¿Quién escribe la Historia?

Cuando llegamos, el concierto ya había empezado. Quizás por eso no supimos quién entonaba tan emotivamente junto a Roly. Un villaclareño más, pensé. De diez pilongos, cinco cantan, así que ha de ser uno más. Uno que, poco conforme con hacerle la segunda voz, le roba a Roly su repertorio, su público y ya va por el tercer tema. 

Ven acá, me dije, ¿por qué no cantas tus cositas? ¿Qué hace mi negro relegado a guitarrista acompañante de sus propias canciones? 

Mientras tanto, a mi alrededor, la gente grababa al nuevo con ansiedad. Quizás fue esa ansiedad, que cuando es colectiva se hace notar, lo que me hizo reaccionar y preguntar en voz alta: 

—¿Ese que canta con Rolando no es el protagonista de Tropa de élite?

—Es el actor de Narcos —responde sin mirar una muchacha, muy entregada a registrar el momento con su móvil.

—¿Narcos? ¿La serie de Netflix?

—Sí, es Pablo Escobar.

—No la he visto.

—Wagner Moura —dice otra voz, también detrás de un móvil.

¿Y qué hace Pablo Escobar, fuera de la pantalla, cantando con Roly, abrazándole entre canción y canción, besando sus manos? Y sobre todo, Rolando, ¿cuándo me lo vas a presentar? Quiero conocer al protagonista de Tropa de élite.


De esa noche trovadoresca me acordé hace unos días mientras leía noticias sobre Marighella, la película que Wagner Moura no logró estrenar en su país pero sí en la Berlinale, y que nosotros vimos en el Yara el pasado diciembre durante el Festival: un largometraje de ficción que narra la lucha del grupo guerrillero liderado por Carlos Marighella contra la dictadura militar en Brasil. 

Rodada antes de las últimas elecciones brasileñas, el estreno de la película coincidió con el mandato de Bolsonaro. Es decir, justo en tiempos de reescritura —el prólogo fue el asesinato de Marielle Franco— de aquella dictadura militar. 

Con Bolsonaro en el poder asistimos a la quema del Amazonas, a la persecución de líderes ecologistas, al creciente odio hacia la negritud y los homosexuales, entre otros desmanes propios de las corrientes liberales y esa falsa teología de la prosperidad reconvertida en fanatismo evangelista. Como daño colateral, ya opera también la censura sobre producciones artísticas e intelectuales que no responden a los intereses de un Brasil nuevamente envilecido por la ortodoxia racial, sexual y política.

Ante el hecho de no mostrar Marighella en Brasil, su distribuidor declaró: “La coyuntura no es la mejor”.

Entre censura, coyuntura y torpes maneras de perpetuar la Historia Oficial, ha transcurrido el primer trimestre del 2020 en Cuba. Lejos de comparar el Brasil y la Cuba de hoy —imposible establecer puntos de contacto entre formas de gobierno e ideologías más que distintas, antagónicas—, resulta curioso cómo ambos países se enfrentan y reaccionan, desde sus particulares políticas de Estado, a problemas sociales similares y cómo, en ambos casos, esto provoca desacuerdos entre sociedad civil y gobierno.

Un tanto paradójico es que el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, encargado de aprobar la programación del Festival — emblemática vitrina fílmica de la región— censure producciones locales que, como Mairghella, abordan con perspectiva crítica el pasado y la historia nacional.

El 26 de febrero la Muestra de Cine Joven, sobre la cual también tiene potestad el ICAIC, anuncia la selección oficial de su evento anual y, en una nota al comunicado, aclara: 

“La selección en concurso incluía el documental Sueños al pairo, de los realizadores José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela Fosado. El filme ha sido censurado por la Presidencia del ICAIC debido a diferencias políticas e ideológicas […] Después de 13 días de diálogo, se mantuvo inalterable la censura”.

Las reacciones no se hicieron esperar, y fueron más viscerales de lo habitual. Como es sabido, el documental rinde tributo a la figura del trovador Mike Porcel y trae a colación un episodio triste y vergonzante de una época —sin embargo gloriosa— de la Revolución: los actos de repudio del Mariel. Su exclusión se debe en buena medida al material de archivo incorporado a la película. En un inicio el ICAIC autorizó el uso de ese material, luego pisó el embrague y dio marcha atrás. 

