El comandante Playboy sí tiene quien le escriba

Que Fidel Castro podría haber merecido perfectamente un capítulo de Las 1001 fantasías más eróticas y salvajes de la historia (Roser Amills), La mujer de tu prójimo (Gay Talese), o del famoso Informe Kinsey —el estudio del sexólogo gringo Alfred C. Kinsey, donde aparece gente que se masturba y eyacula en 10 segundos—, es algo que a los cubanos nunca nos pasó por la cabeza hasta la publicación de Fidel Castro. El comandante Playboy (Hypermedia, 2019), de Abel Sierra Madero

Castro junto a Elvis Presley, Judy Garland, James Dean y otros iconos del entretenimiento, inundando las páginas de los pulp fiction magazines norteamericanos, páginas donde encabezó titulares que parecían soñados por adolescentes locas: “The Strange Sex Life of Fidel Castro” (Top Secret, abril 1960), “Castro is Crazy About Sex” (Foto-rama, diciembre 1962), “I Saw Castro Rape a Girl” (Confidential, noviembre 1963), “The $100 Chick who made Castro chicken out” (Whisper, mayo 1962), “Fidel Castro’s Sex Binge in Harlem” (Hush-Hush, marzo 1961), “Castro’s Sex Invasion of Washington” (Inside News, enero 1965), y un largo y generoso etcétera que sería de mal agüero seguir enumerando aquí.

Fidel ya no como patrimonio de Oliver Stone ni de Ignacio Ramonet, ni siquiera como el villano ominoso de las películas de Miguel Coyula, sino como un chico Playboy, una especie de mito pop.

Como escribí una vez a propósito de Notas al total (Gerardo Fernández Fe), o de El libro perdido de los origenistas (Antonio José Ponte): hay días en que creo que la salvación de la literatura cubana contemporánea está en la no-ficción. Esos días pienso en gente como Abel Sierra Madero.

Se sabe: los libros sobre Fidel Castro están generalmente llenos de habladurías. Huelen más a conciliábulo de pasillo, a susurro, a velas encendidas. A novelita de Wendy Guerra, en suma. Pero El comandante Playboy no depende —como es usual en publicaciones a medio camino entre la biografía y el rumor— de anécdotas “desclasificadas” que solo presenció el protagonista y que a nosotros no nos queda más que creer porque están tan bien escritas que parecen gozar de la irrebatible verosimilitud de una ciencia (mientras escribo esto pienso en La vida oculta de Fidel Castro, del exguardaespaldas Juan Reinaldo Sánchez), de mocos y recuerdos de infancia (Memorias de Juanita Castro), ni siquiera del aval de una entrevista (Cien horas con Fidel). No. Aquí nadie tira del contraespionaje ni del ADN. Abel Sierra reúne un apabullante archivo —casi un coro de gospel— que demuestra cómo los yumas erotizaban a Fidel Castro. Esto, señores, es investigación. La evidencia que tanto se busca en los capítulos de CSI Miami y que tan poco y tan escuetamente se consigue en nuestras letras.

Qué alivio leer a Abel Sierra Madero después de tantos historiadores patéticos que confundieron el dogmatismo con el realismo, la propaganda con la información, la censura con el meneíto. Qué alivio la prosa de Abel después de la cola interminable de machitos encorsetados, de tonantes periodistas de izquierda. Qué alivio leer a alguien que tiene la voluntad narrativa de no esquivar nada: Abel puede pasar de un chisme de Juan Reinaldo Sánchez a Michel Foucault, del periódico Granma a The New York Times sin que le tiemble un pelo. 

Estilísticamente, El comandante Playboy se adscribe a cierta tradición norteamericana de escritura de la historia (pienso en T. J. English y su bestseller Nocturno de La Habana), mucho más narrativa, menos pudorosa, que enseña que para contar un país hay que buscar tanto en los monumentos como en las alcantarillas. 

A medida que el lector se va adentrando en sus páginas —más dependientes del dato que de los cascabeles de la opinión—, se da cuenta de que el abracadabra del libro está en el archivo. Abel Sierra ha olfateado en eBay durante años —solamente por eso, ya no parece un investigador cubano: la mayoría de nuestros investigadores solo compran en Walmart— todo lo que huela a Castro en su portada: revistas porno, tabloides de todo tipo, pulp fiction magazines donde Fidel luce alternativamente como papirriqui insular, velocirraptor, bad boy y latin lover. Porque las ficciones oficiales —las biografías autorizadas, las fotos de Estado y los documentales tristones— controlan el imaginario, pero las marginales —los cómics, las novelas, las pulp— lo vuelven más entretenido, más insolente, más incómodo.

