Pan fresco: una heterotopía para los estudios cubanos

El lugar de una historiografía crítica que aborde los temas más variados y necesarios sobre el proceso sociopolítico iniciado en la Cuba de 1959, se ha hecho cada vez más notable en la producción intelectual de los estudios cubanos en la última década. 

Pan fresco. Textos críticos en torno al arte cubano (2019), editado por Clemens Greiner y Henry Eric Hernández en colaboración con la Fundación Reinbeckhallen y la editorial Almenara, llega justamente a colocarse como uno de los ejemplares obligatorios para repensar las dimensiones políticas, sociales y culturales de un proceso que cuenta con un largo historial de manipulación de la memoria y la Historia. Junto a El fin del Gran Relato (2019) forma parte de una colección que agrupa una importante selección de textos críticos sobre arte cubano.

El volumen tiene como hilo conductor los caminos del arte cubano en las últimas décadas del siglo XX e inicios del siglo XXI, y teje una magnífica constelación de ensayos. 

¿Cómo aproximarse a los estudios cubanos sobre la vida nacional post-1959? ¿Cómo sortear los enrevesados discursos de un sistema totalitario que se apropia del relato nacional y de todos los aspectos de la vida privada y pública? ¿Cómo lidiar con el totalitarismo y con la esquizofrenia que este produce

Estas son algunas preguntas que Pan fresco intenta resolver y de paso abrir un camino para dispersar el gran absoluto de la Revolución, hacerlo tangible, masticable y finalmente escupible.

A pesar de la diversidad de lugares de enunciación de lxs autorxs, la selección de ensayos se se articula de forma orgánica y, más importante aún, lúcidamente. Abel González FernándezAnaeli Ibarra, Anamely Ramos, Celia Irina González, Dennys Matos, Héctor Antón Castillo, Henry Eric Hernández, Joaquín Badajoz, Mailyn Machado, Orlando Hernández, Suset Sánchez, Yissel Arce Padrón, Ernesto Menéndez-Conde, Sara Alonso Gómez y Yanelys Núñez Leyva, al observar su objeto de estudio, crean una distinción e intervienen en un pasado o presente confiscado por el discurso del poder político cubano. 

Es importante señalar la ubicación geográfica de todxs (Cuba, México, España, Francia, Alemania y Estados Unidos), en tanto dicha variedad conforma una propuesta de miradas complejas y polémicas con un mayor alcance crítico.

La posibilidad de repensar términos generalmente ausentes en los estudios cubanos: censura, racismoviolencia, represión, disidencia, etc., e incluirlos como lentes para observar la realidad, es uno de los principales atractivos de Pan fresco


Memoria

Si algo nos recuerda Pan fresco es que todo Estado construye su Historia y memoria histórica en función de sus deseos de legitimidad y afianzamiento. 

En el caso cubano, el proceso de edificación de una nueva sociedad, posterior a 1959, supuso la imposición de un relato histórico en el que todo pasado solo era funcional mientras sirviera como “antecedente” al triunfo del 1 de enero, a la vez que todo lo recordable estaba vinculado a ese largo recorrido de un pueblo y su búsqueda de liberación tras siglos de coloniaje y dependencia económica. 

Esta memoria nacional, narrada desde un cariz totalitario, excluyó una serie de fenómenos, procesos, figuras y temas. Algunos, los más aceptables para el sistema, han vuelto a formar parte de la vida cultural del país; otros, continúan pujando para hacerse presente. Pero, como bien destacan Anaeli Ibarra y Abel Fernández respectivamente: “La nación cubana emergió con la opacidad de la memoria, incapaz de recordar lo suficiente” (p. 50) y “[l]a desmemoria supone un conflicto irresuelto con el pasado” (p. 9). 

Estos reclamos de la memoria e incluso de la Historia han encontrado en el arte un importante lugar de asentamiento, tal como hacen ver Dennys Matos (“Arte de la Revolución Cubana en el cambio de siglo”) y Héctor Antón (“Viendo caer las hojas (arte-vida-pospolítica)”). 

Pero más llamativo aún resulta la capacidad del arte en convertir a la propia Revolución, tema vedado en otros espacios académicos, en un lugar de memoria: “[m]uchas de las obras comienzan a percibir que la Revolución es ya un pasado, una memoria, un hecho que forma parte de la historia, por lo que se puede disponer de ello como un archivo más, como material de obras” (p. 133).