Un archivo tiene la potestad y la responsabilidad de salvaguardar la memoria, no de monopolizarla. Por eso el punto aquí, y a lo largo del texto, no es el documental de marras —se ha escrito bastante al respecto y no aportaría nada nuevo— sino la Historia: quién la escribe, quién la secuestra.

Ante un pasado vergonzante lo fácil es censurar: una tangente tan socorrida como inútil. Porque no hay nada más visible y escandaloso que aquello que ha sido censurado. La censura es un boomerang que, lanzado a la periferia, regresa con fuerza al epicentro. No hay mejor profecía de éxito que el impacto de la censura. ¡Cuánto talento y cuánto simulacro nos han regalado los censores!

El cine independiente cubano, más aún el cine joven, tiende a la crítica del presente y al revisionismo histórico. La disyuntiva por parte de la institución no puede seguir siendo: los dejamos correr hasta un punto o los amordazamos desde el principio. Así tiramos una y otra vez el sofá por la ventana, y ya llevamos un número alarmante de sofás que caen por las ventanas y aplastan gente.

Con respecto a lo ocurrido con Sueños al pairo y el encarcelamiento de Luis Manuel Otero Alcántara, intercambié correspondencia con un amigo que, desde Cuba, resumió en un mensaje lo mismo que yo pienso. Copio y pego: 

“Lo que está pasando responde al conflicto de siempre entre instituciones, creadores, libertad y responsabilidad en la Cuba de hoy. Mientras las instituciones sigan aferradas a la vieja dinámica controladora del arte, o del arte solo a su servicio, ese problema no estará resuelto. Cada día tendremos más obras con ira. Recuerdo ahora al movimiento de los angry young men, el que estuvo detrás del cambio en el cine británico a fines de los 50. ¿Y quién es el culpable de eso? El propio sistema. Que la cultura cada vez dependa más de gente como Alpidio, Iroel, Jacomino, Alexis Triana…”.

Hablando de control de la información, de gente apoltronada sobre los poderes fácticos, una de las máquinas estatales más poderosa en esto de contar “el relato conveniente” —devenido en discurso oficial— es la televisión. 

Agradezco al Instituto Cubano de Radio y Televisión todo el buen cine que me regaló, y que vi desde el sofá de mi casa. Lamento el cine que no vi por razones ideológicas, el cine que fue sustituido por producciones comerciales estadounidenses nocivas y estúpidas. Agradezco también al ICRT esa versión del mundo que cuenta, con rigor, en sus noticieros. El mismo rigor que le falta para abordar los problemas locales de actualidad y para contar la historia nacional.

Tan grave como censurar u omitir el pasado es modificarlo a posteriori. Mucho polvo y disgusto levantó el reciente programa de la Mesa Redonda dedicado al 13 de marzo. Julio César Guanche fue uno de los primeros, aunque no el único, en reaccionar ante el intento de la periodista Arleen Rodríguez Derivet de minimizar y distorsionar los hechos del asalto al Palacio Presidencial en 1957.

Quien desee profundizar en este debate puede remitirse al blog de Guanche y a un texto (divido en dos partes) de la periodista Rosario Alfonso Parodi publicado en su perfil de Facebook. Ambos documentos desprenden honorabilidad, rigor y un profundo amor por el presente y el pasado de Cuba.

Generar, voluntaria o involuntariamente, una narrativa alternativa con el fin de que esta desemboque en ese paradero unívoco y de corto espectro que es la Historia Oficial, y no disculparse públicamente por ello, cuenta también, ¿por qué no?, como un sofá lanzado por la ventana. 

Urge asumir la historia de la Revolución con sus aciertos, sus fracasos, con todas sus aristas, y también con todos sus mártires e ideólogos: no con unos pocos, no con uno solo. Las nuevas generaciones no están obligadas a ponderar ese pasado épico, pero sí necesitan conocerlo. A ellas corresponde (si les dejan) construir otra realidad, y para hacerlo es preciso no tergiversar la historia.

La generación que me precede (la de Mike Porcel) nació en una supuesta deuda con la Revolución. Supo del compromiso con un proyecto social y años después sufrió de desencanto y frustración. 

Mi generación asistió a ese trauma histórico desde lo familiar y lo íntimo. Vimos sufrir a nuestros padres, los vimos renegar de sus ideales y enterrar con rabia ese alegre pero firme, alienante pero jubiloso, colectivismo socialista. Fuimos testigos de cómo revocaron sus principios y tiraron al traste un pasado que poco les servía para encarar el futuro. Pero, ¿cuál es ese pasado?

