Carmen Peláez: “Amelia pertenece a Cuba, no a un régimen”

El pasado 25 de mayo la Fundación Amelia Peláez emitió un comunicado en apoyo al 27N, el Movimiento San Isidro y a cada cubano en el mundo que quiera una Cuba diversa y democrática, dirigida con respeto, compasión y coraje por un gobierno elegido por el pueblo. El pronunciamiento llamaba también a la liberación de Luis Manuel Otero Alcántara y de cada uno de los presos políticos del régimen. Se sumaba así a la demanda de varios artistas cubanos de que sus obras en la colección del Museo Nacional de Bellas Artes no fueran visibles en tanto no se garantizara la seguridad de Luis Manuel. 

Tuve la oportunidad de conversar con Carmen Peláez, actriz, cineasta y dramaturga, sobrina nieta de Amelia y presidenta de la Fundación, acerca de su trabajo y del legado de esta artista fundamental para la historia y el patrimonio cultural cubano. 

(28 de mayo de 2021. Miami/Valencia.)


¿Cuándo comenzaste la Fundación Amelia Peláez y por qué?

Oficialmente, el año pasado; extraoficialmente, hace ya 15 años. Mi tía Yuyú, Georgina Ponzoa, era la que se encargaba de todos los asuntos de Amelia, y ella me entregó las riendas. Yo estaba viviendo en Nueva York y tenía varias amistades en el mundo del arte; amistades que hice porque siempre quería estar presente en las subastas de las obras de Amelia en Christie’s y en Sotheby’s. Entonces, todos me alentaron a crear una Fundación para proteger y promulgar su obra. 

Visité Cuba en varias ocasiones cuando vivía mi tía Ninita, la hermana de Amelia, y ella me enseñó mucho acerca de su obra, y también acerca de lo que ella sacrificó para mantener la colección íntegra todo el tiempo que pudo. Ahora supuestamente todo está registrado como patrimonio nacional. Pero en la casa de la familia Peláez, donde todo el mundo dejó sus pinturas, estaba el estudio de Amelia. Después de la muerte de Ninita, vinieron y se llevaron todo; mientras ella estuvo viva, no pudieron llevarse nada. 

Eso me llevó a crear la Fundación Amelia Peláez. También quiero trabajar en un catálogo raisonné de su obra, para contribuir a sacar las falsificaciones del mercado. Eventualmente me gustaría establecer una beca para artistas, y para poetas en el nombre de Julián del Casal, y también para profesores en el nombre de Ninita, que dedicó toda su vida a la defensa de la obra de Amelia. 

¿Cómo ha sido tu relación con el gobierno cubano a través de la Fundación?

A través de la Fundación me reuní con el gobierno cubano oficialmente una vez, después que Ninita murió, porque escuché que la casa había sido vaciada y que las obras no estaban siendo catalogadas como Colección de la Familia Peláez, lo cual es increíblemente problemático. 

Fui, no inocentemente, pero de buena fe. Y dije: “Amelia pertenece a Cuba, Amelia no pertenece a un gobierno, a un régimen. De aquí a quinientos años, la gente no va a conocer tu nombre o el mío; la gente va a mirar una de sus pinturas y va a saber lo que fue, y es importante proteger su obra. Quiero que sepan que la familia está más que dispuesta a trabajar con ustedes para proteger su obra y para convertir la casa en un museo (que es lo que siempre nos dijeron que iba a ser), y no tener una relación antagónica en lo relativo a la cultura”. 

Porque la cultura es una de esas cosas que, aunque a menudo es utilizada y abusada por gobiernos totalitarios para promulgar su propaganda o silenciar a sus críticos, tiene algún espacio en ella que puede ser neutral. Entonces, es más prudente asegurarse de que ciertas cosas sobrevivan. Aunque toda nuestra familia se fue de Cuba, y era profundamente antirrevolucionaria, incluyendo a Amelia, a Ninita (y las tías que se quedaron, ninguna de ellas creyó en la Revolución), era importante salvar del fuego lo que fuera posible.

No diría que fue una relación amigable: fui y tuvimos una reunión muy cordial. Eso fue hace cuatro años. Regresé a los Estados Unidos y escribí preguntando dónde estaban sus papeles, dónde estaban todas sus cosas, y recibí fotos de un amigo que mostraban la casa completamente vaciada. Nunca tuve respuesta del Ministerio de Cultura, en ninguna de las ocasiones que les escribí. Les envié las fotos diciéndoles que la casa había sido vaciada. Acusaron a un familiar, que está desconectado de la familia, de vender las cosas; él los acusó de llevárselas. Creo que probablemente hay algo de verdad en ambas partes. Pero también sé que el Museo Nacional de Bellas Artes se llevó todo el arte, porque me lo dijeron. 

Y eso es lo que pasa con el régimen: lidian contigo cuando quieren, y no lo hacen cuando no quieren; por eso sabes que siempre estás en la precariedad. Ahí no hay palabra: cambian de un día para otro. 

Sí quiero decir también que hay personas que trabajan para el gobierno que no son cínicos. Hay personas que están ahí realmente para defender la cultura, porque la aman. A pesar de que nosotros somos anticomunistas y antirrevolucionarios acérrimos, yo nunca caracterizaría a todas las personas que en Cuba trabajan para el gobierno como personas malas, o cínicas. La diversidad de opinión, de pensamiento, es importante, aunque yo esté completamente en desacuerdo con la persona delante de mí. Yo tengo amigos en Cuba que creen en el sistema y, ¿sabes qué?, ellos son los que hacen la cola, los que se tenían que subir al camello; yo vivo una vida capitalista, vivo contenta, porque tengo las oportunidades de lo que yo creo. Pero a veces tienes que trabajar con personas con las que no estás de acuerdo. Así fue nuestra relación. 

