Julio Llópiz-Casal le escribe a su hermano cineasta

Todo el mundo en La Habana sabe quién es Julito Llópiz-Casal. Todo el mundo también sabe quién es Mario Llópiz-Casal. Los jimaguas. Los gamos sueltos.

En épocas de vacas gordas, era normal verlos juntos por La Rampa, 23 y 12, Paseo. 

Pero hace un tiempo Mario se fue, y ahora solo vemos a Julito.

Para los entretenidos, les doy un poco de contexto:

Julio Llópiz-Casal es un artista cubanoperformer, de unos treinta y cinco años, amante del conceptualismo. A Julito le encanta trabajar con objetos encontrados. Para él, los objetos personales que forman parte de la vida del individuo están cargados de subjetividad. Julito tiene un inventario de sentimientos a través de los objetos. Los objetos hablan tan bien como las personas, o incluso mejor. Hablan de las circunstancias, de un estado de ánimo…

Mario Llópiz-Casal es su hermano menor. Menor por 2 minutos y 20 segundos. Mario es un director de cine cubano de unos treinta y cinco años, amante de las primeras obras de Lautaro Weldon. Para él, lo único que existe es el cortometraje. Mario cree que el largometraje es una deformación del lenguaje cinematográfico. El cine debe ser corto y directo. Lo demás es paja.

Entonces, para dejarlo todo bien masticadito:

Julio es un fiestero: le encanta la calle, bailar, estar con sus amigos. Su hermano es un tipo más recogido, más de su casa. 

El piquete de Julito estaba integrado por una pila de artistas plásticos súper conectados que se reunían a diario para quemar. Mario, sin embargo, se quedaba en casa mirando alguna selección de cortos, como aquella de Mark Romanek y Spike Jonze que apareció en La Habana en cierto momento (gracias a Martica Prendes).

En la época de “Callaíta” de Bad Bunny, el piquete de Julito, como por arte de magia, fue desapareciendo poco a poco. Todo el mundo fue echando. El último la peste. El miedo a que se cerraran para siempre las fronteras. 

Y nada, que Julito se quedó solo.

Se quedó sin sus amigos y sin su hermano Mario. 

Solo, Julito empezó a vagar por La Habana. Como un medio ser al que le hubieran cortado un pedazo. 

Morriña. Tristeza. Extrañar.

Al mismo tiempo, Mario llegaba a Madrid, y muy a su pesar dejaba atrás su soledad para empezar a ser un animal social, ya que tenía que compartir piso con cinco personas: una doctora palestina, un bailarín paraguayo y tres artistas plásticos cubanos, que eran los socios de su hermano y que lo cuidarían con ahínco a partir de entonces.

Para los amigos en España, tener a Mario cerca (que era idéntico-idéntico, probable-probable a su hermano) era una manera de tener al Juli cerca. En ese sentido no sufrieron tanto su ausencia. Veían su cara. A diario.

Mario encontró un piquete que le cocinaba, lo arropaba y le hablaba con su acento. No tuvo que enfrentarse solo a la tarea de extrañar.

Pero Julio estaba acá, solo. Y para diciembre tenía que encontrar un nuevo piquete. 

Vivir solo, bailar solo, no poder hablar de las nuevas pinchas…. Está duro.

Y, como en un mundo trastrocado, lo que una tarde encontró Julito, por casualidad, fue a un piquete de cine.

¿Entienden? 

El hermano cineasta andaba con los plásticos. El plástico andaba con los de cine. Y así, esas dos masitas de seres, se acompañaban. 

No todo fue fácil. No todo fue jazmín de rosas. A veces una postal, una foto mandada en el momento equivocado, traía sufrimiento. Celos. 

La distancia es del carajo. Los hermanos estaban viviendo un trueque. Una permuta.

Julito se perdía los cuentos, las anécdotas y los acontecimientos que le sucedían a sus amigos. Y a pesar de que Mario le contaba, no era lo mismo. Las diferencias horarias, los apuros… No era lo mismo. Era diferente vivirlo.

