Yo dejé morir a alguien

Extremadamente amable en un hotel de Venecia

Le están dando la cabilla de la vida a Juliette Binoche. La cabilla es de pie frente a un cristal. Abre plano. El cristal es una ventana en altos; se ve una buena parte de la ciudad. Yo no sabía que era Juliette quien recibía la cabilla. Aunque hubo un momento en que ella giró la cabeza y se me pareció mucho a alguien.

La cabilla se demora su poco. Ella se da lengua y lengua en las manos. Parece un gato. La cabeza va hacia un lado. Hacia el otro. Como si se descoyuntara.

La escena no es larga, tampoco corta. Creo que me podría gustar la película. Lo digo por la escena antes de la cabilla. Estaba mirando a medias, mientras respondía mensajes de WhatsApp. He estado sin tocar el celular en todo el día. Cosa rara. Juliette siguió jadeando. Entonces solté el celular. Me fijé en la cabilla. Aquellas manchas de porno blando,recordé.

Hoy vine a dormir a casa de un amigo que ve mucha televisión. Se sabe el horario de todos los programas de cine. Hoy es viernes. A eso de las 10:30 p.m. empieza la película de La séptima puerta. Mientras yo me bañaba, mi amigo dejó el televisor encendido, prendió el aire, se tiró en la cama y se quedó allí hasta el otro día. Habíamos dicho de ver alguna cosa juntos, la película de La séptima puerta tal vez. Por suerte, mientras Rolando Pérez Betancourt decía el nombre de Juliette Binoche y contaba la película, como cada viernes, yo me estaba bañando.

Nunca oí a Rolando cuando tuve televisor. Siempre le quité el audio a Rolando. Es el presentador que siempre te lo cuenta todo. Mi amigo pudo haberse quedado despierto, pudo gritarme desde la sala: “Es una película francesa con Juliette Binoche”. Pero mi amigo ya está rendido como una piedra. Cuando salí del baño no se oía aún el jadeo de Juliette. Empecé a responder mensajes y a mirar para el televisor. A medias. Luego, miraba bastante seguido. De pronto, Juliette me miró a la cara.

―Así que eras tú―le dije.

Lo que tenía Juliette detrás, haciéndola gozar, bien podía ser el rabo del hijo menor de un vecino. O un sobrino. Un niño casi.

Ella dejó de recibir lo suyo. De arquearse como un gato. Al final, la película resultó ser un dulce mojoncito. Una película para que la francesa soportara unos primeros planos sin maquillaje y se viera bien linda. Casi a los 60 años.

Me acordé de Juliette, bien linda, acabándoles la vida a Jeremy Irons y a Miranda Richardson en Damage. Hace casi 30 años. Me acordé de Benoit Magimel, cuando era marido de Juliette, bien lindos, y él andaba acabándole la vida a Isabelle Huppert en Le Pianiste. Hace casi 20 años. 

Me acordé de la amiga de una amiga que decía en la universidad que ella estaba enamorada como una perra de Juliette, que Juliette era la mujer más linda del mundo, y que el día que ella pudiera tener a Juliette enfrente ya se podía morir tranquila. Aunque ella no se imaginaba por lo que le pudiera dar si la francesa se le paraba así, de frente, cara a cara. 

Al final, esta amiga de una amiga coincidió con Juliette en un hotel de Venecia.

Juliette se movía sola por el hotel, a sus anchas.

Un día hablaron un instante en el lobby.

Otro día hablaron en el elevador. Una de las dos dijo algo sobre el calor, el sol. Que se había descuidado hoy, tanto rato debajo del sol. Sin lugar donde guarecerse. Solo ella y su sombra, que se veía muy larga.

Juliette fue extremadamente amable.


Dejas morir esto y lo otro (Rudolph)

Yo dejé morir a alguien. Esa muerte la justifiqué de todas las maneras posibles. En el mismísimo instante en que recibí la llamada con la noticia, ya estaba justificándome. Apenas colgué, sentí alivio. Lloré. No tanto, pero lloré. Hoy todavía me preguntan y sigo justificando lo que para muchos fue un crimen. Llegué a decir: o él o yo. Igual me han dado otras opciones: bien que podías haber hecho esto o lo otro por el muerto, esforzarte un poco más, no pensar solo en ti.

Muchos me han dejado claro que el único culpable de esa muerte soy yo. Pero yo no podía seguir con aquel peso. En la concreta, nadie se pone en el lugar de nadie a la hora de cargar con un muerto. Y nadie sabe lo que fue aquello. Nadie. También yo estaba matando otras cosas, y Rudolph no ayudaba.

―Yo sé que no lo haces para echarme miedo. Yo sé que estamos en paz―le he dicho a Rudolph, que no para de aparecérseme.

