Darcy Bo

La mosquita y el fumigador

El fumigador está allá afuera, pero yo no quiero fumigar. En realidad no soy yo la que no quiere fumigar, en realidad yo no quiero fumigar ahora. Yo no quiero fumigar porque mi madre no quiere, y yo la entiendo porque ella hace una semana que no duerme bien y eso es un eufemismo para decir que hace días no pega un ojo, no sabe lo que es tirarse a pierna suelta. Porque cuando se viaja a Panamá para comprar pacotilla no se pega un ojo a menos que un día alguna amiga te lleve al Canal y luego a su casa y compren un six pack de cervezas Balboa después de vender una caja de tabacos Cohiba. 

Al fumigador no se le puede decir eso porque eso es un pecado, eso atenta contra la moral y las buenas costumbres de la educación socialista con las que creció mi madre. Y entonces estamos con la puerta abierta, el fumigador a la espera, y nosotras que no, que no podemos fumigar ahora. Y él que sí, que no entiende, que si no fumigamos ahora no fumigamos y ya. “Y ya” significa que nos anota eso en el papelito que él llama “Visto” y luego pueden venir las autoridades de Salud Pública a ponernos una multa. Yo le digo que a mí no me puede poner ninguna multa, que se fije bien, que yo no es que no quiera fumigar, sino que ahora mismo no puedo, que acabo de llegar de un viaje estresante, que nosotras no somos gente de no fumigar, que nosotras, al contrario, siempre abrimos la puerta y no nos importa que se lleven algún día un reloj o un papel sanitario del baño. Que no nos cuestionamos eso, ni el hecho mismo de fumigar porque somos ecologistas, que mi madre ha estado controlando vectores, es decir, mosquitos, en África; y que yo he montado, incluso, una huelga por el clima algún viernes en La Habana, específicamente en el Parque de la Fraternidad, y que formo bulla cuando hay basurales y no pasan los carros de Comunales a recoger…, y en caso de dengue no me fijo si el hospital está sucio y mando para allá al familiar enfermo, ingresado, sí.

Pero el fumigador no entiende nada de esto que le explico y se va, con el visto malo: se niega a fumigar. Yo empiezo a escribir esto porque en estos días he tenido muchos temas para escribir pero todo lo he posteado en Facebook y hoy no tengo deseos de postear.

Mi abuela llega hasta mi cuarto a ver lo que escribo. Coño, cómo es que dejo que mi abuela lea, sin espejuelos, apenas un fragmento de esto y luego me pregunte por qué escribo sobre el fumigador. Apenas le ha dado chance de leer una línea sobre el fumigador, pero como ella es obsesiva se va a la cocina a preguntarle a mi madre por qué yo escribo sobre el fumigador. Eso, ni yo misma lo sé. Simplemente escribo sobre el fumigador porque cuando llegó yo iba a escribir sobre otra cosa que no sé cuál era pero me agarró con el teclado listo y la hoja en blanco.

Mientras escribo viene un mosquito y se posa en mi pierna y comienza a chupar mi sangre. Tengo que parar y darle una palmada al mosquito y dejarlo pegado en mi pierna. Viene mi madre y me interrumpe y no pregunta por qué escribo sobre el fumigador sino que me dice que la reja, “portería” le llama ella, la que nos cubre de la calle, está muy recia y no puede ya con ella, que necesita cambiarla. Y le respondo que todo eso me lo anote en un papel porque estoy escribiendo otra cosa y pierdo el hilo, y que esto que estoy escribiendo no me dará un centavo aunque ella crea que por cada letra que escriba voy a pagarle una portería. No, mami, no. Mis artículos no dan para tanto, y menos cuando escribo en primera persona del singular y hablo sobre un fumigador que me puede provocar una multa. 