Ahora estoy segura de que ya todo eso está fuera de consideración. Pero sé absolutamente, con toda la certeza de mi corazón y de mi comprensión de Amelia, que ella sin dudas estaría haciendo lo mismo. Cuando se trataba de artistas, siempre eran bienvenidos en la casa, antes y después de la Revolución. Pero cuando venían los gobiernos, ella era completamente antifascista y anticomunista. En los años 40 ella donó obras para recaudar dinero para los refugiados españoles que venían de pelear contra Franco. También se negó a participar en una exposición, creo que en 1952.

En la Segunda Bienal Hispanoamericana de Cultura ellos hicieron una protesta, porque decían que era propaganda franquista. La Habana había sido elegida sede, y en 1954 organizan una contraexposición.

Esto fue creo que en el 52, a lo que yo me refiero. Ella no quiso ser parte de una exhibición porque era para el gobierno de Batista después del golpe de Estado; no lo consideraba un gobierno legítimo. 

Había una foto famosa, para nosotros, en que un fotógrafo le está dando unos fósforos; el mismo fotógrafo que le hizo la foto al Che. Ninita me dice: “¿Tú sabes lo que ella le estaba diciendo en ese momento? Pregúntele al Che por qué estos fósforos no trabajan”. Y creo que esto es algo poco conocido acerca de ella, porque después de su muerte el gobierno la acoge como artista revolucionaria. Que nunca lo fue. 

Ella no se fue de Cuba porque tenía una diabetes intensa, porque se estaba cegando, y porque jamás pensó que la Revolución iba a durar. Hubo un momento en que se iba a exiliar en París, pero recibió una amenaza del gobierno: si no volvía, entraban y botaban a todas las viejas de la casa. Esto me lo dijo a mí Ninita, su hermana. Una de las viejas, su mamá, se quedó en Cuba. Después que ella muere, la convierten en otro logro de la Revolución, como Lezama. Lo cual no puede estar más lejos de la verdad. 

Me acuerdo de la exposición que hizo Alfred Barr, Modern Cuban Painters. Cuando Lam rechazó participar, querían incluir a Diago, y varios de los pintores dijeron que no, porque Diago no había estudiado en Europa, pero Amelia, Ponce, y creo que Carreño, y Portocarrero, dijeron que absolutamente no: que Diago tenía que ser incluido en la exhibición. Y Amelia estaba muy firme en esa postura. 

Aunque se sepa poco de su postura política, lo que conocemos dentro de la familia es una Amelia que no soportaba la injusticia, de una ética y una moralidad incuestionables. Ella vio como el fascismo se expandió por Europa, vio el racismo, el clasismo, el elitismo, y nada de eso le gustaba. Así que no tengo dudas de que Amelia hubiera sido de las primeras en firmar esa demanda de los artistas cubanos

Cuando me di cuenta de que tenía no solo la oportunidad, sino más importante: la obligación de dar la cara con la Fundación, lo hice sin reparos, porque veo lo que está pasando en Cuba. Yo soy artista, soy cineasta, escribo para el teatro, y tengo la ventaja de vivir en un país libre, donde lo peor que pueden hacerme es no comprar mi obra. Yo estoy viendo el coraje con que estos artistas se están enfrentando a un gobierno violento, y me enferma que el Ministerio de Cultura haya hecho estos actos contra el arte. 

Cuba no tiene fronteras. Yo no me siento menos cubana por haber nacido y vivido en Estados Unidos mi vida entera. Yo no me encierro en la idea de que para ser cubano hay que ser revolucionario, porque gracias a Dios a mí no me criaron con esa mentira. Así que yo creo que mi deber es también participar en este momento, como es mi deber de representar a la familia Peláez, y más importante: lo que Amelia hubiera hecho, si estuviera aquí en este momento.

Cuando he visto sus obras en el Museo de Bellas Artes, el cuarto inmenso que tienen para ella… A mí sí me gusta pensar que las personas vienen de todas partes del mundo y ven Cuba, París, feminidad, un tiempo, una casa, a través de los ojos de Amelia. La idea de tapar esos cuadros me parte el corazón. No solo por los turistas, los extranjeros, sino también por los cubanos que dicen: “eso soy yo, yo soy eso”. Creo que esto es muy importante, pero es más importante defender los derechos humanos, porque sin el ser humano no hay arte, y sin el arte no tenemos historia. Y ahora es cuando decidimos qué papel queremos jugar en este momento de la historia. 

Yo no sé lo que le van a hacer a Luis Manuel Otero, yo no sé lo que le van a hacer a Tania Bruguera, pero lo que sí sé es que los quiero apoyar, porque Cuba somos todos, y ellos tienen el coraje y el sentido de sacrificio para poner la piel, el cuerpo. Nosotros, lo menos que podemos hacer es apoyarlos con una firma. Y, sinceramente, a pesar de que yo soy abiertamente crítica y lucho por lo que creo, yo no sé si tendría tanto coraje, en una dictadura, para actuar como ellos están haciendo. Héroes hay muy pocos, y yo los considero héroes. 

¿Recuerdas quiénes eran esos funcionarios con quienes te reuniste en nombre de la Fundación?