“Así como Marilyn Monroe fue muy rentable para Hugh Hefner en Playboy” —comenta Abel Sierra con el mismo aplomo con que Suetonio escribió en Los doce césares: “Hasta aquí he hablado de un príncipe; ahora hablaré de un monstruo”—, “Fidel Castro lo fue para [Robert] Harrison”, editor de la revista Confidential.



Me gusta El comandante Playboy. Tiene ironía, pastiche, velocidad, y todas esas portadas vintage en torno a Castro, son acaso la mejor bibliografía anotada que jamás tuvo.

Extravagantes datos pop: que la revista Esquire publicó en 1965 una selección de los veintiocho personajes más influyentes en los “jóvenes rebeldes” estadounidenses, y Fidel Castro quedó entre los cuatro primeros, por delante de Bob Dylan, Malcolm X, John F. Kennedy, o Hulk y Spiderman, los últimos de la lista. Que las mujeres se desmayaban cuando las cámaras hacían close-ups de sus ojos durante sus discursos en televisión. Que dormía con una bazuca cargada debajo de la cama. Que Saul Landau y Frank Mankiewicz, tuvieron que permanecer tres meses encerrados en un cuarto del hotel Habana Libre como parte del protocolo de seguridad necesario para poder entrevistarlo. Que durante su primera visita oficial a los Estados Unidos tuvo un encuentro furtivo con una admiradora: “Fidel”, le susurró la chica ligeramente emocionada al héroe dormido, “estoy ansiosa por servir a la Revolución. ¿Qué es lo que quisieras de mí?”, y que Fidel saltó de la cama con los pelos de la barba erizados y vociferó: “¡Tractores, semillas y fertilizantes!”. Que la revista People lo eligió en 1984 como uno de los hombres “mejor vestidos del mundo”. Que le soltó descaradamente este piropo a Margaret Trudeau: “¿Usted sabe? Mis ojos no son muy fuertes, por eso para fortalecerlos me obligo a mí mismo a mirar el sol. Lo encuentro muy fuerte. ¿Pero usted sabe lo que encuentro más fuerte aún? El azul de sus ojos”. Que tenía un ratón para que probara su comida por temor a ser envenenado. Que Abbie Hoffman           —fundador del Youth International Party (Yippies)— lo recordaba en su libro Revolution for the Hell of it: “como un pene poderoso naciendo, […] cuando él está alto y recto, la muchedumbre inmediatamente se transforma”. Que usaba trajes verde olivo diseñados tal vez por Óscar de la Renta. Y que alistó personalmente un pelotón de prostitutas bellas y tetonas, provenientes de varios países comunistas, como parte de una misión supersecreta: provocar “un gran escándalo sexual” en Washington antes de las elecciones de noviembre de 1965.

Teorías conspirativas como método para entender la Historia de Cuba: después de la publicación, en 1967, de la conocida entrevista de Lee Lockwood en Playboy, con el nada elogioso título de “Fidel Castro: A Candid Conversation with the Bellicose Dictator of Communist Cuba”, el tipo le envió una carta al sátiro Hugh Hefner. “Aunque el contenido de la misiva sigue siendo un misterio”, comenta Abel Sierra, “se sabe que ese documento, tres fotos del dictador cubano y la papelería generada durante la entrevista […], conformaron el lote 191 que hace algunos años fue vendido por Christie’s en una subasta por 8.963 dólares”. Puede que tal vez ese sea el destino de ciertos documentos históricos: convertirse en secretos también —nunca sabremos cómo reaccionó Fidel a ser llamado “dictador” en una revista con más suscritores que la población de Panamá—, mientras los compra un postor anónimo para evitar que alguien los encuentre de nuevo. Porque cualquier investigador que se precie sabe que la Historia de Cuba es como una playa donde el mar parece domesticado, pero si se mete uno, demasiado peligrosamente contradictorio, resulta lleno de corrientes dobles o triples que te pueden arrastrar en cualquier momento. 

