Toque de queda

Estoy en una terraza en un quinto piso y son más de las nueve de la noche. La calle está bastante vacía, pero a cada rato se ve cierto movimiento: un hombre empujando su carro, un borrachito, dos tipos con paso apurado.

Se supone que hay un toque de queda, que la gente no debe estar en la calle. Hay que estar trancado. Siento la desolación, pero al mismo tiempo cierta falta de respeto, como si unos cuantos no estuvieran al tanto de las leyes, o les diera igual. Me gusta esa sensación de relajo.

Desde donde estoy, puedo ver la calle Línea y el malecón. El mar oscuro. Algunas calles iluminadas. En la acera de enfrente hay un garito. Una casa colonial, medio abandonada, en la que está sucediendo algo. Algo que parece ser divertido, pero a lo que no estoy invitado.

Un taxi con un permiso especial se detiene y se bajan dos muchachas que entran a la casa corriendo. Luego un hombre, que llega fumando sin mascarilla. Y otro carro, con tres chicas. El protocolo es el mismo: tocan la puerta de madera y una mujer mayor los deja pasar. Cada vez que se abre la entrada, se escucha una música bajita y un ambiente de luces rojas.

Ya me lo había contado un vecino: hay ciertos bares clandestinos abiertos, pero solo para una clientela muy especial. Escribes por WhatsApp, recomendado por alguien. Todo muy Eyes Wide Shut de Kubrick. Me gusta eso. Nadie los delata. Nadie se mete. Normal.

Me desagrada no ser parte. Perderme todo ese mundo desconocido.

Me imagino mil cosas, que seguro están lejos de la realidad. Así mismo me pasó cuando vi por primera vez a un emo, y no sabía siquiera lo que era la palabra emo ni lo que ellos representaban. Me pasó también, hace poco, con los jovencitos que bailan en los parques. No estaba al tanto de la música pop asiática ni nada de eso.

Pero este club o bar privado sí me incita. Me gustaría ser parte pero no lo soy. Estoy al frente. En una terraza. Mirando. No soy del “círculo privado”. Muy a mi pesar.

A mis espaldas, dentro del apartamento (del que no puedo salir hasta las cinco de la mañana), hay dos mujeres cocinando. Desde hace rato están preparando unos garbanzos, pero no se acaban de ablandar. Yo traje algunas cervezas (pocas, porque me costaron un ojo de la cara), cigarros y pasteles viejos. El plan es pasar una noche agradable.

No se puede salir. Si las cosas no salen, no me voy a poder escapar. Tengo que mantener a raya mi locura y portarme bien. No hablar de más. Escuchar. Hacerme el que me interesa todo lo que están hablando, y sobre todo no mostrar ninguna señal de cansancio. Tengo sueño. Pero si bostezo va a ser más obvia la diferencia de edad y de personalidad entre las que me han invitado y yo.

Mis amigas no paran de hablar de Badoo. Me explican la aplicación, creo que es una especie de Tinder. Me dicen que me tengo que meter. Una de ellas, la mayor, me dijo que hace poco consiguió a una matancera hermosa para hacer un trío. Me enseña la foto. Me muestra parte de la conversación que tuvieron. Leo palabras sueltas: cola, hija, pollo, bulevar, policía, vecina, llanto. Recuerdo ese poema de Kozer, el que termina diciendo: “(todas) caballo”.

Qué loco es todo. Hay una mezcla de “gozadera” con necesidad y represión. Muchos países dentro de un mismo país. Muchas ganas de escapar, de pasarla bien.

Miro a mis socias, fantaseo un rato. ¿Me habrán llamado para hacer un trío?




No estaría mal. Pero me asusto un poco. Siempre he creído que dos mujeres en una cama con un hombre, gozarían más si estuvieran solas. El tipo sobra. Ellas van a saber dónde tocar, y cómo tocar, mil veces mejor que yo.

La noche avanza y no siento ningún tipo de carga sexual. Conversamos, bebemos, hablamos un poco mal de la gente.

Tengo la sensación de que en este momento nada me puede sorprender. Es como si hubiera vivido demasiado. Del bar clandestino de enfrente puede salir un elefante azul y no me va a tomar por sorpresa. Mis amigas ahondan en la misma idea: sienten que se respira, pero no se vive. Es como si estuviéramos en automático y todo diera igual, me dice la más joven.

Sacan un juego de Scrabble y nos ponemos a formar palabras. Bromeando, colocan “Patria y Vida”, “Ray Tun Tun”, y tres boberías más. Fumamos y hablamos del nieto de Fidel Castro y su Mercedes Benz.