Roberto Cobas, el que estaba encargado del Museo de Bellas Artes en aquel momento, hace 4 años y medio. Gladys [Collazo], del Consejo de Patrimonio. Muy amable, me dijo: “Sí, vamos a trabajar juntas, vamos a ver dónde están todas las cosas”. Y recibí más respuestas de otras personas que las que recibí de ella. Quizá no podía responderme. No estaba en su control. Por eso soy muy cuidadosa, por eso no quiero acusar a las personas, porque para mí los únicos que pueden ser acusados ahora son los que han actuado contra estos artistas. 

Es difícil tener que decir: “Sabes que debías haber hecho esto, ¿puedes hacerlo?”, cuando tienes ganas de decir: “Eres un descarado y te has cogido todo porque sí, y estás equivocado, porque esto es un robo”. Es lo que quieres decir, pero no puedes. Es una cuerda floja. Incluso cuando iba a firmar la carta, pensé: y si ahora se viran en contra de Amelia y empiezan a vender las obras que pertenecen a la familia, las que están en el almacén, si empiezan a deshacerse de ellas en el mercado negro, solo para desquitarse… Aun así, no creo que a Amelia le importaría. Yo creo que ella diría: “Firma”. 

Amelia era tan fuerte… Me encanta cuando dicen: “Esta mujercita, sentada, pintando…”.

Carmen Herrera me hizo una historia: estaban montando una exposición, y ella vio a Amelia subida en una escalera, tratando de hacer algo; esa fue la primera vez que la conoció, estaba sorprendida de verla así, y Amelia le dijo: “Se tiene que hacer”. Las mujeres Peláez en nuestra familia son muy así. 

Una vez llevó a Yuyú, su sobrina favorita, a España. Había una reunión secreta de antifranquistas, y ella fue y les dio dinero. Tú no imaginarías que Amelia era así. Yo tengo cartas suyas a Lydia Cabrera, donde básicamente se burlaba de los nazis. Tenía mucho desdén por los autoritarismos.

Yo soy una profesional de la conservación de arte, y me hiere profundamente la forma en que el gobierno maneja el patrimonio en Cuba. ¿Cómo te sientes en general acerca de la preservación de la obra de Amelia? No solo sus pinturas, que están en el Museo, sino sus obras en espacios públicos.

¿Se lo cogieron todo? ¡Cuídenlo! En este punto, con Revolución, sin Revolución, Amelia todavía es patrimonio nacional. ¡Pero cuídenlo!

Se vació la casa. Cartas de Julián del Casal, yo no sé donde están. Están en un museo de Servando, o están por aquí… El mural del Havana Hilton… Cuando estaban haciendo ese mural de nuevo, en uno de mis viajes, Ninita me enseñó la muestra de mosaicos que le enseñaron a ella. Y me dijo: “Esto está todo mal, ninguno de estos colores eran los azules de Amelia”.

No cojan la cultura como arma, para no preservarla. Si la van a secuestrar, púlanla, cuídenla. Para mí, es como todo lo demás que ha hecho la Revolución. Tienes algunas personas con buenas intenciones, coges todas esas cosas y las dejas deshacerse entre tus manos. Si no hubieran dejado que todo se desmoronara, si hubieran cuidado lo que tuvieron, los millones que se robaron, las industrias que se robaron, Cuba podría haber sido un paraíso socialista. Esos almacenes que tienen, como se cogen el arte de la gente… ¿Dónde está todo eso? Las vajillas, los cristales, boberías y cosas que ya han pasado de moda, pero que tenían valor en su momento. Se lo cogieron cuatro gatos, y lo que no pudieron venderle a Europa se pudrió en sus manos. Nos vendieron barato al mundo. 

Entonces, ¿qué perdemos? ¿Qué más puede perder Cuba? Millones de familias rotas, millones de personas traumatizadas. Hemos perdido casi todas las industrias, porque ya ni el tabaco sirve… Teníamos tremenda tradición de doctores, desde antes de la Revolución. ¿Cuáles son los logros? ¿Que todo el mundo puede leer? Magnífico: no pueden leer lo que les da la gana, no pueden escribir lo que les da la gana, no pueden crear lo que les da la gana. Entonces, ¿para qué fue? 

Eso es lo que siento que hicieron. Ni siquiera juzgándolos por la Cuba pre-1959, sino contra ellos mismos: usando sus criterios, no los de nosotros. Cuando Payá hizo su Proyecto Varela, lo mataron. Él jugó con sus reglas, y lo mataron. En mi opinión, eran gente muy ignorante, pero sabían manipular al pueblo. Y ahora tienes a los funcionarios que vienen detrás, a los que solamente les interesa el privilegio, ser élite, viajar por el mundo diciendo: “Miren lo que nos hacen. No miren lo que yo les hago allá”. ¿Y el pueblo qué? Porque yo veo muchos Mercedes que son taxis en Cuba, yo entro en esos hoteles, porque tengo el privilegio de tener un pasaporte americano, pero el cubano de a pie, ¿qué? Entonces, según sus propios estándares, ellos fallaron. 

Si hubieran dejado tranquilos a los artistas no tendrían este problema; si hubieran querido transicionar del totalitarismo… Cuando la gente se empezó a acostumbrar un poquito a la libertad, con los cambios de Obama, ¿qué hicieron? Le quitaron el negocio a este, pusieron el decreto contra los artistas… Cada vez que tienen una oportunidad de hacer lo correcto para su pueblo, eligen el lado de la opresión y del elitismo. Yo estoy en las colas de los aeropuertos y veo a las esposas de los funcionarios con carteras de Louis Vuitton. Yo no tengo una cartera de Vuitton. Y tú ves que vienen aquí a Miami y gastan cientos de miles de dólares en las tiendas más fancy

Entonces, ¿qué pierde el artista con decir no? ¿Qué más nos queda por perder? 