Otro ejemplo: Alina Fernández Revuelta, su “hija rebelde”, recibe una oferta de Playboy para un desnudo. El fotógrafo J.R. Duran fue el encargado de la sesión de fotos que se celebró en septiembre de 1998 en el hotel Excelsior en Roma, la misma locación donde Fellini rodó La dolce vita. “Las fotos exhibían una mujer madura”, rememora Ricardo Setti en Histórias secretas: Os bastidores dos 40 anos de Playboy no Brasil, “pero dotada de encantos, con senos firmes y piernas bonitas. La expresión de la hija de Fidel Castro, sin embargo, configuraba un anticlímax: rostro serio, aire indiferente, incluso contrariado. En cientos de imágenes, ni una sola señal de felicidad la iluminaba”. 

Después de evaluar las fotos, la redacción de la revista decidió no publicarlas. “Le explicaríamos a Alina las razones, procederíamos a anular el contrato, pagaríamos una multa, pero el lector de Playboy no vería a una mujer tristona y sin luz en los ojos”, agrega Setti.

Alina Fernández, asegura el editor, fue compensada con el 11% del monto total que se había acordado y se estableció una cláusula que, de salir publicada en el futuro alguna de las fotos, se debía pagar el resto estipulado en el contrato inicial. 

“Más allá de consideraciones estéticas”, apunta Abel Sierra como esos perros que huelen la droga en el aeropuerto, “¿qué podría haber llevado a este editor a destruir un material que hubiera sido un suceso mediático, comercial y político a nivel global? ¿Llegó la información del proyecto a oídos de Fidel Castro? ¿Recibieron los editores algún tipo de presiones para que cancelaran todo y destruyeran el material? Ambos fueron contactados para que comentaran para esta historia. Solo Duran tuvo la cortesía de responder a mis mensajes, pero no se animó a conceder una entrevista. Alina Fernández Revuelta, por su parte, dijo en una breve conversación telefónica que sostuvimos el 24 de enero de 2018, que nunca tuvo relaciones ni contactos con Playboy”.

En medio de todo eso, dan ganas de leer algunos textos sobre Cuba —casi todos escritos por yumas— que Abel Sierra espolvorea minuciosamente por todo el libro y que descubren una arqueología secreta de esta Isla. Crónicas como “Tropic of Cuba” (Playboy, 1966) donde se habla de vírgenes que para tener sexo debían “recurrir imaginativamente a la lengua, a los dedos y al sexo anal”. Otras —“Havana’s ‘Superman”’ (Mr., agosto 1959)— donde La Habana aparece como una suerte de Ámsterdam, en la cual las mujeres se ofrecían a los turistas y transeúntes dentro de cubículos con luces incandescentes. Y algunas otras con títulos irresistibles como “Havana’s Peep Shows under Castro” (SIR, julio 1962), “The Sexiest City in the World” (Esquire, febrero 1955) y “Havana After Dark” (Pose!, agosto 1959).

Pero me desvío. ¿Qué representa en la Cuba de hoy un libro como Fidel Castro. El comandante Playboy? Representa una amenaza —por eso nunca va a publicarse acá, por eso hay que piratearlo, escanearlo, traficarlo por email— más física, más emocional que racional para la generación que cumple ochenta y tantos años por estos días. La sensación de que su esposa se puede ir con otros, que sus hijos los van a querer más que a ellos, que todo lo que es seguro deja de serlo, que todo lo que funciona va a dejar de hacerlo. Solo la censura y el miedo, la fuerza más poderosa que existe, les impide saber lo que ya saben, que por más extraño y poco claro que sea lo que nos espera adelante, no hay ya vuelta atrás. Ante la incapacidad de avanzar, ante la imposibilidad de retroceder, todos esos octogenarios han decidido atrincherarse.

Lo que maravilla y horroriza de El comandante Playboy es que, en el fondo, es como una carta de amor a Fidel Castro sin amor alguno.


Galería:




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Fidel Castro. El Comandante Playboy. Sexo Revolución y Guerra Fría.

Un libro de Abel Sierra Madero.




Fidel Castro. El comandante Playboy. Abel Sierra Madero

Fidel Castro es uno de los grandes malentendidos del siglo XX

Hypermedia

Abriendo temporada de novedades en la Editorial Hypermedia, conversamos con el ensayista e investigador Abel Sierra Madero sobre Fidel Castro, el Comandante Playboy.


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