Errando el 17 de diciembre

Llevo días sin poder dormir bien. Me levanto a las cuatro de la mañana y reviso el teléfono, como si estuviera pasando algo muy importante o me fuera a llegar un mensaje de vida o muerte. ¿Un mensaje del más allá?

Me siento en el inodoro y pienso en si tengo ganas de hacer caca, de pajearme, o si es simplemente un pequeño infarto. Prendo el calentador y vuelvo a la cama.

Reviso Instagram, comienza mi paja.

Me vengo y veo un poco de una serie bien mala de Netflix que no me hace pensar.

Me baño y salgo a la calle. A 23.

Hoy es un día muy especial. Todos los días de San Lázaro salgo a la calle en busca del negro gordo ese, de cara infantil, que tiene las piernas hinchadas llenas de gasas amarillentas a punto de explotar. No sé quién es. No sé por qué no se acaba de operar o curar. Cada año le doy dinero. Es una manera de ayudar, de ofrendar.

No lo encuentro. Camino y camino y nada. ¿Habrá muerto?

Hay una cola para el perro, una cola para la guagua, una cola para el helado.

Hay menos mujeres.

Ya tengo 37 años, canas, y creo que no voy a poder hacerme de una familia propia. No me ha ido bien en el amor.

Para no pensar en el amor, trabajo. Trabajo mucho. Para no pensar en el país, en los que ya no están, en esta horrible situación que nos atañe a todos, trabajo. Trabajo hasta que llegue la luz del túnel.

Todo el mundo habla de los precios de la luz. Algunos se burlan, otros hacen memes. Otros, como yo, no pueden dormir.

La cosa está fea. ¿Qué clase de país habla de socialismo cuando ya hace meses que están funcionando las tiendas en dólares para una pequeña parte de la población, y el resto de la gente no ve los frutos? Desde que están esas tiendas, ¿han arreglado las calles? ¿Hay más comida por la bodega? ¿Hay más medicinas?

Solo quiero pensar en el cine, en los textos, y cuando me empiezo a sentir mal solo quiero pensar en las tetas, en los culos, en los grajitos a medio afeitar.



Por mis últimas decisiones personales, un grupo de “amigos” me ha dejado de hablar. Otros amigos se han ido a pasar el fin de año lejos. Por suerte han llegado dos viejas amigas a las que no veía hace tiempo. Me invitan a comer fuera.

Hace meses que no como fuera de casa. No me da la economía, y para colmo me da vergüenza: hay mucha gente pasando necesidad. Es época de trancadera, miedos, muchos policías y tropas especiales en la calle.

Ciudad sitiada. País que fue y ya no es.

Una exnovia me avisa que un músico está tocando en un paladar. La fiesta sigue como si no pasara nada.

Otro grupo de amigos se reúne en la iglesia de Reina para tratar de mejorar la situación, hablar del 27N, tratar de traer un poco de esperanza a un país de viejos, un país viejo con olor a muerto.

No estoy para coger lucha, pero tampoco estoy para mover el culo al son del vacilón.

Tengo ganas de que sea 2019 o 2017 o 2090. No sé. Este año ha sido un asco. Pandemia, hambre, represión. Un país con lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo.

Cogemos un taxi que voy a pagar yo, porque mis amigas van a pagar la cena. La comida está buena, pero no nos tiramos fotos. No es tiempo de ostentar. Un pedazo de pescado es un lujo. En el lugar hay muchos extranjeros gordos, calvos, tatuados, que parecen salidos de una serie de mafia. También hay un nieto de Fidel que tiene la voz bien rara: está celebrando, se siente dueño del local, dueño de todo.

En el parqueo hay muchos carros caros, uno de esos debe de ser el de él. Regresamos en otro taxi, y al pasar por cada cuadra donde hay más de 6 policías, el taxista me dice: “Hay mucho miedo. La calle está mala. Mañana voy a vender este Lada en 30.000 dólares. Es un buen número, porque después venden unos carritos baratos en lo estatal y se joden los precios”.

El taxista me dice que, si no vende el carro, no sabe cómo va a pagar la luz y los nuevos precios de comida, teatro, etc. Tiene dos viejos y tres hijos que mantener.

