Luis Delgado

De Porcorum Vitae

I

En el cuarto de desahogo del patio al que llamábamos “la casita”, mi papá guardaba un arma para matar conejos: la mitad de un bate de béisbol de madera que yo había roto jugando. Recuerdo que los agarraba por las orejas y les daba un golpe seco entre los ojos. Con toda la masa. Un golpe de gladiador. El conejo daba unos brinquitos espasmódicos y ya estaba. Luego los colgaba del arquitrabe de la puerta de la casita y ahí mismo los pelaba. Yo lo miraba para aprender. Así, un día decidió que ya tenía edad para matar pollos. Me dijo que agarrara uno por las patas y él me iba indicando. Ahora lo agarras por la cabeza, así, le estiras el pescuezo y se lo tuerces un poco, ¿ves? ¿ves cómo se le descoyunta el pescuezo? Lo sueltas y esperas a que acabe de patalear para meterlo en el agua caliente. Fíjate que no patalee porque si no te salpica y te quemas. Ya está, ahora tú. Pero yo le halé demasiado la cabeza y se la arranqué de cuajo. Me quedé con la cabeza en una mano, mientras en la otra trataba de no soltar el resto del cuerpo que todavía daba saltos y echaba sangre caliente por las venas deshilachadas.

Pero resulta que ni a mi papá ni a mí nos había tocado nunca matar un puerco. No porque fuéramos unos burgueses o unos mojigatos. Ya se ve que no lo éramos. De modo que Pirolo era el primer puerco que matábamos en la casa. El primero por lo menos que matábamos nosotros mismos. Mi mamá lo había bautizado y a través del bautizo había creado tal vínculo con el animal, que la tarde de ese día prefirió irse de la casa. Mi papá y yo, por otra parte, estábamos no nerviosos, sino inexpertos. No sabíamos cómo hacer. Sabíamos, eso sí, que debajo de la pata delantera izquierda latía el corazón, y sabíamos que teníamos que encontrarlo y atravesarlo. Si el cuchillo llegaba al músculo rojo y caliente del corazón, el trabajo estaría hecho, con limpieza.

Yo había limpiado el corral por última vez, casi póstuma, pues en sus cuatro metros cuadrados se fraguaría todo. Entramos. Pirolo, por supuesto, no se enteraba de nada, ni siquiera al ver la hoja del cuchillo que mi papá empuñaba. Ahora que lo pienso, no tengo ni idea del sistema óptico de los puercos. ¿Habrá visto Pirolo el cuchillo? ¿Habrá visto que el cuchillo era un cuchillo? Nos costó tirarlo, pero lo hicimos. Pirolo forcejeaba con todas sus doscientas libras. Chillaba. Pero cuando estábamos listos me percato de que lo hemos tirado sobre el lado izquierdo, que era el que queríamos arriba. Lo soltamos. Quizás Pirolo haya pensado que se trataba de una broma y que ya estaba gastada. Pero enseguida lo agarré por las orejas, duro, y lo torcí sobre el lado correcto. Mi papá ayudaba desbalanceándolo con patadas en las patas. Los tres rezongábamos. Sudábamos. Forcejeábamos. Pero mi papá y yo pertenecemos a la especie humana. Y pronto Pirolo estuvo donde lo queríamos.

Empujándolo con una rodilla contra el piso del corral, le agarré la pata izquierda, abriéndola para que mi papá hincara el cuchillo. La hoja entró completa y salió roja. Los chillidos de Pirolo parecían reventar el techo de tejas del corral. Por eso mi papá, que se había levantado, dándolo todo por concluido, orgulloso de su letal puntería, no oyó que yo le gritaba que Pirolo estaba vivo, vivísimo. Con la cuchillada yo esperaba un desplome, pero debajo de mí sentía que la fuerza de las libras de Pirolo no habían disminuido, que la presión que hacía por levantarse no era la de un ser con el corazón destrozado. Suéltalo, suéltalo, me decía mi papá. Que no, insistía yo. Por encima de nuestras voces los chillidos de Pirolo. Ante tanta insistencia, decidí soltarlo. Detrás de mí se levanta Pirolo, que de un hocicazo quita a mi papá del medio y sale corriendo por todo el patio, regándolo con su sangre.

Mi papá me mira y mira el cuchillo que tiene en la mano. Parece pensar que se trataba de uno de esos que se utilizan en las películas, cuya hoja se hunde en el cabo cuando golpea. Yo lo miro, mis ojos le dicen, “¿viste? Te lo dije”. Lo perseguimos. Lo arrinconamos en una esquina. A esa hora Pirolo debía de haber comprendido de qué se trataba. Y nos la puso difícil. Muy difícil. En fin, que Pirolo murió desangrado, una hora y cuarto más tarde. Cuando lo abrimos para picar su carne, encontramos el corazón intacto. De más está decir que mi mamá no lo probó. Ni la manteca.


II

Pero no todo lo que tuvo que ver con los puercos fue muerte, también hubo vida. No hizo falta que el ciclón Charlie hundiera la ventana de mi cuarto hacia dentro para saber que las ventanas de la casa necesitaban recambio. La madrugada del trece de agosto, el Charlie dijo a golpear la cara este de la casa. De una a tres de la madrugada. Dos horas duraron las ráfagas. Dos horas pasamos mis padres y yo empujando la ventana hacia afuera, haciéndole contrapeso al viento. El viento, por suerte, sopló solo de ese lado. Del otro lado estaba el patio y en el patio el corral, donde la Chula —no necesito decir quién la bautizó— engordaba su preñeta. Días después, antes de que otro ciclón, el Iván, amenazara las costas de la isla, dio a luz doce encantadores puerquitos. La Chula y sus críos eran la alcancía con el dinero para el recambio de las ventanas.

