Norberto Fuentes, Heberto Padilla y el heroísmo revolucionario

El 30 de octubre de 1980, Raúl Rivero le enseñó a Norberto Fuentes un cable de Prensa Latina donde Heberto Padilla lo mencionaba: “pensaba en Norberto Fuentes, también él una criatura de la policía”, decía allí el poeta recién exiliado. Esa liniecita, comenta ahora Fuentes, era “aviesa”, “hijaputeril”, “traicionera”, “gratuita”, y aclara enseguida: “No porque me acusara de algo que, a diez últimas, me hubiese producido aventuras, satisfacción, poder y mujeres y que la configuración de una pistola abultándome claramente bajo la camisa fuera parte de mi estilo. Sino porque, extrañamente, intentaba ponerme a la defensiva con algo de lo que me hubiera podido enorgullecer” (Plaza sitiada, Cuarteles de invierno, 2018, p. 534). 

Fuentes decide entonces actuar. Le había pedido a Luis Pavón que le consiguiera una entrevista con Antonio Pérez Herrero, el secretario ideológico del Partido. En ese encuentro, que sería al cabo muy fructífero para Fuentes, este propone escribir en cuatro o cinco meses un libro que habría de llamarse La plaza sitiada, y que contraatacaría, desde la posición oficial del gobierno cubano, las entrevistas que estaba dando Padilla, así como la salida, ya anunciada, de sus memorias y de la novela En mi jardín pastan los héroes. “Se ha de contraponer a sus declaraciones, hechos. Realizaciones concretas de la Revolución en todas las esferas, mientras Padilla hacía juegos de palabras y frases ingeniosas para divertir a sus invitados”, escribió Fuentes en aquel proyecto. “Creo que algunos elementos de índole personal contribuirían al éxito de esta empresa, tales como el hecho de que yo fuera el único escritor que no aceptara sus inventivas [sic] la noche de su famosa autocrítica en la UNEAC y que el resultado de esta no haya sido la represión y la amargura, sino por el contrario, que yo sea hoy el hombre perfectamente libre, un escritor dedicado a mi trabajo y que comparte los mismos deberes y derechos de la sociedad en que vive” (p. 548). 

El Partido rechazó la propuesta. No interesaba revolver el asunto. Que Padilla hiciera todas las declaraciones que quisiera; en Cuba nadie se iba a enterar. Y ahora, casi cuatro décadas después, Norberto Fuentes publica Plaza sitiada, un volumen de casi seiscientas páginas que concluye justamente reproduciendo aquel proyecto de libro donde el escritor aseguraba al dirigente: “espero también, si decide que debo acometer esta tarea, cumplirla a cabalidad”. ¿Cumple ahora Fuentes, de algún modo, aquella tarea con un libro donde alega la cobardía infinita de Padilla? ¿Por qué, si se trata de un libro diferente a aquel que habría escrito en 1980, lleva el mismo título? Uno que, como sabemos, cifra el argumento fundamental del gobierno cubano para deslegitimar a los intelectuales críticos a fines de los sesenta. Plaza sitiada, trinchera: Cuba no era solo un país en revolución, sino también un país en guerra, por lo que el tipo de crítica al que pertenecían los poemas de Fuera del juego equivalía a “abrir brecha al asaltante en nuestra muralla y franquearle el acceso a nuestro campo”, como escribiera Nicolás Guillén en las páginas de Verde Olivo. 

Fuentes reproduce ahora también el otro argumento que se utilizó hace cinco décadas en Verde Olivo y El Caimán Barbudo: que el poeta estaba importando a Cuba problemas que eran exclusivos de la Unión Soviética.1 “Muchos años después comprendí que la URSS le hizo mucho daño a Padilla. Era un buen hombre y muy inteligente, pero viajó de una revolución naciente a un proceso ya de muchos años y lleno de otras complejidades. La URSS de Padilla era la del postestalinismo y la de Evtuchenko y de Solzhenitzyn. La de nosotros (si de influencias soviéticas se trataba) era la de Chapáyev y la de los hombres de Panfilov. Bueno, no podía haber otra si eras genuino. Por eso él quiere extrapolar esos dilemas” (p. 458). Y en la misma cuerda, hablando del momento en que, tras la autocrítica, Padilla es enviado al Escambray, Fuentes escribe, unas páginas más adelante: “Tenía que haber dejado de pensar en él y aprovechar una oportunidad que de todas maneras se le estaba brindando (como él mismo dijo de mí en lo referente a mi experiencia en la Lucha contra Bandidos). El asunto no era él sino la Revolución. Y lo estaban enviando a un terreno enteramente virgen: la zona de mayor conflicto revolucionario conocido por la Revolución debía ser reconstruida y pacificada. Perdió una oportunidad preciosa” (pp. 494-495). ¿Cómo hubiera podido, nos preguntamos, aprovechar Padilla esa “oportunidad”, más que haciendo realismo socialista, justo lo que dictaminaba Leopoldo Ávila?  

