Faulknerization

Piensa que algún tuitero enardecido podría ya haber llamado a prender fuego a Rowan Oak, la mansión desolada y tan venida a menos que habitara William Faulkner en Oxford, Mississippi, pueblo soporífero.

Nada de eso pasó por la cabeza del visitante que una tarde de verano del 2019 recorrió sus habitaciones, el derruido establo, los trillos entre los árboles, los bosques de al lado.

Había que dejar el carro a una distancia considerable. Tres o cuatro autos más estaban ya allí, bajo los árboles, en el parqueo de tierra. Luego se accede a las proximidades de la casa por un camino estrecho sombreado de altos robles. Una pareja joven ya venía de regreso. Se olía el monte. Se escuchaban pájaros.

Ya dentro, las habitaciones con sus libros, su escritorio, la máquina de escribir, las botas de montar, los fusiles de caza, la chimenea, muebles, las camas, el viejo refrigerador. Retratos del abuelo y del propio escritor. Sobre una mesa un catálogo de Kjarval. Esculturas. Un disco de madera con un número 64 grabado en negro. Hacia el fondo, sobre un anaquel, un teléfono negro y en la pared números de teléfono anotados con lápiz, algunos eran eso, solo números sin nombre. ¿Estuvo alguna vez el de Hemingway anotado ahí?

No había acceso a la habitación primera a la izquierda, en el primer piso, su studioloUn bibliófilo, esa aberración del lector compulsivo, quisiera penetrar allí, darse a cierta búsqueda, al manoseo. Recordó entonces aquella otra casona, la de Hemingway en Key West, donde tampoco había acceso a la habitación de los libros, separada de la casa. Una reja impedía el paso. En ambas, sin embargo, se puede pasear por las habitaciones, tocar las camas, abrir una gaveta vacía. En la de Hemingway había gatos echándose una siesta. 

No vio gatos ni nada animado en la de Faulkner, fuera de los visitantes y dos empleados. En cambio, sí lo había en su tumba en el Oxford Memorial Cemetery. A gatas sobre la losa, una artista grababa las letras de su apellido sobre un papel para un proyecto de tumbas de escritores.


En un par de fotos tomadas por Martin J. Dain, aparece un William Faulkner ya mayor con una chaqueta raída y sucia, la chaqueta de cazar y de montar, manchada, gastada por el uso. Así aquel mundo sureño, así el mundo hoy, en el que el intento de leer cada una de sus novelas siguiendo la cronología posee una resonancia de universo en descomposición, de soledad y desasosiego, de escritura enfebrecida para dar cuenta de una clausura, un derrumbe, un sopor. 

A su modo, emana de sus novelas un sistema poético fruto de quien abandonó la escritura en versos por las construcciones verbales de un escritor que no parecía fatigarse. Toda su novelística es fruto de esa tentativa imposible: la representación de un microuniverso donde está contenido lo que somos, nuestras condición miserable, eso sobre todo, el húmedo letargo del sur que es como si se mordiera la cola.

New Orleans, una ciudad para ser caminada, sigue siendo el varadero que ya está en Mosquitos, una novela traslaticia, de palabras, pero sobre todo del caminar y de la huida. “El atractivo de Jenny: una exuberancia descerebrada de carne joven y rosa, una supina fecundidad potencial que admirar…”. Una máquina de activación de palabras había echado a andar.

Hay en esta novela escritores y pintores, se habla de literatura, un modelo que Faulkner deliberadamente excluyó de la mayoría de sus novelas posteriores, donde todo referente literario, musical y pictórico desaparece. En las mansiones no hay libros, no se lee ni se escucha música, el cine no parece haber sido inventado aún. Un escritor leído por escritores, pero para quien sus ficciones son un único, concentrado referente. 

La paciencia del tiempo es la columna que vertebra a los hermanos en Sartoris, su novela de accidentada publicación, rechazada y reescrita. “Los Sartoris se habían burlado del Tiempo, pero el Tiempo no era vengativo porque duraba más que los Sartoris”, escribió allí. Y surgen entonces las primeras miradas sobre el otro, la tensión de razas. El joven Bayard se desprende, se esfuma ya camino a encontrar su muerte cuando descubre que hay un abismo imposible de conjurar entre su familia y el mundo de los negros sureños. Huye también de las trampas, del hedor de las falsas concordias.

Las más memorables páginas de El ruido y la furia —novelar el parloteo podría decir la cinta en su cubierta, eso antes de que el lector la lance con furia contra una pared para retomarla dando tumbos como el narrador—, son las postreras, donde se alza el personaje de Dilsey, matriarca de una familia negra, pero también las que narran ese encuentro del atribulado Quentin con una niña perdida. 

“La sombra de un ahogado siempre está al acecho bajo el agua”, dice en alguna página de esta novela escrita a tientas y gracias a raptos de inspiración, cuyo desafío principal es el de desarticular nuestra percepción del tiempo. Henri Bergson influyó a la vez en Proust y en Faulkner, y ejemplificó el tiempo de nuestra impaciencia con un terrón de azúcar que se disuelve en agua. El tiempo de esa disolución no es el real ni el matemático, sino el desasosegante de los humanos, jamás extensible ni reducible a voluntad.

La más cerebral de todas quizás sea Mientras agonizo, una galería infinita de monólogos hasta contabilizar cincuenta y nueve que concibió, según Joseph Blottner, bajo el influjo de la Spoon River Anthology. La escribió sobre una carretilla de mover carbón mientras trabajaba de noche en la planta eléctrica que abastecía a la Universidad de Mississippi y fue la primera que se tradujo al francés.