Aquello fue así de simple:

Rudolph era mi gato.

Aunque en un inicio fueron dos gatos: Rudolph y Ralph.

Yo nunca quise animales. De niño, tal vez, dije que quería un perro. Seguro que mis padres dijeron que no, porque en una casa donde no cabíamos ni nosotros, qué carajo iba a hacer un perro. Recuerdo que a mí me gustaban los pitbull y otra raza más rara cuyo nombre no me sé, un perro de esos que no tiene mucha gente. Pero no andaba obsesionado por tener ninguno de esos perros. Luego pasó el perro tiempo y me vi de pronto con dos gatos.

Había días en que no los veía. Porque un gato no es un perro. Un gato, si lo dejas a sus anchas, se va y vira cuando le da su realísima gana. Ahora tenía espacio suficiente para dos gatos y dos perros, y hasta tres perros y tres gatos. Aunque nunca hubiera querido animales. Tenía dos plantas. Y cuartos de esos que no se usan. Garaje, patio. No era la casa nueva de mis padres, sino la casa de mi novio con dos gatos.

Un día mi novio y yo hicimos tres maletas y nos fuimos tres meses a Toulouse. Los dos gatos se quedaron con una vecina que cuidaba la casa.

No sé si tú sabes que tres meses en ciertos lugares por ahí son un abrir y cerrar de ojos. Un chasquido de dedos. Entonces, ya estamos de vuelta.

―¿Y Ralph?

―Se perdió.

―¿Y Rudolph?

―Sigue ahí, ahora más flaco que una de esas varas largas de tumbar gatos.

A la semana, mi novio veía a Ralph en todos los gatos blancos que se le cruzaban por delante. Llegó a correr detrás de un gato callejero. Mi novio gritando: ¡Ralph, Ralph! Una imagen de partir el alma. Como si el gato fuera a voltearse y decirle con los ojos: ¡Al fin! Andaba yo tan perdido…Y directo a lamerle la mano. Como si un gato fuera uno de esos perros que cuando tú los llamas por su nombre dejan lo que están haciendo y vienen corriendo a envolverte con el hocico. La baba del perro.

El gato callejero se perdió. En un instante trepó por un muro. Mi novio mirando hacia el otro lado por una hendija.

Y así pasaron tres águilas por el mar.

Y otra águila.

Hoy mi exnovio vive en Fort Lauderdale.

Yo vivo en un apartamento con Rudolph.

Aunque es un apartamento grande, con su buen balcón, no llega a ser tan placentero para un gato como una casa de dos plantas con cuartos que no se usan, con garaje, con patio. Vivimos en un tercer piso, y Rudolph no tiene a dónde ir cuando yo cierro la puerta.

Mi exnovio no sabe que Rudolph se ha muerto. Mi exnovio y yo hablamos por WhatsApp de esto y de lo otro. De las águilas también hablamos. Pero nunca hemos hablado de Rudolph. Mi exnovio se está enterando, ahora mismo, que Rudolph está muerto.

Igual que tú.


Cuando salió mi segundo libro, Rudolph era un gato feliz. De ahí es este poema, donde cambié tres meses rápidos en Toulouse por lomas de gravas en las afueras de la ciudad, un apartamento estrecho, gravas desde una ventana mohosa y la residencia francesa:

“Rudolph & Ralph”

Nunca experimenté la mínima atracción por animales de compañía. Jamás pensé tener un gato o un perro, hasta que me vi hablándoles a dos gatos sobre los ataques de otros gatos que merodeaban la hiedra —respondí a los que preguntaban acerca de la castración en www.migato.net∕foro∕

(En el patio había dos gatos —Rudolph y Juliette— abandonados por la madre. La madre paseaba oronda sobre la hiedra del muro. Juliette era una gata enclenque, mientras que Rudolph crecía y paseaba por la hiedra como la gata madre. Esa mañana Jorge le acercó a Juliette unos mendrugos de picadillo, casi hielo. La gata entró en la casa y Rudolph quedó en el patio a sus anchas. “Los gatos son fuertes”, dijo el veterinario ante la imagen tétrica de la gata. Nos turnábamos los viajes para desparasitarla. El veterinario, después de la última inyección sobre el lomo de la gata, nos aseguró que había un error, que éramos dueños de un gato. Jorge cambió el nombre de Juliette por el nombre de Rudolph. Me fue difícil ponerle el nombre del gato del patio a un gato enclenque. Rudolph no parecía un nombre digno para un gato enclenque. Pero Jorge insistió: era cierto que el gato del patio no reaccionaba ante nombre alguno. Un día comencé a llamar Ralph al gato del patio. A veces le echaba comida. Ralph terminó acercándose. Lamió mi mano y entró en la casa. Vivimos con esos dos gatos hasta que apareció el salvoconducto que nos llevaría definitivamente a Toulouse. Fue en Toulouse donde el amor por animales de compañía mutó en dos visiones agrias: la sombra de mis gatos sobre todos los gatos del sur de Francia, sobre las pelambres disparejas en los torsos de Le Bearʼs. Recuerdo la tarde que entré a Le Bearʼs y me fijé en un travesti que arrullaba a un gato. El gato se llamaba Francesco y le colgaba del cuello una foto enmarcada en plata. El travesti y el gato quedaban cerca de mí en la barra. Solo una banqueta de por medio. Francesco vino caminando hasta mí sobre la barra. Le acaricié la cabeza y él la giró hacia un lado, como si se descoyuntara).