La novedad del recuento de Fuentes consiste entonces en reivindicar, frente al tipo de cultura literaria que dentro de la revolución proponían Padilla o Ambrosio Fornet —una más ecuménica, donde cabían Kafka y Eliot (a propósito del cual, por cierto, Padilla polemizó con Carlos Rafael Rodríguez en la primera de las reuniones en la Biblioteca Nacional, en 1961)—, el canon de Verde Olivo. Al respecto, vale la pena detenerse en el capítulo 12, sobre el influjo de Los hombres de Panfilov y otros libros soviéticos de ese tipo en la Cuba de los sesenta. Fuentes recuerda que el libro de Alexander Bek, publicado en edición masiva de 100 000 ejemplares, es “uno de los más leídos de la historia de Cuba”, y echa mano del arsenal antintelectualista de Mella y Verde Olivo, llegando a lamentar que años después las ediciones de textos soviéticos se redujeran por causa del influjo de “la intelectualidad pequeñoburguesa cuando convirtieron las colecciones dedicadas a la publicación de obras extranjeras —Biblioteca del Pueblo y Colección Cocuyo— en una reserva existencialista” (p. 219). Como Cabrera Infante en “Somos actores de una historia increíble” (Revolución, 16 de enero de 1959), Fuentes opone a la novela de Proust la situación cubana, cuando los “cubanos estaban para las balas”.2 Pero Cabrera Infante se distanciaría de esos tempranos artículos suyos; Fuentes sigue recordando con nostalgia, como había hecho ya en 1970 en el prólogo a Cazabandido3, la “época del heroísmo” donde se formó como periodista en la Lucha contra Bandidos.

Norberto Fuentes reproduce, entonces, la vara de medir de las FAR, que se basaba en la contraposición entre la lucha revolucionaria y el mentidero literario, y en la absoluta prioridad de la primera. Es ese, después de todo, el contraste entre sí mismo y Padilla que él traza una y otra vez: “Yo estaba entrenado para la lucha revolucionaria y no para los corrillos literarios” (p. 489). Es también esa imagen de sí como combatiente lo que lo lleva acaso a titular Plaza sitiada a su libro, aun cuando él no escribe ya desde Cuba. Decidido a no dar un paso atrás, Norberto Fuentes se parapeta en su trinchera, desafiando ahora a todos aquellos que han reproducido la versión del caso Padilla que el poeta ofreció en sus memorias, artículos y entrevistas. Esta versión es bien conocida. Básicamente, dice que Fuentes, quien primero hizo autocrítica y al final volvió a tomar la palabra para desdecirse, era un agente de la Seguridad.4 De algún modo, su disonante intervención le habría dado mayores visos de veracidad a la farsa de esa noche.5 A este relato Norberto Fuentes propone otro donde Padilla queda como uno de los mayores cobardes de la historia de Cuba y él como un héroe. “Yo soy el único héroe literario de la historia de Cuba” (p. 524).

Esta alta cota de heroísmo procede no solo de su actuación en la noche de autos, sino de su enfrentamiento con Fidel Castro, un enfrentamiento más o menos secreto, no ruidoso como el escándalo de Padilla, del que Fuentes sale “invicto”. El enfrentamiento empieza con la publicación de Condenados de Condado, y luego con una polémica en la revista Marcha donde un agente uruguayo de Castro se enfrentó a un discípulo de Ángel Rama. Y sigue en 1971, cuando en la UNEAC Norberto Fuentes se niega a aceptar que él ha tenido actitudes contrarrevolucionarias, y luego le comenta a un amigo “Yo lo que quiero es caer preso para convertirme en el Solzhenitzyn de Cuba”. Esta conversación llega a oídos de Fidel Castro, quien, en contra del criterio de la Seguridad, decide que “lo dejen en paz”, pues al fin y al cabo “él es el único hombre que hay ahí”. Es así como Fuentes, a sus ojos, le gana la batalla a “Fidel”. A partir de ahí desiste de toda ambición de disidencia: “no hice más que amarrarme a una invariable conducta de lealtad a toda prueba a los míos, y de un orgulloso compañerismo” (p. 501). Pavón y el Partido le pidieron que no escribiera y no escribió. Que se sumara y se sumó. Para 1975, su proyecto de libro sobre Hemingway en Cuba fue aprobado por el Buró Político. Este libro, que sería prologado por García Márquez, facilitaría su acercamiento a Castro; luego sigue su nombramiento como cronista de la guerra de Angola y su camaradería con los hermanos De la Guardia, la historia narrada en Dulces guerreros cubanos. 