Los hijos y nietos de ese trauma histórico, sobre todo los nacidos a partir de la década de 1990, son fruto del desarraigo y la incredulidad. Esa su marca. Ya me gustaría que se asumieran, también ellos, consecuencia de un proceso que —pese a su tufo estalinista— alcanzó conquistas sociales innegables; pero más me gustaría, mucho más, que no padecieran continua represión a causa de un absurdo afán de control vertical.

La realidad no es una emisión de la Mesa Redonda. Pero tampoco es un debate privado entre intelectuales, periodistas, cineastas, artistas, plásticos, feministas o juristas. Nos falta horizontalidad y nos sobra elitismo. Me incluyo. 

No se trata de tirarnos subjetividades y argumentos puntiagudos a la cara. Invertimos demasiado tiempo en eso. ¿Por qué? No lo sé. Quizás por el placer endogámico de las polémicas sectoriales. Quizás por la incapacidad de trazar metas y rutas transversales. Quizás porque vivimos peleados los unos con los otros.

Constatar que las reacciones a lo ocurrido el pasado 13 de marzo en la Mesa Redonda procedían de personas de distinto origen, generación o profesión —por solo mencionar tres puntos de esa diversidad de audiencia que se sintió interpelada y consecuentemente molesta—, me alentó como hace rato no me ocurría. Llevo un tiempo sin ganas de hablar con nadie de nada que huela a política. 

Prefiero hablar del tiempo, como suelen hacer dos desconocidos cuando suben a un ascensor o comparten un taxi. Pero entre el calor, el frío, la humedad y las lluvias torrenciales, llega un un tornado, un temblor, un huracán… Y así, sin querer, vuelvo a enredarme y salta un tema aterrador para Cuba: el cambio climático, uno de esos retos a los que nos enfrentamos ya no como Nación (esa gran palabra) sino como simple archipiélago amenazado. 

Amenazado de desaparecer paulatinamente, como las Islas Seychelles. Desaparecer como paradigma y fracaso de ese paradigma. Desparecer con sus consignas, sus bustos, sus acrónimos y su bandera. 

También con su bandera, sí.

Periodismo de barrio es el único medio dedicado a investigar e informar sobre el impacto del cambio climático en Cuba. No hace mucho añadieron a Periodismo de barrio a la lista negra de los medios independientes, junto con OnCuba News, El Toque y La Joven Cuba. ¿Por qué? Porque cuando un grupo de periodistas decide investigar en esa línea, choca con la desastrosa gestión medioambiental del gobierno y pone al descubierto problemas prolongados en la vida diaria de la población. Problemas cuya causa no son las grandes potencias y la productividad desmedida.

Un memorable discurso de Fidel Castro en 1992, durante la Cumbre de la Tierra en Brasil, hoy ha dejado de ser profecía para convertirse en realidad. Los intereses económicos han creado una humanidad antropocéntrica que se autofagocita, y ya vivimos el resultado de ello. 

Lamentablemente, los ilustrados discursos de Fidel Castro sobre el tema —que aún hoy ponen la piel de gallina a cualquier ecologista legítimo—, nunca se concretaron a nivel local: en la propia Cuba. Nuestra tierra improductiva, nuestro aire lleno de plomo y queroseno, nuestras aguas insalubres, nuestros residuos altamente contaminantes, no son culpa de los intereses económicos de los países ricos. Son sobre todo culpa nuestra.

Y pese a esto, el gobierno no toma conciencia de lo importante que es apoyar a cualquier iniciativa que decida investigar temas medioambientales. El pasado 27 de febrero las autoridades cubanas impidieron salir del país a un miembro de Periodismo de Barrio que se disponía a asistir a un evento propiciado por Sail For Climate Action.

¿A quien hacía daño ese periodista? Ahí va otro sofá por la ventana.

¿Atentaba este periodista contra la Seguridad Nacional? Y, en cualquier caso, me pregunto lo mismo que se pregunta la investigadora y activista Ayleen Torres Santana, poniendo la lupa en el Artículo 52 de la Constitución vigente: ¿Cuándo Cuba definirá, jurídicamente, lo que es Seguridad Nacional?

Definitivamente, es muy difícil crear un tejido social informado y crítico tras tantos años de control vertical sobre el pasado y el presente común. Se hace urgente elevar muchas cosas a debate. Un debate que ha de ser intergeneracional y políticamente plural. La Reforma constitucional parecía ser una buena alternativa. Pero, de momento, el deseo de pensar entre todos los retos locales y globales del futuro de Cuba está aún obstaculizado por los mismos de siempre y por los mecanismos fácticos de siempre. 

