Bohemian Rhapsody

Eyacular la palabra

El deseo exige su perpetuación ad infinitum.
Susan Sontag, El amante del volcán.

Los que nos conocen a ambos saben que no podemos ser más diferentes: él es impulsivo, pasional, irreverente; yo, comedida, racional, respetuosa. En el pasado hemos estado muy unidos y en una época de desencuentros profesionales también nos hemos distanciado hasta dejar un abismo en medio de nosotros. Él va por el mundo del arte en actitud de guerra, de aquel que defiende causas muchas veces perdidas, del que busca a través del escándalo la visibilidad y la denuncia de los convencionalismos y las negociaciones turbias que se urden en las trastiendas institucionales. Será por una elemental consecuencia física que siendo tan opuestos nos atraemos y que una vez más esté escribiendo para un libro que compila la labor como crítico de Andrés Isaac Santana.

Mencionaba que estuvimos separados, y esa lejanía se interpuso entre nosotros durante un lustro para terminar con una llamada de teléfono que como una saeta nos volvió a unir para que nos hiciésemos compañía en medio del dolor, para llorar hermanados a quien nos enseñó a escribir a ambos, a nuestro maestro y mentor, Rufo Caballero, que había fallecido la noche antes, el 5 de enero de 2011. La muerte de los que queremos y admiramos suele enfatizar el peso del exilio, la ausencia de ese lugar difícil llamado Cuba. Esa condición migrante es otro de los motivos que nos ha unido a Andrés y a mí, hasta el punto de llegar a convivir bajo el mismo techo y construir entre ambos —junto a otro amigo que recientemente también ha partido lejos, a otras tierras— un sentido de hogar, un espacio antropológico que habitar. Por eso, mi perspectiva como testigo durante casi dos décadas me otorga legitimidad para hablar de Andrés y de su escritura, porque le he visto en las noches desvelarse y sentarse frente al ordenador a escupir párrafos con un desenfreno que es intensamente orgánico. Observar su proceso creativo es posiblemente una experiencia que linda con lo pornográfico, que nos sitúa en el punto de mira del voyeur.

Hay un momento en que las manos de Andrés sobre el teclado parecen enraizarse en el portátil, creando un dispositivo nuevo donde hombre y máquina conviven en la hibridez de la prótesis, sin la cual el primero ya no podría operar porque se volvería completamente disfuncional. A medida que el texto va extendiéndose por la pantalla, cada sílaba parece respirar agitada, pujando por colonizar todo el territorio de la página en blanco. La mirada del crítico no se aparta de su objeto de deseo, el cuerpo en tensión traduce las vibraciones de un pensamiento que es instintivo, que emana pletórico y sin filtros, con absoluto desparpajo y conscientemente crudo.

Podríamos afirmar con certeza que la escritura de Andrés Isaac Santana es animal, emerge de su biología, se transpira. Vida y escritura son lo mismo en él, y de esto dan fe sus textos, desde la elección de sus primeros objetos de estudio, donde la distancia del crítico queda extraviada en la agencia y el posicionamiento político de su propia sexualidad, como ocurría en su temprana tesis de grado en Historia del Arte, publicada como volumen en Imágenes del desvío. La voz homoerótica en el arte cubano contemporáneo (J. C. Sáez Ed., Chile, 2004). Bastarían los títulos de sus libros para hacer un inventario de las pulsiones que recorren la producción intelectual de este investigador que oscila entre la crítica y la curaduría con la misma urgencia: Sin pudor (y penetrados); El troyano: Ensayo y escrituras confesionales, ambos publicados por la editorial valenciana Aduana Vieja en 2013. En un texto anterior me he referido al modo en que el lenguaje modula en su ensayística un vocabulario que habla a través de la piel, donde el cuerpo deviene en una presencia insoslayable. En ese sentido, la adjetivación para Andrés parece querer exorcizar cualquier límite o temor que impida la consecución del placer: rabioso, promiscuo, visceral, feroz, son términos que dan muestra de esa imposible contención de los sentidos que acompaña el ejercicio de la crítica y el pensamiento sobre el arte en el trabajo de Andrés Isaac Santana.

Quizás es la escritura el único amante no pasajero en la vida de Andrés, con quien se acuesta cada noche y despierta a la mañana siguiente sabiendo que en ella reside el placer primero y último. Frontera, hogar, patria, refugio, terapia, la escritura es todo y en ella él apuesta todo. Ahí no hay canon ni norma, solo libertad, la íntima libertad que el crítico encuentra intentando conocerse y ser fiel a sí mismo, aunque ello cueste demasiado y se tenga que pagar un precio alto por la sinceridad.

Termino como empezaba, citando a la gran Susan Sontag: «Nosotros admiramos, en nombre de la veracidad, un arte que exhibe la máxima cantidad de trauma, violencia, indignidad física. (La pregunta es: ¿Sentimos estas cosas?) Para nosotros, el momento significativo es el que más nos perturba».