Fuentes da voz aquí a Fidel Castro, pasa de su voz a la de “Fidel” sin cambiar de persona gramatical.

Como aquel, Plaza sitiada es un libro exasperante: no se sabe dónde termina la ingenuidad y dónde empieza el cinismo. Pero los detalles sobre la vida de los hombres duros del Ministerio y de la guerra de Angola son mucho más suculentos que los que ahora ofrece Fuentes en su abigarrada versión del caso Padilla. Este libro, lleno de errores y repeticiones innecesarias, pudo tener muchas menos páginas. Basta echar un vistazo a las fotos, algunas de las cuales nada tienen que ver con el tema en cuestión: una foto de Fidel Castro con Sartre y Simone de Beauvoir en 1960, una de Guillermo Cabrera Infante con Marlon Brando en 1957…; fotos de las manos del propio Fuentes, cuando manipulaba una Colt en un cameo que hizo en una película de Oscar Valdés. Abundan, como era de esperarse, los retratos del autor, y los momentos, en los pies de foto, donde este habla de sí mismo en tercera persona. Por ejemplo, cuando a propósito de una fotografía de junio del 71 escribe que “durante muchos años él estará poseído por la idea de que su desafío a las autoridades y a Padilla estuvo sostenido por una presencia física equivalente a la innegable belleza de su rebeldía” (p. 339). 

Fuentes está convencido, además, de que Condenados de Condado es “el mejor libro de ficción que la Revolución Cubana ha producido hasta la fecha” (p. 77). Este libro se publica en 1968; Los años duros, de Jesús Díaz, que incluye tres cuentos sobre la lucha contra los alzados del Escambray, había salido en 1966; Tute de reyes, de Benítez Rojo, en 1967; Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, también en 1967, pero esta cronología no alcanzaría a refutar la primacía atribuida por Fuentes a Condenados de Condado porque, según él, “Jesús [Díaz] nunca superó las fronteras de un realismo maniqueo y acartonado” (p. 226), y los de Arenas son “textos bastante mediocres” (p. 58). No solo estos; en las cuatro décadas posteriores al quinquenio gris no ha aparecido “ni una novelita de algún interés” (p. 527). La literatura cubana de los últimos cuarenta años es un paisaje “desértico, estéril”, donde solo brilla Condenados de Condado.

Asimismo, Fuentes insiste, a propósito de la polémica de Marcha: “Porque, quieran aceptarlo o no, esta fue la polémica literaria decisiva en el proceso contra los intelectuales. Y que elude todo el mundo, desde luego, porque siempre ha sido una necesidad escamotearme lo que al final habría que reconocer como mis victorias. Para que lo entiendan perfectamente: esta fue la bronca que Fidel quiso echar desde el principio. Padilla era, como dicen los yanquis, un sitting duck. Un pato absolutamente idiota al que van a reventar de un escopetazo mientras flota mansamente con el culo pegado al agua. Desde el primer día Padilla fue la cosa más fácil de batir. Pero ese cabroncito que se codea con mis guardias y que no hay forma de meterlo en ninguna conspiración y ya, por lo pronto, tiene imitadores (Eduardo Heras, Hugo Chinea, Víctor Cassaus), ah, no, él es mi objetivo” (p. 163). 

Fíjense cómo, sin solución de continuidad, Fuentes da voz aquí a Fidel Castro, pasa de su voz a la de “Fidel” sin cambiar de persona gramatical. Lo que entrega Plaza sitiada es un drama con tres personajes, Castro, Fuentes y Padilla, donde los dos primeros, como buenos guerreros, se enfrentan desde el respeto mutuo, mientras el tercero no es más que un monigote, un prop, un looser. Fidel Castro es, en la versión de Fuentes, el gran triunfador del affaire Padilla, porque “mientras airados literatos se desgañitan escribiéndole sus pomposas cartas a Fidel, ya él tiene el caso cerrado y lo único que hace es divertirse con esos muñequitos que trae vociferando de un lado para otro” (p. 378). Pero eso no se reconoce porque, como señala ya en la “Nota avanzada” que antecede al prefacio del libro, esta “ha sido una historia contada siempre por los perdedores” (p. 14). Contra esa versión aceptada mayoritariamente en el exilio y aun en la reciente historiografía de la isla (Fuentes interpela directamente a Jorge Fornet, autor de El 71. Anatomía de una crisis), Plaza sitiada viene a restituir una verdad, la de los “invictos”, que una comunidad como la cubana, donde la mayoría prefiere adoptar “el papel de víctima” (p. 523) para salvarse de la grisura y el anonimato, habría escamoteado por décadas: el caso Padilla contado por Norberto Fuentes es el caso Padilla desde la perspectiva de Fidel Castro y de su discurso de clausura del Congreso de Educación de 1971. 