La gente sale de Cuba tan traumatizada, tan dañada, que mira lo que pasó aquí con Trump. Muchas personas no lo veían como un dictador, o con tendencias de tirano. Se alegraban cuando atacaba a la prensa, cuando atacaba a los refugiados, ¡los mismos cubanos! Para mí eso es Fidel en la cabeza, eso es una mente totalitaria. Tú puedes ser un comunista, un trumpista, el espectro completo es bienvenido, pero tiene que haber conversación, y no existe diálogo: ese es el mayor problema. Tiene que ser, como dijo Tania [Bruguera] el otro día en una charla, un diálogo difícil. Tiene que haber gente que tú no soportas sentada en la mesa frente a ti, para ver cómo sobrevive el país. Yo no quiero que Cuba sea el hotel del mundo. Yo no quiero que los cubanos piensen: “coño, si yo estuviera en Cuba”. Mira todo el talento que hemos botado por el mundo. Parte el corazón. 

Entonces, cuando ellos dicen: “OK, vamos a dejar de hacer esto”, y luego no cumplen, están diciendo: “se trata de mi ego, esto es para proteger mi poder”. Y eso está bien, pero nosotros vamos a proteger el nuestro. Y vamos a proteger lo que amamos, que es la expresión artística, y Cuba. 

No deberían sorprenderse, para nada. 

Tú trabajaste con el equipo de Obama para desarrollar políticas de acercamiento con Cuba. Desde entonces, ¿cómo han cambiado tus posturas al respecto? 

No han cambiado para nada. Yo personalmente creo que se debería levantar todo, y que el régimen lidie con el desastre que ha hecho, que dejen de usarnos como excusa. La gente se va a quemar si tratan de invertir en Cuba, por supuesto, porque el régimen quema a todo el mundo. No van a pagar sus cuentas, porque no se las han pagado a ningún otro país. Pero estoy cansada de ser su excusa. 

Por otro lado, creo que es importante que los cubanos decidan realmente su destino. Y si los Estados Unidos están en el medio, en una guerra contra Cuba… Al pueblo cubano nunca le ha beneficiado que los Estados Unidos asuman una postura dura. Como tampoco ha sido beneficioso para el pueblo cubano que los Estados Unidos reciban a todos los cubanos que han querido irse. Entonces, saca a Estados Unidos de esa ecuación. Es lo que yo pienso. 

Creo que los cubanos somos emprendedores; siempre hemos amado los negocios, por naturaleza. Y creo que los gobiernos necesitan quitarse del medio, si no están representando el pueblo plural y diverso que somos.   

Dicho esto, no creo que sea lo mismo que cuando Obama. Creo que necesitamos procesar los visados de inmediato. Como dije: levantar todo, pero mientras quitamos las restricciones, tenemos que decir claramente que ellos violan los derechos humanos. No estamos haciendo esto para recompensarlos, sino para permitir que el pueblo cubano se ocupe de sí mismo, para que los ciudadanos americanos puedan viajar a donde quieran. El problema es que Estados Unidos siempre va a poner sus intereses en el centro, y los intereses de Cuba y Estados Unidos no siempre van a estar alineados. Y ahí es donde nosotros, como ciudadanos, tenemos que asumir la responsabilidad de la ciudadanía. 

Así que quiten todas las restricciones, pero cuando están abusando, y atacando al pueblo, hay que decirlo.

Para lo único que ha servido el embargo, es como excusa. Yo creo que a la extrema derecha de aquí le conviene el embargo para sus negocios, para el poder. Veo aquí a muchas personas de la extrema derecha que son como espejos de los funcionarios de allá: se retroalimentan. Y en el medio, el pueblo cubano. Hemos evolucionado, no solamente allá, tenemos experiencias nuevas. El embargo está solo en el papel, todos los demás países le han dado millones a Cuba, miles de millones probablemente, y Cuba siempre se roba el dinero. No permitan que Estados Unidos sea su lobo feroz, saquémonos de la situación.

A la misma vez, entiendo que otras personas no lo quieran así. 

Mi esperanza es que si los Estados Unidos se sustraen de la situación, y los cubanos tenemos que lidiar los unos con los otros, también tendremos el beneficio de decidir el país que queremos reconstruir, de asegurarnos que los intereses del pueblo cubano sean una prioridad. Podemos intentar ser de nuevo una República. Y nada de esto será posible si no hay un punto y aparte, si no hay una rendición de cuentas. 

En mi reunión con Cobas, él dijo: “Mi padre tenía varias propiedades en Guantánamo, y a mí me gustaría mucho que el gobierno de los Estados Unidos se las devolviera”. Sí, a mí también. Tu propiedad es tu propiedad, pero la mía es la mía. Esa es la cosa. Si vamos a jugar a esto, no pueden ser las víctimas. No son víctimas, se lo cogieron todo. 

Entonces, tiene que haber un proceso de verdad y reconciliación. Creo que han pasado 62 años porque no estamos listos para ese proceso. La prueba es que muchas personas que gritaron “¡Cuba sí, yanquis no!”, después se exiliaron, y aquí fueron los primeros en tirarse a la calle gritando “¡Trump! ¡Trump!”. No sé cuándo nos vamos a sacar esa idea de la cabeza: la necesidad de un hombre fuerte. Yo estaba conversando en un colegio electoral, tenía un cartel de Biden, y un señor cubano vino y me dijo: “¡Tú tienes que votar por Trump!”. “Bueno, caballero, usted vote por su candidato, yo voto por el mío, esa es la democracia”, dije. “¡Democracia nada, tienes que votar por Trump!”. Y entonces le dije: “Mis abuelos no lo perdieron todo para que yo viniera a este país a decir ‘democracia nada’. Eso es fanatismo y totalitarismo, no me interesa conversar más con usted”. 

