Pedir la cabeza de Fernando Rojas

En las escalinatas del Ministerio de Cultura, la intelligentsia cubana le arrebató al castrismo el monopolio de la Historia. Fue como robarse el diamante del kilómetro cero, como echarse al pico la campana de La Demajagua.

Acciones más o menos históricas, de mayor o menor envergadura, cuyos protagonistas actuaban a título personal, han ocurrido en las últimas décadas y han sido sofocadas violentamente. En las contadísimas ocasiones en que esas acciones fueron colectivas, emprendidas por “el pueblo”, la aparición en escena del Máximo Líder bastó para apaciguar los ánimos, disolver las turbas y devolver el país a la continuidad.   

Así, el Maleconazo fue despachado en cuestión de cinco minutos el 5 de agosto de 1994.

Esta vez, a tono con los nuevos tiempos, el papel vacante del Líder lo ocupaba un actor sustituto, un personaje de la calaña del Winston “The Wolf” Wolfe de Pulp Fiction, típico gestor de problemas y experto limpiador de cagazones.

Ahora Wolfe no era precisamente un lobo, sino un viejo zorro que desde los tiempos de Paideia ha fungido de limpiapisos de la dictadura. El plomero de guardia, el conserje a domicilio del fidelismo: el viceministro Fernando Rojas.

Era la noche del 27 de noviembre y el Zorro estaba hambriento, llevaba horas encerrado en el palacio del magnate Julio Lobo. Un zorro encerrado en la guarida del lobo, ¡vaya imagen perturbadora! El seudorrevolucionario acorralado en la más célebre locación del imaginario republicano.

La intelectualidad congregada a las puertas del antiguo alcázar no dejaría de hacer las conexiones pertinentes, de sacar conclusiones. Pensar que Julio Lobo nos había legado un hermoso palacio y dos extraordinarias colecciones napoleónicas. Pensar que nos había dado una industria y una alta cultura. Lobo había creado algo imperecedero, concluirían los jóvenes creadores. En cambio, ¿qué se salvaría de las seis décadas que habían derrochado los zorros usurpadores de aquellos jardines, los perros hueveros de las glorias pasadas?

En esas altas horas de apetencia y vacilaciones, el Zorro se puso a jugar con el cordón del teléfono. Al cabo de un rato, decidió comunicarse con sus homólogos de los diversos ministerios. ¿Por dónde empezar?

¿El Ministerio de la Industria Alimentaria? No, no, no… ¿El Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente? Tampoco. ¿Y los intelectuales que esperaban impacientes allá afuera? ¡Bah, que siguieran esperando! ¡Sí, que esperaran a que él, el Zorro, hiciera sus llamadas! Los muy tontos ni siquiera entendían que se habían equivocado de ministerio.

Eso estaba bien, una distracción que obraba a su favor.

Con mano firme, Fernando levantó el auricular y marcó al Ministerio. El único, el verdadero. Sí, claro, los compañeros estaban al tanto de la situación. Habían despachado a San Isidro policías disfrazados de epidemiólogos. Las nuevas disposiciones eran escupir y no golpear, vigilar sin castigar.

El Zorro le dio vueltas a esas ideas en su cabezota pelada, raspada por años de meterla en vano. Sus homólogos en el MININT le pidieron que no se alarmara, y le recomendaron contactar a alguien de prestigio, una figura de confianza, un artista que hubiera superado la edad de las fantasías y las bajas pasiones. Un matapasiones, ¡eso! Alguien que “liderara” (risas al otro lado de la línea) las negociaciones. Si llegara a ocurrírsele algún nombre…

Claro, ni siquiera tenía que pensarlo, ¿quién más? Fernando Pérez. (Los agentes soltaron carcajadas). La intelligentsia confiaba ciegamente en él, opinó Fernando. En cada una de las crisis culturales de memoria reciente, Fernando había actuado de intermediario. Aparte, era incapaz de deshonrarse arriesgando una declaración inoportuna. Tal vez se atreviera a exigir lenidad para los amotinados, pero nada de pedir la cabeza de nadie.  

El Zorro colgó el teléfono y regresó a la ventana. Los compañeros del MININT tenían razón, y repetían las órdenes de arriba. Alpidio había desaparecido en las provincias y el Zorro necesitaba refuerzos, si es que volvían a recaer en él las tareas de limpieza y recogida. Efectivamente, la situación requería los servicios de Pérez, un hombre cabal, patriótico, respetado por los artistas y venerado por los fanáticos del cine.