Pero los hechos son tozudos. Es cierto, como destaca Fuentes, que no faltó a partir de ahí el petróleo soviético, pero también lo es que con ese discurso, repleto de los lugares comunes del estalinismo, “Fidel” perdió el aura que amasara en los sesenta, y que había tenido su clímax en el Congreso Cultural del 68, cuando —ahora los lugares comunes de la New Left— desafió a los Partidos Comunistas que no apoyaban la lucha armada y situó a los intelectuales en la vanguardia de la revolución mundial. Con el caso Padilla la Revolución Cubana perdió mucho de ese capital simbólico, y cuando Norberto Fuentes afirma que el efecto del discurso de 1971 fue que, con pocas excepciones, “prácticamente todos los demás” intelectuales denostados por Castro “volvieran, cabizbajos aunque agradecidos por el eventual perdón, a nuestro redil, excitadillas ovejas descarriadas” (p. 482), no dice la verdad. La mayoría de los escritores y artistas que firmaron las dos cartas de protesta no devolvieron su apoyo al gobierno de La Habana. Padilla, en ese sentido, triunfó, porque demostró la imposibilidad de esa crítica dentro de la Revolución que los fellow travelers habían celebrado a lo largo de los sesenta como una diferencia fundamental entre el socialismo cubano y el socialismo soviético. Él, que había escrito “Yo admiraré siempre al revolucionario que no acepta humillaciones de nadie y mucho menos a nombre de una Revolución que rechaza tales procedimientos” (Fuera del juego. Edición conmemorativa, p. 107), recitó su mea culpa, una más, otra puesta en escena en el muestrario del mundo comunista. No quedaron, no podían quedar ya dudas sobre la militarización de la cultura en Cuba. El caso Padilla forzó a los intelectuales extranjeros y a la oficialidad cubana a tomar partido, y estos partidos fueron definitivamente opuestos. 

¿Fue la polémica en Marcha sobre Condenados de Condado más importante que la polémica sobre Fuera del juego? En la polémica de Marcha Jorge Ruffinelli defiende la posición de Ángel Rama, esto es, la defensa del libro de Fuentes como ejemplo de auténtica literatura de la Revolución, mientras que Ernesto González Bermejo sostiene la de Leopoldo Ávila, que es, según Fuentes, la del propio Fidel Castro. Ahora bien, cuando uno revisa la reseña de Condenados de Condado en Verde Olivo, se ve que no es para nada demoledora. Ávila señala que en el libro “no hay héroes”; critica que el autor, huyendo del esquematismo y el panfleto, no definiera lo suficiente a los revolucionarios: “NF no nos dice por qué luchan estas gentes, qué motiva esa guerra que envuelve a sus personajes, por qué se exponen a la muerte y mueren. Sería interesante saber qué sentimientos o razones guían a estos hombres al combate, algo más que esa ‘sed de sangre’ de unos cazadores casi siempre desalmados y siempre increíbles” (Verde Olivo, 22 de septiembre de 1968, p. 17).6

Ahora bien, aunque Fuentes reconoce que la reseña de Ávila es más bien paternalista, dice que “no era lo que Fidel le había encargado. Fidel recelaba, intuía. Era el único libro en todo el panorama cultural cubano que levantaba sus sospechas. Todo el ruido venía de ese librito” (p. 256). Desde que leyó Condenados de Condado, Castro decidió que el libro atacaba “la columna vertebral de la Revolución”, es decir, al ejército, y con ello él, su autor, alcanzó “la atención del hombre más grande del siglo XX” (p. 250). Pero, ¿cómo explicar que Pavón escribiera una reseña distinta a lo encargado por Fidel Castro? Es inimaginable que Pavón desobedeciera al Comandante en semejante asunto, o en ningún otro. Sencillamente, Condenados de Condado no era un libro crítico como lo era Fuera del juego, La vuelta a la manzana, Los siete contra Tebas y los demás atacados por Leopoldo Ávila. El propio Fuentes recuerda que en Verde Olivo fue bien visto que el libro ganara el premio Casa de las Américas, y publicaron la viñeta “Los condenados” (18 de febrero), y más tarde “Para la noche” (9 de marzo) con una nota donde Fuentes afirmaba “tener un serio compromiso con los hombres de esta Revolución, con la memoria de Che Guevara y con las enseñanzas de Fidel”. ¿Cabe imaginar a Verde Olivo publicando “También los humillados”, “Instrucciones para ingresar en una nueva sociedad” o “Antonia Eiriz”?  

