Campo de minas

I

Ayer sobrevoló la ciudad un avión militar. 

Voló bajo, casi a la altura de algunos edificios. Lo hizo lentamente, como buscando deshacerse en silencio de alguna rémora, de alguna pereza crepuscular, y enfilando por fin hacia la pista de algún cercano aeropuerto.

Vio su vientre oscuro y la punta que podría describirse como hizo Melville con el Pequod, tan del gusto de Guy Davenport: su venerable proa parecía barbada. Y se preguntó cómo era posible que, de la misma manera que un arpón daría cuenta de una ballena, un diminuto avión caza, hoy un dron, derribe aquella mole metálica. 


II

Esa asimetría está en el centro de lo que cuenta, a su modo, Pierre Bergounioux en B-17G, su breve libro que es ensayo, memoria de infancia y relato a la vez, la historia de una cacería en el aire de la Europa en guerra. Basta con que habite en alguien el deseo de aniquilar, y tenga el poder para ello. 

Si el caza es la mano, el bombardero es el cuerpo y en este todas esas “semiabstracciones ofensivas” llamadas balas, plumas o pensamientos poseen un fin y un sentido absoluto, escribe Pierre Michon en el posfacio.

Es un libro de lectura ardua. Su prosa dicta una extensión breve (¿o es al revés?): no es posible estirar hasta trescientos folios un relato largo marcado por los meandros de una escritura que nos hace volver de tanto en tanto a la página anterior. Pero si una lectura no desafía a sus lectores, qué sentido tiene escribir.

Bergounioux, lector de Faulkner, recuerda que su padre despreciaba la modernidad con el argumento de que el tiempo la condenaría. Pero nada puede la mayoría contra el ingenio de uno pocos. 

“Vivimos a ras de suelo, en lo llano, y sin embargo aspiramos a elevarnos”, escribe Julian Barnes en Niveles de vida. “Todos los hombres deberían ponerse alguna vez un traje forrado y dar una vuelta de diez minutos a ochenta mil pies de altura”, dice Bergounioux para animarnos a entrar en la genealogía que le imagina a un desdichado piloto norteamericano.

Es de pensar que Bergounioux también se aventura en la búsqueda de su lector, uno desconfiado, y ejerce por ello un desprecio hacia la “modernidad” literaria, la práctica común de tanta lectura fácil donde todo es peripecia y la escritura no deja poso porque no es tiempo ya de que nada dure. 


III

¿A quién condena el tiempo ahora? Para Didi-Huberman, los mejores artistas son los artistas en estado de alerta, los mejores pensadores son los que piensan sobre el estado de alerta. Y Huberman no ha necesitado prever nada de lo que nos está sucediendo por estos días de clausuras y cuarentenas.

Estar alerta es desconfiar. La sociedad se ha transformado en un campo de minas donde nadie desea sentirse ofendido. 

Tal estado de cosas concierne por entero a la literatura. Por eso habría que comenzar por lo más difícil: recuperar un modo de leer. Y quien sabe si todavía se está a tiempo, Bergounioux cree que sí.

Habría que desconfiar, volver a leer en estado de alerta contra la modulación de un lector tipo, lector reader modelado por malas subtramas (consumo fácil, lectura ágil, ajuste identitario, cuestionamiento de la autoridad), un tipo de lector que ya no se indigna por un libro “malo” (también qué es lo malo se reescribe), sino por un libro que no represente “sus luchas” como ellos creen que debe ser.


IV

Flatiron Books va a estar toda la vida agradecido a la comunidad crítica latina que puso lo que parecía un libro mediocre en boca de medio mundo y en las páginas de todos los periódicos. Solo que de una manera que ellos no habrían deseado.

Flatiron Books le pagó un adelanto de un millón de dólares a una autora, Jeanine Cummins, descendiente de inmigrantes ella misma, y ahora se ha encontrado con el insólito escenario de que duplicarán sus estimados de venta, pero su autora no puede salir de gira. La Biblioteca Pública de St. Louis, Missouri, había comprado 176 ejemplares del libro, pero dice que estos no alcanzan para satisfacer las más de 500 solicitudes que le han llegado. 

El libro que iba pronto a ser olvidado por mediocre se instauró ya para siempre en los manuales que explicarán para el futuro cómo ser un éxito de venta sin pretenderlo. Y que ha traído de nuevo el viejo tema de las reclamaciones equivocadas a la literatura, la vieja confusión renovada por quienes olvidan que la literatura no es un tratado de sociología.

Ya deberíamos los cubanos exigirle cuentas al fantasma de ese Hemingway, ¡atrevido!, al que se le ocurrió un personaje tan memorable, Santiago, pescador pobre. 





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