Suset Sánchez Sánchez




Invitación

Presentación del libro Bohemian Rhapsody, de Andrés Isaac Santana.

Lunes 22 de julio, a 20:00 h.
Sala de Exposiciones del Ateneo de Madrid.
Calle del Prado 19. Madrid.




Anatomía de la euforia

Apenas comenzaba el siglo XXI cuando vi por primera vez en letra impresa el nombre de Andrés Isaac Santana. Recuerdo que fue por accidente en alguna revista cultural habanera, mientras hurgaba en los archivos que alumbrarían sobre mi propio tema de investigación en arte. Cuantos más ensayos leía con su firma, mayores eran mi descontrol y mi vacío. A veces uno, sin saberlo, descubre caminos que guiarán tus travesías como un faro. No importa si esa luz está demasiado lejos o es tan amarilla que pudiera devorarte. Escribo esta anécdota para entender el origen de mi devoción por ese crítico que nunca he conocido. Al cual me unen, sin embargo, no pocas fortunas. Ambos estudiamos la misma carrera, posamos desnudos ante el fotógrafo Eduardo Hernández, fuimos discípulos del inmortal Rufo Caballero, hemos sido colaboradores de El Nuevo Herald y escogimos el tortuoso pero fascinante universo de la escritura como modo de supervivencia.

Cuando él deja la carne abandonada para especular sobre los rizomas de la bisexualidad, yo ando inmerso en teorías probables sobre la fragmentación del ego en la orgía. Poseemos biografías más o menos simétricas y nos rondan exactos demonios. Sin contar que vivimos en la diáspora y defendemos la misma noción de identidad, aunque nos separan algunos años y buena cantidad de libros. No solo lo admiro por ser un intelectual sísmico, irreversible como un tótem (que yo también tengo mis altares), sino como el espejo en que quiero mirarme para crecer, donde escojo aquella fantasía un poco incestuosa, en la cual se convierte en mi hermano mayor. Porque entiendo sus ideas sobre la vida y el arte como él no se imagina y porque nos corre por las venas la misma efusividad, ese torbellino insoportable.

Siempre he pensado que Andrés Isaac es un ensayista superdotado, un centauro peligroso, algo salvaje y rotundo, que usa las palabras como cuchillos. Esos son sus remos, los mismos salvavidas que lo alejan de la zozobra. Escribe de manera incansable, preso del automatismo psíquico, estado reverberante que no le permite obedecer a las luces de ningún semáforo. Su lenguaje es frondoso, interminable, exquisito. Leerlo nos deja un agotamiento semejante a la fatiga después del coito. Experimentamos allí la muerte (rara mezcla donde se juntan el asombro y la picardía, el ardor y la desmesura). Entonces tenemos noticia de penetraciones insondables.

Bohemian Rhapsody, más que una refinada antología, es un enjambre de relatos personales, de estados de ánimo, de turbaciones explícitas. Es la anatomía de la euforia desplegada en todos sus colores. Un cosmos híperpoblado donde brilla la voz de Andrés Isaac, que no de Freddy Mercury. Nunca el título de la canción insigne de Queen fue más oportuno que ahora, para describir el propósito de un libro sobre la vida de otro gran artista, igual de corporal y caótico. De ahí que percibamos su delirio también de forma episódica y fragmentaria, donde habitan exergos poemáticos, confesiones epistolares y ensayos críticos. Todos en un solo arrebato cachondo, existencial y sublime, intermitente, letal y posmoderno.

La propia imagen de cubierta, La Sagrada Familia de Alex Flemming, anuncia desde su técnica artística (el ensamble), las contorsiones de un discurso que sabe del sarcasmo. Otra pauta de lucidez (pastiche de vértigo), donde se enfrentan lo sagrado y lo profano, lo real y lo ilusorio, la fe y la testosterona, la vanidad y el consumo, el fetichismo y la política. La supremacía del falo en detrimento de la túnica, el vasallaje y la cosmética, la violencia y el descarte, el peligro y la suerte. De todo eso nos habla Andrés Isaac en su compendio de última hora, de sus fervores, sus mujeres, sus verdades. De la sal y los extremos como en un buen melodrama. Por eso celebro su inteligencia y sus desatinos, su incorrección y su despecho. Andrés Isaac es el Pedro Almodóvar de la crítica de arte. No por casualidad son vecinos, allá en Madrid y van al mismo cardiólogo.

Rubens Riol

Coral Gables, Miami
Domingo 17 de marzo de 2019



Portada del libro Bohemian Rhapsody



Lisyanet Rodríguez

Lisyanet Rodríguez: Crisálida

Andrés Isaac Santana

Lisyanet Rodríguez crea mundos allí donde otros generan abismos.


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