Si los libros “disidentes” cubanos de fines de los sesenta hubieran sido todos como Condenados de Condado, si los escritos publicados por sus autores cuando abordaban los temas de la literatura y la revolución hubieran sido como esa notica de Fuentes, no habría habido caso Padilla, pero tampoco caso Fuentes.

El “caso Condenados” era, pues, muy distinto al “caso Iluso”. Es por eso, en gran medida, que Ángel Rama escoge el libro de Norberto Fuentes, no el de Padilla, como ejemplo de una obra auténtica, cercana a la idea de Sartre de la literatura como “subjetividad de una sociedad en revolución permanente”, o a la de Gramsci sobre el necesario desencuentro entre el escritor y el político. Su fijación con Condenados de Condado, cuyos valores literarios exagera, llegando a celebrar el libro como “una pequeña obra maestra de la prosa cubana”, le permite a Rama mantener una posición bastante ambigua tras el caso Padilla.7 La polémica de Marcha, donde se enfrentan dos visiones de la literatura revolucionaria —una dogmática, que Rama considera idealista; otra más flexible, dialéctica, diríamos retomando el lenguaje de los años sesenta— es quizás la que “Fidel” quería, pero no era la polémica decisiva del momento. Esa era la que planteaba Fuera del juego. 

El libro de Padilla aborda, justamente, el tema del heroísmo revolucionario de forma crítica en poemas como “Sobre los héroes”, “Años después”, “Los hombres nuevos” y “El hombre al margen”. En este último, se habla, por ejemplo, de alguien que “vive más acá del heroísmo / (en esa parte oscura)”, que “no quiere ser un héroe”, “un decapitado en la alta noche” que está “fatalmente condenado a su época” (Fuera del juego. Edición conmemorativa, p. 21). Este personaje crepuscular, con su “labio caído” y su “sabiduría en bancarrota”, encarna el desencanto, reverso de aquellos poemas fervorosos de la tercera sección de El justo tiempo humano. En uno de estos, “Ahora que estás de vuelta”, el poeta celebraba su integración desde la alienación burguesa a la comunidad revolucionaria. “¿Podrías describir el tamaño / del pueblo con tu lengua / de imágenes perecederas? / ¿Has puesto entre las nobles / y útiles de tu gente, esas manos / que tiemblan, que solo / sabían escribir “me muero”?” (El justo tiempo humano, Unión, 1962, p. 129). Puro kitsch revolucionario, en que tanto abunda la antología poética de la generación del 50. Pero aun así, la pregunta implica una cierta duda; duda que, ciertamente, no recae sobre la justicia del nuevo mundo, esas magníficas ciudades en crecimiento, sino sobre la capacidad del poeta contaminado por el individualismo burgués de participar de esa felicidad colectiva y expresarla con sus palabras. Pues bien, en Fuera del juego el objeto de la duda es claramente esa nueva sociedad a la que hay que ingresar aplaudiendo. Las ciudades futuras son ya ruinas. El poeta está de vuelta de nuevo, ahora de la ilusión revolucionaria, de vuelta a esa otra patria que es la página querida, amenazada como no lo estuvo nunca en el antiguo régimen.

Si revisamos la polémica en El Caimán Barbudo, que es anterior a la publicación de Fuera del juego, encontramos un Padilla que difícilmente se corresponde con el cobarde que pinta Fuentes. En su respuesta a la encuesta sobre Pasión de Urbino, Padilla dice que la UNEAC se ha convertido en “un cascarón de figurones”, y se refiere despectivamente al “destino gris de burócratas de la cultura” (“A propósito de Pasión de Urbino”, Fuera del juego. Edición conmemorativa, p. 91). Y en su “Respuesta a la redacción saliente” afirma, además, que muchos de esos errores que sus críticos querían ver como exclusivos de otros países y otros tiempos, se habían dado ya en Cuba: “en tan corta vida revolucionaria hemos tenido, incluso, nuestro stalinismo en miniatura, nuestro Guanahacabibes, nuestra dolce vita, nuestra UMAP” (p. 107). Además, Padilla señala críticamente el hecho de no tener aún en Cuba una constitución socialista, lo cual llevaba a vivir en “una incesante provisionalidad que remite al plano teórico toda discusión urgente de los problemas y hace reinar sobre el país una moral de emergencia” (p. 108). El contraste entre estos artículos y la nota con que Norberto Fuentes presentó Condenados de Condado en Verde Olivo es flagrante.

