza al lenguaje y decir: “Mírame bien, yo he entrado primero en el libro de la historia”.

No he querido hablar antes de las muchas mujeres que habitan su libro. Admiro su habilidad amatoria para seducirlas a todas. Pero algo no me queda claro, luego de concluir la lectura. ¿Busca amor? ¿Busca sexo? ¿Busca placer? ¿Lo encuentra?

En fin… Si quisiera aclarar ese punto no deje de escribirme. Mientras tanto, si alguna vez considerara cambiar el título de su volumen (aunque no me parece necesario) creo que podría llamarse: ¿Qué es lo que encuentra Carlos Lechuga en su incesante búsqueda entre mujeres y películas?

Con toda mi admiración, y un abrazo.

Una lectora casada.




Jorge Ferrer

Jorge Ferrer contra la máquina de suprimir el goce

Adriana Normand

Meses después de la primera crónica publicada por Jorge Ferrer, la epidemia no parece remitir. Nos queda entonces asomarnos a la lectura de Días de coronavirus (Editorial Hypermedia, 2020), y asumir la piel del escritor que nos conduce, con prosa afilada, por los bordes desfigurados de esta metástasis a la que asistimos.


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