Una meretriz tailandesa

Cierta vez, mientras revisaba cómics de diversas procedencias, topé con uno (ciencia ficción más o menos clásica) donde había tres historias. Las dos primeras eran bastante predecibles. Pero la última, para mi sorpresa, desarrollaba como eje un monólogo: el de un astronauta que pierde su ruta e ignora dónde está. Sabe, sin embargo, que su cápsula viaja por una región inexplorada del cosmos, y aun así los datos que posee no le dicen absolutamente nada. Resignado, comprende que el hecho de estar al corriente de sus coordenadas no le proporciona el menor consuelo, y es entonces cuando otra cápsula (un aparato extrañísimo) se acerca y hace contacto. A bordo viene una criatura casi amorfa y cuya piel cambia de color. Tras aventurarse a recibir la extraordinaria visita de ese ser, el astronauta se da cuenta de que las mutaciones de color constituyen una avanzadísima forma de comunicación.

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Me gustaría recordar el título de ese cómic erótico. Pero no hace mucho, mientras veía un episodio perteneciente a www.mycuteskinnyasian.com, la errática cámara se detuvo un segundo encima de una mesa de noche donde reconocí la portada del cómic. Me sorprendió que una meretriz (tailandesa según los signos desperdigados por la habitación) tuviera junto a su cama algo así. Mi asombro creció cuando la joven, tan bonita como delgada (para no traicionar el nombre de la web), agarró el cómic y le dijo al señor (notoriamente occidental) que le susurraba halagos en inglés: “Te gusta lo raro y no sabes nada de lo raro”.

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Hay una zoofilia grosera, descomunalmente abusiva, que subsiste en la pornografía y que, por supuesto, tiene tantos adeptos como cualquiera de sus restantes variaciones. Esa zoofilia se filma lo mismo en una hacienda de Recife que en un apartamento de Stuttgart. Pero la otra zoofilia, la que se sumerge en la imaginación gótica, el misterio de los mundos inexplorados y el horror, quizás aluda a una expresión muy rara de la claustrofobia, como una especie de anhelo de viaje (posible o imposible) más allá del antropomorfismo.

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La meretriz tailandesa, cuyos ojos de tarsero se movían en todas direcciones, tuvo sexo con el señor occidental. El cómic pasó de la mesa de noche a una esquina de la cama, y allí quedó. Lo raro, para él, tal vez se limitaba al encuentro con aquellos ojos, y se articulaba en la delgadez de la joven (una sembradora de arroz, según los créditos). Su baja estatura redondeaba las fantasías del occidental, pero el conjunto ni siquiera se acercaba a la Gothic Lolita de Mana, en un contexto geográfico donde, en 2016, hubo numerosos avistamientos de OVNIs.

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La zoofilia que me interesa subrayar es, por ejemplo, la del filme Max, mon amour (1986), de Nagisa Oshima, donde un diplomático descubre que su esposa (Charlotte Rampling) tiene un amante: un chimpancé. Oshima desliza un rumor tragicómico con toques grotescos. Y no se trata solo de juegos sexuales (no visibles) en los cuales el bestialismo prevalece destrozando la línea de expectativas, sino de un sistema de emociones capaz de proscribir las palabras y concentrarse en un intercambio cada vez más tenso, favorecido por la tortuosa y sazonada actuación de Rampling.

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El envés de esa singular armazón podemos encontrarlo en un relato tenebroso cuyos detalles, colocados en un plano incorpóreo de la historia, rozan lo horrible: “Facts Concerning the Late Arthur Jermyn and His Family”, de H. P. Lovecraft. 

El título, algo insípido, fue modificado por Weird Tales unos años después, desatando la irritación de Lovecraft: “The White Ape”. ¿Por qué? Según Lovecraft (y tiene razón), el nuevo título diluía la sorpresa del desenlace. He aquí un bestialismo de signo distinto, ajeno a ese cansancio aristocrático de Rampling, que la mueve a buscarse un chimpancé con el cual tiene alegres encuentros sexuales todos los días, durante tres horas, en una habitación de hotel.