No deberíamos asombrarnos. No es una noticia nueva. Mucha gente sabe que esa gente anda a la cara. Pero, al mismo tiempo, dice una de las chicas, hay que seguir asombrándose por esas cosas y descubrir más videos así, para que el pueblo acabe de abrir los ojos.

Jugamos por un rato y cada cierto tiempo me asomo a ver cómo va la fiesta de enfrente. Miro las luces de los edificios alrededor. Mucha gente trancada. Tranquila. En casita.

Se acaba la cerveza. Tienen una botella rara de vino espumoso. Seguimos tomando. Una de ellas bosteza y se me pega. La imito. La otra me mira y, formando la palabra “Muta”, me dice que tengo que dejar de mandar fotos de mi pinga por Messenger (no es seguro: es mejor WhatsApp o Telegram). Me río y pido disculpas. Es verdad que, con ella, nada más que de recibir un saludo o una pregunta por Messenger, enseguida entro en la putería y empiezo a mandar material gráfico.

Las dos chicas se miran. Me siento raro y trato de romper el hielo: “Caballero, ¿vamos a singar o no?”. Ríen y niegan con cara de asquito. “No lo creo”, dice una. Miro mis letras, puedo poner la palabra “Cara”. Seguimos jugando en silencio.

El sonido de un carro que se acerca y frena. Los tres corremos a la baranda y alcanzamos a ver otra pareja que llega a la casa-secta.

“¿Y si cruzamos?”, pregunto.

Enseguida me cortan el plan: ellas conocen a la gente de la casa y son unos anormales. No quieren mezclarse. Me bajan de la nube: lo que pasa ahí es bien aburrido. No es nada del otro mundo.

Volvemos a la mesa y, en lo que una de ellas va a buscar un porro, la otra me dice que su amiga está muy frita con un tipo ahí, y que por eso nunca más han cruzado: la casa de enfrente le recuerda mucho a ese tipo. Me explica la teoría de la “gente fritura” y la “gente sartén”. Según ella, hay gente en la vida que anda enamorando sin enamorarse: a eso le llaman ser sartén. Me dice que, por ejemplo, yo soy un sartén, pero nuestra amiga no: ella es una friturita. Siempre se fríe. Siempre se enamora.

Me quedo pensando en las palabras y miro el Scrabble. No sé por qué no había escuchado esa teoría antes, y ahora a cada rato alguien me habla de eso.

Fumamos. Nos relajamos. Nos ponemos cómodos, tirados en el suelo, con las espaldas apoyadas en el sofá.

Miro al cielo y pienso en el cubano que tiene un buen carro y lo limpia con cariño. Me conecto con otro cubano que ha sufrido mucho y sigue sufriendo una represión total. Pienso en un pescador vasco saliendo en su embarcación. Allá, ya es de día. No sé. Pienso en lo complejo que es todo, y en que a la vez es bien sencillo.

Miro a mis amigas. Mientras yo volaba, han empezado a acariciarse con cariño. No es nada sexual, es un cariño verdadero, una mano que calma, onda: todo va a estar bien, aquí estoy. En ese instante siento que las quiero mucho. Que tengo mucho amor para dar. A lo lejos, me veo en un espejo, y lo que veo es el burrito de Shrek. No le quiero dar mucho coco, pero sí: soy un burrito cariñoso, y ellas son como un dragón inmenso.

Me levanto con trabajo, me acerco y las abrazo. Nos unimos los tres en un abrazo risueño. Todo está bien.

Una de ellas se quiere ir a la cama. La seguimos. Los tres nos quitamos un poco de ropa, pero seguimos vestidos. Nos tiramos en el colchón y así, hablando mierda, nos dormimos.

Cambia el mundo sonoro. Abro los ojos y ya está amaneciendo. Me visto. Las miro dormir y agarro calle.

Hay cierto frío. Los fiesteros salen de la secta con el maquillaje corrido. Camino como si fuera el único ser humano en la ciudad. Poco a poco, van apareciendo otros seres.

Gente que va para el trabajo. Para la lucha. Es un día más, un día como otro cualquiera. Quizás martes, quizás miércoles. Tengo todo un día por delante hasta que vuelva el toque de queda. 




Carlos Lechuga

Niños y actos de repudio. ¿Eso es defender la patria?

Carlos Lechuga

No sé como durmieron esa noche los niños que sufrieron esta violencia. Lo que sí sé es que si los atacantes pudieron dormir, entonces la cosa está peor. ¿Cómo alguien se puede prestar para asustar a un niño? ¿Cómo alguien se puede prestar para atacar a una madre? ¿Eso es Revolución? ¿Eso es defender la patria?





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