Mónica Baró: “Mi verdadera libertad proviene de crear”

Muchos son los retos que tiene por delante el periodismo independiente cubano, que es el único periodismo posible, el único permitido por la inteligencia a día de hoy. Hacer frente a la otra “inteligencia”, la que tira de algoritmos, la mononeurona represiva, no es el mayor de esos retos. Aunque a veces parezca que sí.

El reto mayor es crear comunidad. Hacer que el perfil más personal, el más íntimo incluso, de algún modo se vuelva perfil colectivo. Lo demás se va haciendo solo.

Nuestra entrevistada, Mónica Baró (La Habana, 1988), más que una escritora es una comunidad de lectores.

Hace poco, a Mónica la llamaron “la nueva Yoani Sánchez”. Fue en uno de esos muros de Facebook que operan bajo los comandos del acto de repudio mientras ignoran la lógica elemental: si hubo una nueva Yoani habrá luego una nueva Mónica, y luego una nueva nueva Mónica, y luego una nueva nueva nueva… y así.

De nada vale atomizar con expedientes o con rostros un continuo que fluye en las propias venas del sistema. “Somos continuidad”, dicen, y tienen razón. Continuidad es la palabra. Las voces que los atormentan no están en las webs de los medios alternativos. Están ahora mismo en revistas como Bohemia, en la redacción de Juventud Rebelde, en las aulas oscuras de un Técnico Medio…

Son voces que todavía están calladas, escuchando, leyendo:

Mónica, háblanos un poco sobre tu formación. ¿Estudiaste periodismo?

Sí, estudié Periodismo en la Universidad de La Habana. Empecé en 2007 y me gradué en 2012. Nunca había considerado ser periodista, me enteré de los exámenes de aptitud dos meses antes de que se realizaran, pero yo quería estudiar en la Universidad de La Habana y Periodismo parecía una de las vías más factibles para lograrlo.


Mónica Baró Sánchez

Mónica Baró vista por Evelyn Sosa


Mis opciones en ese momento eran muy limitadas. Había estudiado un Técnico Medio en Contabilidad, porque no quise becarme en ningún preuniversitario en el campo, y eso significaba que para acceder a la educación superior debías hacerlo por la modalidad de concurso, para la cual el número de plazas suele ser muy reducido y tus notas previas no sirven de nada.

Periodismo era una carrera que solo requería vencer tres pruebas de aptitud y obtener un mínimo de 30 puntos en la prueba general de Historia de Cuba, así que al principio fue una elección marcada por la necesidad y no necesariamente por la vocación. Lo único que yo tenía claro era que amaba escribir, porque desde niña jugaba con la escritura, y creía que eso podría ayudarme.  

Sin embargo, los cinco años de la carrera arruinaron mi relación con la escritura. Me gradué en 2012 pensando en dedicarme a la realización de documentales. El sistema de enseñanza del periodismo había destruido la confianza mínima que una necesita para emprender un acto creativo. Pero como necesitaba ganarme la vida, empecé a trabajar, a escribir por oficio más que por pasión, y poco a poco superé las inseguridades

¿Qué recuerdos tienes de tu experiencia en la revista Bohemia?

Conservo recuerdos felices del jefe de la Redacción Internacional en la que trabajaba. Era un gran lector, leía hasta dos y tres libros a la semana, y aunque yo no soy una gran lectora (me leo unos tres libros al mes), sí me siento siempre muy a salvo con las personas que leen. Aprendí mucho en mis conversaciones con él; eran conversaciones en las que mirábamos a Cuba en el relato de la historia universal, y pensábamos nuestros conflictos personales en relación con el sistema social. Su capacidad para comprender mi humanidad era impresionante, al igual que su compasión, y sentirme comprendida hacía mucho más fácil comprenderle a él y a su generación.

Por supuesto, del año y medio que trabajé en Bohemia también recuerdo la censura, las orientaciones del Partido que se colgaban en las distintas redacciones, las reiterativas discusiones de los periodistas sobre los problemas de la prensa cubana, la falta de pasión por buscar y contar historias controversiales, y todas las razones que me llevaron a irme de la revista (hacia el Instituto de Filosofía, todo lo lejos del periodismo que podía) y que me convencieron de que el periodismo es incompatible con el sistema de prensa estatal partidista que predomina en Cuba.