¿Cómo no estar obsesionado con la memoria, con lo negado, con lo reprimido? El personaje de Sergio en Memorias de subdesarrollo es evocado varias veces en las páginas de Pan fresco y en una de ellas se cita una de sus frases más memorables: “En el socialismo nada tiene continuidad. Todo se olvida” (p. 145). 

Si en muchas sociedades actuales se habla de la necesidad del olvido como ejercicio curativo, en Cuba se podría o se debería hablar del recuerdo como un intento de sanar la nación. Tal como queda recogido en las páginas de Pan fresco el derecho a recordar y el derecho a nombrar el pasado suprimido es una de las principales tensiones que se tejen entre la producción artística y el Estado cubano de las últimas décadas.  


Disidencia

De forma inevitable y certera, el concepto de disidencia atraviesa la mayoría de los trabajos que componen el libro (“La vanguardia como posibilidad”, “Geografías de lo imposible. Nación, arte y disidencia en Cuba”, “Arte de la Revolución Cubana en el cambio de siglo: raulismo, postcomunismo” y “Esa condición sine qua non llamada censura”). 

A pesar del uso despectivo que el Estado cubano le otorga al término y el cual se remonta a las críticas contra los dogmas católicos hechas por protestantes en tiempos de la Reforma y posteriormente en los Estados fascistas de la Segunda Guerra Mundial y en la Unión Soviética estalinista, el origen de la palabra está relacionado con la capacidad de discrepar, discernir u opinar. 

(El metarrelato de la Revolución Cubana se apropió de palabras o conceptos y los cargó de nuevos sentidos, tal como sucedió en los inicios de los sesenta cuando “vago”, “homosexual” o “cristiano” pasaron a ser sinónimo de “contrarrevolucionario”. Así sucedió también con la homologación que se impuso entre “disidencia” y “escoria” o “disidencia” y “delincuente”).

La producción artística que circula en las páginas de Pan fresco se inscribe como una de las formas de disentir más agudas en Cuba. 

La vasta recopilación y análisis de estos gestos artísticos (Espacio Aglutinador, Omni-Zona Franca, El susurro de TatlinEl objeto esculturado, el grupo AR-DE, la obra de Luis Manuel Otero Alcántara, etc.) que realizan los ensayos “Geografías de lo imposible. Nación, arte y disidencia en Cuba” o “Un arte público en ciernes. Un diálogo sobre arte e intervenciones públicas en la Cuba contemporánea”, “Viendo caer las hojas (arte-vida-pospolítica)”, así lo demuestran. 

Todas estas obras o grupos han manifestado un sentido disidente como pilar de sus propuestas y han logrado articular el complejo binomio arte y política de forma magistral. Ese otro crítico ha sido nombrado y creado por el Estado como disidente; rehusarse a las nomenclaturas usadas por el propio régimen, que genera este otro social, es un primer paso para desmantelar el discurso totalitario. Establecer una reflexión sobre estas disidencias desde una mirada analítica es otra de las virtudes de Pan fresco. En este sentido, el lenguaje de la mayoría de los textos evita la trampa de nombrar las cosas con los códigos del autoritarismo.

La disidencia también puede cobrar las más diversas formas. Como bien nos hace tener en cuenta Anamely Ramos, apoyándose en Slavoj Žižek, la disidencia puede ser, también, tomarse en serio el sistema, “creer en lo que ya nadie cree” (p. 82).

“Esta lógica se llena de sentido cuando pensamos en que la represión es más feroz cuando se ocupa de aquellas interpretaciones positivas y hasta entusiastas de lo que representa al sistema, por aquellos que no son considerados dignos de realizarlas. Raúl Martínez cuenta en su autobiografía Yo Publio cómo lo que no le perdonaban a él y a Servando era su osadía de querer pintar la Revolución” (nota al pie, p. 82).


Afectos, totalitarismo y censura

El texto de Celia Irina González viene a ser una suerte de antropología de las emociones al exponer cómo se van configurando afectos y política bajo el sistema totalitario cubano. “Diálogos con el patriarca” reflexiona sobre cómo se fragmentan y se constituyen relaciones afectivas a partir de la experiencia revolucionaria, pues esta no solo trajo cambios políticos o económicos, sino que también articuló nuevas formas de sentir, de amar o de soñar que son intervenidas por el totalitarismo.