Sin embargo, Mario sí tenía un retrato vivo y detallado del piquete de cine. Julito le contaba, segundo a segundo, las conversaciones. Que si Aparicio estaba preparando el documental, que si a Danita no le gustaba la última de Tarantino… Así.

El tiempo fue pasando. La situación global fue empeorando. Y, en una circunstancia muy particular, los hermanos decidieron volver a intercambiarse. A Mario se le hacía muy difícil hacer cine en Europa y empezó (inspirado por su gemelo) a hacer unos muñequitos plásticos, unas instalaciones…

Empezó a tirar, casi sin saber, unas tallas bien locas a medio camino entre Ezequiel Suárez y su hermano. 

A Julito, al mismo tiempo, aplicar a los pequeños fondos de cine de las embajadas le permitiría filmar. Ya había hecho varios videos finos, cosas buenas como Gaspar de la noche, donde aparecía un extraño ser con una máscara de Iron Man y un removedor de Havana Club en la boca; o American Lesson of Conceptual Art, donde una pelotica de colores era lubricada y casi penetrada por un dedo. 



Julito filmaba como un chiste, como para probarle algo al hermano, o simplemente por variar.

Esta “no frontera”, el poder pertenecer a cualquier grupo, el poder hacer lo que sea, les daba a los hermanos una forma de ser libres bien en un mundo de fronteras y tallas más oscuras.

Una noche, en La Latina, Mario empezó a bailar y a Julito le mandaron el video. Mario bailaba como su hermano; era Julito, pero allá. (Para ver a Julito bailar, recomiendo buscar en YouTube el video “Haz tu vida que yo voy a hacer la mía” de Un Titiko y El Kamel, dirigido por Leandro Feal).

En una premier horrible en el cine Chaplin, saliendo del baño, Julito fue confundido con su hermano. 

Lo más interesante es que, a pesar de la distancia y de ser dos personas completamente diferentes, sus pinchas, las obras, dialogaban súper bien.

Mario tenía una instalación hermosa que era un tubo de desodorante, una boquilla de spray y unos audífonos sucios. En España, en ARCO, fue presentada como una obra de Julio Llópiz-Casal. Una manera bien bonita de alargar y mejorar la carrera de un hermano. 

Hermandad total.                                                                                                     

En Cuba, Julito hizo un cortometraje llamado Bigote de elefante y lo firmó como si fuera Mario. Lo pusieron en el Festival de La Habana y en el de Gibara, y una yuma se lo llevó a Houston para exhibirlo allá. Un minuto más de duración y Mario no se lo hubiera perdonado. Pero Julio sabía.

Ninguna de las dos carreras se detendría. 

El mismo juego de trueque, que podría ser innecesario para algunos, era en sí una obra más. Una pincha indefinida. Transmediática. Metanosequé.

Y sí, es verdad que una pila de gente dice que Julito es uno solo, que Mario no existe. Y otros dicen que Mario le dio el pasaporte y el que se fue es Julito. No sé. Ya eso queda a la subjetividad de la gente.

Yo a veces veo a uno de ellos en la calle y lo saludo. Por un segundo me pregunto quién es. Pero después me da igual.

Y ya, varias veces, me he visto recogiendo objetos por la calle: este clavo le puede servir a Julito; este peine está bueno para Mario. 

Me gustaría que los dos pudieran estar juntos, de nuevo, en un mismo local. Pero la realidad es de pinga. 

La última vez que vi algo de los dos, fue en un museo. 

Había una mesa llena de objetos. 

Destacaba una cosa: un cubo Rubik sin colores. Sin las pegatinas. Todo negro. Da igual cómo lo muevas: solo salía negro. 



Pesimismo. 

El objeto ante que el ser humano.

Lo agarré y me lo acerqué a la cara. Visto bien de cerca, tras el color oscuro, en cada casilla negra se veía un rostro. 

Era el rostro de Mario Llópiz-Casal. O el de Julio Llópiz-Casal.

Ya no eran dos: eran 54. 

54 caritas en las 27 piezas. 


¿Julio o Mario?




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