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¿Y dónde estaba el discernimiento de lo insólito, ostentado enigmáticamente por la meretriz tailandesa? 

¿En su presumible conocimiento de ciertas costumbres sexuales enrevesadas? 

¿En el regocijado asombro que pudo haber sentido al ver al astronauta del cómic teniendo sexo con la criatura que lo visita en su cápsula?

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Al aludir a una civilización de simios blancos, poseedores de riqueza material y conocimientos sorprendentes, quizás pueda uno decir que Lovecraft inventó la pulsión oscura (y gótica) de lo que Michel Leiris llamaría, unos años después, L’Afrique Fantomê. 

Lovecraft habla de una civilización perdida (una gran ciudad africana) que tuvo una reina con quien el antepasado de Arthur Jermyn, antropólogo como él, mantuvo relaciones íntimas. 

El físico de Arthur es rarísimo. Punto menos que repulsivo, según Lovecraft. Tiene extremidades muy largas y un cráneo abstruso. Es un hombre culto, hipersensible, sabio… y sin embargo parece un mono. Y al registrar en la historia de su familia y detectar allí zonas inexploradas y silenciosas, decide hallar a esa reina mítica. Las noticias aseguran que ella ha sido disecada y puesta en un sarcófago objeto de culto. Y, tras varias gestiones, un día recibe Arthur una enorme caja procedente del Congo. La reina está dentro. Es un ser indescriptible.

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Monos y mujeres… y tal vez monas y hombres, aunque eso resulta menos probable. Cabe deducir, por consiguiente, que los amantes de la zoofilia tropiezan con la escasez de ayuntamientos entre perras y hombres, no así entre perros y mujeres. Por suerte la inteligencia emocional de los perros (varones) no alcanza, supongo, a constituirse en algún tipo de agresión lúcida y culpable. Ahí dominan las mujeres. Ampliamente. Porque si no ocurriera así, la cuestión iría a parar al movimiento MeToo, y ya estaríamos bien arreglados.

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Los alborotos ocasionados por este género misceláneo donde el sexo da un salto mortal, unas veces son tolerables y hasta lógicos y otras no. Depende del contexto. Supongo que a la meretriz tailandesa le habría encantado remedar, sin problemas, lo que Hokusai representó (o presentó… Japón va delante de todo y de todos) en El sueño de la mujer del pescador, una xilografía de 1814: dos pulpos, uno grande y otro pequeño, erotizan a una mujer, la poseen y la llevan a un tipo de éxtasis parecido al de Santa Teresa en la estatua de Bernini.

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Hokusai es un predecesor lejano del cineasta Andrzej Żuławski, quien arma poco a poco, ante los ojos de un espectador que se hace varias preguntas, un relato de alta brujería sobre un gran tema: el doble. 

Żuławski da a conocer Possession, su polémica película, en 1981. Allí la bruja es una mujer que fabrica una copia muy mejorada de su marido. Pero antes de que la transformación se complete y tenga éxito, la criatura “cultivada” por la bruja (Isabelle Adjani) tiene sexo varias veces con ella. Es aún una entidad tentacular, astuta y llena de poder. Pronto se convertirá en un “hombre”.

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A su vez, Żuławski es el influjo directo del director mexicano Amat Escalante. Entre el homenaje y la reverencia, Escalante estrena La región salvaje en 2016. La criatura de esta película es muy parecida a la de Possession, con la sustancial diferencia de que Escalante sugiere un origen extraterrestre: células no humanas que arriban a nuestro planeta en un meteorito. El ser resultante es cuidado por una pareja de biólogos. Lo tienen en un cobertizo campestre, y hasta allí van cuatro personajes, enterados de que el sexo con la criatura es algo portentoso. De los cuatro sobrevive uno. En la secuencia más estruendosa del filme, el bestialismo desgarra todos los límites.

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Al final uno se pregunta qué pudo haber sentido el extraviado astronauta del cómic, en esos dibujos que vagamente recuerdan el trazo de Milo Manara, durante sus encuentros con la amorfa entidad que le hace compañía en su soledad cósmica.

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