¿Qué significó para ti Periodismo de Barrio?

Periodismo de Barrio fue una segunda universidad. Es una revista que yo vi salir de la nada, y eso fue intimidante en un sentido, porque es muy difícil empezar a levantar la credibilidad y el prestigio de un medio; pero en otro sentido fue un reto muy estimulante.


Mónica Baró Sánchez

Mónica Baró vista por Evelyn Sosa


Periodismo de Barrio fue el primer espacio periodístico en el que experimenté la libertad. Las únicas reglas con las que trabajábamos eran las reglas propias de la profesión, las que hacían periodismo al periodismo. Y también siento que fue ahí donde yo empecé a sobreponerme a esa falta de confianza que me había generado la academia.

Fue una etapa fundamental de mi vida profesional y personal; los pilares del periodismo que yo hago se formaron en Periodismo de Barrio.

¿Cómo llegas a las historias? ¿Buscas determinados temas, personajes, problemáticas? ¿Cuáles son las historias que prefieres contar?

En la mayoría de los casos, las historias llegan a mí. Yo siento que me eligen. Para mí la verdad es como una fuerza potente que busca siempre la luz, y una periodista funciona como el camino entre la verdad y la luz. Sin dudas, en esta sensación hay un sustrato medio místico, o mágico, y por tanto inexacto, pero así lo siento. Yo trabajo muchísimo con mi intuición y mis emociones, hasta para decidir a qué hora ir a hacer una entrevista, a qué persona visitar primero o cuándo terminar una entrevista con una persona, aunque no le haya hecho todas las preguntas que pensaba.

Hay decisiones periodísticas que no podría explicar desde la razón, y eso me parece fascinante. Cada historia es única. Y claro que yo cuento con herramientas y recursos profesionales para enfrentar cada historia, pero siempre hay un margen bastante amplio para el azar, para lo impredecible, en el que toca improvisar y variar los planes, y eso es lo que más amo de hacer periodismo. Siempre van a pasar cosas para las cuales no estaba preparada.

Entonces, yo no diría que salgo a buscar historias: más bien vivo todo el tiempo alerta por si veo una historia. Todo el tiempo. Mi manera de procesar la información de la realidad obedece a la necesidad de contar historias. El “modo periodista” no se apaga nunca. Y lo que no puedo llevar al periodismo, porque puede ser algo confidencial, lo preservo para posibles ficciones.

No tengo preferencias. Lo que me cautiva son las historias que sirven para explorar la humanidad y las relaciones sociales.


Mónica Baró Sánchez

Mónica Baró vista por Evelyn Sosa


Eduard Limónov comenta en uno de sus libros sobre “esa costumbre tan soviética de la gente de pensar que un periodista podía resolverle los problemas”. ¿Cómo ha sido tu experiencia interactuando con la gente?

Esa expectativa con los periodistas es algo con lo que intento ser muy cuidadosa, porque la gente que es víctima de alguna injusticia casi siempre ve en el periodismo una posibilidad de solucionar su problema, y a veces el periodismo contribuye a que determinadas cosas se solucionen, pero no hay garantías. La solución de los problemas depende de la capacidad de la sociedad para organizarse y hacer política y exigir a los decisores que solucionen los problemas o permitan a otros actores solucionarlos.

Los problemas sistémicos, como el de la vivienda en Cuba, por ejemplo, es muy difícil que lo solucione un trabajo o una serie de trabajos. Es ciertamente muy frustrante, como periodista te llegas a sentir impotente, porque tú denuncias algo con la esperanza de que cambie para bien, pero es importante aprender que los cambios sistémicos son procesos que ameritan constancia.