No estamos listos para la verdad y la responsabilidad; de otra forma, la hubiéramos tenido hace años. Y creo que hay personas que se aprovechan, que cada año hacen mucho dinero con esta la situación, y son los que no quieren abrir Cuba. Todo el mundo sabe que invertir dinero en Cuba es una pérdida: no se trata de eso. Se trata de poner a las personas en una posición donde tengan que practicar la ciudadanía y la democracia. 

En ese proceso de reconciliación, ¿cuál crees que debe ser el papel de los cubanoamericanos de segunda y tercera generación como tú?

Tanta gente ha muerto, es difícil; muchas de las personas que fueron severamente agraviadas ya no están. Del mismo modo, si mañana le dan a alguien la casa que le pertenecía a mi abuelo, no es culpa de la persona que recibió la casa. Ahora, si se la dan a un gobierno o una entidad extranjera, si le dan mi casa a un canadiense, por ejemplo, yo diría: “Perdón, pero sal de aquí”. 

La pelea por las propiedades es importante, porque las propiedades crean equidad, y la equidad crea prosperidad y seguridad. Yo entiendo esa pelea, no la estoy despreciando. Pero mis abuelos perdieron su casa, murieron, no van a regresar, ninguno de sus hijos quiere esa casa (que yo sepa), porque todos tienen casas que son diez veces más grandes… 

La segunda y tercera generación tienen que construir la visión de la Cuba que quieren vivir, y creo que tiene que ser una Cuba que se responsabilice. Tiene que haber una salida de este nudo. El papel de los descendientes de las familias que se fueron, sería un tema de ayuda mutua, porque las personas que se quedaron en la isla tienen un entendimiento cultural de la historia que nosotros podemos no tener, o que la mayoría no tenemos. Y nosotros tenemos un entendimiento de la sociedad civil que ellos no tienen, porque no fueron criados de esa manera. Entonces, creo que es una situación de ayuda mutua, de entendimiento mutuo, y más importante: de respetar la voz de todos, para conformar un país del cual todos podamos ser parte. 

No trabajando desde el trauma de nuestros padres, o de nuestros abuelos, sino desde nuestra esperanza, desde el país que todos queremos ver prosperar. 

Y, de cierta manera, tú has hecho esto a través de tus obras de teatro, Rum & Coke y FAKE

He tratado. 

¿Puedes hablarme de ellas? ¿En qué se diferencian? ¿Cuál era tu objetivo?

Rum & Coke es sobre la primera vez que fui a Cuba. Creo que los primeros viajes a Cuba son muy emocionales. Era 1995, acabándose el Período Especial; todavía no había mucha apertura, no se sabía lo que estaba del otro lado, estaban saliendo las fotos por primera vez. Antes no teníamos los métodos de comunicación que tenemos ahora. Entonces no veías una foto de la Cuba contemporánea, porque nadie tenía película o cámara, y para mandar una cámara te preguntaban y revisaban todo. 

Fui en el 95 por primera vez, y sentí que pertenecía completamente, y a la vez que no. De pronto algo atrapa tu vista, y piensas que has visto eso antes, cuando no es así. A medida que pasaba la semana, me sentía más y más conectada a Cuba. Conoces a muchas personas y te cuentan sus historias, que son desgarradoras, y sientes empatía y compasión por absolutamente todo el mundo; incluso por las personas que trabajan en el sistema, porque sientes que también están atrapadas. 

Después, vas un par de veces más, y te das cuenta de que la gente te está trabajando, por desesperación o por cinismo, pero te están trabajando. Entonces se vuelve más complicado, porque tú no tienes mucho para dar. Yo era recién graduada, no tenía un quilo en el bolsillo, no lo tengo ahora. Una vez me preguntaron: “¿Por qué no dejas tu ropa?”. “¿Y qué me pongo cuando vuelva a Nueva York?”, respondí. “Cómprate más”. “No puedo”, dije. Me costaba un ojo ir a Cuba, por todas las barreras, los charters, y no me podía permitir dejar mi ropa. Y te encuentras con eso, y es muy deprimente. 

Entonces, en mi trayectoria, me volví un poquito más cínica. Pero me di cuenta que eso es lo que hace el gobierno: te rompen lentamente, hasta que deja de importarte, y ya no quieres preocuparte más. Y dices: “Pal carajo, no quiero tener nada que ver con esto”. Y cuando me di cuenta de que iba hacia ahí, intelectualmente, me dije: no, para, ellos no van a jugar a esto conmigo. Me voy a preocupar a pesar de ellos. Cuba no empezó con ellos y no acaba con ellos. Cuba existió 440 años antes de que ellos llegaran. 