Se pregunta la autora: “¿Cómo lidiar con relaciones afectivas atravesadas por sistemas totalitarios? Específicamente cuando se trata de sistemas totalitarios de izquierda, comunistas, inicialmente relacionados con un fin humanista, una alternativa al capitalismo. Especialmente si me refiero al caso cubano, aún símbolo reafirmado por intelectuales de izquierda, voces autorizadas que confirman la legitimidad del Estado” (p. 99), y a partir de su experiencia de vida y su propia obra junto a la de Yunior, Renier Quer, Levi Orta, Luis Gárciga, Henry Eric Hernández y Camila Ramírez Lobón, busca entender cómo interviene lo político en el ámbito de lo privado y lo afectivo.

Lo político se dispersa y conforma también lo afectivo, las emociones y las sensibilidades, y también desde lo afectivo el ensayo de Henry Eric Hernández nos muestra los entramados políticos y psicosociales de la censura: la del Estado y la del censor. En “Esa condición sine qua non llamada censura”, alerta sobre la necesidad de restablecer conceptos como censura y violencia en la escritura de la historia del arte en Cuba y posibilitar así una salida a los lugares comunes que impone el totalitarismo. 

El arte cubano está inserto en el propio sistema totalitario o autoritario, por lo que resulta un grave error observarlo aislado de su propia condición de posibilidad. Se hace necesario entonces, primero, reconocer los límites que esto impone, y segundo, articular discursos que los rompan y permitan una liberación no solo desde lo factual sino también desde el propio lenguaje.

“Nación· es otro de los conceptos que recorre las páginas de Pan fresco. Los trabajos de Anaeli Ibarra y Joaquín Bajadoz, desde diferentes campos de estudios coinciden en cómo el proyecto revolucionario en su intento totalizador provocó una compleja y dramática fragmentación de aquello que entendemos como nación.  

Así, la nación cubana no puede pensarse en los últimos sesenta años sin tener en cuenta el exilio, la diáspora y los sujetos que quedaron fuera del discurso político estatal. Vinculado a esto, la mirada desde los estudios postcoloniales que ofrece Yissel Arce Padrón viene ser otra bocanada de aire fresco para reactualizar los enfoques teóricos con el fin de pensar el arte en la nación y cómo las instituciones o gestos curatoriales ejercen también disposiciones que domestican el pensamiento crítico.

Pan fresco. Textos críticos en torno al arte cubano es mucho más que un libro sobre crítica de arte en Cuba (aunque con eso fuera más que suficiente). Es mucho más porque, desde la crítica, articula un discurso que abarca las más variadas disidencias. 

Es también una posibilidad para sublevarse: hablar de vanguardia en Cuba (Abel González), contextualizar lo contemporáneo (Anamely Ramos), pensar alteridades históricas (Anaeli Ibarra), entender las relaciones afectivas en el totalitarismo (Celia Irina González), considerar las dimensiones de la censura y la represión (Henry Eric Hernández), la raza y la nación (Suset Sánchez), o la crítica poscolonial (Yissel Arce Padrón). 

La relación entre arte y Revolución se vuelve compleja y muchas veces liberadora en las páginas del libro. El arte suele adelantarse a numerosos análisis académicos y revela el trauma que retorna tras la represión, y la propia Revolución se convierte en diana de artistas e intelectuales de una forma cada vez más lúcida y crítica. 

En Las palabras y las cosas, Michel Foucault nos dice que “[L]as heterotopías inquietan, sin duda porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes o los enmarañan, porque arruinan de antemano la ʻsintaxisʼ y no solo la que construye las frases aquella menos evidente que hace ʻmantenerse juntasʼ (unas al otro lado o frente de otras) a las palabras y a las cosas”. 

A diferencia de los discursos sobre las utopías, que consuelan y prometen un lugar ideal, Pan fresco se alza como una suerte de heterotopía que inquieta o perturba. 

Todos sus textos se construyen desde las encrucijadas del arte y la política golpeando al poder ahí donde es más fuerte: en el orden del saber. Más que dar respuestas o cerrar temáticas, abre infinitas puertas para intervenir en la Historia y el arte cubano. 




Grethel Domenech Hernández - Cuba - Totalitarismo - Memoria

Los escritores y la Revolución en América Latina

Grethel Domenech Hernández

Para la mayoría de sus jóvenes seguidores, leer a Rafael Rojas es un gesto de rebeldía, de liberación.


Sin comentarios aún

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.