Iván de la Nuez: Vanguardia + Retaguardia

Iván de la Nuez es uno de esos intelectuales cubanos que ha sabido, como bien decía Guillermo Cabrera Infante, hacer suyo el sueño de la libertad. Su libro Teoría de la retaguardia: como sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás) (2018) da cuenta de ello, como ha dado cuenta toda una obra que, entre la sociología y la crítica de arte, ha mostrado —con la sensibilidad de quien hace una disección— cierto lado oculto en las cosas. 

Cinco ejes temáticos articulan el texto que en cierta medida es una suerte de historización del arte, si tenemos en cuenta que de la Nuez comienza con Duchamp y concluye con el borrador para un epitafio dado el caso del fin del arte contemporáneo.

Lo contemporáneo está en el centro de este texto, no como anatema sino desde una fuerte vocación analítica. Como lo fue la pregunta por el arte en Heidegger, lo contemporáneo es el eje de atención de este libro, todo gravita en torno a ello y las respuestas que obtengamos nos colocarán en un lado o en otro del problema. 

¿Qué significa ser contemporáneo? ¿Eufemismo? ¿Se puede seguir siendo contemporáneo? ¿Se puede seguir siendo contemporáneo en un mundo desbordado por lo efímero?

Al mismo tiempo, Teoría de la retaguardia… es un libro que pretende salirse del entramado conceptual que generó Teoría de la Vanguardia (1974), texto icónico de Peter Bürger que nos permitió entender el “tránsito” del arte moderno al arte contemporáneo y el vínculo de este con la vida.

Iván de la Nuez hace una disección profunda. Si preguntarse qué es el arte hoy carece de sentido, una vez que cualquier cosa puede ser arte, habría que preguntarse por los procesos que rondan el entendimiento en torno al arte o de qué modos estos se “transmutan” en objeto arte. 

Desde que Marcel Duchamp llamó Fountain a su urinario en 1917, la frágil línea que dividía el arte con la vida quedó completamente fractura y desecha. “[…] desde lo más sagrado hasta lo más profano, ya es carne de museo” (p. 14). Después del anunciado “fin del arte” promulgado por Hegel y mediatizado por Danto como la “muerte del arte”, cualquier cosa puede ser “reciclada” como arte.

Como hoy no hace sentido seguir a Peter Bürger y su Teoría de la vanguardia, Iván de la Nuez esboza una teoría de la retaguardia, que es sobre todas las cosas, “un ejercicio que resituará el pensamiento sobre el arte, aunque no en su relación con la vida, sino con la supervivencia” (p. 17). Este nuevo emplazamiento sitúa una tensión entre la producción de arte, la reproducción, la comercialización y la supervivencia. 

La supervivencia asociada a la retaguardia tiene como fundamento la revolución tecnológica que ha desbordado los márgenes de la imagen y la imaginación. La sobresaturación de la imagen, su sobre abundancia ha conducido a lo que he llamado “vaciamiento ontológico”, una imagen que carece de fundamento al menos en su ontogénesis.

La tecnología —también como instrumento de estandarización— ha hecho su papel en todo ello. Ya no solo hoy cualquiera puede ser/hacer “arte” sino que cualquiera hoy tiene los dispositivos para generar una imagen, mas allá de que esté vaciada o no ontológicamente hablando. 

Si la imagen carece o no de contenido es irrelevante en estos tiempos, su carácter efímero, su efímera existencia no necesita de éste para validarse, ya no en una galería de arte o en un museo, sino en las plataformas llamadas —oportunamente— sociales.

Iván de la Nuez argumenta este desplazamiento ontológico y enfatiza en él como una de las razones de la supervivencia. Como el ready made lo abarca casi todo, la performatividad, la ligereza, lo efímero, el travestismo, el ser, el querer ser, la simulación, inundan los espacios públicos y privados del arte y su institucionalidad. 

Con el último “ramalazo” de una estética que comenzó con Duchamp, los fundamentos de esta histórica renovación se han disuelto como la modernidad. ¿Tendría entonces sentido —se pregunta de la Nuez— seguir hablando de arte contemporáneo? 

Quizás la denominación “arte contemporáneo” ha sido demasiado taxonómica, y de tanto serlo, ha comenzado a dejar al descubierto sus grietas conceptuales y semiológicas, pero sobre todo ontológicas. Esta es, en el fondo, la razón del desplazamiento de la Vanguardia a la Retaguardia que propone Iván de la Nuez.

Si, como argumentara Maurice Blanchot en El libro que vendrá —acotado por Iván de la Nuez— “el arte se origina en una carencia excepcional”, “el arte futuro de una vida sin futuro tendría sus ventajas” (p. 25). A esto se le añade que el nuevo orden visual presagiado por Joan Fontcuberta en La cámara de pandora y enfatizado por de la Nuez —aunque éste “rehúsa” el término (Iván de la Nuez habla de iconocracia, que viene a ser una suerte de “dictadura de las imágenes pero que enseguida funciona como un ecosistema de poder y contrapoder”)— nos sitúa de plano ya no en el mundo post-fotográfico, sino en el vórtice de una mutación profunda que tiene en la imagen no solo el poder de crear un imaginario, sino la posibilidad de crear realidad. 

Para comprender este proceso de extrañamiento y disolución, Iván de la Nuez propone un “ciclo” que va desde Lyotard y La condición postmoderna hasta La condición postfotográfica de Joan Fontcuberta una vez que ambos hacen suya esa dinámica de la transición a ese lugar que, aun sin ser, ha comenzado a hacer desde la imagen o desde lo que Iván de la Nuez llama Iconocracia; de este modo “mientras más nos acercamos —a la imagen—, menos discernimos” (p. 67).

Los presagios de una muerte anunciada no son muy contemporáneos que digamos. Desde Hegel hasta Fukuyama, la modernidad y sus derivaciones “han estado” a un escalón del patíbulo. Hoy más que nunca parece inexorable su decapitación; si el golpe seco y profuso separará la cabeza del cuerpo, este seguirá andando y —como afirma de la Nuez— estaremos “[…] certificando ese prolongado velatorio en el que vamos subsistiendo, avezados como este en el arte de amortajar unos cadáveres a los que ha sido mas fácil asesinar que enterrar” (p. 101).




Los Trazos en los márgenes de Ernesto Menéndez-Conde

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Noemí Luis

¿Qué conceptos expresa la no figuración? ¿Puede la ausencia de contenidos referenciales de un cuadro llenarse de múltiples y contradictorios valores ideológicos?


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