Siempre digo que si en una sociedad todo el mundo cumpliera con su trabajo, los periodistas no tendríamos trabajo. Nuestro contenido de trabajo son las fallas del sistema, pero no basta con que visibilicemos esas fallas para resolverlas. Ojalá bastara. Y esto creo que es fundamental que nuestras fuentes lo tengan siempre claro.

Como periodista, el servicio que yo presto es el de documentar, con la mayor rigurosidad y exhaustividad posible, una realidad socialmente relevante, y hacerla de dominio público. Hasta ahí llega nuestro trabajo, y no es poco.

Dentro del periodismo que practicas, ¿cuáles son tus referentes en el ámbito cubano?

Esa es una pregunta complicada. Admiro muchísimo la labor periodística de José Martí y Pablo de la Torriente Brau. Son quizás mis primeros referentes.

Si pienso en el periodismo que se ha realizado de 1959 a la fecha, en condiciones jurídicas muy precarias, creo que los criterios para elegir referentes cambian, porque ya no solo pensaría en quienes ofrecen una escritura con la cual me identifico, sino también en quienes han ayudado a correr los límites de la libertad de expresión en Cuba.


Mónica Baró Sánchez

Mónica Baró vista por Evelyn Sosa


Y en este sentido hay varios nombres que considero centrales: Juan Orlando Pérez, Julio García Luis, Wilfredo Cancio, Yoani Sánchez, Reinaldo Escobar, Carlos Manuel Álvarez, Elaine Díaz, Abraham Jiménez Enoa, José Jasán Nieves, Lianet Fleites, Carlos Melián, Jorge Carrasco, Carla Colomé, Olga Elena Suárez, Claudia Padrón, Marta María Ramírez, Bárbara Maseda, Jesús Jank, Julio Batista… Son personas con proyecciones y estilos periodísticos muy distintos, pero han logrado que se pueda hablar de un periodismo cubano diverso (como debe ser el periodismo), y de todas he aprendido.

Creo que sería injusto si mencionara solo a quienes me han influenciado por su prosa. Al menos en Cuba, lo que para mí es un referente está muy marcado por el compromiso con la libertad.

Y del ámbito internacional, ¿cuáles son tus autores preferidos? ¿Los que más influyen en tu escritura?

En el periodismo de no ficción hay mucha gente que sigo, pero han sido medulares Svetlana Alexievich, Ryszard Kapuscinski, Rodolfo Walsh, David Foster Wallace, Günter Wallraff, Leila Guerriero, John Lee Anderson, Gay Talese.

Son los que me vienen ahora a la mente sin darle muchas vueltas, pero son muchos.

¿Qué revistas o medios sigues con especial interés?

Primero, los medios independiente cubanos. En segundo lugar, The New Yorker, The Atlantic, Mother Jones, El Faro, Gatopardo, Revista 5W, The New York Times; aunque no puedo leerlos todo lo que quisiera, porque muchos solo permiten leer un número limitado de textos al mes sin pagar suscripción. No obstante, para informarme sigo una serie más amplia de medios, que incluyen BBC News, The Guardian, El País, elDiario.es, entre otros.

La tribu. Retratos de Cuba, de Carlos Manuel Álvarez, ha puesto el periodismo narrativo cubano —y en particular las voces de tu generación— en el mapa editorial hispanoamericano. ¿Has pensado reunir tus textos en un volumen?

Lo he pensado, pero nunca me lo he propuesto. No he trabajado nunca pensando en un libro, y me cuesta imaginar cuáles historias podrían convivir en un volumen. Sí me gustaría, en algún momento, trabajar en una historia pensando en un libro.


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Mónica Baró vista por Evelyn Sosa


En el año 2019 ganaste el Premio Gabo de periodismo narrativo, ¿se te ocurre alguna hipótesis que explique por qué el sitio de la Fundación está bloqueado en Cuba?

Muchos sitios relacionados con el periodismo están bloqueados en Cuba. No recuerdo en qué año la página de la Fundación Gabo dejó de estar accesible desde Cuba, pero fue desde antes de mi premio. La Fundación ha estado muy cercana al periodismo independiente cubano, al narrativo, sobre todo. Nos ha cobijado. Quizás por esto, pero no sé.

