Luis Manuel Otero: el trapiche

Hace unos años, cuando teníamos la cabeza y el corazón llenos de sueños, bauticé a Luis Manuel Otero como El Trapiche.

Algunos pensaban, o piensan (a lo mejor él también), que el apodo respondía a que, por entonces, sus piezas más “conocidas” eran unas esculturas hechas a base de pedacitos de palo amarrados con pedacitos de trapo. 

Trapo ~ Trapiche. 

Pero no tenía que ver con eso.

Desde el inicio me di cuenta: no se trataba de que Luis Manuel no viniera de la academia convencional, o de que su trabajo pareciera naif. Luis Manuel es un artista salvaje, robusto y osado. Es como el trapiche, la máquina que muele caña de azúcar. Caña o lo que le pongan. Si muele caña, sale guarapo. Si muele dolor, sale jugo de realidad. Si muele Cuba, sale picadillo de esperanza.

Los Luis Manuel me persiguen desde siempre. Luis Manuel se llamaba mi primer mejor amigo, cuando tenía cuatro años y pasaba horas en el Círculo Infantil hasta que mis padres venían a recogerme. Luis Manuel se llama el consorte con quien, en mi adolescencia en Santos Suárez, practicaba mis pasos de baile para luego ir a retarnos bailando con los de Luyanó o los de Regla, calzando botas de chapa y usando pulóveres de pinguero.

Luis Manuel es el nombre del artista más constante de mi generación. El que mejor administra su energía creativa. El que mejor ha sabido dar sentido a sus trabajos desde la actitud y no desde la teoría. 

Ahora mismo, Luis Manuel está dispuesto a lo peor con tal de defender al artista que es, con tal de ejercer un derecho que todos tenemos y que algunos tememos.

La primera vez que me interrogó un agente de la Seguridad del Estado (un agente con nombre de poeta, pero que no “hacía poesía”, como él mismo me dijo), me insistió mucho en que yo no era como Luis Manuel y Maykel Osorbo. Pronto la conversación derivó en el hecho de que Luis Manuel era negro, y yo no pude evitar decirle que eso explicaba mucho de lo que le hacían. Él me respondió que había muchos negros miembros de la UNEAC. Yo casi me echo a reír.

No es lo mismo un negro con dreadlocks, que viste camisas limpias, lleva un portafolio al hombro y emplea con frecuencia la palabra “afrodescendiente”, que un negro teñido de rubio, que usa camisetas sin mangas y con letreros, lleva una botella y emplea con frecuencia la palabra “asere”. Ambos negros han sido y serán discriminados, pero uno tiene muchas más posibilidades (incluso deseos) de ser miembro de la UNEAC que el otro. 

El algoritmo represivo en Cuba nos clasifica a todos. Todos estamos condenados, pero no del mismo modo.

Luis Manuel es un tremendo artista del performance, no porque salga a la calle con un San Lázaro, porque haga un striptease en 23 y L, o porque se eche una bandera cubana encima, sino porque tiene la capacidad de asumir una actitud que, en primer lugar, no deja a casi nadie indiferente, y en segundo lugar, que apunta con un reflector de alta potencia hacia conflictos y otros aspectos de la realidad. 

El San Lázaro de Luis Manuel no es San Lázaro: es el hecho de que el dinero recaudado en la pieza no pudo ser donado a Zoonosis porque el Estado no lo permitió. El striptease no es un striptease; es la llamada de atención sobre la condición humillante que padecíamos los cubanos entonces para poder acceder a Internet: bajo el sol, sin la mínima privacidad y pagando un precio astronómico respecto al nivel adquisitivo promedio. La bandera no es simplemente salir con la bandera: es el recordatorio de que el Gobierno cubano, un Estado socialista, capitalizó un símbolo patrio que todos tenemos el derecho a interpretar como queramos, y criminaliza su uso a discreción y a conveniencia financiera.

Luis Manuel Otero hace una obra que gusta a unos y disgusta a otros. Pero lo que no puede negar nadie es que, filias y fobias aparte, su obra pone en evidencia a quienes tienen el poder y practican la abyección y la hipocresía. Por eso el Estado dice hasta el cansancio que es un delincuente común y un mercenario, y por eso tantos racistas, clasistas y elitistas (declarados o no) secundan estas afirmaciones. Porque para ellos es más elegante asumir y replicar (de paso, se creen que así se aseguran que nunca serán criminalizados) que lo que le pasa a Luis Manuel es porque se lo merece, y no porque el poder es autoritario y nos desprecia.

Luis Manuel Otero es un trapiche al que le quieren hacer lo mismo que le hicieron a la industria azucarera: someterlo a obsolescencia programada. Y como no lo logran, lo quieren hacer desaparecer.




Lo profundo, lo contagioso, lo superficial - Legna Rodríguez Iglesias

Lo profundo, lo contagioso, lo superficial

Legna Rodríguez Iglesias

Viernes 13. Hoy hace trece días que el hombre llamado Luis Manuel Otero Alcántara permanece preso en una cárcel cubana llamada irónicamente Valle Grande.





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