Si los libros “disidentes” cubanos de fines de los sesenta hubieran sido todos como Condenados de Condado, si los escritos publicados por sus autores cuando abordaban los temas de la literatura y la revolución hubieran sido como esa notica de Fuentes, no habría habido caso Padilla, pero tampoco caso Fuentes. Un libro como Condenados de Condado podía propiciar, como tantos otros, el tipo de polémicas sobre la literatura revolucionaria que proliferaron en la década de los sesenta, pero no más. Hacía falta un libro como Fuera del juego, poemas como los de “Provocaciones”, artículos como la réplica a El Caimán Barbudo, para que la polémica llegara al punto de incandescencia, y el régimen diera el salto cualitativo que Ángel Rama llama, en su ensayo sobre Norberto Fuentes, el paso del “período romántico” al “período clásico” de la Revolución, esto es, la adopción oficial del realismo socialista. 

Luego, En mi jardín pastan los héroes, la novela incautada en 1971, continúa en la obra de Padilla el tema del desencanto. Supuesta novela sobre héroes, en ella no hay héroes. La experiencia de la Revolución, lo que Fuentes llama en Plaza sitiada “lo formidable de vivir pegado a la Historia” (p. 88), es sometida a una crítica que no puede terminar más que en la autocrítica. Ya en el exilio, La mala memoria vino a cerrar el ciclo. “Pasados los años sé que fui un privilegiado del horror y hasta cierto punto un cómplice” (La mala memoria, p. 174), escribe Padilla, ahora más allá del desencanto. En mi jardín pastan los héroes es una mala novela; La mala memoria un libro excelente. Sucinto, nada pretencioso, expresa como ningún otro el drama de los intelectuales que apoyaron incondicionalmente al régimen en sus inicios, el dilema a que se enfrentaban los escritores de la generación de Lunes. Contrastando con la comodidad de la posición de los intelectuales extranjeros, quienes podían apoyar a la revolución sin alterar su mundo, Padilla escribe: “Mi apoyo sancionaba cada uno de los pasos del proceso, y mi rechazo equivalía a dar la espalda al más ambicioso desafío histórico de mi patria. En medio estaba la práctica concreta. Aceptarla era tragarse sapos vivos con la absoluta consciencia de que lo hacemos, para decirlo con palabras del polaco Czeslaw Milosz. Es una imagen repugnante para cualquiera, pero en todo caso una imagen vivaz. Para los que un día tuvimos que tragar esos sapos vivos, toda la vida nos acompañará una imborrable sensación de asco. Asco a las ilusiones, sobre todo, el peor de los vicios, porque desvirtúa la verdadera esencia de la esperanza” (p. 108).

La revolución es, sobre todo, esa pura acción que él ve encarnada en la figura siempre imponente y victoriosa de Fidel Castro, y de la cual él, Norberto Fuentes, viene a ser una especie de trasunto en el terreno de la literatura.

El trayecto de Fuentes es radicalmente distinto. No hay autocrítica, duda, desencanto alguno. Permanece la misma idea de la revolución como gesta, como conquista, como poder. Lo bueno de Fuentes son esos momentos donde se cuenta todo sin ideología, las cartas sobre la mesa, como el tren de vida de la nomenklatura en Dulces guerreros cubanos, o en Condenados de Condado cuando un sargento dice que tiene “Buick grande, pistola de veinte tiros, casa en Nuevo Vedado, mujer rubia que nunca huele a potrero”. Aunque a veces aparezca algo como la nota al pie de la página 214, en Plaza sitiada, donde Fuentes recuerda a los “hijos de puta burgueses de toda laya” que en Cuba había un millón de analfabetos antes del 59, su idea de la revolución es fundamentalmente no ideológica. La revolución es, sobre todo, esa pura acción que él ve encarnada en la figura siempre imponente y victoriosa de Fidel Castro, y de la cual él, Norberto Fuentes, viene a ser una especie de trasunto en el terreno de la literatura. 

