Son las cookies, estúpido

[ · Michael H. Miranda: La mentira de nuestros padres ]


Desde Puebla, México, un amigo le envía la foto de una inscripción de Juan de Palafox: “… el que se halle en un beneficio sin libros, se halla en una soledad sin consuelo, en un monte sin compañía, en un camino sin báculo, en unas tinieblas sin guía”. 

La frase, que data de 1646, refiere a unas experiencias lectoras que hoy, de un modo bastante general, van resultando ajenas para un grupo cada vez más numeroso de personas. El mundo se ha ido ordenando de manera tal que la sociedad y esas partículas fundamentales de ella que son escuelas y universidades vayan paulatinamente prescindiendo de los libros, en una especie de viaje en el tiempo que convirtió el viejo sueño de la Ilustración en la pesadilla actual de las librerías.

El asunto del vaciado de las bibliotecas incide en la forma en que administramos la memoria. Las sociedades totalitarias lo entendieron desde bien temprano: impusieron la manipulación extrema, cuando no la erradicación del archivo y pusieron en práctica la imposibilidad del acceso a la información contrastada. 

Un buen análisis de cuál fue la postura de las sociedades abiertas ante los peligros que tal maniobra representaba incluso para ellas quedó expuesto en un ensayo de George Orwell titulado “La destrucción de la literatura” (1946), donde vuelve sobre lo que no se debería olvidar: poner límites a la libertad de pensamiento condena a muerte a la literatura. 

Dos décadas antes, en How Should One Read a Book (1925) —hay traducción al español incluida en Del vicio de los libros, por la madrileña Trama Editorial—, Virginia Woolf recuerda que son pocas las personas que exigen a los libros lo que éstos pueden darnos, pues llega uno a ellos “con la mente llena de confusión y discordia”: de las ficciones queremos que emanen verdades y de la historia que confirme nuestros prejuicios.

En tiempos de censura progre en los que con singular encono las bibliotecas escolares están sufriendo una bonita purga, conviene no olvidar que fue la izquierda siempre muy amiga de censurar, sólo que hoy trasviste su sectarismo y sus manías de control en un extraño puritanismo de nueva factura donde un cierto aparato crítico colinda con unos reciclados viejos manuales de corrección, para enfilar su batería lo mismo contra Lolita que contra antiguos cuentos infantiles, a los que acusan de tóxicos y sexistas.

Habría que ser demasiado inocentes para considerar que esta ingeniería social tiene como único objetivo un puñado de libros. Lo que está en cuestión es cómo hemos leído hasta aquí y cómo vamos a leer a partir de ahora, es decir, condicionar también lo que siempre ha sido uno de los escasos reductos de solitaria libertad, ese derecho a lo privado que sólo la lectura provee, es leer en clave de género o raza porque los cupos ahora nos pueden más que la calidad.

En suma, un ataque a la ética del lector en nombre de una moral de guardería.

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Uno asume que la mayoría de los lectores de Hypermedia Magazine son cubanos o alguna relación tienen con “la cosa cubana” y el entorno de esa intelectualidad, en su mayoría de izquierda, que apoyó y en muchos casos todavía aplaude con alevosía los cambios que allí ocurrieron. 

Quizás no exista mejor ejemplo en los últimos sesenta años de una sociedad que barrió con toda muestra de pensamiento libre, de ideologías contrapuestas, de abierta circulación de la información, con el beneplácito concreto de una intelectualidad sectaria y rencorosa, anclada en su pasado de guerra fría y de oposición a todo lo que significan las democracias occidentales y en particular la estadounidense.

¿Pero no cansa ya todo este enredo cubano? Uno está al día, sigue uno leyendo de vez en cuando lo que de allá llega, pero la sensación lostworld, ese vacío tan escasamente redentor sigue ahí tentando nuestra paciencia, condicionando nuestra comprensión del mundo.

En La montaña mágica se menciona esa enciclopedia, “Patología sociológica”, que recogía todas las obras de la literatura universal que abordaban el tema del sufrimiento humano. Dado que vuelven a escucharse en Cuba los tambores de la escasez y el temor de quedarse una vez más sin sponsor petrolero, habría que dedicar varias entradas a intentar explicar cómo salir de una buena vez de todo esto, o si es que “esto” significa apenas eternidad.

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Toda biblioteca es vintage. Por mucho que te esfuerces en hacerla parecer futura. Por mucho que la digitalices y la cargues en un dispositivo. Por suerte, hay todavía una diferencia sustancial entre leer la prensa digital y leer en, digamos, el kindle.

Antes abrías el periódico y a leer. Ahora, si abres una página de alguna revista o periódico, lo mismo en el teléfono que en la computadora, comienza a salir una secuencia infinita de ventanas, videos, anuncios comerciales, que arrinconan el texto y llevan la experiencia de la lectura a otro territorio, uno bastante confuso donde no hay ni soledad ni concentración, sino apenas ruido, sombra y compañía. 

