Molino de sangre (para leer en Halloween)

El pueblo donde crecí tenía una sola calle, larga y negrísima.

Los lunes por la mañana, cuando todos iban para el trabajo, se pisaban los juanetes como en las pinturas de Marcelo Pogolotti.

Daba náuseas mirar el gentío tropezando sobre aquella cuerda floja.

Allí se amontonaban los bustos des(cas)carados de los héroes, las pandillas de negros sudados detrás de las carrozas, y las pipas de refresco de toronja con sabor a herrumbre.

No ha existido promiscuidad más decadente y cochambrosa.

Por la estrecha carretera desfilaron también el Sindicato de Masturbadores de Libre Albedrío y un sinfín de ruidosos esperpentos en el Día Mundial de la Peste a Grajo. Ningún habitante de Mataderos del Sur olvidará ese día.

A ambos lados de la calle creíamos vivir en el mismísimo centro de las cosas.

Donde sucedía todo y no pasaba nada.

“Un machetazo al año no hace daño”, rezaba un desvarío popular.

A una orilla de ese cordón de asfalto estaba mi casa, que era blaaaaaanca como un cementerio cagado de moscas y zunzunes.

Justo en la acera de enfrente había un molino rojo, muy parecido a ese de París donde a Toulouse Lautrec le mamaban la pinga entre cinco, incluido un tapir de la selva amazónica.

El mismo molino rojo de la película en la que Nicolasa Kidman le escupía su tuberculosis a Eduardito McGregor como prueba de amor, mientras se daba un perrazo contra el piso.

La única diferencia es que en el molino rojo frente a mi casa no se bailaba el can-can.

Un molino rojo.

Una casa blaaaaaanca.

Una calle negrísima.


Curva peligrosa

El fin de semana, cuando los relojes daban las seis y cuarto, los vecinos apagaban sus televisores y sacaban los sillones y butacas para afuera.

A esa hora, en los altavoces del pueblo se escuchaba una canción de Selena:

“Yo sé que tienes un nuevo amor / Sin embargo, te deseo lo mejor / Si en mí no encontraste felicidad / Tal vez alguien más te la dará / Como la flor, con tanto amor…”.

Nunca supimos quién insistía en poner aquella música tan impertinente y anacrónica.

Algo parecido le hacían a los presos en Guantánamo, cuando los obligaban a escuchar todos los discos de Christina Aguilera como una forma de tortura.

Lo cierto es que a esa hora comenzaba el ritual y la calle empezaba a menearse.

El chapapote hacía zigzag como un río, hasta dibujar una curva peligrosa.

Entonces venían los accidentes, uno tras otro.

El chofer de una rastra de cantimploras de aluminio chocaba contra un vendedor ambulante de carbón, que tiraba de una carretilla.

Los sesos caían sobre la acera y los vecinos aplaudían, eufóricos.

Una guagua de enfermeras que volvían de combatir los achaques circulatorios de pacientes en las montañas, se estrellaba contra el camión de la basura.

¡Glu, glu!, un ojo licuado resbalaba por la ventanilla. Motivo de júbilo para las masas.

Esa callecita era nuestro circo romano. Un monumento al picadillo, a la tragedia definitiva.

Observábamos la calamidad ajena con un morbo que rozaba lo sexual.

Ver una motocicleta en la distancia, sabiendo que le pondría el sidecar de sombrero a la primera guaricandilla que intentara cruzar la avenida, nos daba un cosquilleo placentero en el cielo de la boca. Como una ardentía contagiosa.

Con cada siniestro, el molino se fue salpicando de sangre y de vísceras, hasta teñirse de rojo. Así obtuvo ese color vintage que lo convirtió en un símbolo del entretenimiento.

Allí mismo se molían luego los cuerpos de las víctimas, para hacer embutidos, que eran el renglón principal de la economía local y la gran obsesión de los turistas.

Lo más curioso es que todo esto ocurriera en Mataderos del Sur mucho antes de que Johnny el profundo protagonizara Sweeney Todd, entre canciones y pasteles de carne humana. Mucho antes de que Stephen King escribiera Pet Sematary y Mr. Mercedes.


Territorio difícil

Éramos un pueblito de carniceros y matarifes al borde de la cuneta. Enfermos a los accidentes, como en la película de Steven Soderbergh. Sórdidos, miserables, desesperados.

Si googlean el nombre de ese sitio, las preguntas más frecuentes de los usuarios son:

¿Dónde queda el verdadero molino rojo?

¿Está pintado con sangre humana?

¿Quién fundó ese caserío mugriento y pestilente con forma de gradas?

¿Su única calle tiene poderes mortíferos?

¿Cómo puede la destrucción convertirse en espectáculo?

¿Embutidos Revolcón S.A. es un negocio rentable?

¿Cuánto cuesta la onza de cagada de zunzún?

¿Poblados que han inspirado a Stephen King?

Lo que no sale en internet es que en Mataderos del Sur no había semáforos, que el desvío de materiales de construcción no daba oportunidad para arreglar la calle, y que el kilogramo de chapapote costaba un ojo de la cara.

Eso no lo publican en ninguna parte, mucho menos en el noticiero nacional, donde la producción de tubérculos desafía la verosimilitud y cualquier noción de dramaturgia.

Solo les interesa promover el exotismo de nuestra cultura, su capa siniestra, sin preguntarse cuáles eran nuestras necesidades o las razones por las que nos convertimos en actores tan sanguinarios.

Todavía circula un sello de correos con la imagen del molino, pero la gente se olvidó de la sangre en la carretera y de los nefastos accidentes.

Hoy vivo en otro pueblo, con muchas autopistas, y le cuento a mis amigos sobre los días tenebrosos de mi infancia con una lata de embutido en la mano.

Ya estamos en Halloween.




La angustia del stripper - Rubens Riol

La angustia del stripper

Rubens Riol

El verdadero motivo de este análisis es reclamar el crédito de Las doce sillas (1962), de Tomás Gutiérrez Alea, como el largometraje de ficción producido por el ICAIC y dirigido por un realizador cubano con el primer desnudo masculino en la historia de la cinematografía nacional revolucionaria.


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