Por eso pudo, esa idea de la revolución, sobrevivir al caso Padilla. Nunca se trató tanto de la libertad o la justicia social, como de “lo formidable de vivir pegado a la Historia”. De la guerra, ese “canto de los ríos embravecidos” que Fuentes confiesa haber oído en Los hombres de Panfilov. Pero el propio Fuentes reconoce que esa experiencia, “una experiencia muy extraña, casi de origen místico” (p. 221) no resultaba, al cabo, más que de la lectura juvenil de ciertos libros de la época. ¿Podía algo como la llamada “Lucha contra Bandidos” compararse con la defensa de Moscú ante el avance del ejército nazi, o la insurrección de los obreros de Shanghái contra las fuerzas del Kuomintang? Lo de los ríos embravecidos se encuentra, un poco a la fuerza, en uno de los relatos de Condenados de Condado8, pero la experiencia misma, esa sublimidad de la guerra que también estaba, por cierto, en varios libros de los nazis, de los fascistas, el libro no la trasmite por ningún lado. Fuentes reconoce que “En Cuba no hay ríos embravecidos. Mis ríos embravecidos estaban, están en los libros” (Plaza sitiada, p. 221). 

Lo que hay aquí es, entonces, una suerte de bovarismo, un heroísmo de fantasía. Las fotos que acompañan Plaza sitiada son la mejor prueba de ello, y en ese sentido no son innecesarias, sino más bien reveladoras. No solo aquella, al comienzo, que muestra al joven periodista portando una ametralladora checa que él mismo, autodefinido como “la viva estampa del intelectual orgánico de la revolución”, aclara que está cargada porque hay bandidos por los alrededores. Sobre todo, las fotos de las manos durante el cameo que hizo con Alberto Mora en la película sobre Guiteras. De algún modo, ¿no viene esa imagen a traicionar que el heroísmo de que se presume aquí es un reenactment, una representación, un papel? El heroísmo que Norberto Fuentes opone a la supuesta cobardía de Padilla no es más que un heroísmo de postalita.

Siga Norberto Fuentes soñando con Los hombres de Panfilov, con la Unión Soviética “genuina” de los libros sobre la Gran Guerra Patria, con la “fiesta leninista” que para él fue la llamada “Lucha contra Bandidos”. Nuestra Unión Soviética es más la de Padilla. En el capítulo 11 de La mala memoria, Padilla cuenta una velada en la dasha de Pavel Antokolski, con Evtuchenko, su esposa Gala y otros escritores soviéticos. Como era habitual en ese tipo de tertulias, alguien recitó un poema, animando a los demás a hacer lo mismo. Padilla había escrito “El pájaro de fuego”, un poema en tercetos rimados imitando un poco las convenciones de la lírica rusa, que fue luego incluido en Fuera del juego; pero Evtuchenko prefería otro titulado “La barrendera”, que terminó perdiéndose. El poema hablaba de una de esas ancianas que a cambio de un magro jornal trabajaban de barrenderas; única forma, para ellas, de superar la prohibición del Estado soviético a sus ciudadanos de mudarse de su lugar de nacimiento. A Padilla lo había impresionado, sobre todo en invierno, ver a las viejas, todas de negro, barriendo con sus escobas los montones de nieve acumulados en las aceras de Moscú. Se sabía el poema de memoria y lo recitó teatralmente.

Lo curioso de la anécdota, lo significativo, es la reacción que provocó el poema en el auditorio. “Antokolski dejó de sonreír cuando acabó el poema. A todos los sorprendió que yo hubiese elegido para mi poesía ‘esa tragedia’, fue el término que Antokolski empleó. El anciano puso la camarita a un lado y me dijo: ‘Joven, faltará mucho para tiempo para que a esas mujeres las liberen de ese rigor; pero alguien tiene que limpiar las calles. Mientras tanto, nosotros nos beneficiamos de lo que nos dan. ¿Qué otra cosa podemos hacer? El año 17 está ahí mismo y lo primero que toda revolución hace es generar miseria. Le quiero hacer una pregunta: ¿El pueblo cubano es más rico ahora? ¿Es menos pobre? ¿Sabe usted lo que pasará muy pronto, si ya no está pasando? Que la sociedad empezará a dividirse en segmentos, y los más pobres serán siempre los mismos. Usted, como nosotros, no tendrá dificultades. Usted pertenece a la inteligencia, como decimos los rusos; usted, aunque no se lo proponga, aunque le repugne, tendrá sus privilegios. Lo único que podrá salvarlo de la desesperación o del cinismo es aprender a sufrir resignadamente; de lo contrario, joven, sucumbirá, y desde ahora lo prevengo. Esa barrendera es una tragedia que todos vemos y sufrimos, pero no le podemos dar cabida en nuestra poesía. ¿Sabe una cosa? La nuestra es la peor condena, porque estamos condenados a la esperanza’” (La mala memoria, pp. 133-134).

