Tres óperas primas cubanas

Tres óperas primas cubanas en el largometraje de ficción se estrenaron en la isla el pasado año. Como en todo acto de iniciación, se conjuran voluntades con fuerza chamánica, a la manera de un ritual, y casi siempre la partogénesis representa una especie de augurio de lo que vendrá después. Es, a no dudarlo, un acto de aprendizaje donde las experiencias anteriores sirven de aliciente para el cruce del umbral.

La heterogeneidad de temáticas, estéticas y discursos narrativos no solo singulariza a esos tres filmes, sino también los modos en que se prefiere el tránsito por el largo sendero: el primero de ellos (El regreso, Blanca Rosa Blanco) simula Dante perdido en la selva oscura; del segundo (El viaje extraordinario de Celeste García, Arturo Infante), la firmeza y velocidad de su arrancada devienen admiración efímera cuando aflora el agotamiento a mitad de carrera; el último (Un traductor, Rodrigo y Sebastián Barriuso) va con el paso mesurado sin extraviar la intensidad del ritmo para llegar a la meta. Estas causales bien pueden explicar la jerarquía de sus resultados artísticos, aun cuando se aplauda el empuje y la bravura ante el reto.

I

Una película como El regreso, de Blanca Rosa Blanco, escoge un ropaje de denuncia social con la siempre bienvenida mirada feminista. Las problemáticas en las relaciones entre géneros, con énfasis en la vulnerabilidad del cuerpo femenino ante situaciones extremas de violencia, encauzan su estrategia narrativa por los códigos del cine de suspenso y la intriga policial para mantener en vilo el interés del espectador. Pero la principal dificultad de esta película es su estrabismo estético, el modo en que desfachatadamente confunde la articulación de sus códigos, haciéndose creer a ella misma que ha llamado al número de la puerta correcta. 

Patricia (Blanca Rosa Blanco) es una detective que recibe la noticia del fallecimiento de Mariano (Osvaldo Doimeadiós), un reo que cumplía injusta condena por violación y asesinato de mujeres jóvenes. De la capital, donde vive hace años, Patricia decide volver a Matanzas con el propósito de comunicarse con los familiares del muerto. Más allá de la posibilidad de hacer justicia y descubrir al verdadero asesino de las jóvenes, todavía impune, el regreso de la protagonista a su ciudad natal representa el reencuentro con su abuela (Verónica Lynn) y con su amor del pasado, el oficial Ubaldo (Yadier Fernández). 

La heroína hace gala de pericia profesional mientras sortea obstáculos. Los emplazamientos dramáticos del discurso tienen a su favor la dosificación acertada de los momentos de mayor tensión, propios de toda intriga policial, con los cuales un espectador promedio siempre se sentirá atraído. Esa fidelidad del guion a una trayectoria lineal de introducción, desarrollo, clímax y desenlace del conflicto no me parece cuestionable, sino la manera en que esa horizontalidad se traduce en “maquillaje creativo”. Cada accidente dramático pretende complejizar las relaciones causales que conducen a la solución del conflicto, pero siempre se consigue el efecto contrario: es difícil que el espectador no adivine lo que viene después.

La aparente inocencia del asesino hace dudar al espectador. La impecable caracterización de Rafael Lahera tiene mucho que ver en esto; sin embargo, el modo el punto de giro, con la entrada forzada de Patricia a su casa, está planteado de una forma tan pedestre —las pertenencias de las víctimas guardadas en un cuarto de desahogo— que todavía no me explico que no fuera posible encontrar una solución más creativa. 

Con todo, El regreso parece decirnos que hacer cine por primera vez es fácil, muy fácil, tanto o más que la escritura y realización de un telefilme con una historia pautada por una narrativa tensional sin complicaciones. Visto así, el acto de iniciación no va más allá del emprendimiento amateur que desatiende la percepción del riesgo cuando el camino, bajo el paso descuidado, se torna de súbito pantanoso. 

Churchill, entre la oscuridad y la luz

Ronald Antonio Ramírez

A propósito de la película The Darkest Hours, de Joe Wright.