Entonces, mi primera obra es acerca de ir a buscar lo que hace bello a lo bello (what makes beautiful, beautiful). Yo vi un Amelia en persona por primera vez en el MoMA, y decidí: quiero ir ahí, quiero caminar dentro de esa pintura. Voy a la casa de Amelia y lo vivo, vivo la casa. Vivo las cositas: de Amelia, de Julián, de mi tía Ninita, y mi tía Teté, las cosas de todos. Y vivo dentro de esta cápsula de tiempo que es hermosa. Y cada vez que salgo: leña. Cada vez que salgo veo el turismo sexual, y la opresión, y la vecina cuyo hijo se mató porque no tenía esperanza, y los niños jugando en la calle sin tener posibilidades en la vida. ¿Por qué esos niños no tienen zapatos? ¿No se suponía que la Revolución se ocupara de que esos niños tuvieran zapatos? Sí, el capitalismo no te da nada, pero ustedes lo prometen todo, y esos niños no tienen zapatos. Y después de esta experiencia en Cuba, me quedo con que, al final del día, la belleza sobrevive. 

FAKE parte de que estoy trabajando en una casa de subastas, y alguien trata de pasar a la venta lo que yo creo que es un Amelia falso, para establecer un récord por su obra. Mis jefes quieren venderlo de cualquier manera, porque lo compró un autenticador, y yo tengo que decidir entre mi carrera y mi legado: el legado de Amelia. Comercio versus Cultura. Ahí es donde exploro el lado más feo, más oscuro de todo esto, del sistema y de la gente que cínicamente trabaja para el gobierno y se aprovechan de la gente. 

He escuchado que ponían estudios de personas que sabían pintar, como Amelia, Ponce, Carreño, Portocarrero, Mariano[1]. Todas las falsificaciones que veo, me doy cuenta perfectamente que deben venir de ahí, porque son muy similares. Hay falsificaciones muy malas, que sabes que fue un desesperado que trató de hacer algo, y luego tienes estos que son muy buenos. Les enseñaron a hacer esa falsificación. 

Tania [Bruguera], el otro día en la charla de Harvard, dijo que el gobierno ha sido muy efectivo en virar el mundo en contra de nosotros, mientras en casi cualquier otro país, los liberales del mundo estarían incuestionablemente de nuestro lado. Estarían marchando en las calles por nosotros. Y también estoy enfrentando eso: “Ya se perdió, ¿y qué? ¿Qué te importa?”. Porque importa. Entonces, también estoy combatiendo esa apatía. No se ha acabado. 

Es interesante, porque cuando soy crítica de la extrema derecha de aquí, una de las cosas que siempre me divierten es que me dicen: “Tú, haciendo dinero del nombre de tu tía”. Lo encuentro tan absurdo, y de tan bajo nivel de intelecto, ver el problema cubano solo a través del dinero. Yo nunca voy a hacer dinero a costa de Amelia; mi familia nunca va a hacer dinero a costa de Amelia, incluso si recuperásemos las pinturas. Es absurdo. Pero hemos retrocedido tanto que hacemos eso, miembros de nuestra comunidad hacen eso. En FAKE exploro esas regresiones. 

Yo no tengo pelos en la lengua cuando se trata de la comunidad cubana, porque en nuestra historia tenemos grandes personas; personas que tenían una integridad incuestionable, un amor verdadero por el país, un sentido verdadero del sacrificio, un corazón realmente compasivo y una visión real para algo mejor, pero son los payasos los que continuamente llegan al micrófono, y eso a mí me mata, me pone mal, porque nos hacen lucir ridículos a todos. Hacen que el resto del mundo nos mire como a gente loca. Rebajan nuestra tragedia, lo que hemos sobrevivido, y arrebatan la dignidad que mis abuelos me enseñaron cuando llegaron a este país. Todo lo que sacrificaron y todo lo que sufrieron. No lo soporto. 

Siempre que puedo, desde el arte, dejar al descubierto y señalar esa hipocresía y cinismo, lo hago. En ambos lados. 

¿Cuántas obras has autenticado? 

Nosotros no autenticamos obras. La Fundación de Arte Cubano decide si se incluye o no en nuestro catálogo raisonné. Probablemente me han enseñado 100 obras de ella, de esas 100 obras yo te puedo decir que quizás 10 son auténticas. Hay tantas falsificaciones por ahí que es terrible. Para propósitos legales no podemos autenticar, yo puedo decir que creo que no es de su mano, pero no ofrecemos certificados de autenticidad. Desafortunadamente, porque yo lo haría. Tengo la relación con académicos y expertos, y lo haría sin pensarlo, porque creo que es indignante que la gente se enriquezca con su nombre. Si tú te compras un cuadro y decides venderlo, magnífico; pero si tú falsificas un cuadro y le quitas a una persona 5.000, 10.000, 30.000, 90.000 dólares, espero que ese dinero se pudra en tus manos. 

A Amelia nunca le importó el dinero, tenía cero interés. Todo el mundo quiere vender, pero ella sabía que estaba adelantada a su tiempo. Nunca se doblegó ante el mercado. 

Entonces, no ofrecemos certificados, pero la abrumadora mayoría de Amelias que yo he visto, son falsos. Hasta el punto que ha habido algunos amigos que me han pedido: “dime la verdad”. Y la verdad es que yo lo quemaría. La verdad es que yo quisiera que pusieras en el reverso de ese lienzo “Esto no es un Amelia Peláez”, con plumón permanente, para que si tú mueres mañana nadie entre en tu casa y diga: “¡ese es un Amelia!”, y lo venda creyendo eso. 

Pero, con frecuencia tengo que quedarme callada y referirlos a personas que pueden aceptarlo o no para el catálogo razonado. 

¿Y tienen un estimado de cuántas obras conforman este catálogo?

Todavía no. 

Estuve escuchando una entrevista donde dices que cuando fuiste a París, descubriste que lo que había en las obras de Amelia no era La Habana, sino París. 

