Jamila Medina

Psicoanalízame, por favor

I

Había una vez un hombre al que llamaban el-hombre-de-las-ratas. Se apareció una tardecita sobre el diván rojo de Freud, para contar su historia. Era un loco como otro cualquiera, es cierto, a no ser por el insignificante detalle que le da nombre a su caso: su esquizofrenia se desencadenó cuando alguien le dijo algo sobre un suplicio que no sé en qué época del Oriente —quizás hace mucho, quizás todavía— se aplicaba a los reos. Cosas con ratas.

Hace seis meses, cuando Henry me llamó para nuestro primer encuentro, no pensé inmediatamente en ese loco, pero pensé inmediatamente en Freud. Enseguida les digo por qué. 

Henry está editando mi último libro. Hace tiempo que ya nadie más me edita uno, porque tengo muy mala fama. Fama de loca. Enseguida les digo por qué.

El caso es que Henry me llamó porque ya tenía listos, es decir revisados, uno a uno, con su letra redonda de escolar, los diecisiete textos. Los diecisiete menos uno, que se llama “Cañerías abiertas con luz intencional”, y que en verdad no le gustó, porque dice que no encajaba con el resto del material.

II

Mientras mis amigas se van de tienda, a mí me fascina irme de editor. 

Hubo un tiempo en que tenía libros por todos lados y trabajos en diferentes revistas, todos editándose a la vez. Salía con mi bolsa amarilla, la del fondo grande, y metía ahí los adminículos: las gafas de aro negro para Najla Úlitsa, la narradora-surrealista; la boquilla para Salma Monteverdi, la poeta; la pluma de fuente roja, el escabel y el pañuelo de seda, para hablar de mis ensayos. 

Las citas con Henry son muy agradables. Me recibe en su viejo castillo de 5ta avenida. Se pone chancletas para aparentar jovialidad y se fuma un cigarro tras otro, hasta que se levanta, aduciendo que debe ir a por más. En otra época yo tenía una bella cigarrera, siempre lista, para agasajar a mi editor; pero como he perdido el ritmo, ahora dejo mis adminículos en casa y prefiero hacer un alto, caminar con Henry hasta el bar más cercano y dejarlo hablar. 

III

El escándalo más grande, el que provocó que varias editoriales me negaran sus servicios, y por tanto la publicación, fue con aquel editor, muy famoso, que escribía en sus ratos libres y dirigía la Imprenta Ponolani. 

Siempre he pensado que fue porque era escritor, aunque mis amigas más enteradas me han dicho que es porque el hombre era gay. Lo que ellas no saben es que precisamente por eso yo lo había escogido: delgado, gay o misógino, de dedos alargados y actitud muy puntillosa, que deja entrever uno de esos espíritus que no concilian el sueño hasta que hallan la solución para un adverbio terminado en “-mente”, o algún gerundio mal usado.

Ese fue el problema principal. Yo cuidaba mis gerundios y mis adverbios, por lo que el hombre —al que llamaré Lápiz— me entregó a los dos días las 222 páginas revisadas pulcramente, con suaves apuntes en los bordes hechos por su mano izquierda, que en general solo concernían a los préstamos y cultismos con que yo gustaba de embadurnar entonces mi escritura. 

Los galicismos los había marcado en rosa, los anglicismos en amarillo, y para las palabras grecolatinas (como él las definió sin contrariarse) había usado azul cobalto; el resto, que lo sobresaltaba menos, no recuerdo con qué lo remarcó.