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NOTAS:

1 “Comete el deplorable error de juzgar a Cuba de acuerdo a esquemas importados, producto de otros tiempos y otras situaciones históricas” (“Respuesta de la redacción de El Caimán Barbudoa Heberto Padilla”, No. 15, 1967. Cito por Fuera del juego. Edición conmemorativa, Universal, Miami, 1998, p. 94).

2 “No vamos a meternos en una discusión sobre los valores del realismo socialista o en específico de estos textos del período heroico soviético, porque, en definitiva, no vale la pena tratar de convencer a un intelectual —a cualquiera de esas almas exquisitas— de que los libros a repartir por nuestros comisarios en los batallones no pueden ser novelas de Marcel Proust sino estos duros trozos de textos bolcheviques que invitaban a sorber el rastro de sangre dejado por el enemigo en nuestras bayonetas” (pp. 215-216).

3 En el prólogo a este libro que reúne sus crónicas en Granma, Hoyy Mella, Fuentes enumera las lecturas que en 1961 le “dejaron ardiendo el alma”: Bek, Babel, Hemingway, Illya Ehremburg, Rulfo y Pablo de la Torriente Brau. “Yo quería ver todo eso. Patria y muertos orinados. Historia y fuegos fatuos. Fusilamientos y agentes de inteligencia. Y no tenía que viajar a España, porque los hombres se rompían a pocos kilómetros de La Habana” (Cazabandido, Libros de la Pupila, Montevideo, 1970, p. 8).

4 En sus memorias, Padilla escribe que Norberto Fuentes “escenificó con brillantez el papel de discrepante que la Policía le había asignado” (La mala memoria, Plaza Janés, Barcelona, 1989, p. 197).

5 Como todas las intervenciones de esa noche, esta de Fuentes, y el debate que le siguió, puede leerse en “Documentos. El caso Padilla. Intervención de Heberto Padilla en la UNEAC” (versión taquigráfica transmitida por Prensa Latina), Libre, No.1, septiembre-noviembre, 1971.

6 El artículo de Ernesto González Bermejo, “Los hijos de la Revolución son otros”, comenzaba con una frase de una novela de Jorge Semprún, “No todas las muertes valen lo mismo”, que repetía el señalamiento fundamental de Ávila: el que Fuentes no distinguiera lo suficiente entre las vidas y muertes de los revolucionarios y los contrarrevolucionarios. Pero Fuentes ve aquí una especie de “condena a muerte” (p. 164), una velada amenaza por parte de Fidel Castro. “Me estaba enviando el mensaje de que mi vida no valía nada”. “Casi una invitación al público para que se me aplicaran dos balazos donde me vieran” (p. 133).

7 En “Norberto Fuentes: el narrador en la tormenta revolucionaria”, Rama escribe: “tanto su escritura, elíptica hasta el conceptismo, clara y retorcida, penumbrosa y brillante, como su cosmovisión de hombres que se desvelan a través de la acción situándose fuera de los parámetros éticos convencionales y que son vistos desde una desenfadada complicidad humorística, son babelianos” (p. 248). Este ensayo fue escrito en 1971, pero Rama no lo publica hasta una década después, en el volumen Literatura y clase social(Folios Ediciones, México, 1983). En el ensayo que publicó entonces en Marcha, “Una nueva política cultural en Cuba”, donde la cuestión de la nueva política cultural se planteaba de manera directa, Rama se resistía a condenar el socialismo cubano. A diferencia de Vargas Llosa, cuya ruptura con el régimen cubano acentuaría en adelante su reafirmación de la función eminentemente crítica de la intelligentsia, Rama, más que del fracaso del sistema cubano, hablaba del fracaso de los intelectuales.

8 En “Madrugada en la Sierra”, el capitán Atila llega a un bohío donde hay un viejo que no se sabe si será un bandido. Ve una guitarra y le pide que cante algo. “El viejo obedeció. Traigo el canto de los ríos embravecidos, se quejó rasgando su guitarra. Los siete cazadores se apretujaron entre sí, bajo el techo, cediendo a la tormenta todo el espacio de la Sierra y haciendo un montoncito de fusiles y hombres en el centro de la construcción. Un murmullo de tierras lejanas, desconocidas; la mística caricia del inmenso desierto y los hombres al galope de caballos con el símbolo de las montañas de agua en el lomo, de salvajes mujeres de piel de aceituna en amor dulce y mortal” (Condenados de Condado, Casa de las Américas, 1968, p. 74).

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