Es cierto que existe un comienzo para todo, pero la inexperiencia no puede ser motivo para los desmanes. Desde la concepción psicológica de los personajes hasta la visualidad, El regreso es un rosario de imperfecciones. Patricia no es más que un mujerón con un tesón a prueba de balas, y nada de su química con Ubaldo merece ser destacado. Blanca Rosa Blanco, actriz dramática de calibre mayor, parece asumir el personaje con el piloto automático y sin matices. Queda claro que lo más importante en ella es hacer justicia, pero todo lo que pudo haber de inteligente en el diseño de este personaje, y en la historia en general, se desperdicia en los vaivenes de carretera, en esbozos de subtramas rudimentariamente escritas y en los encontronazos de una relación amorosa que deja mucho que desear. 

Yadier Fernández continúa demostrando que su talento se circunscribe, en cuanto personaje interpreta, a extravasar una masculinidad de tabula rasa, del tipo hombre-duro con la expresión cejijunta, la voz gruesa y la reciedumbre de un repertorio gestual a flor de piel. Ni siquiera en su escena más importante nos convence de su pánico y desespero. Por otro lado, la dirección desaprovecha a Rafael Lahera, un actor flemático que está entre los pocos que saben asumir los contrastes de una psicología en pugna. 

¿Qué más resulta fallido en este largometraje? Una edición que no escatima sus atentados al raccord con cortes bruscos que interrumpen la acción. La cámara a veces da la sensación de un desacertado posicionamiento; justo en el momento clímax del filme pierde, fuera de cuadro, a los personajes. En el enfrentamiento entre Patricia y el asesino, por ejemplo, la presteza del corte adensa la suciedad de la escena, y el diálogo, para rematar, no escapa a la rabia declamatoria de Blanca Rosa Blanco, que termina por estropearlo todo.

Lo peor del filme es su incapacidad de articular una historia vertical. El deseo de incursionar en lo genérico y alejarse de la saturada enunciación que identifica al cine cubano dentro y fuera de la isla, termina siendo un acto onanista. 

Blanca Rosa Blanco parece haber suspendido su participación en el policíaco nocturno de Cubavisión para encarnar un doble malogrado de detective. De ahí que su empeño en dar vida a este personaje sea una decisión desacertada, no porque lo haya asumido mal —digamos que regular—, sino porque su impronta televisiva inevitablemente atentaba contra esta película: imposible sustraerse a las inferencias entre el personaje de la teleserie y el de la cinta, sobre todo si este último, desde el punto de vista fictivo, se diferencia muy poco o nada de aquel.  

A El regreso le viene mejor el título de Tras la huella. La película. Debió estrenarse en la pequeña pantalla como un teleplay más. 

No obstante, lo mejor de esta película es —además de la música de David Blanco— la decisión de su directora de romper el celofán y abrirle nuevos horizontes a su experiencia artística. Bienvenida sea su voluntad, muy valiente sin duda, de ingresar al selecto mundo de las realizadoras cubanas, que pueden contarse con las manos. Cada mujer que se inicie: enhorabuena. Y si el tema imprime su sello feminista, mejor. No importa que el primer paso sea errático y que tras el parto la criatura parezca cualquier cosa menos una película. Los desaciertos también empinan. 

II

El viaje extraordinario de Celeste García es también un ejercicio de iniciación, aunque su director, el joven realizador Arturo Infante, ya había tenido algunas incursiones en el mediometraje con excelentes resultados artísticos y recepción favorable tanto de público como de crítica. Su obra se ha caracterizado por una crítica incisiva a las problemáticas sociales de la realidad cubana, con buena dosis de ironía y humor inteligentes. Quizás esta exitosa experiencia en cortos es lo que ha inspirado emprendimientos mayores como este filme y los que sin duda vendrán después. 

Pero la ruta más larga puede resultar, a veces, una carrera tan compleja como un maratón, para la cual se necesita entrenamiento de corredor de fondo. Da la impresión que, con El viaje extraordinario de Celeste García, Infante ha echado a correr con buen pie, en descomunal arrancada, pero en la medida que avanza va perdiendo intensidad y ritmo, y llega a duras penas a la meta, desbocado y sin aliento.

Cine cubano. Cine revolucionario. Reynaldo Lastre.

Manual del perfecto cine revolucionario

Reynaldo Lastre

El cine ha subestimado el verdadero sentido de ‘Historias de la Revolución’.