El parto se lo hice yo, que no sabía nada de partos, ni humanos ni animales. A las doce de la noche mi mamá me despierta a gritos. “Tito, que ya vienen”. Treinta segundos más tarde yo saltaba la verja del corral, y solo por instintos agarraba al primero en nacer —que mi mamá bautizó, por supuesto, con el nombre de Iván— y le rompía, para que pudiera respirar, la bolsita de nylon en que había salido y que mi mamá me informaba se trata de la placenta. Y ahí me quedé, esperando el segundo, que no tardó en llegar. Salían a gran velocidad, como si parirlos significara para la Chula, expulsarlos. Salían calienticos. Y en seguida se iban a buscar las tetas de la madre. Cada veinte minutos más o menos le venían las contracciones a la Chula y entonces botaba dos o tres. Así hasta que fueron doce y se cansó y al mismo tiempo se vació.

Los puerquitos los vendimos en cuanto los destetamos. Pudimos lograrlos todos. Incluso al Cojo —ya se sabe quién le puso el nombre—, al que la Chula había pisado sin querer una vez al levantarse, aplastándole las pezuñas de la pata derecha delantera, lo que lo hacía cojear con gracia. A la Chula también la vendimos. Y con todo el dinero que reunimos pudimos comprar nada más y nada menos que dos ventanas de aluminio. De modo que todavía nos faltaban otras cinco y una puerta. De modo que la historia con los puercos no terminó aquí.


III

Pero además de muerte y vida, con los puercos hubo también poesía… clásica. En primer año de la carrera yo había hecho una apuesta con Alejandra y Kiko, y la ganaba si era capaz de hacer mi tesis sobre Catulo. En quinto año, y mientras me disponía a reunir bibliografía para mi tesis sobre Cortázar, Alejandra me recordó nuestra apuesta, o nuestro reto y no me quedó más remedio que cambiar de tema. La bibliografía actualizada que circulaba, y circula, en Cuba sobre Catulo, iba de escasa a inexistente. Por eso la mayor parte de la caracterización del sentimiento amoroso en el discurso poético del sujeto lírico del poeta romano la llevé a cabo en mi casa.

En mi casa solía ocuparme además de otros temas, de los que no me salvaba justificación alguna, ni la tesis ni la apuesta. Uno de ellos eran los puercos, de su alimentación y de la limpieza del corral: de su alimentación, dos veces al día, de la limpieza, casi cada vez que cagaban —mi mamá no soportaba la peste, ni yo tampoco. La peste a puerco en las manos se quita únicamente si te las lavas con azúcar prieta. No sé por qué, no sé la explicación, pero es así. Esto y otras cosas, muchas cosas, descubrí mientras limpiaba los corrales de los puercos. Aprendí también a recitar de memoria el endecasílabo falesiano que empleaba Catulo, con la particularidad de que el primer tiempo fuerte se trasladaba del dáctilo del segundo pie a la primera sílaba del verso. Aprendí también a diferenciar con un alto porcentaje de acierto un yambo de un coliambo, este de un sáfico y este a su vez de un adónico.

Mientras limpiaba el corral de los puercos, a veces anónimos a veces bautizados, se me ocurrieron también las interpretaciones más audaces de sus poemas. Ahí, tirando agua y barriendo la mierda porcina hice las conexiones más enriquecedoras, y no hablo de trivialidades, hablo de repercusiones intratextuales de estructuras poéticas que se han ubicado en el epicentro de los más vastos niveles del análisis literario per saecula saeculorum: ¡el léxico-semántico, el fonoestilístico, el morfosintáctico! Ahí, entre la fetidez de los puercos, descubrí intertextualidades, paratextos, hipertextos, metatextos; ahí arriesgué mi vocación para la hermenéutica, ahí puse a prueba mi sutileza como lector, mi visión implacable como crítico. 

Ahí, “Caeli, Lesbia nostra, Lesbia illa, / illa Lesbia, quam Catullus unam / plus quam se atque suos amauit omnes, / nunc in quadriuiis et angiportis / glubit magnanimi Remi nepotes*, se convertirían en versos sublimes, ni antes ni después vueltos a escribir por poeta humano (o animal). Versos que yo todavía hoy leo, sobre todo, con cierta nostalgia estomacal, más allá de cada y todo paralelismo. Lesbia emporcándose como una cualquiera por los rincones infames de Roma, sobre los falos enhiestos de los descendientes de Remo. Yo, en Bauta, manguera de agua en mano, tratando que despegar de los rincones del corral la mierda infame de generaciones de puercos. La poesía.


*Celio, nuestra Lesbia, aquella Lesbia, / la Lesbia aquella, que Catulo amo más, / a ella sola, que a sí mismo y que a todos los suyos, / ahora en callejones y esquinas / se la mama a los nietos del magnánimo Remo.




Damián Padilla

Damián Padilla

Damián Padilla

Hoy, con el corazón a punto de explotar, con el corazón a punto de eyacular como he escrito en otras ocasiones, me pongo hielo en los huevos, dejo que se me queme la piel pensando que un gran tembleque encajaría a la perfección en el gran final de lo que en vida he representado.


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