Las madres son así, creen que los hijos van a resolverles todos los problemas, que los hijos son la octava maravilla y que no irán jamás al octavo círculo del Infierno. Por eso me trae, también, un café creme hasta la cama, y me dice que enderece la postura mientras escribo. Le pido que me ponga a calentar el agua y me entran ganas de ir al baño cuando se lo digo y miro el reloj y vuelvo a darme un trago de café y sudo frío y son las 11:58 y debo irme a trabajar porque debemos (la poeta Elizabeth Reinosa y yo) presentar un poemario la semana que viene, y en ese poemario está incluido, entre dos poemas míos, uno que ha sido antologado, este año, en cuanto libro para el que me hayan pedido algo. Las veces que me han pedido algo he mandado “Después”. 

Después

Vine después de la carne rusa
las Matrioskas
la caída del muro de Berlín.
Cuando llegué todo era ruinas
—No me asombró—
Vine luego de dos guerras mundiales
y aun así la Tierra siguió girando para mí.
No me sobresaltó la Primavera de Praga
ni los misiles dispuestos como sirenas
en procesión hacia el norte.
Llegué cuando el raíl era oscuro
—deshilachado camino—
di tumbos/ Pregunté por mis padres
en el tumulto 
y respondieron que aquí:
Todos eran padres de todos
Todos hijos de todos,
que la guerra borró los nombres
e inauguró fosas comunes/ que broté 
de cualquier fuente/que mi generación es una 
zapatilla sangrante/ el dedo seco antes del tacto.
Que nos disponemos a llenar el Arca/ y todo
es prescindible/ Que no comulgamos 
con pasado alguno/ Pero la Tierra sigue girando,
la tierra sigue lisa e irregular, al mismo tiempo,
rodeando ataúdes 
y soportándonos.

Digo algo en vez de poema porque nunca te piden nada muy específico. Los antologadores te dicen que les mandes algo, que están haciendo una antología “femenina”, o una antología de poesía erótica, o una antología de poetas latinoamericanas, o de poetas cubanos y mexicanos en los que solo caben 21 de cada nacionalidad, o que les mandes un plaquette para publicarte unas 15 cuartillas… Y todo eso, aunque no es muy específico, es valioso para publicar esos textos que, a veces, hablan sobre un fumigador, o sobre la forma en que te llama tu madre, o sobre lx [email protected]ón emergente. 

Ejercicio VII/ La juventud emergente

(Yo soy tu discípula
Aunque solo me lleves tres años.
… Yo soy tu maestro,
El que supo enseñarte
Y de tu cuerpo yo conozco
hasta la más íntima parte…
Aquí cuelga un verso malogrado
De aquí cuelga la juventud emergente
Y el poema que te conversa al oído para nunca decir nada):
—¡Finito!—
Cuando no era siquiera un embrión
sus padres apostaban cara o cruz
para saltar al agua en una balsa;
el año de su nacimiento sucedieron, 
seguramente,
cambios definitorios para el mundo. 
Dijeron los entendidos
que se avecinaba otra guerra fría
Los desinformados 
comieron piedras de hielo y bistecs de colchas
Los deformados
construyeron  las embarcaciones 
Los uniformados 
a-las (j) aulas.
Los trans-formados
a-las calles y escenarios de lumpen.
Ella no sabe pensar más allá de dicotomías:
Negro y blanco por oposición
Bueno y malo por oposición
Los que se fueron y los que se quedaron, por oposición.
Ella encontró su sitio en un más acá
Ella vistió uniforme. 
En las fiestas bailó descalza,
hasta abajo, mami.
Fue una alumna emergente
En un país emergente
En un siglo emergente.
Y donde la emergencia es medio y fin en sí mismo
La emergencia,
medio resolutivo
de la emergencia.

O me piden algo sobre el cambio climático y las juventudes ecologistas que van naciendo y toda esa historia.

Ejercicio VI/“Quieren mudarme de planeta”

No hay planeta B para los adolescentes ambientalistas.
No hay planeta C 
ni planeta D, R ni Z.
Hay, sin embargo, planeta P, planeta L, planeta J 
Queda —dicen— un planeta V. 
Y un planeta M que puede ser la colonia Esperanza.
Han llegado noticias de ese planeta M
eMergencia 
¿Y falta mucho? —preguntan
Me temo que bastante, me temo que no hay tiempo, 
No hay espacio para todos
Nunca lo hay
Y siguen llegando noticias.
El cartero, ñanga, masón, Abakuá, marciano cartero, 
echa El “Mundo”, extinto,
cada día
bajo la puerta.