Su propuesta era que yo revisara la exacta pertinencia de cada una de aquellas marcas de estilo, y que rebajara el uso de anglicismos, porque cuando se tiene el rico y vasto español, no hay que exagerar. A pesar de su ardor, yo le devolví dos veces el fajo sin cambiar más que tres cosas:

-una disquisición sobre la apathia, que sostengo no es lo mismo que apatía; 

-la ortografía de bloomers, que finalmente decidí españolizar; 

-el verbo follar, que sustituí en tres ocasiones por copular (“copulamos como perros”, “copulamos como aves de corral”, “copulé como una mantis”), en dos por fornicar (“con él forniqué como una rata que agoniza”, “entonces fornicábamos como cerdos de granja”), y otras diez veces por los verbos más disímiles: “me cogió”, “lo conocí”, “me invitó galanamente a templar (porque era extranjero y no conocía otra palabra)”, “yacimos”, “nos apareamos”, “nos desahogamos toda la mañana”… 

Cuando Lápiz me dio las pruebas por tercera vez, me advirtió que si no atendía a sus sugerencias tendría que abandonar su compromiso conmigo, previa consulta con sus jefes. Yo sabía bien a lo que se refería, porque de 334 cambios yo solo le había correspondido con 17, y eso dejaba mucho que desear para un editor que se respete; pero acostumbrada como estaba a aquellas citas, y sin tener ningún otro libro siquiera en imprenta, yo no quería zafarme de él. Al menos no hasta la semana que viene… 

Me apliqué, cambié 15 palabras y algunos signos de puntuación, y fui culpable del escándalo.

A la mañana siguiente me llamaron de Ponolani y me devolvieron el fajo inicial. No pude protestar ante la prensa porque enviaron un vocero que presentó a las cámaras las pruebas de mis fechorías: decenas de fajos de atormentados editores a los que yo había hecho trabajar sin piedad, por años. Tomándome (aquí exageraron la nota) al menos seis meses con cada uno, y deteniendo el suave fluir de las imprentas de la región, e incluso de editoriales extranjeras… 

Qué vergüenza.

IV

Cuando me entrevisté la primera vez con Henry, por ahí empezó todo. Discutimos los términos del contrato y me explicó que analizaría “lo que yo tuviera” durante cuatro sesiones, ni una más ni una menos, por dos horas, los jueves a las cinco de la tarde. 

Acepté, siendo consciente de mi fama y consolada gracias a las enseñanzas de Freud y de Lacan: dos sesiones para la transferencia (una para la empatía y el amor; otra para la antipatía y la agresión), una sesión —bien cargadita— para la sugestión, la hipnosis y la interpretación de sueños, y otra final para la “purga” y la “cura”. Había tiempo. 

Considerando mi situación, sería un buen mes.

Cuando una encuentra un buen editor, como lo fue Lápiz y lo es sin duda Henry, sucede como dicen por ahí: “una se engancha”.

En general, el problema con el editor es que es como con el analista. Te dice: y esta metáfora, por qué Ratas en la alta noche, por qué “Cañerías abiertas con luz intencional”, y una no puede más que abrirle su corazón y su cerebro (en dos tajadas), rebuscar en el inconsciente y contarle todo: 

Cuando yo tenía once años me robé un libro de la cómoda de mi madre (y esto es como ponerle una rueda de jamón). No recuerdo el título, pero leí y había un hombre semidesnudo (y un trozo de queso) que miraba desde un acantilado (y espinacas) hacia la llanura en plena oscuridad (y algo de salsa china). Creo que se me mezcla con un personaje de Poe (ligada con puré de tomate) huyendo por galerías de un cementerio de hordas de inmensas ratas, pero creo que este otro hombre miró desde el desfiladero (ya por último) y vio a otros allá abajo (colocarle unas hojitas de albahaca), agachados como cerdos, acoquinados como ratas (porque eso siempre ayuda) entre el lodo (a darle el toque final). 

Henry también hace preguntas. Fuma y fuma, me marca los anglicismos y cultismos de los que todavía no he podido desprenderme, y anuncia que se irá por cigarros. En el camino tropieza con una alcantarilla y me espeta, cañerías, por qué cañerías y por qué luz intencional. Ese cuento no puede ir en el libro. 

