Raúl Torres tiene que parar

Ocho de los minutos más extraños y ampliamente ridiculizados de la carrera de Céline Dion tuvieron lugar el 3 de septiembre de 2005, en un programa especial de Larry King sobre la devastación del huracán Katrina. Desde el primer momento, Céline, que acababa de donar un millón de dólares para las tareas de rescate, fue incapaz de contener las lágrimas. Se le quebró la voz al rememorar cómo le había explicado el desastre a su hijo René Charles y exigió saber por qué era tan difícil enviar helicópteros a rescatar a los habitantes de Nueva Orleans de los tejados cuando “es tan fácil enviar aviones a otro país y matar a todo el mundo en un segundo”. 

A continuación, con una sangre fría espeluznante, Larry King le preguntó si tenía una balada para la ocasión. Y sí.

Raúl Torres es nuestro Céline Dion. 

La tapa al pomo la puso una canción (“Hotel Tulipán”) a los familiares de las víctimas del Boeing 737 que se estrelló en La Habana el pasado 18 de mayo. Para entonces, ya Torres le había compuesto un par de temas enlutados a Fidel Castro (“Cabalgando con Fidel”, “Laureles y Olivos”); un réquiem de cinco minutos a Hugo Chávez (“El regreso del amigo”); una canción fúnebre a la periodista Ania Pino (“Ania”), quien falleciera en un accidente de tránsito; y en 2018 rompió su racha necrológica con un single inspirado en Raúl Castro (“El último mambí”). En su repertorio hay temas dedicados a los desastres naturales (“Baracoa se levanta”, “La flor que te habita dentro”), a las mujeres que no se enamoran de él (“In extremis”), a las redes sociales (“Facebuuk”); todo eso puedo entenderlo, pero ¿necesitábamos también una canción a un accidente aéreo? 

Estás muy loco, Raúl, tienes que parar. 

Casi siento nostalgia de los reguetoneros, pues, salvo raras excepciones —aquel que le compuso una canción a Catalina Lasa, y Baby Lores, que terminó con un tatuaje de Fidel en su hombro izquierdo—, no son tan insensatos. Si la trova cubana fuera una baraja del tarot, Raúl Torres sería el tres de espadas: tres hojas que atraviesan un henchido corazón rojo, lágrimas que caen del cielo.

Para entendernos: la semana pasada falleció Tran Dai Quang, “el amigo Presidente de la República Socialista de Vietnam”, según reza la nota de Granma. Total, que tuvimos Duelo Oficial. Y debe de haber miles de personas en todo el país que se pregunten —aunque ya sobrepasa su fecha de confort: las primeras 72 horas— si Raúl Torres le dedicará o no una canción al mandatario. Si esto no les parece a ustedes patético, yo ya no sé cómo decírselo. 

Estar al día de sus éxitos necrológicos —aunque solo sea para ruborizarnos: ¿otra vez?, ¿otro más?, ¿lo hizo de nuevo?— es una competencia cultural básica en Cuba.

“Te vas a meter en un jardín”, me advirtió una de mis amigas musicólogas. Y no tanto porque Raúl Torres sea hoy en día y por desgracia el mejor exponente de la trova necrológica nacional, sino porque su canción “Cabalgando con Fidel”, según la siempre alentadora página de Cubadebate, “ha llegado al muro de 8 millones 300 mil usuarios, acumula 238 mil interacciones, con 148 mil reacciones, de ellas 120 mil ‘me gusta’, 22 mil ‘me encanta’ y 3 mil 400 ‘me entristece’. Además 74 mil 478 personas han compartido el post, que ha recibido 14 mil 200 comentarios”, que es como tener dinero en el banco; te da una especie de confianza…, enseguida se te pone esa cara como de poder hacer lo que te da la gana en este país. Véanla aquí.

A fin de cuentas, ¿qué es ser un trovador sino tener 120 mil “me gusta” en Facebook, no molestar a nadie con canciones ambiguas como “Guillermo Tell” (Carlos Varela) o “Lucha tu yuca” (Ray Fernández), y cenar con ministros y presidentes? 

Eso es ser un gran trovador hoy: relaciones públicas.

Pero si la trova necrológica es un género en sí, ¿de dónde viene?, ¿cuál es su historia? Tal vez trazar su linaje me ayudará a escucharla, de mismo modo que estar familiarizado con los solos de Sidney Bechet y Lester Young ayuda a decodificar a John Coltrane.

Habría que buscar primero momentos musicales saturados de sensiblería. El término en inglés que denomina este tipo de música es schmaltz, derivado del alemán schmelzen, que significa “derretirse”. Sin embargo, el término se incorporó al inglés a través de la palabra yiddish que “designa la grasa del pollo derretida”. En Cuba, antes de la llegada de lo raúltorresiano, la grasa trans estaba concentrada en el filin. Aquellos nocturnos bolerones ilustraban el esquema clásico: ni contigo ni sin ti; algunos con letras que te hacían sentir una embarazada; otros poseedores de lo más importante que una canción puede ofrecer: un argumento claro, casi declamado, que nos enseñe un montón de cosas nuevas e importantes, como por ejemplo que si eres increíblemente atractiva te vas a enamorar.