En la noche del 27 de noviembre, Fernando llamó a Fernando. Cambiando de voz, Fernando pegó la boca al auricular: “Fernando Rojas, destupidor de cañerías”. ¡Por algo era el viceencargado de las Artes Escénicas! Esperó un momento. No recibió respuesta. En el otro extremo de la capital, Fernando se tiró de la cama y partió en su Lada hacia el ministerio.

La integridad de Fernando estaba más allá de cualquier cuestionamiento. Sin embargo, en camino al MINCULT, Pérez creyó necesario contactar a Pichy Perugorría. Se aparecieron juntos, ya tarde, en las escalinatas del antiguo palacio. Fernando en mangas de camisa, y Pichy en piyama, desencajado y como recién salido de una reunión de Alcohólicos Anónimos.

Fernando los observó desde su puesto de mando detrás de las persianas de la antigua biblioteca. Un escalofrío le bajó por la espalda. ¡Por el amor de Dios! ¡Fernando había traído con él a Perugorría! Y, ¿quién era ese mastodonte de ricitos blancos que se deslizaba como un fantasma por entre las filas de los filólogos? ¡El Cuty! ¡Pichy había traído con él a Cuty Ragazzone, el sicofante de antología!

Pichy cometía un error, ¡ya pagaría por ello! ¿Quién demonios lo había mandado a ponerse el pulóver de Actually, I’m in San Isidro? ¡La hipocresía! El plan maestro estuvo a punto de descarrilarse en esos angustiosos segundos.

¡El sarcasmo, el ridículo! ¿Lo habían hecho a propósito, los muy imbéciles? ¿Era otra provocación? Pero, ¡si todo lo que Pichy tenía en San Isidro era una galería de arte chatarra para canadienses! Exactamente lo contrario del nuevo San Isidro, que había puesto un sol mediático encima del derrumbe del apartado callejón medieval. Si acaso, Pichy sería Sambuca, San Emilión, San Pellegrino.

Corrió a buscar los binoculares napoleónicos abandonados en el despacho de Lobo, seis décadas atrás. A través de ellos miró a la calle y vio a Tania Bruguera, la maldita brujera que se había agenciado esta versión mejorada de Arte Calle.

Pero, ¿no había aplastado él a las sabandijas posmodernistas en los 80? ¿No había acabado él, personalmente, con los perestroikos? ¿Y no los ponía, en sus conversaciones, como ejemplo del fracaso y la desbandada? ¿No servía de lección a los intelectuales desobedientes el hecho de que las generaciones iban y venían, mientras que el Partido seguía siendo tan inexpugnable como en los tiempos en que Ángel Delgado se cagó en el Granma?  

Fernando Pérez se dirigía ahora a la multitud. El Zorro aguzó el oído: “Me encuentro aquí, esta noche, entre ustedes, y siento que revivo los años 60, aquellos momentos gloriosos de diversidad y debate…”.

¡Buenísimo, excelente! Tiempos de diversidad y debate, no de fusilamientos, ni de Palabras a los intelectuales. Tiempos románticos, seguro. De unidad e inocencia.

En cambio, ahora… ¡cuántas sabandijas salidas de las hendijas de una Habana sucia! ¡Los martillos neumáticos! “¡Llamar a la brigada de martillos neumáticos!”, apuntó con bolígrafo en palma de su mano. ¿Qué querían las sabandijas? ¿Un apartamento, un premio, un aire acondicionado, un aumento de sueldo? Preguntarles, preguntarles qué querían…

En esos momentos, una piedra que traía un papel atado con sogas rompió los vitrales de la biblioteca y le cayó a los pies, que ya comenzaban a dar taconazos sobre las baldosas. No se atrevió a acercársele, dudó si tomarla o dejarla, si agacharse y recogerla o bajar al sótano en busca de ayuda, pero al fin agarró el pedrusco, desató los nudos y leyó un mensaje escrito en Solveig Font de catorce puntos, que decía:

“¡Abajo la dictadura! Firmado: La Diosa”.

¡Habíamos llegado a la coyuntura! ¡Al desbordamiento de la cloaca!, pensó el plomero graduado de la Lomonósov, oteando por binoculares a la creciente muchedumbre.

Al frente del grupo de los treinta negociadores marchaban ahora Pichy, Fernando y La Brujera. En ese momento el Zorro descendió las escalinatas, y al fin las delegaciones se encontraron frente a frente.

En los últimos noventa años, el voltaje de la dictadura se había multiplicado exponencialmente. La Historia de Cuba había pasado, en escasas diez horas, de la Protesta de los Trece a la de los Trescientos. Habían sido las diez horas que conmovieron al solar cibernético. 