VI

El-hombre-de-las-ratas nunca estuvo en contacto con ninguna rata, al menos frente a Freud, pero acudió a él cuando le contaron esta anécdota: en la Edad Media, en el Renacimiento entre los cazadores de brujas, y por supuesto en las cárceles de Argentina, Iraq, Rusia y Argelia, había un método muy bueno para hacer hablar: meter una rata viva en el recto del interrogado. Ponían la rata hambrienta en un orinal, el orinal en el trasero del hombre, y la azuzaban con una vara incandescente hasta que salía por la única grieta libre. A las horas, la rata moría, y con ella él. 

VII

Cinco meses atrás, cuando Henry me habló del castigo no lo quise creer. Le dije que yo no había leído nada del asunto, que a mí no me iba el psicoanálisis, y que ya le había dado todo lo que tenía de ratas. Pero Henry, que había hecho sus pesquisas, me dijo: no todo, y me extendió una revista y un libro. Lee aquí.

Estaba atrapada. Como una rata boba. En mis tiempos de estudiante yo había usado en un ensayo un epígrafe de cierta avanzadilla sintáctica de guerra de la intelectualidad nacional: “Escribir no en la Casa del Ser, sino en el callejón de las ratas”. 

En el índice del libro, Henry había circulado el título del poema: “El lazo y la rata”, donde yo me perdía como hipnotizada, gargantabajo en la ciudad, tras la melodía de unas flautas. 

Tu problema es mayor del que esperaba, quizás más, quizás menos viejo. A ver, cuéntamelo todo, dijo y se sentó sobre el sofá.

No es nada, intenté zafarme de su inquisición. Además, comprenda, soy Salma Monteverdi en mi poesía; soy Inés Pelegrín en mis ensayos… Najla Úlitsa no puede responder por eso.    

Deja de alegar personalidades múltiples. Dime, anda, repitió hojeando el fajo, y sentí que iba a hacerme una proposición. Si me cuentas, diré en la editorial que necesitaremos unos dos meses más… concluyó tranquilo, acostándose todo lo largo que era.

VIII 

Fue hace quince años. Yo era joven y estaba enamorada de un escritor. Íbamos para ocho meses y nuestros caminos, que habían parecido unidos para siempre, se comenzaban a bifurcar. 

Un día estábamos en la cama. Él me tendió un libro y quiso compartir conmigo el último párrafo que había leído. O quizás me lo leyó en alta voz. Un hombre, en medio de la excitación, metía una rata viva en la vagina de su mujer, y la dejaba ahí, royendo…

Siempre me ha impresionado mucho que las ratas roan para gastar sus dientes. Porque si no, crecen y les atraviesan el cerebro, me interrumpió Henry sonriente. 

Y ya. Eso es todo, le dije levantándome para marcharme. Perdón, continúa, quiso detenerme él. Es todo, créeme, lo demás fue llanto al borde de la cama: le dije que era un depravado, que eso era en lo que se estaba convirtiendo, que me había quedado atrás…

Pero, ¿te metió alguna rata… dentro?, preguntó Henry lo más serio que pudo. No, dije casi muerta de la risa. Nada más me dio a leer aquello, y yo, que estaba en el período de cualquier-cosa-es-buena-para-llorar, me lo tomé así, tan a pecho. 

Entonces no es tan grave, dijo Henry decepcionado. Si es así… no creo que valga la pena extendernos por dos meses más, ni que tengas que seguir sembrando de ratas toda tu literatura. Pero si quieres, puedes llamarme el miércoles.

IX

Con frecuencia, le cuento por teléfono detalles de mis citas con Henry a mi amigo Lev Biálik. 

Este sábado, mientras le traducía las sensaciones inenarrables que han llegado a producirme los encuentros, le toqué el tema de las brujas, porque sé que Biálik es una maldita enciclopedia cuando de laberintos míticos se trata. Entonces, siempre desviado en una larga digresión que no tiene que ver con mi objetivo real, él me explicó el problema del vuelo, que según dice se basa en los ungüentos de yerbas con que las brujas frotaban su escoba y sus genitales, alguna planta secreta de nombre punzante (muérdago, mandrágora, marpacífico, belladona, cardamomo, cierta especie de tuna…) que las hacía delirar.     