100%, pero el color es Cuba. Para mí Cuba es el color y la línea. Cuando regresé de París llamé a tía Yuyú, la sobrina preferida de Amelia, y le dije: “Amelia no estaba pintando Cuba, estaba pintando París”. Y ella dijo: “Ahora tú conoces a Amelia Peláez”. El color es cubano, sin dudas, y los temas son cubanos, pero es inconfundible: las figuras… Tú ves que su obra estaba en conversación con Gustave Moreau, puedes ver la influencia. Cuando yo veía los medios puntos en Cuba, nada se me parecía a los cuadros de Amelia, las columnas sí, pero nada. Hay algunos que se parecen a los medios puntos de la casa, que eran diferentes. Cuando fui a París, vi todas esas rejas y dije: ahí está ese cuadro. 

Dicho eso, al final del día, incluso si está pintando París, no podría ser más cubana. Su trabajo se hizo en la casa. Ninita me decía que ella ponía unos marañones en la mesa y se iba a hacer otras cosas, y Amelia pasaba, y unas semanas después Amelia tenía un cuadro con los marañones. 

Creo que las personas piensan en ella como un tema colonial, creo que tienden a empujar a las mujeres a una esfera decorativa. Pero el comentario es mucho más profundo, y eso también está reflejado en sus tonalidades más oscuras. Yo tengo un amigo que dice que los artistas, los realmente grandes, siempre están en contacto con el futuro, lo sepan o no: hay algo en su trabajo que avizora lo que viene. La melancolía, la nostalgia en las obras de Amelia, conecta mucho con esa melancolía y esa nostalgia de las generaciones que se acuerdan de lo que fue perder Cuba. 

En ese sentido, estaba pintando París, porque de algún modo también perdió París. No pudo regresar, y tuvo que irse a causa de la Segunda Guerra Mundial. Si no hubiera sido por la Segunda Guerra Mundial, yo no sé cuán rápido Amelia habría regresado a Cuba. Creo que habría vivido mucho más tiempo en París. Eso se refleja en su trabajo también. 

Pero Amelia tenía una conversación internacional, como todos los grandes artistas. Amelia no te pintaba una palma, un bohío… No es que eso tenga nada de malo, es que no era lo que ella hacía. Ella pintaba a Olimpia, pintaba hermanas, mujeres, marañones, una piña… Es interesante: una vez que su obra estuvo expuesta en una sala del MoMA, junto a Matisse, Morandi, unas esculturas de Picasso, Amelia estaba en perfecta compañía. Podías ver el hilo conductor.

¿Crees que ella era feminista?

Absolutamente, creo que era feminista, creo que ella vivía su feminismo. Ella se fue a estudiar fuera en una época en que las mujeres no viajaban solas, nunca dependió de nadie más que de sí misma. Atesoraba y respetaba a las mujeres de su vida, era muy independiente, sabía lo que quería hacer y lo hizo, sin pensar “tengo que casarme y tener hijos”. Ella quería ser una artista. 

¿En qué proyectos personales estás trabajando ahora, y qué te gustaría hacer en una Cuba futura, democrática?

Ahora estoy trabajando en una obra por encargo, que se llama The Cuban Vote (El voto cubano), y es como una comedia romántica que tiene lugar en una campaña por la alcaldía. Y también estoy trabajando en el desarrollo de un show de televisión, llamado Tropical Beasts, que trata sobre la política en Miami. Estoy muy interesada en la política, no porque quiera postularme, sin porque veo los efectos que tiene en las personas, y creo que es importante que las personas se involucren. 

Estoy en un equipo de voluntarios cubanos que trabaja el tema del acercamiento con la administración Biden. Básicamente, estamos diciéndole a la administración Biden que queremos esos visados; estamos representando las necesidades de nuestra comunidad aquí en Miami, y de la comunidad cubana en Estados Unidos, llevándolas directamente a la Casa Blanca. 

Si pudiera agitar una varita mágica, lo que quisiera es que los cubanos reconstruyan el país sin la interferencia de ningún gobierno extranjero. Creo que tenemos suficiente capital en inversión para hacerlo nosotros mismos. Quisiera una campaña masiva de alfabetización basada en asuntos cívicos: enseñar a la gente cómo ser ciudadanos, cómo responsabilizar a sus representantes, lo que significa un gobierno representativo. Quisiera un gobierno parlamentario, para que todo el mundo pudiera tener voz. Y me encantaría hacer arte en Cuba, hacer cine, y teatro. Me encanta hacer cine, tengo algunos cortos…

Con respecto a la Fundación Amelia Peláez, me gustaría establecer esas becas, terminar el catálogo raisonné. Que Amelia tenga una buena exhibición en París; eso es algo que me encantaría ver. Una cubana en París, Amelia en París… Y mostrar sus influencias: Lydia Cabrera en conversación con Malevich, con Matisse, con Picasso. Mostrar el París, la Europa que nutrió a Amelia, y tener una exposición itinerante. Amelia se lo merece, porque es tremenda artista, y ya es tiempo.  

Eso es lo que quisiera para ella y para la Fundación. Establecerla de manera que, cuando yo no esté, la Fundación continúe con la promoción de artistas, poetas y profesores cubanos: que crezca a partir de ahí. 

Claramente, no soy para nada ambiciosa [se ríe], no soy para nada una soñadora… Si pudiera agitar mi varita mágica, también haría que mi perro viva para siempre.

La casa de Amelia yo la siento cercana porque, como te decía, crecí en ese barrio. Y el taller de cerámica es una Casa de Cultura, y ahí también se alquilaba el patio para hacer fiestas. 