La pantanosa densidad de Luz de agosto sigue a la zigzagueante historia de Santuario, la violación de Temple y el castigo postrero de Popeye por un crimen que no cometió. Fue esta la novela en la que algunos críticos pusieron los ojos, caso de Cyril Connolly, tras su descubrimiento por unos lectores franceses mucho más entusiastas que los norteamericanos. Aquellas primeras novelas se vendían mal, Faulkner no ganaba dinero, insistía en seguir escribiendo, detestaba la farándula literaria, mandaba cuentos a revistas, quería comprarse un avión.


Como escritor, Faulkner pretendió desde un inicio agotarse a sí mismo, consumirse en un espacio mítico de creación, edificar un pequeño condado a imagen y semejanza de un mundo al cual pertenecía. Lo animaba una ambición totalizadora que tiene el sello de una época. Su producción narrativa es cierto que fue profusa, pero también raramente pareja, con momentos muy altos de experimentación y rigor verbal.

Algún crítico le señaló su desesperada búsqueda de un estilo. Ese es el principal desafío para quien se sumerge hoy en una personal estación faulkneriana, una de las más exigentes para un lector por sus tramas zigzagueantes y ralentizadas, los continuos flashbacks, sus obstáculos temporales, las descripciones brumosas y narraciones oscuras de ciertos pasajes clave, como los del cruce del río y el incendio del galpón en Mientras agonizo, la violación en Santuario o la castración en Luz de agosto, las tres publicadas cuando ya ha dejado atrás su momento más joyceano.

En Faulkner el peso del pasado es definitivo: la antesala de lo terrible. No hay nada que dignificar, el presente nos devora. Como apuntó Jean Paul Sartre, su visión del mundo era comparable a la de un hombre que viaja en un descapotable mirando hacia atrás. Probablemente no comprenderá todo lo que ve, pero ese paisaje de sombras, guiños, rayos de luz y cuerpos que se suceden ya pertenece a su trayecto y moldea su percepción de los fenómenos, es decir, no es posible escapar de él.

Algunos libros nos recuerdan que leer es encontrar placer en la dificultad y son por eso la medida de nuestro carácter como lectores. Una benjaminiana “hora de la legibilidad” surge de la paciencia. Quien se asome a cualquier red social de lectores descubrirá sobre todo dos grupos: la interminable sucesión de testimonios sobre el fracaso y el auxilio de quienes descifran sus novelas, las reescriben y traducen para lectores impacientes.


Los hipódromos marcaron de alguna manera su experiencia. Preguntado si deseaba que Hemingway escribiera un prólogo para uno de sus libros de cuentos, se negó alegando que dos caballos no se hablaban durante una carrera. Tampoco le gustaba halagar a sus editores porque “a un caballo que corre bien no lo detengo para darle azúcar”.

En esas vueltas a un imaginario hipódromo de posguerra, llegó a Suecia primero que Hemingway. El Pulitzer no se cansó de ignorarlo mientras exaltaba mucha mediocridad. Le llegó su turno algunos años después de haber viajado a Estocolmo, con un traje alquilado que nunca devolvió, para recibir un Nobel que, aunque los libros fijan en 1949, le fue entregado en 1950. 

La Academia sueca no había encontrado a quien premiar el año anterior, pero el Pulitzer sí: James Gould Cozzens. Los equívocos se fueron sucediendo y no deja de ser simpático mirar el archivo. El año de Absalom, Absalom! había premiado a Gone with the wind, de Margaret Mitchell. El año de Luz de agosto se le concedió a The Store, de T.S. Stribling. El de Mientras agonizo, la premiada fue Years of grace, de Margaret Ayer Barnes.

Faulkner, que había acumulado varias horas de vuelo como piloto, vino a morir tras caerse de Stonewall, un caballo que se le resistía. La terquedad de querer domarlo terminó acabando con su vida. No llegó a vivir setenta años.

Bennett Cerf, su editor en Random House, ha contado la desconfianza que sintió en la mirada y el trato de los pobladores en cuanto puso los pies en Oxford para asistir a los funerales del novelista. Lo acompañaba William Styron. 

No respondían a sus preguntas, no le ayudaban a encontrar una dirección. Éramos gente de ciudad, no éramos bienvenidos, dice. En Rowan Oak, el cadáver yacía en una esquina, desatendido. Había mesas con mucha comida, distracciones. Estelle y Jill estaban en sus habitaciones, sedadas. Una perfecta faulknerización.

Es probable que Cerf no reparara en ello: había llegado al sur sección Faulkner, traspasados los leves límites. Eran ahora los otros, los yankees. Eran los Joanna Burden de la vida real. Un mundo revelado en “la abyección húmeda de los perros de caza”, como había dejado escrito en Mosquitos.

Reinaba todavía el espíritu de una frontera.


Galería


William Faulkner – Galería.




Campo de minas - Michael H. Miranda

Campo de minas

Michael H. Miranda

¿A quién condena el tiempo ahora? Para Didi-Huberman, los mejores artistas son los artistas en estado de alerta, los mejores pensadores son los que piensan sobre el estado de alerta. Y Huberman no ha necesitado prever nada de lo que nos está sucediendo por estos días de clausuras y cuarentenas.


Sin comentarios aún

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.