Entonces Raúl Torres quitó todas esas hormonas del filin e indujo un cambio de espectador: pocas veces la trova nacional aspiró tan claramente a llegar al prometedor público de los dirigentes cubanos. De eso van sus más recientes canciones: de tutear a Raúl Castro (“no te salvará ni Dios de mi canción”), de llamar “mi viejo” a Fidel, de requerir para su propio hijo “la gloria del ángel Mujica”, de ser el novio con dreadlocks de la Revolución, literalmente. 

¿Qué música escucharán ahora nuestros camioneros?

Pero me desvío. Torres adoptó una sofisticación audaz: convirtió la canción trovadoresca en sudario. Esto, en una isla donde, como se sabe, desde “La Bayamesa” hasta “Laureles y Olivos”, lo necrológico parece ser el terreno general donde mejor se mueve lo patriótico. Dense cuenta que hablamos de un país que pone en su himno nacional que “morir por la Patria es vivir”. 

De ahora en adelante, las canciones de Raúl Torres ya no ayudarán a popularizar San Valentín, sino efemérides escogidas. Pero, ¿dónde estaba “el agradecido” en el Período Especial? ¿Dónde estaba Raúl Torres mientras Antonio José Ponte escribía los versos de “Vidas paralelas”: “Se apaga un municipio para que exista otro. / Ya mi vida está hecha de materia prestada. / Cumplo con luz la vida de algún desconocido. / Digo a oscuras: otro vive la que me falta”? ¿Dónde? Saltándose la crisis económica más grande que ha experimentado este país: en México (1990-1991), en Brasil (1993-1996), en España (1998-2007). 

Lo que Raúl Torres tiene hoy es síndrome de abstinencia.

El nuevo estilo implicaba un grado superior del marketing: durante el período de duelo, la canción fúnebre —acompañada con fotos de archivo e imágenes caseras— se repetiría hasta el cansancio. Justo como hacen hoy los canales de televisión latinos con los videos de Maluma, los programadores de la televisión cubana utilizan “El regreso del amigo” o “Cabalgando con Fidel” como cortina entre programa y programa. Es una verdadera extorsión televisiva. En un día malo el videoclip puede salir diez veces. Hay que repetirla porque la trova necrológica se pudre con más rapidez que otros ingredientes de la despensa musical nacional, y por eso la posibilidad de que se produzca un revival de Torres en 2050 es tan remota como que hoy se ponga de moda “Sagitario”, de Alfredito Rodríguez.

Hay pocos objetos de la historia de la música que inviten más al fetichismo que las grabaciones de un “álbum perdido” que nunca llegó a publicarse porque el sello discográfico perdió la fe, porque el artista tuvo una crisis, porque la banda se disolvió… Smile, de los Beach Boys, es el ejemplo más documentado, pero también tenemos Lifehouse, de The Who, Homegrown, de Neil Young, dos o tres discos de Prince y muchos otros. Ahora imaginemos lo contrario a un disco perdido, esto es: un réquiem. Si un número no es de tu agrado, no pasa nada, pronto empezará otro, aunque el tema siempre será la defunción. No querría verme en la piel de un crítico que te tuviera que escribir sobre este megamix de Raúl Torres.

La trova necrológica provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: “Qué estremecimiento, ha muerto Hugo Chávez”. La segunda lágrima dice: “¡Qué hermoso es estremecerse junto con toda la humanidad ante la muerte de Hugo Chávez!”. Es la segunda lágrima la que convierte la trova necrológica en un momento psicológico muy kitsch.

“Actuamos con sentimentalismo”, define elegantemente el erudito zen R. H. Blyth, “cuando dedicamos a algo más ternura de la que le dedica Dios”. 

Mi apartamento está muy mal insonorizado. Cada vez que mis vecinos se pelean, ven la televisión, tienen relaciones sexuales o escuchan reguetón, lo oigo. Y sé que ellos me oyen a mí. Se trata de un pequeño viaje de descubrimiento de uno mismo: por ejemplo, resulta que no me molesta que unos desconocidos me oigan cuando me acuesto con alguien, pero en cambio me avergüenza que sepan que escucho los grandes éxitos necrológicos de Raúl Torres una y otra vez para escribir esta columna. Me preocupa que les moleste, pero más aún temo que piensen: “Qué tipo tan patético”.

Cadáveres, huracanes, fúnebres heroicidades, poder popular (los Comité de Defensa de la Revolución son patrimonio de Arnaldo Rodríguez), el dolor, la patria y la desmesura se cruzan y se persiguen en las canciones de Raúl Torres.

Si un trovador no está ahí para las víctimas de un accidente aéreo, para inspirarse con los decesos de los presidentes, los desastres naturales, los accidentes de tránsito y las redes sociales, para mostrar su vocación patriótica escribiendo finales como estos: “y solo me quedas tú, mi novia Revolución, la misma que un día fue la novia de los demás”, entonces, sí, entonces… ¿de qué coño va esto?

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