Más molesto resulta aún el aviso de que lo que vas a leer conlleva una transacción que debes aceptar, pues ya te están haciendo el enorme favor de anunciarlo: si busca una cámara fotográfica o un t-shirt para su hijo, aparecerán como lo más natural del mundo en la próxima página que abra. 

Son las cookies, estúpido. 

La biblioteca es vintage porque es siempre pasado. Si no deseas mirar atrás, si no deseas entenderlo, huye de él, préndele piadoso fuego. Una columna de falso humo te instalará en el presente.

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Según Carlo Feltrinelli, también desde no hace mucho dueño de la editorial Anagrama, la era de la galaxia Zuckerberg derrotó a la galaxia Gutenberg, pero ahora “hay un cansancio digital” —que no se ve todavía por ninguna parte— y las personas están volviendo al libro.

Muchos lectores, por el estilo de Feltrinelli, quisieran convertir sus deseos en realidad. Las noticias sin embargo no son buenas. 

La gran cadena de librerías de Estados Unidos, Barnes & Noble, la única que queda de costa a costa tras la desaparición de Borders hace unos años, no pasa por un buen momento y ha sido adquirido por el consorcio Elliot por una cifra cercana a los 700 millones de dólares. Es temprano para saber cuáles transformaciones traerá la operación, pero si bien todavía no está cerca su cierre definitivo, es probable que dentro de poco veamos un tipo diferente de librería, si va a seguir llamándose así.

Para el lector de habla hispana, la oferta de Barnes & Noble nunca ha sido demasiado prolija. Su principal proveedor es Penguin Random House con su colección Vintage en español, que tiene un catálogo muy mediocre. Las ciudades grandes pueden blasonar de un mejor surtido, pero de modo general parece seguir prevaleciendo el criterio de que el público hispano en Estados Unidos no es mucho de libros ni de lecturas, como reveló un estudio del Pew Research Center: el porciento más elevado de personas adultas que no leyeron ningún libro en todo el año 2017 pertenece a los hispanos.

Pero por si les sirve algún dato —que dio pie a una entrada en el blog de la escritora cubana Daína Chaviano— en contra del escepticismo, el número de bibliotecas entre públicas, universitarias, escolares y de instituciones científicas, culturales y militares en Estados Unidos sobrepasa las 116 mil. 

Es decir, hay ocho veces más bibliotecas que McDonalds.


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Es posible publicar un libro sobre Reinaldo Arenas en Cuba. Lo ha hecho, y con acierto, la investigadora Yailén Campaña y lo ha publicado Ediciones La Luz en Holguín.

Campaña lee bien la que fue la primera novela de Arenas. Maneja con destreza conceptos narratológicos y su escritura es amena, aunque su aparato crítico merece una actualización y en el apartado biográfico se omiten las nuevas revelaciones que sobre la muerte del escritor cubano se han difundido en los últimos tiempos.

El problema está en ese prólogo de un reciente Premio Nacional de Literatura que presenta a Arenas como un “atormentado escritor” (¿atormentado por quiénes?, ¿la víctima como culpable de algún desajuste psíquico?) que ejerció una “desgarradora defensa de la libertad de la expresión estética” (ese adjetivo, ese galimatías para evadir la incómoda verdad de una oposición frontal). 

También menciona el prologuista “la crudeza por momentos muy marginal de su panorama de la Isla” y que su angustia en esencia estaba relacionada con la pregunta de “qué significa ser cubano”, esa que tanto obsesiona a estos estudiosos tan felices con la idea de que un burro sea cónsul siempre y cuando haya nacido entre los concretos límites de ese archipiélago. 

Olvidan que la libertad, como la poesía, se manifiesta mejor cuando prescinde del origen y se aleja de él. Y las preguntas que lanzó Arenas no tenían que ver con ser o no cubano, sino con la urgencia de ser libres.

Fue demasiado grande para que lo reduzca un gris intelectual premiado por aquellos de los que huyó Arenas. 

Ni la biografía ni la obra de Arenas son inteligibles sin su oposición al régimen cubano y sin una frase que lo marcó, ya viviendo en Estados Unidos y enfrentado también el status quo de los medios y las universidades liberales americanos: “Yo no vine aquí a respetar”.

Breve tratado de suicidología. Michael H. Miranda

Breve tratado de suicidología

Michael H. Miranda

Las estadísticas revelan que cada día se suicidan unas mil personas como promedio, mientras otras diez mil lo intentan. El suicidio toca a todos tan de cerca que he llegado a pensar si hay algún ser humano al margen de un fenómeno tan universal y a la vez tan difícil de abordar. “Todo el mundo lo esconde”, dice Cioran.

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