¿Por qué salto de un documental censurado a la Mesa Redonda, y de los medios independientes a un tema tan grande como la reforma constitucional y la participación ciudadana? Porque es el mismo perro con diferente collar: quién escribe la Historia.

Quizás, aunque de forma beligerante, ese proceso esté empezando. Solo quizás. Dependerá de todos: en gran medida del gobierno pero también de la sociedad civil. Creo que sería conveniente abandonar de vez en cuando nuestra parcelas y nuestros groupies y unir fuerzas sin sesgos sectoriales, obviando simpatías o antipatías. Porque la realidad no es una emisión de la Mesa Redonda, pero tampoco es un perfil de Facebook.

Desde cada punto de esa idea polarizada que es Cuba, se nos sigue invitando de forma explícita o taimada a definirnos desde posiciones binarias. Yo desde hace años tengo clara cuál es mi posición, e incluso así me cuesta bastante lidiar con mis contradicciones, que no son pocas. Pero como dice una amiga: menos de cinco contradicciones es dogmatismo.

Una de esas contradicciones se me estacionó hace unos días. Parece que fue hace años. Con esto del coronavirus, el pasado inmediato resulta, de pronto, muy lejano. Pero fue hace muy poco que tiraron otro sofá, de forma escandalosa, por la ventana. Y mira tú por dónde vino la confluencia. 

Haré un breve recuento:

Cuidando, al parecer, la sensibilidad de esa parte de la sociedad —puritana y machista— que sirvió de paraván y pretexto para llevar a plebiscito el matrimonio igualitario, los censores del ICRT, los encargados de domesticar conciencias, decidieron cortar la escena de una película en la que dos hombres se besan. Y ahí mismo se genera otro brete virtual que termina materializándose en las calles: algunas personas, inspiradas quizás en la pasada marcha por los derechos LGTBI, en la cual la gente hizo uso de su derecho a manifestarse de forma pacífica y a ocupar el espacio público sin necesidad de ser convocados por el Estado, decidieron esta vez organizar una besada frente al ICRT.

En La Habana Vieja, en el barrio de San Isidro, el artista y activista Luis Manuel Otero Alcántara se disponía a asistir a la besada junto a su pareja Claudia Genlui, pero la Seguridad del Estado lo arresta, una vez más, al salir de su casa. Días después, se le intenta juzgar por “ultraje a los símbolos patrios” y “daños a la propiedad”. 

La conectividad vuelve a dar combustión a una mecha que aún estaba prendida por la censura de Sueños al pairo, y voces influyentes dentro y fuera de Cuba se manifiestan al respecto. Se vuelve a hablar de represión y derechos humanos, y la lucha por una Cuba diversa vuelve a quedar atrapada y relegada dentro de una agenda que es y será el freno constante de cualquier otra: la libertad de expresión, la libertar para disentir y, de paso, la mirada sobre el pasado histórico y sus símbolos.

En relación a Luis Manuel Otero Alcántara, retomo y añado palabras a mi comentario a un artículo de José Jasán Nieves Cárdenas y Eloy Viera Cañive. A LMOA no me unen lazos afectivos ni de ningún tipo. Me interesan, sin duda alguna, la subversión y la provocación frente a un sistema que niega el espacio público como escena de creación; me interesa un arte actuante y que no descanse, que no requiera de aprobación ni de previa definición. Sin embargo, la producción artística de LMOA no me lleva —quizás soy muy suspicaz— por caminos fiables. Pero es que eso: lo que yo opino o lo que cualquiera opine sobre la producción artística de LMOA, no es lo importante. 

No es importante, en este caso, ni la bandera ni las decenas de textos cuestionando o respaldando la calidad artística de LMOA: lo importante aquí es su legítimo derecho a pensar distinto y a expresarse. Lo importante es, incluso, su derecho a la provocación, a partir de razones sociales que sí me interesan y que quizás comparta con él en un sentido conceptual y práctico: me refiero al amor por el barrio, al amor por el otro. 

Me refiero a comprender el arte como forma de comunicar y acompañar la vida sin que medie siempre una galería, un museo o un teatro. Me refiero a cuestionar y enfrentar, desde la resiliencia, las arbitrariedades. Me refiero a profundizar en torno a la identidad como camino, y no como imposición. Me refiero a la nación como idea de comunidad plural y soberana, no como espacio geográfico cargado de simbologías. 