Es esta la típica comedia costumbrista de enredos y situaciones jocosas, cuya trivialidad proporciona un buen rato de estridentes carcajadas. Lo que el público deseaba, ni más ni menos. 

La película nos cuenta la historia de Celeste García (María Isabel Díaz), una mujer sesentera que trabaja como especialista en el Planetario de La Habana. La rutina de su vida laboral y hogareña se ve bruscamente interrumpida por la extraña invitación de una vecina a conocer su planeta, pues resulta ser una alienígena enmascarada. Por si fuera poco, el noticiero de televisión divulga que la civilización extraterrestre ha mantenido contactos secretos con el gobierno cubano durante mucho tiempo, y ha hecho también extensivo su convite no solo a los ciudadanos de la isla, sino también a los de diversas partes del mundo. Por lo pronto, en La Habana, las de oficinas de viaje interespacial no dan abasto para procesar las solicitudes de los interesados, que se seleccionarán por la vía del sorteo. 

¿No es deliciosa, seductora e hilarante esta propuesta de argumento?

La embarazada (Tamara Castellanos) que espera un hijo alienígena, el artista gay (Néstor Jiménez), una seductora felona (Yerlín Pérez), dos jóvenes amantes y asesinos (Andrea Doimeadiós y Reinier Díaz) y el carnicero del barrio (Omar Franco), enamorado de Celeste, integran la galería de personajes, todos ellos muy pintorescos, que aguardarán la llegada de la nave espacial internados en una Escuela al Campo. Allí se afianzan las relaciones personales, se desnudan episodios del pasado para compartir decepciones, reflexionar en torno a meteduras de pata y hacer volar, también, las expectativas respecto a un viaje que todos esperan cambie sus vidas. 

¿Qué nos trae de interesante esta película? El modo en que la enunciación es capaz de apelar a la “inventiva” en el empeño estéril de anunciar una engañosa “renovación” conceptual. El disfraz con que se viste la clásica comedia de nuestros predios tiene el listón bien alto desde Juan de los muertos (2011), de Alejandro Brugués, y uno se pregunta, luego de esta incursión de Arturo Infante en el universo alienígena —con derecho a mostrarnos una nave espacial surcando los cielos de La Habana a Santiago—, qué cosa vendrá después en el ejercicio de la crítica a nuestros entuertos sociales de ahora: esos latigazos de ocasión a las problemáticas familiares, las bajezas morales, las frustraciones y los anhelos de estos tiempos en que la vida insular sufre de frecuentes estados de espasmo. 

¿Qué tiene en contra esta película? La saturación de populismo rancio —que muy poco trae de “viaje extraordinario”— en esos personajes a veces grotescos a más no poder, una caricatura del aquelarre insular con el barniz que hace tiempo vimos en Lista de espera (2000) y películas afines. 

El artista gay —¿cuándo Pascuas…?—, la mulata felona, la embarazada, el carnicero, los jóvenes oportunistas y la mandamás del internamiento (Verónica Díaz) que asume la preparación de los futuros astronautas del mismo modo en que se dirige un campamento militar, se juntan toditos a la mitad del metraje para llenar una enorme barriga que parece no llenarse nunca. Es esta la principal deficiencia del guion: el facilismo con que decide desplegar y resolver sus tejemanejes para revelarnos al final lo que ya sabíamos: a pesar de las inclemencias, no es preciso viajar a las estrellas para encontrar la felicidad; la felicidad está más cerca de lo que imaginamos, en lugares tan impensables como la carnicería de la esquina. 

El viaje extraordinario de Celeste García nos invita a reflexionar cuánto puede afectar a nuestro cine el derrame del vaso por el insistente vertimiento de la gota; sobre ello habrá que indagar todavía más, aunque se culpe al mismísimo Mañach

Cine cubano. Ronald Antonio Ramírez.

Gato por liebre

Ronald Antonio Ramírez

Anacronismos en el cine cubano.

Lamentablemente, esta cinta será otra hojarasca que el viento se lleva de nuestra memoria tan pronto abandonamos la sala. Nos trae, eso sí, el grato placer de contemplar otra vez a la querida novia de Una novia para David, María Isabel Díaz, tan recordada siempre por su público; pero ese placer también se desvanece rápido, en la ilusión efímera de verla en la piel de un personaje a su altura. 