Al rato, colgué y me quedé pensando en la desilusión que mostró Henry al oír mi anécdota. En los juicios de brujas debió ser así.

La fantasía se agigantaba superando la verdad, hasta que la mujer, pasados los extremos del sentido común, se obligaba a confesar. Vírgenes, semidesnudas, las carnes enflaquecidas por los días de tormento y los ojos aureolados por el insomnio, agrandados por el terror de lo que su boca, temerosa de más torturas, podría enhebrar. Viejas enfebrecidas, espulgando su imaginación, desatando su lengua hasta límites que nunca creyeron, solazadas en lo soez.    

Incluso así estimuladas, podía ser desilusionante. Pocas herejes llegaban a saciar las expectativas de una aldea lujuriosa de demonios, pactos, asesinatos, sangre, y también de un poco de originalidad, por favor.  

X

Cuando Henry se levanta por cigarros siempre estoy tentada de pedirle uno. Envidio su maravillosa oportunidad de fumar después de discutir diez metáforas seguidas. 

Miro el cigarro encendido, jugueteo con la saliva en mi boca, y pienso en las argentinas. Amoratadas y entre rejas. El lugar común del interrogador que les ofrece uno para que se relajen y cooperen. El lugar común de su piel blanca, aún más blanqueada por los días de prisión, llena de marcas de quemaduras de cigarro. Más aureolas. En los sitios más imprevisibles y también en los primeros que imaginamos: los senos, los pezones, los muslos y las nalgas, las muñecas…   

En qué piensas, me pregunta Henry, ahora que ha terminado. En nada, en nada, digo y trago saliva. Pues pasemos a la próxima imagen, ¿eres feminista?, ¿cuál es tu problema con el calor?, ¿no tienes miedo de quemarte? Me acribilla a preguntas, y todo por una nota de “Al borde del mar”, en que mi protagonista imagina:

[…]

2) Un lecho amplio y muelle, en que no se ha podido complacer al esposo (Helmer: el arquetipo) con siquiera un chillido impronunciable de placer. Se pone entonces la mano sobre la bombilla de la lámpara de noche, que prendida atisbaba el displacer. Sentir el calor del filamento. Querer —no sin ascendente excitación— que aquel haga en la palma alguna herida. 

3) En la primaria: unos bancos, de piel negra y sintética los cojines que al sol… Yo ponía allí las manos hasta que ya no resistía los ardores y rozaba esas lindes en que el invierno suele ser lo mismo que el calor. 

Es esto lo que entendería una ahogada, y no un hangman.    

XI

El problema de tener un libro metafórico entre manos es que el editor también se engancha, creo yo. Un problema de víctimas y victimarios, amos y esclavos, saber y poder. El disfrute de los pequeños forcejeos (tan parecidos al temblor de una vagina). Rasguños, mordiditas. La hoja de la lengua raspando contra la opacidad (el femenino secreto, la misteriosa mezquindad del reo).

No hay como decirle a un autor: usted usa demasiados gerundios y demasiados anglicismos, ¡mire esta página!; este párrafo es poco impertinente; este cuento, este cuento francamente desentona con el resto del volumen: cañerías, por qué cañerías y por qué luz intencional… Y bueno, dígame, ¿no está escribiendo nada más? ¿Viene la semana que viene? 

XII

Últimamente he empezado a sentir una ligera asfixia. 

A veces me pongo a leer en el baño cualquier cosa, por ejemplo, los siete temas que Borges proponía para la literatura fantástica, y me da un salto en el estómago. 

Las dos. A las cinco tengo cita con Henry, pero como ya él corroboró que todos mis cuentos encajan dentro del segundo tema; y como ya rebasamos aquellos encuentros iniciales (amor-odio, experimentación y cura) y ahora solo nos regodeamos, como en una versión psicoanalítica del Kamasutra, en practicar la tercera fase en diferentes posiciones, creo que ya no deseo tanto ir, ni él interrogarme. 