Estas razones no me generan contradicción alguna.

Algo similar pasó con Ariel Ruiz Urquiola en el 2018: nos lanzamos en manada por su causa.

Yo hubiese preferido otros estandartes. No siempre podemos elegir a las personas, pero al menos intentamos elegir lo que es justo. Supongo que de ahí la confluencia.

La liberación de Luis Manuel Otero Alcántara se debió a la presión mancomunada no solo de quienes creen en su trabajo o en su persona, sino también de quienes se interesan por una Cuba donde conviven mentes y cuerpos de todo tipo. Y un mérito que no podré negarle a Luis Manuel es que, en efecto, él ha puesto el cuerpo. Como performer, siempre ha colocado su cuerpo. Su cuerpo ha sido el escenario del crimen y el cuerpo del delito.

Liberaron a Luis Manuel y, durante unas horas, la vida se convirtió en Facebook y en todo lo que la gente, no solo los gremios, se pregunta cada vez más: 

¿Por qué aún se aplica la censura tan torpemente en Cuba? ¿Por qué se impide la salida de los periodistas independientes y se les amedrenta en sus domicilios? ¿Por qué separan a buenos profesores de la docencia universitaria? ¿Por qué postergan la publicación de un libro? ¿Por qué se encarcela a un ciudadano que reacciona frente a un decreto arbitrario y lleno de opacidad como el 349?

¿Por qué?

¿Para poder hacer política de Estado? 

¿Para que esa política ampare formas concretas de decir “aquí mando yo”? 

En ese “mando yo”, bajo esa orden seca, hay un miedo horrible.

Por mi parte, puedo entender que, como Estado, le temas a un núcleo financiado por la CIA. Entiendo que te desboques en paranoias si fuese el caso. No me es indiferente la historia de Centroamérica y del resto del continente. Las recientes manifestaciones en las calles de San Juan, Quito, Santiago de Chile y La Paz no son consecuencia de la paranoia, sino de una injerencia real.

Entiendo incluso que envíes una tropa de agentes a Estados Unidos para velar por la tan mentada Seguridad Nacional, y que luego Walter Moura interprete a uno de ellos en Wasp Network, la película que vimos también en el cine Yara, dos días antes que Marighella. Solo que en el Yara se llamaba La Red avispa, y la gente hizo una cola enorme para ver a un reparto de rostros famosos interpretando una historia con la que pensaba identificarse y con la que nunca se identificó. 

Para quien no lo sepa: se trata de una coproducción de Francia, España, Bélgica y Brasil, que narra un episodio de la historia cubana contemporánea: los cinco agentes arrestados en Estados Unidos en 1998 por espionaje. Cuba exigió su liberación y regreso, y una generación creció con la consigna VOLVERÁN: “Volverán los cinco héroes prisioneros del Imperio”.

No me angustia observar cómo la industria del cine se apropia de episodios nacionales y los convierte en producto de consumo y entretenimiento (que en este caso ni entretiene). No me angustia que una ficción financiada por productoras foráneas con estética de Netflix y un acento “cubano” pronunciado indistintamente por Penélope Cruz, Gael García Bernal o Leonargo Sbaraglia, use un trágico episodio histórico de forma frívola para hacer taquilla. Lo que me provoca angustia real es que le impidan a un joven director cubano remitirse a un período histórico de su país, por miedo a que el espectador se identifique. 

Me angustia que no se concrete una Ley Integral de Género, y que un gobierno de izquierdas lleve a plebiscito la ley del matrimonio igualitario (como si fuéramos la Argentina de Macri con el tema del aborto). Me angustia que no llegue ya una ley para la protección animal. Me angustia y me duele que la sociedad civil no pueda dibujar y exigir cambios legislativos, porque se da trompicones con otras exigencias ciudadanas aún sin saldar, como la libertad de expresión. 

Me angustia porque, en el fondo, todo es sobre quién escribe la Historia.

Me angustia y me duele que a cada rato, y por tan poco, caiga un “Aquí mando yo”.

Cierto es que aún no huele a pólvora mojada, como hiede nuevamente América Latina, pero tampoco hace falta que huela a quinquenio gris ni a colectivismo estalinista.