Dentro del alcázar, el grupo de escogidos se echó una ojeada en los espejos del vestíbulo. ¡Escogidos por votación popular! Entonces el grupo pudo ver en vivo lo que el Apóstol había querido decir con “una muchedumbre de monarcas”. Eran los primeros treinta que probaban la democracia.

Un marginal tomó la palabra y abrió el debate: “Zorro, estamos aquí para darte la oportunidad, asere, de ser una persona decente. Zorro, ¡aunque sea una vez en tu vida, consorte…!”.

El Zorro se ajustó las gafas y apartó la vista. A lo lejos, en la calle Línea, sus homólogos del MININT habían comenzado a amasar las tropas de feminazis. Una flotilla de guaguas cargadas de repudiantes arribaban a la calle 13.

Olfateó el aire que entraba por la ventana abierta. El tufo del gas pimienta le tupió la nariz. Todo estaba en orden. Escuchaba las voces de los disidentes como si llegaran de Siberia. ¡Ah, Siberia, las infinitas estepas! Volvió a observarlos y les prometió interesarse por la situación de los huelguistas. ¡Uno de ellos había dicho que Trump era su presidente! A ese no sería difícil acusarlo de agente de la CIA.

El pueblo estaba entrenado en detectar agentes de la CIA por todas partes, y a no reconocer a los agentes del G2, ni aun cuando fueran zangandongos y los tuviera delante, como a ese mastodonte de Ragazzone. El pueblo es crédulo, manipulable. Aquí llevo cuarenta años, y no veo por qué no he de residir en Xanadú otros cuarenta… Fidel calculó por lo menos un milenio, y Raúl habló de continuidad. Mis hijos, mis hijas, mis herederos… ¡El próximo Halloween en casa de Barnet!

Entonces se oyó la voz de Fernando.

El Zorro despertó del letargo a tiempo para escuchar el final de su intervención:

“Vine aquí por voluntad propia, nadie me ha obligado. Es hora de negociar con estos muchachos. Zorro, te digo que son unos santos. Tienes suerte que no son del tipo de gente que retrato en mi película Clandestinos, ¡ya te hubieran quemado este palacio!”.

¿No era el discurso de Fernando la manera solapada de pedir la cabeza de Fernando? ¿No se podía confiar ya ni en la bondad de Pérez? Era, entonces, una verdadera crisis, una crisis de valores. Elocuentemente, Fernando le pedía la cabeza, mientras que Pichy seguía despatarrado en su butaca, con la cabeza caída sobre el pecho, encima del letrero que decía Actually, I’m in San Isidro…

El Zorro se alegró de que, al menos, Fernando hubiera esperado para decir adentro lo que pudo haber dicho afuera, que no hubiera arengado con ideas de quemas y revoluciones a los Trescientos. ¡Incendiar el palacio, ocupar el ministerio, pasar a la clandestinidad! Afuera, habló de nostalgia sesentosa; adentro, de la inevitabilidad de la revuelta. Menos mal que el viejo había confundido el adentro y el afuera. ¡Dentro de la Revolución nada, fuera de la Revolución todo! Precisamente la consigna del Movimiento San Isidro.

Al siguiente día, el Zorro se presentó ante las cámaras de la televisión estatal. ¿Qué decir? Que había sido un diálogo entre revolucionarios, por supuesto. Pero, ¿quién sabía ya quiénes eran los revolucionarios y quiénes los contrarrevolucionarios? ¿Quiénes estaban dentro y quiénes fuera? El adentro y afuera del segregacionismo fidelista había quedado definitivamente invalidado.

Al final de la noche, Pichy se retiró a su villa de Santa Fe, a pasar la mona. Un cartel de For Sale se alzaba en el jardín. El mensaje de los tiempos estaba escrito en ese cartel. La Revolución estaba en venta, y tal vez nunca había sido más que un mal negocio, una espectacular rebaja.

Fernando, el Zorro, entró a su casa por el garaje, donde su mujer tenía montado un salón de belleza. Había medias de nailon colgando de las tendederas. Cogió una, metió la cabeza y se asomó a un espejo. Vio al arquetípico intelectual burgués que rehuía la candela. Uno que cometía el pecado mortal de no ser suficientemente contrarrevolucionario.


© Imagen de portada: Gorki Águila.




Evelyn Sosa

27N en imágenes

Evelyn Sosa

La fotógrafa Evelyn Sosa testimonia la sentada masiva frente al Ministerio de Cultura cubano.


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