Recojo el periódico, o no, recojo el mosquito de mi pierna para botarlo, lo miro bien, paticas rayadas, dengue posible, o chikunguya o zika o no sé qué. Ya no sudo frío, son las 12:03 y mi encuentro de trabajo con Eli es a la 1:00 p.m., para lo que tengo que atravesar 12 km de ciudad, en realidad vivo en las afueras de la ciudad, cerquita del Parque Lenin, reparto La Güinera, y todos esos kilómetros debo atravesarlos en menos de una hora. 

No hay que decir cómo está el trasporte en este no lugar que es La Habana, en esta ciudad distópica por la que no me muevo hace una semana (acabo de regresar de Ciudad Panamá y de su ajetreo de pacotilla, Zona Libre de Colón y Canal interoceánico y mall). Escribí unas líneas más arriba que ya no sudo frío.  No les he dicho, pero estoy en el baño, he tenido que venir para acá por necesidad. Y lo dejo así abierto en necesidad. Entre mi madre y mi abuela, y el fumigador, necesito tranquilidad y, de paso, defecar si es posible. Escribo “defecar” aunque pudiera escribir “cagar”, solo que ya mi poesía se ha puesto algunos filtros y, si antes decía cagar sin rubor alguno, ahora me contengo un tanto. En este ejercicio de contención, les dejo un par de poemas para que estén al tanto. No van sobre el fumigador, a ese ya lo he dejado atrás, solo fue un leitmotiv para empezar esta historia que no sé adónde llegará… 

El fumigador ya se fue y lo único que me dejó claro fue la posibilidad de una multa. Estoy tecleando a toda velocidad y me pregunto si vale la pena hacer de esto un cuento o un poema, más arriba mencionaba la palabra mall y contaba, por puro azar, que regresé ayer de Ciudad Panamá. Eso me hizo recordar, así como fluye la conciencia, que mall fue la palabra determinante durante mi estancia en ese país centroamericano.

Estas líneas inacabadas provienen de ahí: 

Le digo Casco Antiguo y me responde mall
Le digo Canal de Panamá y me responde mall
Le digo islas, Brisas del golf y me responde mall
Le digo vamos al Archivo, busquemos la Historia y me responde mall
Le digo que necesito fuentes para hacer periodismo y me responde mall
Siempre mall, a todas horas, a todas luces…
No quiere McDonald’s ni Día de Muertos ni bandas independientes
Ni celebración nacional.
Ella —mi madre— está dentro del mall
Lo españoliza (moles), mira al costado, a derecha e izquierda, 
Mercado libre, zona libre que no es free zone.
Le digo iglesias, virgen de Guadalupe, patrona mía,
12 de diciembre, 1993
Y entonces, solo entonces, se olvida mi madre del mall

A mi madre le escribí un poema que se titula “Mall”. Mi madre duerme ahora, después de varios días en los que solo hablaba de mall. Vamos al mall, comprar en el mall, comer, usar los baños gratuitos del mall, llegar a la estación Metromall. A mi madre llevé a la iglesia a pesar del mall… Nos volvimos católicas por un día a pesar del mall.

Mi-ma-má-me-mi-ma y yo la mi-mo-a-e-lla. Como en mi libro Mestiza (Jugando a escribir po-e-sí-a)

Entramos a pesar del mall al Canal del Panamá. Y mi madre abría los ojos porque los barcos atravesando la Esclusa de Miraflores le hicieron volver sobre la idea de que no había visto nada en el mundo. Mi madre tiene 55 años y ha visto algo de mundo pero no mucho. Mi madre vio nacer, hace cinco años, a los niños africanos que hoy van a primer grado en el sur del Sahara. Mi madre no es ginecobstetra ni falta le hace. Mi madre quiere ser chofer. Si alguna vez manejó fue en el país de los niños que van a primer grado en el sur del Sahara. En Ciudad Panamá quiso manejar, pero lo único que intenta es pedalear. Mi madre es buen timón en la bicicleta. Y yo le digo llévame en tu bicicleta pero sin Carlos Vives. 

