De Brigitte Bardot para Power Ranger Rojo

Un amigo dramaturgo y yo intercambiamos cartas vía Telegram al inicio de la pandemia. Creo que nos escribíamos para evadir la nueva realidad escalofriante del virus y de la escasez.



Hay días que no se puede escribir nada. Hay días que hay que sacarse la letra con las garras, escarbar, hurgar y encontrar la frase. Hacerla estallar como a un grano lleno de pus. Ex-primir, arrancar, ex-pulsar, una mera cuestión sanitaria. Otros días el pensamiento llega cabal, bien portado, sabe cómo conducirse al papel, a la sociedad y a los hombres. Un poema limpio y aseado será siempre un poema hermoso. ¿Cuánto escondemos detrás de las palabras? Quiero romper ese vínculo dictatorial entre el orden de estas líneas y tus ojos. Voy a barajar los fragmentos de este escrito como en el inicio de ese texto de Joel Cano que tanto nos gusta: Timeball. (Sonido de papeles…) Te salió el número 2. 



Galería

Llevo tres años de catequesis, ya dejan que las niñas ayudemos en misa como monaguillos porque ningún varón quiere hacerlo. Busco ser la última en salir cuando apagan las luces del templo, las siluetas de los santos me causan horror y a la vez cierto frenesí. Todas esas figuras en la oscuridad, los ojos de cuarzo de la imagen de Santa Marta clavados en mi nuca, las bestias de yeso esculpidas a sus pies. Siempre termino corriendo. 

Te envío esta foto mía a los 7 años, con unas botas casi idénticas a las de Brigitte Bardot en una de sus películas. Algún que otro domingo me delineaba los ojos —con el pulso inseguro de los niños— y me observaba llorar, si me notaba sobreactuada, comenzaba de nuevo.

En esta otra foto tengo 13. Detrás, el mar de la playa del Chivo y a la derecha, flotando, una brujería que alguien arrojó a ese mar. En las rocas se secan varios uniformes de secundaria, del otro lado está el muchacho del aula con el que todos debíamos compartir la merienda. Siempre llevaba ese pulóver de Liberen a Elián que había heredado de su hermano mayor. En la atmósfera, un gas azul que no nos permitía despertar del todo, bebíamos el tiempo a sorbos, nadie nos avisó de esto. (Sonido de papeles…) Te salió el número 3


La Embajada

Pienso en la ciudad cuando todo esto pase, en la ciudad que descansa de nuestras voces. La acera que despertará con nuestros pasos de las 5:00 a.m. Pienso también en nuestras nalgas posadas sobre el contén de cualquier embajada. En la humedad de esa madrugada, en un montón de ojos jóvenes, blanquecinos, de pupilas alborotadas de cafeína reconociéndose en ese espacio. Estamos llenando papeles, estamos huyendo en papeles: 

La ciudadana: Fulana de tal

Natural de:

Hija de:

Y de:

A él lo conozco, a ella de vista, aquella que sostiene el bebé en brazos estudió en mi preuniversitario, pero se trasladó a los dos meses. Y vuelan los bolígrafos sobre las planillas y nos preguntamos solo por lo necesario, por un dato o un sello. Cuando haya amanecido, el guardia apagará la bocinita y nos recogerá las planillas. Cuando haya amanecido, entregaremos todos los cuéntame tu vida, todas estas palabras escritas que no somos nosotros, pero que hoy, somos nosotros (pasando por ventanilla). Abre bien las manos porque esta no es una inscripción de nacimiento, es el nombre completo de mi abuela paterna que nunca había visto escrito. Sostén bien esta carpeta porque dentro está la certificación de notas de la carrera, ese 4 que no hubiese sido 5 ni con la mejor respuesta y la carta de recomendación de mi profesor más querido y la fotocopia del carnet de identidad que me hice a los 16 años, aún con rastros del rash que deja el dengue. Dejo en tus manos mi brevísimo currículum y un montón de sentencias pueriles sobre los que se marchan, sobre los que abandonan; sostenla bien, es casi un despojo de mis sueños. Al concluir la última entrevista de esta mañana nos habremos negado 1, 2, 3…, las veces que sean necesarias.



Solo te queda el 1

  • Galiano y San Rafael, sótano de la tienda Flogar, hay un negocio particular de venta de muebles antiguos (escaparates, camas imperiales, aparadores, comadritas, lámparas araña…).
  • Creo que la vejez puede llegar a deshora.
  • Yo entiendo la desmemoria de este lugar, aligera la carga de todos los días.
  • El aseo es para las aves del trópico casi un ritual, por aquello del baile, del clima y el coito desenfrenado.
  • Nadie baja al sótano de Flogar y menos en verano.
  • Yo soy la hija del hombre nuevo, el caso improbable.
  • Porque el cedro absorbe casi todo el oxígeno del espacio.
  • Un fósforo arrojado al sótano de las maderas preciosas.
  • Un picadillo de 1.20 entre los muslos, para aplacar el incendio.
  • Ser el sujeto demandante/ hacedor de preguntas.
  • La zozobra del plato.
  • Haré un cojín hermoso con todas estas banderas.
  • La activista de sofá de juicios políticos que catalogas de impresionistas y radicales.
  • Yo creo que has desarrollado un sadismo proletario.
  • Te ayudo a llevar esa carga si me dices de dónde viene.
  • ¿Cómo se llama eso que te crece debajo de la ropa y se retuerce sobre sí?
  • Vello púbico.
  • No, eso no…
  • Memoria.

© Imagen de portada: Luis Luisovich.




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«Hay que llegar con este mensaje al pueblo, devolverle la confianza»

Ofelia Acevedo Maura

Para Oswaldo Payá la urgencia era otra: la necesidad, cada vez más apremiante, de lograr movilizar al ciudadano común en la toma de decisiones políticas.






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