“La sangre nunca fue amarilla” fue una investigación de varios años; llevas tiempo haciendo reportería sobre feminicidios en Cuba. Háblanos un poco del “periodismo reposado” frente a la incontinencia de la noticia. Leila Guerriero habla de eso en un texto sobre la supuesta muerte de Maradona: “Uno solía tomarse tiempo para chequear información que podía alterar los destinos de un país, de un grupo de gente. De una persona. Ahora, nuestro límite de tolerancia es de sesenta minutos”. ¿Cómo ves esto en el caso cubano? ¿Compartes esa visión?

Tanto la noticia como el periodismo narrativo y de investigación son fundamentales en el ejercicio del periodismo. No debería existir una contradicción entre ambos productos. Hay noticias que generan investigaciones profundas e investigaciones profundas que generan noticias. Además, no siempre las investigaciones profundas se publican en el formato de la crónica, a veces se publican en el formato de la noticia. Lo importante es que coexistan todas las maneras de hacer periodismo, porque cada una aporta a la comprensión de una problemática social.

Leila de lo que habla es del rigor, de la importancia de verificar las informaciones, y esto es algo que debe prevalecer en cualquier género periodístico. La credibilidad es el patrimonio más importante de un periodista, cuesta muchos años crearla, y se puede perder muy rápido. Las noticias suelen insertarse en un ritmo productivo vertiginoso, pero la inmediatez no puede violentar la precisión y el apego a los hechos.

Yo entiendo que en Cuba el acceso a las fuentes de información es un gran reto para los periodistas independientes, porque no contamos con reconocimiento legal, no existe una ley de transparencia informativa, etc., pero el contexto no debería convertirse nunca en una excusa para violar los estándares periodísticos. Nos toca ser más creativos y quizás tomarnos más tiempo para llegar a la verdad sobre algo.

Y, en mi caso, prefiero hacer investigaciones de largo aliento no porque crea que responden a un ejercicio superior del periodismo, sino porque básicamente me apasionan. No hay manera de pasarte meses y a veces años reportando una historia, si no te apasiona esa complejidad. Y la pasión por algo no se estudia: se siente o no.

Cada periodista debe hacer lo que le haga feliz, siempre que pueda, porque nuestro trabajo en América Latina y el Caribe suele ser bastante duro, estresante, peligroso y mal remunerado, y lo único que te puede dar fuerzas para enfrentar esas condiciones es ser feliz con lo que estás haciendo.


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Además de tu trabajo en la crónica y el reportaje, hemos leído “Terapia”, una especie de selfie tuyo para Hypermedia Magazine. ¿Escribes ficción? ¿Tienes proyectos más literarios?

Mi relación con la escritura comenzó por la ficción. Como un juego. Adoraba escribir historias para saber qué iba a pasar en ellas, porque escribía sin brújula, sin plan, casi por instinto, y nunca tenía la menor idea de lo que iba a pasar.

Siempre me ha fascinado que me cuenten historias, quizás porque soy demasiado curiosa. Recuerdo que cuando iba al hospital de niña, volvía loca a mi mamá preguntándole por las enfermedades de los pacientes que me llamaban la atención, porque físicamente mostraban algo fuera de lo común. Y cuando iba al cementerio me sentía en un parque de diversiones. Adoraba leer los nombres de las personas muertas, calcular la edad a la que habían muerto, y mirar dentro de las tumbas rotas. Fantaseaba mucho con las causas de las muertes.

Yo creo que, para mí, escribir era como descongestionar mi imaginación. Todavía lo es, aunque en la universidad perdí el hábito de escribir ficción. En los últimos años he intentado recuperar esa parte de mi relación con la escritura, que es la más esencial en mí, y de ahí salió “Terapia”, pero es un proceso que aún estoy viviendo.

Ahora mismo no tengo algo que pueda llamarse un proyecto literario, pero he seguido trabajando en “Terapia”. Lo disfruto, me caen bien mis personajes, siento que me acompañan, y cuando entro en la historia tengo la oportunidad de convivir con ellos. Pero no sé cuál será el destino racional de ese esfuerzo, ni me preocupa ahora mismo. Lo que quiero es abrir la ruta a esa parte de mí, que es una ruta que se clausuró en un momento, y volver a sentir lo que sentía de niña mientras inventaba historias. Eso.

