Ezequiel Vieta: casi 100 años

Él quería escribir sobre la locura y la crueldad y la sobrevivencia de lo humano.

Hay un tipo de experiencia vital, de la compañía humana y del diálogo sobre la existencia, la escritura y los libros, que, al sublimarse y depurarse luego del paso del tiempo, empieza a ocupar una estancia donde ni la objetividad ni lo subjetivo importan ya. A esa estancia entro de vez en vez para conversar con Ezequiel Vieta, quien pronto cumplirá 100 años. Entro ahí de la misma manera en que lo hacíamos a inicios de los años ochenta —poco antes de que yo terminara mis estudios en la Facultad de Filología— y a lo largo de esa década hasta los primeros años noventa.

En esa estancia estoy ahora mismo, como en un ritual, y todo lo que yo escriba sobre esas conversaciones se baña en el mito y el rigor de la descripción de los hechos. La verdad tiene que ver con trazos cabales donde la memoria pervive. Pero muchas veces la memoria es la huella de las hojas en el viento, y entonces uno debe entrecerrar los ojos, o cerrarlos del todo, para que ciertos gestos reaparezcan, o brillen, reencontrados, como harían ciertos objetos en una habitación llena de polvo y sombras.

Cuando por primera vez entré en la sala-comedor de la casa de Vieta mi mirada se enredó en dos enormes libreros. Pero la figura amable del extraño escritor estaba allí, delante de mí, y me invitó a sentarme y me habló de lo que estaba haciendo. Quería terminar su novela Pailock y aún conservo la impresión de que por aquellos días escribía a gran velocidad, de acuerdo con un plan (y un plano) que se encontraba pegado a un mural. Era el tiempo en que las computadoras eran una quimera, y ni pensar en Google ni Internet y menos aún en WhatsApp o Instagram.

Por otro lado, allí no había nada del “sutil frenesí” ni de la “intuición extática”, como decía Edgar Allan Poe al desconfiar y burlarse de las Musas.

Me acuerdo del alucinante y riguroso tablero, y de que hacía mucho calor. Días después iba a recibirme Vieta a unos pasos de la bañera donde se sumergía, para refrescarse, con una tabla forrada de formica delante de él y donde había lápices, un cenicero con un montón de colillas y algunas hojas que él procuraba mantener secas.

Allí, alguna vez, hicimos ejercicios de traducción a primera vista, con un volumen de relatos de O’Henry y con un texto de Sherwood Anderson.

Allí me dijo que el problema del estilo se solucionaba si un escritor sabía no cuál era su estilo, sino el estilo posible de cada una de sus obras, de acuerdo con la índole exclusiva y única de una trama, de un personaje, de una atmósfera. Esta enseñanza me pareció tan lógica y razonable que desde entonces la asumí de modo visceral.

Evoco a Vieta leyendo en voz alta algunos fragmentos de La filosofía de la composición, de Edgar Allan Poe, marcados por él con lápiz rojo o azul. Solía usar ese lápiz bicolor, tan útil, que ahora ha sido sustituido por el marcador real de tinta traslúcida e iridiscente, y por el irreal de las pantallas.

Allí estaban los enormes libreros de donde, tiempo después, saqué la edición de Al revés, de J. K. Huysmans. Pero esa era, lástima, una edición censurada. Faltaba, me di cuenta después, el que se conoce como capítulo 6, y lo único que lamento hoy es que el ensayo que escribí sobre Al revés, publicado luego en Los dientes del dragón, tenía como referencia esa edición mutilada.

Si Vieta lo hubiera sabido —el libro se publicó en 1999, cuatro años después de su muerte—, creo que me habría dicho que no importaba, o eso anhelo creer, porque las cosas ocurren de un modo preciso para que otras lleguen, o se ausenten, y uno pueda avanzar no hacia adelante, sino hacia el interior de la conciencia creativa.

Lo que acabo de decir me pone frente a lo que Vieta consideraba su obra mayor: la construcción de su yo. No es que él fuera un hombre hiperconsciente de su importancia o algo parecido. Le concedía mucha atención a su obra, ciertamente, pero más le preocupaba (y ahí están las muy lamentables interrupciones de la escritura de Pailock) el destino y la configuración de la persona que él era o quería ser o creía ser. Esto, como es natural, no solo influía en su escritura, sino que la moldeaba de mil maneras. Y como se consideraba a sí mismo un pedagogo en el sentido cabal de ese cometido, no era extraño que el yo y la persona (o las personas) afloraran de continuo en esas conversaciones pedagógicas, por así llamarlas, que se ataviaban con té, con café y, en varias oportunidades, con aguardiente Cazalla (el suculento anisado) y, claro, con ajenjo.