Tras la resaca del Festival de Cine vino otra noche trovadoresca. Cuando llegamos al concierto, ya Roly había empezado improvisar. Como buen pilongo del barrio del Condado, Rolando Berrío es un eslabón virtuoso de esa cadena que une a Cascarita, Ñico Saquito y Pedro Luis Ferrer. Después entró en modo gramola y yo le pedí la “La luna naranja”, pero la gente le pedía un tema al que yo nunca presté mucha atención: “Los viejitos”. Y ese fue el que cantó.

—Después te canto la tuya —me dijo, y añadió socarrón—: Ahora me toca cumplir con el momento histórico.

Y a propósito de los viejitos dirigentes: mucho me alegro que decidieran por fin declarar el país en cuarentena. Y que se suspendan temporalmente las actividades educativas y los encuentros masivos. Tardaron en cerrar las fronteras, pero al final la insistencia de la ciudadanía, su firmeza, consiguió acelerar la implementación de estas medidas. 

Dicen que el ministro Manuel Marrero comenzó su intervención agradeciendo las sugerencias y hasta las críticas de la población. Eso leí en el muro de Facebook de Carolina de la Torre. Me alegra mucho que haya sido así. No sé si es demagogia o anagnórisis. Solo sé que es correcto, y lo que más importa: sé que es una conquista de la sociedad civil.

Cuando yo vivía en Cuba, eran pocos —y menos la gente joven— los que veían la Mesa Redonda. Era una costumbre propia de teledependientes, esas personas que usan la televisión como animal de compañía y la tienen prendida a todas horas. También veían la Mesa Redonda gente informada, a los que mi generación tildaba de aburridos. 

Ahora muchos —y también la gente joven— están atentos a la Mesa Redonda porque quieren opinar, criticar, agradecer, contradecir… Que ocurra esto en Cuba, y que hoy la conectividad a internet eleve cualquier tema a debate es un buen síntoma. Sigue siendo a pequeña escala, sigue siendo una utopía, pero tiene un nombre hermoso: se llama participación ciudadana.

Con la llegada de estas nuevas medidas para combatir la pandemia, leo agradecimiento, leo llamadas al civismo y al confinamiento, y leo también nuevas demandas por parte de la gente. Muchos piden una rebaja en los precios del internet. Y es justo: la conectividad hará más llevadero el confinamiento para quien pueda permitirse pagarla. 

Gracias a la conectividad, además, se están logrando cosas. Internet está generando más debate que la reforma a la Constitución. 

Ahora leo también quejas sobre la cantidad de bultos que se pueden entrar al país. Hay limitaciones en los kilos de entrada para los viajeros (cubanos residentes) que regresan a la Isla. No sé si es una medida encaminada a evitar riegos, desconozco si el contenido de las maletas pueda propagar el virus, pero más allá de la pandemia, vuelve a estar en el centro de la diana la necesidad de flexibilizar las normas aduanales. 

El gobierno debe reconocer, dentro del discurso oficial, que Cuba es un país dependiente: no solo de sus aliados económicos y políticos, sino también de la diáspora. Debe ser humilde. La solidaridad no puede exhibirse unidireccionalmente. Para muchos cubanos, la solidaridad entra por Western Union, pero también por el mismo aeropuerto desde donde parten los médicos rumbo a Italia, y por el mismo puerto al que arribó el crucero británico.

La pandemia será una situación difícil para la gran mayoría. La relación del cubano con la calle es, en muchos casos, una relación de supervivencia. El virus ha puesto al descubierto los puntos frágiles de todas las sociedades, y Cuba no será la excepción. Todo está por verse. 

Desde el confinamiento, quienes puedan pagarse el acceso a Internet se harán aún más “visibles”. La Cuba virtual y los afectos supeditados a golpe de megabyte cobrarán nuevos matices en esta etapa que parece que va a durar más allá de lo previsto. Ojalá esa Cuba virtual no se convierta en un campo de batalla —el de siempre— y no pierda conexión con el asfalto. 

Ojalá escribamos este episodio todos juntos, ya que estamos padeciendo todos por el mismo motivo (aunque, claro está, no de la misma manera). Ojalá escribamos desde nuestros avatares como intelectuales, periodistas, creadores, etcétera; pero también y sobre todo, como sociedad civil a secas.

Y ojalá escribamos con el rigor que le falta a cualquier Historia Oficial. En este caso no se trata de ser tan ilustrados ni tan doctos. El rostro del rigor es en apariencia muy severo, pero descansa siempre sobre el amor, el amor a la verdad.





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