Todo bien cuando el camino escogido es el más fácil para seducir al público. Su realizador tira por la borda, al menos en esta primera vez, una buena oportunidad para poner a prueba todo su talento.

III

Un traductor, ópera prima de los hermanos Rodrigo y Sebastián Barriuso, cubanos residentes en Canadá, es uno de los largometrajes cubanos de ficción exhibidos en 2018 que han marcado, para bien, la diferencia. 

Se distingue por la sobriedad de su registro narrativo: el modo en que sus realizadores consiguen establecer un equilibrio estético en los distintos niveles del discurso mientras apuestan por la intimidad de un drama familiar —o si se prefiere biográfico, pues envuelve un momento trascendental en la vida de sus realizadores— que seduce y conmueve al espectador. 

La trama gira alrededor de la vida de Mani (Rodrigo Santoro), profesor de literatura rusa en la Universidad de La Habana. El desastre de Chernobil, y la llegada a Cuba de los primeros niños soviéticos afectados por el accidente, interrumpen su dinámica familiar y la estabilidad de su matrimonio, pues como muchos profesores de su claustro, Mani recibe la misión de trabajar como intérprete entre los médicos cubanos y los niños soviéticos y sus familiares en un hospital de La Habana. En medio de esto sobreviene la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y, por supuesto, el inicio del Período Especial en Cuba.

Las convulsiones del contexto revelan poco a poco la disconformidad de un personaje obligado a posponer sus intereses personales y familiares en favor del bien común. Su resistencia al cambio de labor —sutilmente marcado en la película: por cuestiones ideológicas— cederá al involucramiento sincero que intenta mitigar las secuelas del desastre, el sufrimiento y la pérdida. Mani es también padre de un niño pequeño y espera la llegada de un segundo, pero no es consciente de la irresponsabilidad y las desatenciones para con su familia mientras cada día orienta su consagración a los niños enfermos de cáncer.

Por el camino de la reflexión en torno a la brevedad de la vida y el altruismo, Un traductor despliega ductilidad narrativa sin transitar lugares comunes en la crítica sociopolítica y sin caer en el facilismo del melodrama para manipular al espectador: con todo el riesgo que había de ceder a esas tentaciones, por su intensidad dramática, los hermanos Barriusoprefirieron la serenidad —en el cuestionamiento al credo político— y la hondura psicológica en la caracterización de personajes. 

El hombre en el epicentro de la Historia, desde la cotidianidad que añade virtud, y el anónimo heroísmo que insta al crecimiento personal, son las directrices de esta película en su apuesta por mostrarnos que no solo es humano errar, sino también recibir lecciones cuando el individualismo se doblega. Mani no claudica su incompatibilidad ideológica con el sistema social en que vive, pero es capaz de posicionarse en medio de su vorágine con la convicción de un aporte altruista; no importa que, al final, el resultado de tanto esfuerzo deje la huella del descalabro emocional. 

Otra buena carta de presentación del filme es el talento del elenco multinacional, apuntalado por las convincentes actuaciones de los niños rusos. El brasileño Rodrigo Santoro sigue demostrando su versatilidad interpretando personajes de nuestro país, y su compañera de reparto, la cubana Yoandra Suárez, que interpreta a su esposa, supera los tintes maniqueos que antes le vimos en La hoja de la caleta (2017), de Mirta González y Jorge Campanería. 

Un traductor no es la gran película del cine cubano, pero sí un ejemplo feliz de cuán grande puede hacerse nuestro cine. La historia de Rodrigo y Sebastián Barriuso es a mi juicio el mejor filme cubano exhibido el año pasado. En lo adelante habrá que seguirles la pista a estos hermanos, prestarle mucha atención a todo lo que hagan. Nos han traído una lección de cautela. Su ópera prima tiene la conciencia de que es mejor ir de puntillas y no corriendo por un camino sembrado de huevos: Un traductor tiene la mesura de hacerlo bien, con el tino de no quebrar casi ninguno. 

¿Quién le tiene miedo al cine cubano? Cine cubano. Antonio Enrique González Rojas.

¿Quién le tiene miedo al cine cubano?

Antonio Enrique González Rojas

Una cartografía personal de la Muestra Joven de Cine Cubano (2 al 7 de abril de 2019).

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