¿Cómo era beber ajenjo con Vieta durante un intercambio que involucraba a William Blake, la ética del escritor, o el proyecto de escribir una historia ambientada en un manicomio, entre otros contenidos? Era como embriagarse con el alcohol y embriagarse (en la dilatación de la lucidez) con sus palabras.

¿Cómo habría sido conversar con Vieta sobre el 27N, las agresiones a artistas, los secuestros de teléfonos celulares, las denigraciones sin derecho a réplica, las reclusiones forzadas? Él quería, repito, escribir sobre la locura, la libertad, las formas de la crueldad y la sobrevivencia de lo humano.

La conversación sobre el estilo provenía de Edgar Allan Poe. Yo estaba sentado en un pequeño sillón, no podía ver bien los lomos de los libros que tenía a medio metro, y entonces el pedagogo sonrió y me dijo que girara el sillón. Me dio un poco de vergüenza, pero igual lo hice y vi que se trataba de dos libreros secretos, lleno de ediciones de Kafka y Dostoievski. No recuerdo si era allí donde también estaban las ediciones críticas de Shakespeare (de Hamlet y de Romeo y Julieta, que fueron las que pude hojear, fascinado por la densidad de las notas, más de mil en el caso de Hamlet). Solo puedo representarme allí, en ese pretérito extraordinario, leyendo los títulos que aparecían en los lomos hasta detenerme en los Diarios de Kafka y en una edición de sus cartas.

Allí, en ese pequeño cuarto (solo había un par de sillones, una cama estrecha, algunos cuadros, un brevísimo balcón y ese librero), Vieta mencionó a Odradek, el personaje-objeto de Kafka (una criatura cubista), y fue allí donde me dijo que sus maestros eran Dostoievsky, Strindberg y el autor de El castillo.

Admirador sin límites de la lucidez, la emancipación creativa y la imaginación cuando se reúnen en la juventud, ¿cómo habría sido el diálogo con él sobre lo que ocurre hoy en Cuba? Si el trasfondo hubiera sido ese presente inmediato que nos toca en suerte, ¿cómo sería ese Vieta adelantado de la posvanguardia, hacedor de un libro sin parangón sobre la identidad humana, la locura, la rebelión contra lo distinto?  

La lógica realista es, al menos en términos de poética histórica, un grupo de convenciones perversas que comulgan con esa comodidad perniciosa que podríamos denominar imagen comprensible de lo real. Vieta sabía que lo real y la realidad son gigantescos camelos, capaces de inundar el pensamiento del hombre común. Me refiero al subsuelo esencial del sujeto, en lo concerniente a Dostoievski; a la naturalidad enfermiza de la conducta en el trastorno, a juzgar por ciertas prosas de Kafka, y, en lo que toca a Strindberg, a un intercambio hipertirante del sujeto con el otro, donde la manera enmascarada de expresión es un signo también del sentido.

Muchos de los personajes de estos escritores se apropian del sarcasmo y la bufonada, que marcan profundamente ese paroxismo, esa exacerbación del odio y el amor que sienten por sí mismos, y apenas nos dejan saber, en algunos pasajes de sus obras respectivas, si bromean o los embarga una rara emoción. El concepto de intimidad queda parcialmente abolido, y todo se impregna de una sustancia indecorosa, por así nombrarla. El yo abierto, casi impíamente diseccionado, es quizás el origen de esa condición casi lenguaraz de la obra toda de Vieta, donde lo confesional se aposenta en el abismo y donde las expresiones de la libertad lo iluminan todo.

En 1886, en medio de una proyección de Los santos inocentes, Ezequiel Vieta le preguntó a Beatriz Maggi algo relacionado con un poeta inglés. Mencionó a William Blake y quería saber cuál era ese otro poeta con quien los editores de la Modern Library habían juntado a Blake. No recuerdo cómo fue la respuesta de Beatriz Maggi. A la salida del cine, ella, refiriéndose a la película, habló de la virilidad y la fiereza del gran arte. Solo sé que unos días después ambos se presentaron en mi casa, en ocasión de mi cumpleaños 26, y me hicieron un regalo: las poesías completas de John Donne y William Blake en un solo volumen, en inglés, en una prestigiosa edición marcada por el lápiz bicolor de Vieta.

Todavía hoy abro el volumen y leo algunos versos y distingo los subrayados y pienso en él, que había copiado en una tarjeta estas palabras de Blake, puestas bajo el cristal de su escritorio: “El camino del Exceso conduce al palacio de la Sabiduría”.

Su vida ya era excesiva como saber, no como erudición. Su mente, incluso, se aproximaba al vaticinio, como ocurre en Pailock, si leemos esa novela en tanto paisaje físico y mental de una época casi inmediata.