Larry J. González

El mío es con ye. Y cierra con una sola te

―Yo soy tu nueva camello. Mi nombre es Yuliet ―le dijo la camella a mi amigo, con un acento muy raro. De español aprendido a la fuerza.

―¿Como Juliette Binoche?

―No, no. El mío es con ye. Y cierra con una sola te ―le dijo la camella. Mi amigo le preguntaba porque ella acentuó la te final de un modo tan raro que no parecía una te seca.

Este es el segundo animal que le toca a mi amigo en el zoo. Si Dios quiere, será el animal definitivo. El responsable de coronarlo. Con el primer camello, mi amigo lo aprendió casi todo para lograr coronarse. De instrucciones a seguir, te digo. En la primera lección a mi amigo le quedó muy claro que, entre humanos y camellos, no se dice: “pasar al otro lado”, ni “lograr cruzar a toda costa”. El humano debe decir: “Yo voy a coronar”. Ni pasar, ni cruzar. Esas palabras no son jerga para el famoso brinco.

Al primer camello, camello muy viejo, de años y años en el negocio de cruzar humanos hacia el otro lado, se le paró el corazón de un día para otro. Ahí quedó. Era uno de los primeros camellos arrancados del desierto, de los primeros en llegar al zoo siendo una cría. No como Yuliet, que había nacido en el zoo y lo vino a aprender todo detrás de las rejas oxidadas.

―Si logras atravesar el desierto puedes decir que, mucha suerte mediante, la corona es tuya: una nueva vida, tal vez un apartamento a orillas de la playa, y los papeles para andar libremente por las otras arenas, mojarte los pies. Si no llegas a salvo, lo que te espera es quedarte patitieso, chorreando sangre sobre las dunas de polvo del desierto. O lo otro que te queda es regresar a mí ―le dijo Abdul a mi amigo. El camello viejo se llamaba Abdul.

Para los camellos, el hecho de coronar es una oda a sus dos jorobas. A los recuerdos de cuando el sol les daba todo el tiempo en el lomo, y las cuatro patas no salían del desierto y jugaban a la corona. Si un camello se cruzaba en el desierto con una duna muy pequeña de arena, hacía encajar el triángulo de sombra de la duna en el centro exacto de los triángulos de sus dos jorobas. Cuando se veía ahí la sombra de una corona, el camello le decía a otro camello: “Coroné”.

La cosa era ver qué camello coronaba más. Y siempre apostaban algo. Siempre algo de comer.

La jaula de los camellos es la misma desde el día de la inauguración del zoo. Cuando los primeros camellos empezaron a llegar, fueron separados del desierto solo por una pared. El desierto ahí mismo. La arena justo detrás de la pared de concreto. Les pudieron tocar jaulas que daban hacia la ciudad, como la de los leones. Jaulas en el centro mismo del zoo, como la de los monos. Pero los camellos cargaban con la desgracia de oler su pasado demasiado cerca. El olor del desierto brincándoles encima y recordándoles una pila de cosas.

Con el tiempo, esa jaula ha ido perdiendo un poco de su malaventura. Al menos los camellos se enriquecen. Todo gracias a que, desde la ciudad, no dejan a ningún humano cruzar hacia el desierto. Hay un largo muro entre la ciudad y el desierto. Un pedazo de ese muro, casi cien metros, es justamente la pared de la jaula de los camellos. La jaula está pegada al alto muro de concreto, y la zona del desierto pegada al zoo es la vía más rápida para coronar.

Hace ya bastantes años que los camellos del zoo tienen un rentable negocio clandestino. Lo comparten con los coyotes, que merodean del otro lado y que tienen el valor de acercarse a la pared exterior del muro; son los coyotes libres que andan solos.

Los días que la jaula no se limpia, los camellos ayudan a entrar a los humanos a la jaula. Se las han ingeniado para, sin mucho esfuerzo, levantar de la tierra con sus patas traseras algunos metros de jaula. Y los humanos se deslizan lo más rápido que pueden. Todo esto de día, con mucho cuidado, durante el horario en que el zoo permanece abierto al público. Ya dentro de la jaula, los humanos aguardan escondidos en unas casetas. Muy típicas en cada jaula del zoo. Esa misma madrugada empieza la coronación.