A propósito de “Terapia”: la Seguridad del Estado ha utilizado tu vida privada para atacarte. En uno de tus posts respondes: “Yo hablo abiertamente de mis relaciones, las uso para escribir, siempre protegiendo la intimidad de las personas con las que me he involucrado, pero las rescato porque creo que enseñan sobre la vida y porque creo que lo privado es socialmente relevante”. Explícanos un poco eso de lo privado como algo socialmente relevante.

Para mí la existencia cobra sentido en la medida en que la cuento. Creo que mis testimonios pueden aportar respuestas, o al menos consuelo, a quienes viven situaciones o procesos similares a los que yo voy viviendo y contando. Buscan decir: “no te sientas sola, no te sientas rara, yo también viví eso, yo también pensé eso, yo también tuve ese miedo, yo también cometí ese error”.

Los grandes problemas sociales son manifestaciones de problemas emocionales, y viceversa. Hay una relación viciosa entre lo social y lo individual. Durante muchos años el discurso del poder en Cuba ha insistido en que somos un colectivo, que lo individual es secundario, que no importa lo que soñamos sino lo que el país necesita, y eso ha sido muy dañino. Yo creo que un país necesita ciudadanos felices. Hay que saber diferenciar entre el individuo y el individualismo, entre el amor propio y el egoísmo.


Mónica Baró Sánchez

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Cada vez se genera más conciencia en el mundo acerca de la importancia de la salud mental para el desarrollo de una sociedad, entendiendo el desarrollo desde un enfoque amplio, que incluya no solo el crecimiento económico sino también la creación de garantías para el ejercicio de derechos humanos y la protección de la naturaleza. Pero en Cuba, que además es muy patriarcal, cuesta mucho conversar sobre nuestras emociones.

Cuando escribo textos íntimos, desde mi experiencia en Cuba, intento de alguna manera socavar esa lógica, esa disciplina que nos ha impuesto el poder político. Es quizás un intento por reivindicar el yo. Creo que el yo (siempre que no caiga en el narcisismo) es muy poderoso, porque conecta mucho con la gente: no puedes exponer ese yo, esa primera persona íntima, si no lo haces desde la honestidad, y la honestidad es elemental para la comunicación y la empatía.  

Siempre que publico uno de esos textos me escriben muchas personas para comentarme sus impresiones o para contarme experiencias similares. Se desata una comunión y una complicidad que agradezco mucho. Dejo de ser una extraña para quien me lee, porque me confieso en la escritura, y quienes me escriben luego de haberme leído no me resultan personas extrañas. Es muy liberador y placentero.

“He pasado casi toda mi vida adulta soltera”, escribiste en un post. ¿Te consideras una persona solitaria?

Para nada. Adoro estar rodeada de gente que quiero y admiro. Estar soltera y ser una persona solitaria son dos cosas distintas. Soy una soltera que está siempre muy bien acompañada. Creo que por eso mismo es que estoy soltera: porque soy intolerante a las malas compañías.

La vida me parece demasiado corta e impredecible como para gastar un solo día con alguien que no te hace feliz. No feliz a raticos, o en las fechas especiales, sino absolutamente feliz. Es muy difícil encontrar eso: una persona que te ame y que tú ames y con quien puedas construir una relación. He visto parejas que se aman en relaciones muy tóxicas, y relaciones muy sanas sin amor. Yo quisiera las dos cosas. Entonces, me toca ser paciente.

Fuiste arrestada en una ocasión, y has sido interrogada y amenazada por la Seguridad del Estado. ¿Cómo ha afectado esto a tu familia? ¿Cómo llevan tus seres queridos ese cerco policial —vigilancia, represión— en el que vives?

Ciertamente no lo disfrutan. Es complicado. Implica sostener muchas conversaciones, muchas negociaciones. En algunos casos toca ceder a peticiones que te hacen tus familiares.