Pero la fuerza de la costumbre y mis eternos problemas editoriales no me dejan otra salida.

Ah, qué dulce era al principio. Cuando yo pugnaba por sembrar mis alcantarillas, sospechando el cayerío, los puentes levadizos que abre el Ministerio de Arquitectura para que sintamos que podemos fugar y nos mantengamos entretenidos. 

Por qué luz intencional, por qué cañerías, repetía Henry, exacto como un reloj a las cinco de la tarde, como un plomero quisquilloso. Y yo sentía la presión de su pluma enmarañando el fajo, como si punzara sobre mí. Era como si me hicieran cosquillas. Y yo no podía hacer más que soltar una larga carcajada. Pícara. Haciendo floreos para no responder de plano a la pregunta.

Y aquella segunda sesión… sí era otra cosa. Cuando, pasado el arrobamiento, nos intricábamos en un encarnizado debate sobre la metonimia (que Henry no se permite) y sobre cuál era el sustantivo de exacto paralelo con pene, aunque —a diferencia de Lápiz— Henry convino en que ciertamente no tenemos un verbo cómodo para hablar de follar.

XIII

Ahora no es igual. Tanto he llegado a aburrirme, que el mes pasado cambié varias veces de actividad:

1) Un lunes, como tenía excesivamente largo el pelo, fui a varios estilistas de esos que te dan órdenes y hacen preguntas molestas: ¿Y tú que champú usas, queridita? Desde ahora, usarás Juanita Mateo 5 y te lavarás con agua tibia; y no se pele más usted misma, o si no, no vuelva… 

2) El miércoles fui a clase de baile con una señora que registra rigurosamente tu dieta y tus movimientos intestinales, y que si has comido helado en los dos últimos meses ni lo sueñes, mejor te puedes ir a tu casa a ayunar. Por la mañana pasé por la escuela de automovilismo, pero no estaba el gordo aquel que le gritaba mucho a mi hermana cada vez que cambiaba mal la velocidad, así que no me he apuntado.

3) Por último, el viernes fui a la estación de policía. Enseguida les digo por qué.

4) Ah, y el martes… El martes fui al sexólogo, y de paso a la consulta de neurología: 

-Al primero llegué arguyendo frigidez, para que me hiciera las preguntas de rigor y me dijera: unas pruebitas y en dos semanas estamos haciéndole dilatación artificial, ya verá la mejoría. 

-En la segunda esgrimí mis credenciales de escritora y le dije que trabajo en una novela que le debe mucho a la técnica del inconsciente, pero que quería ver el funcionamiento de base de la maquinaria. Que a cambio podía experimentar conmigo como si fuera una rata de laboratorio. El jueves el hombre me rasuró tras elogiarme el pelado y, como es lógico, me puso varios cablecitos sobre el cráneo, fijados con redondeles de esparadrapo. La corriente transmitía un hormigueo agradable, así que me arrellané cómodamente y respondí sus preguntas. Al final de la tarde me enseñó las ondas de mi actividad cerebral, un mar picado cuando él leía algunas palabras que no repetiré por pudor. Pero en general me aburrí en cuanto alcancé a ver que el acto de los esparadrapos había sido nuestro momento más íntimo, y me decepcioné totalmente cuando intuí que el aparataje interrumpiría el acercamiento, ya que las máquinas sacaban conclusiones por él.   

XIV

El viernes me llamaron para interrogarme (amistosamente, no es menos cierto). Detectaron que he cambiado de actividad y al parecer se han alarmado un poco, pues si bien mis correteos concuerdan con el perfil, esto abre mi campo de acción y, por lo que pude entender, les depara más trabajo.

La conversación ha transcurrido en una oficina semiluminada por un precioso velador de pie (no he debutado como peligrosa, así que supongo innecesarias las acostumbradas luces blancas que suelo imaginar, enfocadas contra mi cara y mi cráneo liso). 

El hombre y la mujer con los que hablé me han aclarado que, por ahora, no pueden aumentar el número de analistas que me corresponde: uno y basta, por dos horas, los jueves a las cinco de la tarde. 