Mi madre no me enseñó a montar bici, pero luego sí me dejó andar sin frenos por el mundo. Hace poco en la embajada de Francia me dieron un líquido de freno como obsequio tras una recepción. Lo regalé en la primera esquina para no botarlo en el primer latón. Como boté mis palabras por el caño del avión en que surgieron. Estoy en el baño del avión, cepillo mis dientes. Se empieza a ver el mar y mi madre cierra los ojos, está envuelta en una capa morada. Descansa del caos de Colón y su zona libre. Descansa del mall aunque lleva la cartera, los aretes, el blúmer que compró en el mall, despierta y me pregunta por los labiales que compró en el mall. La bicicleta, cuándo llegará a Cuba. Los dólares, el efectivo, cuándo llegarán a sus manos. Mi madre no siente especial atracción por el dinero, pero sí —es natural en sus circunstancias— por el mall. Le propongo que sea mi partner para un performance en el mall. Empiezo a grabar su poema, hago un reporte desde el mall. Un trans me coge del brazo y me unta un perfume, me pide 15 dólares y suelto una carcajada estrepitosa. Pasa una indígena que no habla español y la quiero incluir en mi performance, pero esta me pide plata por eso. Y luego me recoge mi amiga en su carro negro y nos lleva a su casa y cenamos, hablamos sobre el mall. ¿Qué será lo que tiene de especial un mall? ¿Lo sabrá el fumigador?

Ustedes se preguntarán por qué uso tantas veces seguidas la palabra mall.

La anáfora, pienso, es ideal para principiantes en la poesía. La anáfora te garantiza, al menos, que un poema suene regularcito, pero a mí me da igual, muchas veces, cómo suena lo que escribo. No tengo todo el tiempo esas obsesiones, sino que suelto las verdades que tengo que soltar y me libero y punto. Hay algo de mentira, por supuesto, en todas estas “verdades” escritas. Hay algo de anáfora en todas estas líneas, yo veo la anáfora en este modo de vida, en esa repetición circular y circunstancial de cada día cuando vas al mercado y regresas con lo primero que encuentras porque lo que buscas raras veces aparece. Hay una anáfora terrible en que el fumigador me quiera fumigar con un líquido tóxico y yo no me deje poner una multa. Este país es una anáfora que se repite ad infinitum en cada casa. En cada escuela, en cada cuadra un Comité, en cada barrio Revolución. Los uniformes, los emergentes, los pioneritos, la lucha de todo el pueblo



Yo no soy otra cosa que una anáfora, soy el verso perdido en una anáfora nacional que he querido escribir muchas veces, 100 copias para que se quite esa falta de ortografía, 100 mil copias del mejor bolígrafo de la República, con el que ya nadie escribe. En este paisaje literario, yo soy el verso intermedio, la bisagra de la poesía y el reguetón. Hay un reguetón que habla sobre los fumigadores y los mosquitos. 

Pasa por la esquina de mi casa un carro y se escucha, de lejos, el boom boom de Don Omar. Quizás por ahí empezó todo esto. Por haber crecido con el reguetón puertorriqueño a todo meter en la secundaria Máximo Gómez de Arroyo Naranjo. Por haber perreado, hasta abajo, mami, antes de leer a Canclini, a Svetlana Alexievich, a Baricco. No hay mucha Seda en mis palabras. Aunque el poeta Roberto Manzano diga que no se le puede ceder ni un escalón a la vulgaridad. Termino esta palabra y ya hay otro mosquito posado en mi cuerpo, esta vez cerca de mi seno izquierdo. 

Mañana sí voy a fumigar. O esto terminará por ser una historia de vampiros. 

No maten a esta mosquita, por favor. 

PD: El fumigador está de nuevo en mi puerta. Un fumigador nunca se rinde. 




Selfie, Miñuca Villaverde

Miñuca Villaverde

Miñuca Villaverde

Sueño siempre con un restaurante al extremo de un centro comercial. Sirven la comida por libras, dependiendo del número de comensales. Uno se para junto a un mostrador y pide así, por libras.


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