Ezequiel Vieta nació en 1922 y murió en 1995. Representó para mí, por su poderosa cercanía, la manera más radical posible de asumir la literatura y la existencia. En primer lugar, en él florecía la conciencia de que la vida propia es intransferible y no posee más oportunidades que las que llegan, se asientan (o no se asientan) y se esfuman. La irrepetibilidad de los momentos y de las personas. Los grandes trazos de la experiencia y los trazos mínimos y destellantes, pero sin jerarquías de valor, porque en lo mínimo de la vida él encontraba cosas tan importantes como en lo máximo. Y, en segundo lugar, la conciencia de que la literatura no podía ser más que un diálogo del yo con el mundo, un diálogoreparador, pero siempre desde la perspectiva de un sistema de elecciones casi inapelables.

En relación con la vida literaria y sus miserias, tendría que decir que Vieta escapaba de ellas casi como un mago. Recuerdo que, cuando Pailock iba a presentarse, a última hora renunció a asistir. Me dijo que no hacía falta, que ya el libro estaba ahí. Y me aseguró que su presencia añadía muy poco a la urgente y enérgica realidad de su novela.

Un escritor no suele hacer eso. Son muy pocos, o poquísimos, los que renuncian a la justificable vanidad de aparecer, figurar, dar la cara y entenderse con el público, firmar ejemplares, sonreír, agradecer, y, al final, como un actor, salir del lugar donde ocurre esa representación.

Lo digo otra vez: son muy pocos. Y él lo hizo. ¿Quién lo hace hoy, ahora? Creo que nadie. Y más en un escenario que se define por la enfermedad, la manipulación política, la no-presencia, la vaciedad, la tristeza de acabar de saber que es Mr. Hyde y no el doctor Jeckyll quien nos ha interpelado siempre, sin revelarse en toda su magnitud como lo ha hecho en los días que corren.

¿Un escritor es o debería ser una persona con ciertos pudores, y la literatura una actividad llena de discreción, incluso a pesar de ese entregarse-potencialmente-a-todos que radica en los actos de publicar y ser leído?

Si algo aprendí con Vieta fue que la decencia y la sinceridad del escritor son atributos no canjeables, invendibles, si realmente han sido sólidos desde el principio. Y también aprendí que mantener esos atributos tiene un precio, y que ese precio se relaciona (aunque parezca irreal o extremado) con el concepto que uno tiene de la literatura.

Su lección básica es que un escritor lo es gracias a la compleja articulación que se produce entre su existencia y sus textos, sobre todo después que conoce que ninguna otra ocupación excepto esa —escribir bajo la inevitable pulsión de una verdad, de un sentimiento, una imagen, una duda tenaz— tiene tanta importancia en su vida. Y aunque lo que se origina allí nos confina a una sola pasión forzosa, resulta excepcional y sorprendente que las demás pasiones de repente se metamorfoseen para permanecer dentro y, a la vez, fuera de la literatura, mas no para desaparecer, gracias a ese ardor, expatriadas hacia un territorio lejano y al que nos resultaría difícil acudir.

¿Cuánto de él hay en mí ahora? No lo sé. Me ha dado por imaginarlo, ya lo dije, dialogando conmigo sobre el 27N, el arte de ahora mismo en Cuba, la represión, la infamación, el demérito a toda costa. Esto que he contado, y otras cuestiones que guardo, forman parte de mi trato con él, que no ha cesado porque él fue mi maestro, realmente el único que tuve. Después que murió escribí varios ensayos más sobre su obra. Pero puedo asegurar que el misterio permanece intacto y me acompaña, aleccionador, como un desafío o una advertencia.


Imagen de portada: Ezequiel Vieta con Ambrosio Fornet y César López, durante una verbena en Madrid, 1959.




Alberto Garrandés

Mejor no es callarse

Alberto Garrandés

No se defiende una idea, ni una Revolución que presume de su vigor y su estabilidad, con acososinsultos, agentes que hostigan a mujeres, prisiones domiciliarias forzadas, calumnias. Ojalá las palabras se abran paso sin carros de la policía, ni detenciones, ni secuestros de teléfonos móviles, ni amenazas, ni violencia física.





1 Comentario
  1. Dentro de Cuba siempre habrá varios Alberto Garrandés, capaces de suscitar reflexiones como las de este profundo homenaje al atormentado Ezequiel Vieta, lúcido hasta las pesadillas del silencio. He releído este ensayo con la admiración hacia la fidelidad del discípulo, que no excluye, desde luego, la existencia de otras “poéticas”, diferentes a las de Vieta y tan eficaces como la de él. Filosofías no agónicas sino epicureístas, lúdicas, bajo la ironía que Vieta no supo o no quiso alcanzar.

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