La mentira de nuestros padres

A la novela Los caídos (Sexto Piso, 2018), de Carlos Manuel Álvarez, se le ha reprochado lo mismo que a ciertas películas contemporáneas: no cuenta nada. 

Pero otra vez es falso. Esta novela, como esas películas, cuenta mucho, lo cual revela una vez más que el problema no está en quién narra, sino en la forma en que esa narración va a ser leída. Quien narra aquí es todo un cuerpo agónico: la familia moribunda de todas las Cubas, la de antes y la de ahora, la del primer castrismo y la del castrismo tardío.

Se les ha exigido a las novelas sorpresa, justo lo que no tiene cabida en el sopor cubano, por eso no tiene que haberla en Los caídos: la madre enferma va a morir, el padre dogmático va a caer, así la hermana y también Diego, a quien muy poco le falta para entonar su himno del desterrado.

Quizás a lo que se refieren algunos es a la ausencia de ese vértigo contemporáneo, la ansiedad de la peripecia, un Diego enzarzado en continuas broncas —ya que hay dos, podría haber diez y no sería suficiente— y un director de hotel envuelto en una persecución por Quinta Avenida con toda una unidad de Criminalística detrás. Todo muy cercano al estándar Padura o a un Pedro Juan que aspire a mejor prosa.

Rudyard Kipling dedicó un epitafio a su hijo muerto en la I Guerra Mundial: “Si alguien pregunta por qué hemos muerto, díganle que porque nuestros padres mintieron”. He ahí el gran asunto de la narrativa cubana que es el gran tema de Los caídos: el “exceso” de padre es equivalente a su ausencia y ese vacío opera en beneficio de una entidad política que pone la responsabilidad en el líder. El padre no ejerce, solo ejecuta, vigila. Su familia se desmorona, no sabe la distancia a la que están sus hijos, no puede entender un simple chiste. El gran asunto es el pequeño Fidel y sus tres monos que no ven ni oyen ni hablan. A quien hay que acosar, y eso hace el narrador, es al vacío paterno.

El dilema moral de la realidad cubana no es de honestidades enfrentadas, sino de estamentos éticos que el castrismo disoció. Como apunta el narrador, las cosas les suceden no a las personas sino a sus fantasmas. Cómo descifrar entonces el fantasma del padre, su entidad dictatorial intentando imponer modelos de comportamiento donde ya solo hay impotencia, la broma de la historia como respuesta que no puede ser entendida por quien no captó sus señales desde bien temprano.

El año que leyó el Quijote

El año que leyó el Quijote

Michael H. Miranda

Érase que se era un escritor en twitter que era muy combativo y muy anticapitalista y antioccidental, y que decía que no lo había radicalizado el Corán, sino el Quijote.

César Aira le reprocharía a esta novela lo mismo que a buena parte de la narrativa argentina contemporánea: el uso del presente. No olvidemos que Borges lo usa alternativamente en “El proveedor de iniquidades Monk Eastman”, por ejemplo. Pero donde sí tiene razón el Aira de Continuación de ideas diversas es en su apreciación de la brevedad al uso —también eso se le ha señalado a Los caídos— como “un escrúpulo estético, de concisión y previsión”, resultado de la necesidad de apartarse de formas y contenidos convencionales.

Por eso, entre otras cosas, tampoco es acertado registrar esta como una novela de lenguaje, tal como ha señalado algún crítico. Puede ser esa una reducción peligrosa. Todo el que conoce algo de la literatura cubana (Lezama-Carpentier-SarduyCabrera Infante) piensa no que toda ella es lenguaje, sino que toda ella ha de ser lenguaje. Es verdad que en sus intentos por afirmar un estilo, Álvarez incurre en frases poco felices (“Mi cuerpo como un país que a veces recorro…”, “los bancos de hierro que atornillaron en la circunvalación de mis oídos…”, ambas por cierto pertenecen a la voz de la madre; ojo también con los zigzagueos entre la primera y la segunda personas de las primeras páginas), pero también podrían leerse como metáforas de una desconexión familiar, un modelo que no se actualizó desde el patrón de lectura de una maestra a la que en los años setenta y ochenta le marcaban el paso al ritmo de poesía de combate y narrativa del realismo socialista.

Puede que Carlos Manuel Álvarez no haya encontrado todavía el “grado cero” de su prosa, que le permita dar un mejor comienzo a sus próximos libros. Lo más flojo de la novela está ahí, en sus extremos, principio y final. El primero porque no nos aleja del hecho de que estamos ante una primera novela, y el final porque no termina por cerrar el cuarteto de voces que narran el retorno de un joven Ulises de su “exilio” en una unidad militar. Pero también es cierto que quizás nunca antes en la literatura cubana se haya narrado de forma tan descarnada las tribulaciones de un joven que, como resultado de su descolocación y su extraño Edipo, contribuye a la destrucción emocional de una familia y en particular de una madre.

Con el personaje de esta última retorna el tópico de la enfermedad en la sociedad cubana. La madre está físicamente enferma y por ello más condenada a morir que el padre/dictador mismo. Su compañía más definitoria es un televisor siempre encendido. No hay nada ahí porque no hay nada en la vida cubana. Sus movimientos son o bien rutinarios o bien tan abruptos como una caída que es parte de su enfermedad, y deberíamos verlo como metáfora: si no del país, sí de una generación que se estancó o se consumió o murió por asfixia. 

La Cuba perdida de cubanos tristes sin otro consuelo o cosa que hacer que mirar las mismas noticias desde la mañana hasta la noche o esperar una llamada o un dinero. 

La magnitud de un desastre perfecto, una catástrofe que no es contemporánea con nada.

el año que el lector leyó el Quijote

Lector en otoño

Michael H. Miranda

Volvieron a hacerle la pregunta, no escuchada en mucho tiempo, de si la inspiración regía sus trabajos poéticos. 

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