Yo trato de crear un equilibrio entre mi compromiso con mi trabajo y mi compromiso con mi familia. Mi familia ha logrado respetar y entender que yo no puedo vivir sin escribir. Eso es lo que soy: o escribo o no soy. Por supuesto, preferirían que escribiera ficción; quizás un día solo me interese escribir ficción, pero ahora siento la necesidad de escribir periodismo.


Mónica Baró Sánchez

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Creo que si un día finalmente me enrumbo hacia la ficción, voy a deberle mucho al periodismo. A través del periodismo yo me relaciono con el mundo y con la humanidad de una manera muy especial. Aprendo de la gente sobre la que escribo, sobre mi realidad, presto un servicio social y me gano la vida. Es perfecto, excepto por la parte de la falta de libertades.

También yo he tenido la suerte de crecer en una familia armónica; con problemas, como todas, pero armónica. Y solidaria. Eso ayuda mucho en circunstancias como las que impone mi trabajo en Cuba.

Circunstancias que incluyen la posibilidad muy real de terminar en la cárcel por hacer tu trabajo. La cárcel que hace poco le mostraron a Abraham Jiménez Enoa, que fue tu colega en El Estornudo. ¿Has llegado a prepararte mentalmente, no ya para una detención puntual, sino para cumplir una condena? ¿Para enfrentar el peor de los escenarios?

No creo que exista una manera de prepararse para ir a la cárcel. Pienso en eso, le temo, pero amo mi trabajo.

Amo escribir. El amor no entiende el miedo. Ningún escenario sería peor que perder la escritura. Mi verdadera libertad proviene de crear.

En una de tus columnas, te preguntabas: “¿Alguien sabe qué va a salir de todo esto? ¿Un Puerto Rico, un Vietnam, una Nicaragua? ¿Qué va a sobrevivir?” Recientemente escribías también sobre las nuevas medidas económicas anunciadas por el gobierno. ¿Cómo ve ahora mismo Mónica Baró el futuro de Cuba?

Me preocupa seriamente la posibilidad de un conflicto civil. Hay muchos odios, resentimientos, injusticias sin resolver, dolores. Creo que en Cuba necesitamos estudiar cómo se han vivido los procesos de reconciliación nacional en otros lugares del mundo, porque lo más difícil de reparar, una vez que contemos con las libertades necesarias, no va a ser la economía sino nuestras relaciones sociales.

Te proponemos cerrar, Mónica, con algo que estamos seguros beneficiará a mucha gente durante esta pandemia. ¿Puedes compartir con los lectores de Hypermedia Magazine tu receta de tratamiento capilar a base de aguacate?

Aguacate y aceite de oliva. Pasas ambos ingredientes por la batidora, o aplastas el aguacate si no tienes batidora, y te lo aplicas en el pelo por par de horas. Mientras más tiempo, mejor. Y si no tienes aceite de oliva, usas aceite de coco o agua.

Lo indispensable es el aguacate, que yo lo uso cuando ya empieza a marchitarse. En mi congelador creo que ya tengo como tres kilos de aguacate.

Ese aguacate, congelado durante años… ¿es Cuba? Me encantaría que Cuba fuera como un aguacate, que sirve para comer y para tratarse el pelo, que es útil incluso cuando se pudre. El aguacate es una fruta noble y bastante democrática.


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Soandry Rio

Soandry del Rio: “Fácil es ser hombre, difícil es ser negro”

Juliana Rabelo

“Soy de la vieja escuela del rap cubano. El arte es una herramienta de liberación. Yo trato de mantenerme fiel a mis necesidades de cambio social, tocando temas de cierta molestia para muchos, como el racismo en Cuba, la dictadura política en Cuba, la opresión institucional, la censura…”.


1 Comentario
  1. Preciosa entrevista, nos muestra a un ser humano, una mujer profunda, equilibrada, y valiente en su posición y acción a través de su profesión; vía para expresarse, para comunicar sobre la Cuba dictatorial que vive y denuncia.

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