Miro la ciudad de noche y pienso en el mensajero del barrio. Mal, deprimido, lo que sea que estuviera sintiendo, el mensajero del barrio lanzó ayer los panes de la bodega por mi ventana, con una furia tremenda, y los dejó tirados ahí en el suelo, sin avisar.

Un suelo lleno de panes.

El mensajero está malo de la vista, no ve bien, está solo, siente que el país lo ha traicionado, que los dirigentes lo van a abandonar. Tuve que llamarlo aparte y mentirle: “Nosotros no te vamos a abandonar, te vamos a subir el salario, no te vas a morir de hambre”.

Espero poder cumplir mi promesa.

Dejo a las socias y camino unas cuadras. Dos travestis en una esquina me dicen algo, sonrío y les deseo suerte. Camino por 23, la arteria principal de este paisito. No hay gente. Solo policías y perros.

Pienso en la gente que está luchando cada día por hacer este país mejor. Pienso en cómo la televisión se inventa cuentos y miente. Cómo les pone nombretes: terroristas, agentes de la CIA. Nombretes peligrosos que pueden acabar con la vida de cualquiera.

La radio y la TV incitando a la violencia. Incitando con un millón de consignas vacías. La verdad es que lo único que hay es represión. Para eso: para que el nieto del Comandante pueda seguir teniendo su carro con gasolina, comer rico y hablar alto con ese tono de voz pesado y esa actitud de dueño de todo.

Pienso en el que canta. Pienso en el que lucha. En el que vende. Un país complejo, con varios matices.

Un país lleno de mentiras, donde algunos se dejan engañar, me imagino que para poder dormir, y otros no se dejan engañar pero tampoco tienen mucho espacio para actuar.

La salida es irse. Dejarle la calle a los perros, a los policías, a los extranjeros gordos, calvos, llenos de tatuajes, que buscan chicas. Ahorita no habrá chicas.

Ahorita solo me voy a quedar yo, rodeado de gente que no tiene nada que ver conmigo.

Necesito singar. Eso es lo único que me salva. Eso y las películas, los textos. Pero cuando no pueda singar más, ¿qué haré? Buscar el pan con una camisita a cuadros raída. Encorvado, vencido.

Me escriben por el interno: tienes que irte. No pierdas tu vida y tu talento ahí.

Es tarde. Me miro al espejo: veo las canas, los huevos caídos, la pinguita pellejuda. No encuentro una salida.

Quizá es una bendición no tener familia propia. ¿Con qué los mantendría?

El país, la ciudad, están a punto de explotar y no explotan. Petardo mojado. Pólvora mojada. Coito interrupto.

¿En qué momento se perdió todo? ¿En qué momento me jodí por no hacerle caso a la puerta de salida?

Quiero volver atrás. Volver a cerrar los ojos. Agarrar una cámara de fotos y salir a descubrir mi ciudad, tratar de enamorarme, creerme una obra de teatro, una película nacional…

Qué difícil es. Cuando uno abre los ojos, es imposible volver a cerrarlos.

Van a ser las 12 de la noche. Va a ser el día 18 de diciembre. Necesito que este año acabe ya. Que todo pase.

Tengo miedo de ser un luchador. Tengo miedo de ser un cantor. Tengo miedo de ser un gordo tatuado que come y come como si no pasara nada.

Cierro los ojos. La pinga se despierta. No entiendo cómo ni por qué. Mi cama está vacía. A lo lejos se escuchan unos petardos o unos disparos.

Tengo que volver a ver esa peliculita brasileña: El sonido alrededor.

Me toco. Me vengo.

La mano pegajosa.

La sábana fría.

¿Cuánto falta? ¿Qué me deparará el destino?




Carlos Lechuga

Incertidumbre, sexo y reventa

Carlos Lechuga

Mi prima me dijo: “Ya lo que quiero es que acaben de decir que esto es capitalismo, pero que nos dejen hacer a todo el mundo. Que se dejen de descaro”. Aquello me dio gracia. Capitalismo. Socialismo. Palabras tan lejanas. ¿Cómo hay gente que todavía cree en esto? ¿Cómo hay gente con fuerza para teorizar sobre esta morronguita?


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