La familia cubana tras el 11J

Amanezco con un mensaje de mi prima pidiéndome que borre el post en donde le digo asesino a Díaz-Canel. Al mismo tiempo, mi tía me escribe porque están recogiendo a la gente en sus casas por lo que dicen y por la manera en que lo dicen. Enseguida las bloqueo a las dos en todas mis redes sociales.

Un socio me recoge en su carro y nos vamos para Playa. En el camino, me encuentro a uno de los jóvenes que estuvo en la sentada del ICRT y paramos el carro. Me bajo, le doy un abrazo, conversamos. El chico viene acompañado de su madre y de su hermana. Me imagino la preocupación que deben sentir. Seguro que van rumbo al mar. A coger un poco de aire.

Volvemos al carro y mi socio me dice que se le había olvidado, pero que tiene que llevarle un medidor de presión a una amiga de su mamá. Acabamos visitando a una mujer de unos 60 años, que nos recibe con mucha calma y que nos hace pasar a una casita que parece un jardín botánico.

Nos sentamos en unas sillitas rodeados de helechos y cactus. La mujer, poco a poco, empieza a perder la calma y se altera. Habla con mi socio sin mirarme. Está muy preocupada: tiene una hija en Camagüey a la que pueden botar del trabajo por participar en el estallido, y su hijo varón, acá, salió a la calle con un cartel y ahora no para de poner cosas en Facebook.

Mi socio trata de calmarla, pero la mujer se pone muy mal. Los ojos se le mojan y la voz se le rasga. Ella no entiende cómo su hijo defiende a la gente que le lanzó piedras al hospital infantil. Enseguida me doy cuenta de que la mujer se cree todo lo que dice la televisión nacional. Como a muchos padres y a muchas madres, le han lavado un poco el cerebro. Hay una cuestión generacional también. La señora nos dice que no quiere ver a su hijo (que por suerte lleva días sin pasar por ahí), porque cuando lo vea le va a entrar a golpes, como si tuviera cinco años. 

Intervengo, le digo que todas las madres están muy preocupadas, pero le pido calma: tiene que ser inteligente, en este momento su hijo la necesita, ella no le puede dar la espalda. La mujer no entiende, se levanta y niega, no puede meterse en la cabeza cómo es posible que su hijo los ponga en riesgo a ella y a su esposo. 

Ellos no son nadie. Son dos obreros. Gente trabajadora que no tienen ningún tipo de palanca ni conocido en el Estado. Si el gobierno decide ir contra ellos se les jode la vida. Ella no entiende cómo su hijo puede hacerles eso. Es una especie de traición. Ella sigue hablando y nos dice que no tiene problema con que se haya manifestado, pero que ya, que no ponga más nada en las redes.

Por un momento no la escucho más y me pongo a mirar el entorno. Miro un helecho, el cactus, me imagino al hijo de la mujer. Un muchacho con menos de 30 años, que quizá está quedándose en el alquiler de algún otro amigo. Un muchacho que está claro con lo que pasa. Que quizá no tiene la paciencia o la forma para explicarle a la madre qué es lo que realmente ocurre. Un muchacho que cuando regrese a su casa se va a sentir más solo. 

Este chico cuando toque a su puerta no va a recibir un abrazo. No. Se va a tener que enfrentar al miedo, a la incomprensión y a cierta rabia de su madre, que no entiende por qué está haciendo todo esto. Tendrá que luchar contra su propia rabia. Su malestar por ver a su madre que no tiene ni un peso, que no tiene dónde caerse muerta, y que así y todo sigue defendiendo esto y creyéndose lo que dice el Gobierno en la televisión.

Regreso a la realidad y veo a la mujer y a mi amigo hablando de las posibles repercusiones de todo esto. Nunca pensé que pudiera pasar así. Por años uno ha pensado en cómo sería el momento del cambio, pero el día 11, esto nos sorprendió a todos. ¿Qué es lo que viene ahora? Una solución es irse del país.

¿Qué va a hacer este muchacho si no encuentra refugio ni siquiera en su hogar? ¿Cómo regresar sin odiar de todo esto que se ha visto? Después del día 11 es difícil seguir viendo el país como antes. Es difícil confiar en el bodeguero, en el vecino.No sabes quién dio golpe y quién no.

Este muchacho y su madre tienen un camino complicado por delante. No es fácil sentarse a hablar, y un quiebre total puede ser desgarrador. Me lo imagino de aquí a unos años afuera, en un lugar nevado, recibiendo la noticia de que su madre ha muerto.

¿Qué hace que una madre no entienda de esa manera a un hijo? ¿El miedo?

Prendo el teléfono a ver si volvió el Internet y veo varios comentarios: “Le dije a mi viejo asesino. Mi mamá se quedó atrás. Todo lo que veo a mi alrededor es separación y más separación”.

Después de aquello de hace mil años de que a los familiares en el extranjero no se les escribe. O lo otro de que si tenías un padre religioso tenías que contarlo en el Partido. Después de esos cuentos del pasado, no imaginé que la familia cubana se podía separar aún más.

Mi táctica con mi madre es bien sencilla: cuando la escucho hablando de cosas del noticiero, trato de corregirla, de contarle lo que realmente pasa, de enseñarle otra visión. No creo que yo tenga más razón que ella, pero lo que sí no puedo permitir es que alguien que no conviva con nosotros nos separe.

Le dejamos el aparato a la señora. Ella le pide a mi amigo que la ayude y le tome la presión.

Veo a mi socio haciéndolo. La mujer sin su hijo. Me imagino al hijo, bajo este sol, caminando en la calle buscando una caja de cigarros o algo para comer. El hijo sin su madre.

En la televisión, el discurso victorioso continúa. La Revolución no fue mancillada por el enemigo imperial. Estados Unidos perdió esta vez.

No entiendo qué se celebra. El peor enemigo que tiene la familia cubana en este instante es el propio Estado.

La única intervención militar fue la del Estado contra su pueblo. 

Ahora nos espera una larga resaca, donde la poca humanidad que nos quedaba va a ser puesta a prueba una vez más.

Afuera el sol quema.  La calle árida y reseca me deja ver unos espectros. Una especie de seres humanos. Pueden ser hijos, pueden ser padres. Algo se ha roto bien fuerte.

El Gobierno puede salir en la televisión diciendo que el cielo es de terciopelo y que la calle está llena de diamantes y, así y todo, la gente se lo va a creer. No todos. Pero algunos sí. Es más fácil seguir las órdenes que ponerse a pensar, que disentir. 

Al final, la mayoría de la gente lo que quiere es eso, no meterse en ni un problema más y esperar a que pase el tiempo. Da igual si la familia se destruye. Da igual si no tienes una certeza con la comida, con la salud.

Por suerte mucha gente sí está atenta. Uno de los objetivos más importantes que los cubanos y las cubanas tenemos en este momento es no dejarnos separar más.

No podemos permitir eso. Hay que luchar cada día y cada segundo por romper esa brecha generacional. Porque el abrazo materno todavía esté al alcance de la mano. Porque nada ni nadie, ni ninguna amenaza o miedo, nos separe de nuestros viejos.

Si logramos eso, ya vencimos.




Patria y vida

Los ilustres intelectuales norteamericanos

Orlando Luis Pardo Lazo

El Estado cubano por fin dejará de ser una supuesta fuente eterna de moral, de derechos, de cultura, y de riquezas, para tener que vivir escondido en un clóset cívicoy con el rabo entre las patas. Apaleado por una ciudadanía diestra, diestrísima.





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