Un camello, con el humano entre sus dos jorobas, se sube encima de otro camello. Se yerguen los dos camellos. Debajo, el camello más fuerte. El humano abandona las jorobas del camello de arriba y sube al borde del muro. Ahí es la primera entrega de dinero. Yuliet, subida en las jorobas de un camello fuerte, coge su dinero.

El muro no es liso por el otro lado. Hay como unos peldaños, y sobresalen las estructuras de soporte del muro. No es tan difícil de bajar. En la base espera un coyote para guiar el periplo del humano hasta donde se termina la arena. Cuando estás junto a él, el coyote casi nunca te habla. Aunque hay excepciones. (“Ya abajo, me encontré a un animal con la misma mirada triste de aquel gato que tú tenías”.)

Vuelves a pensar en lo que te puede esperar de ahí en adelante, en las instrucciones de tu camello:

―Tal vez tengas que rodar por la arena en vez de hacer parte del camino a gatas o en cuclillas. Cuando cruces la línea de tren, no puedes olvidarte de que los pies no se meten en la gravilla, porque hay censores, ni de que se camina sobre los rieles. Y recuerda que siempre lo más importante es deslizarte lo más rápido que puedas si el coyote de pronto echa a correr.

Aunque hay muchas más instrucciones. Hay algunas instrucciones que los camellos te van dando antes de que entres a la jaula. Cuando ya tienes arreglado tu negocio, comienzas a ir al zoo dos días por semana. Empiezas a oír instrucciones, a ponerte de acuerdo, rejas de por medio. Y hay otras instrucciones que solo te dan a última hora, cuando te ocultan dentro de la jaula.

Nadie sabe qué ganan los camellos con ese negocio. Comprar su libertad seguro que no es. Porque los camellos viejos se mueren en esa misma jaula, y el camello que nace en el zoo tampoco sale de ahí.

Es un negocio caro. El precio es alto para casi todos los humanos. Primero les pagan a los camellos una mitad del dinero. Y ya fuera del desierto, a salvo, les pagan a los coyotes. Cómo se comunican camellos y coyotes también es un enigma, con tanto concreto de por medio.

Solo hay dos desgracias en el negocio, y es por eso que no todos los humanos intentan el brinco, aunque estén locos por darlo. Una (en la que más piensan los humanos) es que te tropieces con los coyotes que andan en manada. Los coyotes que andan en manada solo viven pensando en la sangre.

―El coyote solo ya no piensa en eso. Ni él mismo te sabe decir bien el porqué; ni cuándo le nació la idea de abandonar la manada ―dicen los camellos.

El coyote solo no confía más que en su olfato. Que cada día ha desarrollado más y más. Pero una manada tiene más olfato que un solo coyote. Cuando chocan la manada de coyotes con un humano y un coyote, casi siempre la manada desuella al humano y al coyote. Pocas veces el coyote ha logrado escapar. Aunque esos ríos de sangre se ven cada vez menos sobre la arena. Los coyotes solos se han vuelto muy expertos en las rutas que pisan. En cómo va a moverse el aire el día escogido para coronar. En cómo jugarle cabeza a las manadas.

La segunda desgracia es que te cojan los humanos que cuidan el desierto. Si te atrapan esos humanos, que andan en unas motos de cuatro ruedas que se mueven rapidísimo, te devuelven de golpe a la ciudad. Abren un portón del muro y te empujan al otro lado como si fueras un gato con la cola entre las patas.

Si llegaras a sentirte como ese gato, bastarán unos cuantos días para que vuelvan otra vez las inmensas ganas de coronar(te), de intentar de nuevo tu salto en la jaula preferida del zoo.

Al menos, si una moto de cuatro ruedas te devuelve, lo pagado en el borde del muro se mantiene. Eso es palabra de camello. Todo se mantiene hasta que puedas caer de pie en otra vida.

―Aguanta. Ya es casi el mar ―recuerdo que me dijo el coyote.


Paʼ Jamila,
que va al zoo a embobecerse con los camellos.(El mexicano que nos dijo: Se dice “coronar”). 




Yo quiero a mis dos padres muertos de un infarto - Larry J González

Yo quiero a mis dos padres muertos de un infarto

Larry J. González

Pensé en mi hermana que vive en Miami, comiéndose un cable, pero que no tenía que estar ni un minuto en la sala de Cardiología. Pensé en las 40 horas que se me venían encima. Pensé en Vale todo, aquella novela brasileña, y en mis ganas de vivir de un dinero que no fuera mío. Pensé en las últimas fotos de Yomil & El Dany juntos.


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