Mientras él habla, yo asiento comprensiva. Con uno por escritor ha sido un éxito en todos los casos, dice ella segura, manejando estadísticas. No puedo creer que usted esté deseando otro escándalo ante las cámaras, ¿o es que quiere ganar visibilidad?

No, si por eso mismo, trato de defenderme, si lo que quería era ahorrarles trabajo. Ya no necesito un editor, ni un analista, puntualizo. Creo que al psicoanálisis, como una flor, solo hay que saberlo descubrir en las preguntas, educando la mirada a la semioscuridad. La realidad se parece mucho a esta habitación, les elogio, de lo más formalita, el velador, aunque comprendo si interiormente me tildaran de hipócrita.

Discutimos durante horas. Me preguntan qué es lo que me molesta de Henry y que si quiero que deje de fumar. Les explico mis razones largamente. Que nunca he podido mantener una relación extensa con nadie. Que el problema con Henry es que lo veo como un hermano. Que ha ido captando mi modo de asociar y engulle, de un mordisco, mis metáforas. Que incluso creo que tampoco él lo disfruta ya. Y que en la atención al hombre deberían contemplar la posibilidad de un cambio de labor.

En vano. Desesperada, exhausta, probé a dejar de resistirme. Prometí portarme bien, sin mucho convencimiento, y ellos a su vez prometieron que me asignarán un verdadero analista, en cuanto tengan suficientes. 

Al salir de la estación, un guardia me interceptó agitando convulsamente algo en la mano, como un pez vivo. Lo pone ante mis narices y veo que no huele nada mal: es una publicación clandestina de mi libro Ratas en la alta noche. Triunfal, me muestra el índice: el cuento número trece es “Cañerías abiertas con luz intencional”. 

¿Me haría un autógrafo? Para Ve-ró-ni-ca, a-gra-de-ci-da por su a-fi-ción. Najla. Es para mi mujer, que le encanta, me explica; sin embargo, querría que usted le contara de nuevo el final de “Ratas…”, porque no lo entiende bien. ¿Por qué una mesa de disección, un paraguas, y una máquina de coser? ¿Por qué ratas y por qué en la alta noche? 

Sonrío ante lo que parece un final feliz, y le extiendo mi tarjeta para que me llame.     

XV 

Así que después de disculparme con Henry, he vuelto al redil. Aunque conservo mis contactos, y a ratos llaman Verónica y alguna otra amiga para conversar del libro más a mano. Mi único miedo es que se me acaben las metáforas, lo que cerraría mi historial. 

Por la escasez de analistas no me preocupo. Cuando me atrapa el tedio, voy a bailar, paso por lo de automovilismo o voy al neurólogo a posar con mi económica mirada de rata: los ojitos rojos y fijos en el encefalógrafo… 

Si deambulo mucho, sé que esa noche la pasaré en la policía, donde siempre hay hombres pacientes, dispuestos a explicarme mis derechos, a mostrarse comprensivos ante mis más secretas perversiones, a leerse concienzudamente mi literatura y hacer miles de preguntas, con la esperanza o el temor de que, llegado el momento, yo salte como una rata loca, confundiendo la habitación semivelada con una cañería de escape, y tengan que colocar frente a mi cara una enorme luz, para devolverme a la realidad. 

Es posible que crean en mi pulsión de muerte, rompiéndolo, visceralmente, todo. Rasgando la estrechez a que nos confina el principio del placer. Pero Lacan y Freud no me dejarán mentir. Más que la ley, lo que nos detiene es nuestra propia prohibición, la avaricia de dejar siempre qué roer (ceder al goce, pero no tanto). 

Dice mi amigo Lev Biálik que un buen ratón nunca se come todas las migajas.




Abilio Estévez

Abilio Estévez

Abilio Estévez

Los burgueses no están, no pueden estar, en capacidad de sospechar la felicidad que esconde el carecer de todo. 


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