Cuando yo iba, siempre jugaba con los niños de la cuadra, y la última vez que fui eran todos hombres y mujeres; era increíble. Siento que tuve una segunda niñez en Estrada Palma. Cuando me enviaron las fotos de la casa vacía me caí de rodillas, quedé destrozada. Era un lugar muy especial. Me hubiera gustado crecer con ella, pero es un cuento de hadas, y me alegro de haber podido vivirla por un minuto. 

Como ves, en mi casa tenemos del centenario de Amelia, un telón de fondo, cuando lo hice con Christie’s, y la pared entera está en mi comedor. Siempre le digo a la gente que este es el comedor más cubano que vas a ver en tu vida, porque tenemos en el comedor en Miami, en el exilio, el comedor de la casa en Cuba. Vivo con ese ejemplo todos los días, y significa mucho para mí. 

Y es Monumento Nacional. El gobierno tiene la responsabilidad de preservarla.  

Es lo que ellos dicen. Lo tienen: hagan algo con eso. 

Pero considerando la gente que está a cargo ahora, no veo mucho movimiento, porque si están golpeando a artistas y robando obras de arte, ¿qué esperanza puedo tener? Es suficientemente malo que sea un gobierno que no respeta los derechos humanos. Dentro de la cultura, uno siempre siente que debe haber una excepción, y el hecho de que no la haya, es un cubo de agua. No porque no hayan manipulado la cultura durante años, sino porque siempre te lo presentan como que es intocable. 

Es por esa misma razón que creo que estos artistas son los más capaces de traer el cambio. Porque ninguna dictadura, en ninguna época… No son creativos, no tienen gracia. Fidel tenía sus momentos de encanto, a mí que me caía como una patada, pero los gobiernos totalitarios no tienen sentido del humor. Tania tiene sentido del humor, Luisma tiene sentido del humor, todos estos artistas… Y al final, fue Charlie Chaplin quien le rompió el corazón a Hitler, el hombre que llevó a 10 millones de personas a la muerte; Charlie Chaplin rompió su corazón. Entonces, me encantaría ver que los artistas abrieran Cuba. Y si vamos por ahí, creo que vamos a estar bien, creo que tendremos un futuro. 

El único grupo que la Revolución no puede derrotar, son los artistas. Para mí el arte es el principio y el final de todo. Es la historia, es quienes somos. Si los artistas se ponen en línea y empiezan en verdad a sacar del fuego estas cosas… Creo que depende de nosotros hacerlo. Porque la gente de dinero siempre va a ser gente de dinero, las inversiones, todo eso es necesario y es bueno. Pero lo que hace grande a Cuba es el arte. Cuando uno piensa en Benny Moré o en Amelia, o en Mariano, o en Carmen Herrera.

Entonces nos toca a nosotros estar preparados para curar lo que va a venir después. Vamos a tener que hacer mucho trabajo pesado. 

Cuando [Eusebio] Leal empezó con sus cosas, Ninita me llevaba por La Habana y me decía: “Ese edificio nunca era amarillo, ese no era rosado, mira qué color más horrible le han puesto”. Ella estaba molesta con lo que él estaba haciendo, lo estaba haciendo todo mal. Y la gente que sabe, sabe. Cuando fuimos a la casa de Lezama Lima, había unas personas montando el museo y preguntamos si podíamos entrar, entonces Ninita entraba: “Eso no estaba en esa pared, ese mueble estaba allá, y aquí había libros”. Y empezó a decir todo, y el hombre miraba y pensaba: estamos en un lío, nos van a botar. Entonces preguntó: “Perdón, ¿usted venía a esta casa?”. Y resulta que ella tenía razón en todo, y él no lo podía creer. 

Y espero que no perdamos eso completamente. Espero que haya registros de esas cosas en algún lugar. Porque los muebles y eso, que eran más viejos que el año de la Nana, pero pertenecían a la casa, yo sé que los tienen algunos funcionarios y que se vendieron. Pero sí espero que algún día podamos recrear esa casa [de Amelia Peláez], porque era increíble. Era un templo, y lo sentías. Me sentí igual cuando fui a la casa de Frida en México, en Guayacán: se siente la energía de esa casa. 


Entrevista



Entrevista a Carmen Peláez, por Salomé García.




Nota: 
[1] En una entrevista con Nedda G. de Anhalt, Martha Frayde, presa de conciencia del régimen castrista, quien fuera representante de Cuba ante la UNESCO y coleccionista de arte cubano, denunció la existencia de “un Departamento específico para copiar las obras de pintores cubanos, principalmente: Amelia Peláez y Wifredo Lam”. El coleccionista Ramón Cernuda también ha abordado este problema como una “gran estafa”. Para un contexto más amplio, leer “Pueblo a pueblo. Las relaciones Cuba-Estados Unidos en la formación del mercado turístico del arte cubano”, por Mailyn Machado. 




Luis Manuel Otero

Seis meses, nueve días

Salomé García

¿Cuánto tiempo más pretende el gobierno cubano retener a Luis Manuel Otero Alcántara en el Hospital Calixto García? ¿Días, semanas, meses? ¿Qué le están haciendo a un hombre al que ingresaron por la fuerza supuestamente sin signos de desnutrición?





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2 Comentarios
  1. Buena entrevista, sin ambages. Falta quizas aclarar -aunque se infiere una relacion estrecha- que Julian del Casal fue tio de Amelia Pelaez. Debe haber sido una joya esa casa. Debieron preservarla, pero ya sabemos…

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