Seguridad del albergue

En los años 70 comenzaron a construirse en todo el país los inmuebles que conocen algunos cubanos como Becas. Estos edificios, generalmente con planta arquitectónica en forma de H, contaban con aulas, un comedor, cátedras para los profesores, albergues para los alumnos y más espacios destinados a que los estudiantes —de secundaria o preuniversitario— recibieran las clases, realizaran trabajos —muchas veces agrícolas— y durmieran en un mismo lugar. 


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La palabra “beca” no era más que el eufemismo con que se nombraban estos centros de internamiento educativo.   

La idea de diseminarlos por toda la Isla fue un modo de normalizar la trinidad de “estudio, trabajo, fusil”, que se popularizó a través del himno compuesto para la campaña de alfabetización de 1961. La implementación de este dogma fue un modo de intentar ese “Hombre Nuevo” al que aspiraba el socialismo cubano. Esta forma de cultivo del revolucionario ideal consistía en garantizar que la educación regular, la educación laboral y el adoctrinamiento ideológico sucedieran en el mismo espacio, sin que las personas en formación tuvieran que salir en ningún momento de la escuela. 



La vida docente y la vida cotidiana eran introducidas en un tubo de ensayo que luego se agitaba. Quienes pasamos este experimento lo sentimos de diversas maneras, seguramente; pero lo que sí está fuera de duda es que la casa y la escuela se hicieron una, para todos, sin elección. Al menos a mí, me instaló una imagen que me sirvió para entender la Cuba que he vivido.

Las Becas fueron como una maqueta de lo que es la sociedad cubana post-59. Todas las tipologías de la vida cotidiana estaban representadas en ese microambiente, desde la gente común hasta los que sostienen el poder real, los que sostienen el poder aparente, los policías (políticos o no) y la gente común con actitud policial. 



Los estudiantes eran el CDR. Algunos delataban a otros si incumplían el reglamento escolar. A veces los amonestados recibían castigos ejemplarizantes, que iban desde la expulsión del centro de estudio hasta el bochorno público, en el matutino, el dormitorio o ante el claustro de profesores en los consejos disciplinarios. 

Algunos delatores compraban ventajas de supervivencia con sus delaciones; otros se volvían centinelas y compraban el derecho a incumplir las normas a cambio de contribuir a mantener el control disciplinario de modos más o menos convencionales. La FEEM jugaba un papel fundamental y moralista en esto, formando parte, más o menos también, de las corrupciones y del trabajo político-ideológico, siempre en nombre del control.



Los jefes de albergue eran como los agentes encubiertos o visibles de la Seguridad del Estado y la policía. La Dirección de la escuela les permitía hacer lo que consideraran conveniente para mantener el orden y la disciplina fuera del espacio docente. Igual que como sucede con la policía y la SE en la vida real, las confrontaciones entre esos jefes y la gente común eran particularmente violentas, tanto en el plano físico como en el simbólico. Se trataba de una lógica tribal de cacicazgo fundamentalista a una escala pequeña, entre cuatro paredes, muchas literas, pésimo sistema hidráulico y constante olor a mierda en el servicio sanitario.



El subdirector de Internado —el “Vida Interna”, como se le conocía— era como el ministro del Interior. Un profesor que tenía la tarea extradocente de controlar a los que controlaban la vida en los albergues, fuera del horario de estudio. Era un hombre que hacía su trabajo de modo oscuro, que aparentaba una cosa en sus “discursos” ante los albergados y que pactaba, tras bambalinas, cuestiones de otro tipo con los jefes de albergue: sus subordinados. 

Era la persona que se encargaba de que “no se saliera de control” la manera no convencional en que se ejercía el control real. La apariencia era una y la realidad era otra. A medida que se ascendía en la pirámide directiva, esta realidad era más nítida.


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El subdirector de Producción —el “Productivo”— era como el ministro de Agricultura, de Industria, de Economía o de Comercio. Era el hombre que se debía encargar de la productividad de los estudiantes sin que se viera “afectada” la actividad docente. Tenía esa responsabilidad pero, igual que como pasa en la vida real cubana, la productividad era inexistente. En ese caso, el subdirector de Producción tenía la tarea de aparentar que existía una productividad: los muchachos iban al campo, pero no eran productivos; realizaban labores de limpieza en la escuela, pero no eran productivos; eran involucrados en cualquier dinámica extradocente, pero no eran productivos. 

El Productivo tenía bajo su sombrilla al administrador, al almacenero, al cocinero y a las irregularidades de sus responsabilidades, pero su función real tenía que ver —al igual que en el caso de los titulares del Consejo de Ministros— con la simulación y no con la producción.



El subdirector Docente era como el presidente de la República. Era la persona que tenía aparentemente la última palabra en la confección del horario de clases, en el modo en que los profesores realizaban su trabajo. Era, en definitiva, el responsable máximo del estudio y el fusil. Del estudio, porque la formación académica siempre ha sido considerada esencial y peligrosa desde todo punto de vista —jamás será dejada de la mano por el poder—. Y del fusil, porque la metáfora bélica del rifle pretende ilustrar la “disposición combativa” y doctrinaria que inducen en los ciudadanos, que se intenta desde la niñez o la juventud. 

El subdirector Docente era el hombre que aparentaba autoridad parado sobre el proscenio junto a quienes proyectaban más autoridad aún.


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 La Dirección de la escuela era como el poder real de la nación. Se encontraba por encima de lo puramente administrativo y a la vez lo constituía. 

La Dirección era el discurso de cierre, aglutinante, la ideología materializada en una persona y su expresión en cada matutino, en cada vespertino o acto de fecha conmemorativa. Tenía la doble condición de parecer ser el poder real y a la vez no. En algún punto, daba la sensación de que había alguien más al mando detrás de ella. La Dirección no era solamente el director; la Dirección era también el metodólogo, el Ministerio, sus dictados y tal vez algo más. La Dirección de la escuela era, en última instancia, la nata nublada que no dejaba ver la cúspide de la pirámide al alzar la vista hacia el cielo.


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La Beca era una metáfora absoluta del organigrama de seguridad con que el Estado cubano ejerce el control sobre el ciudadano. La seguridad en el albergue de la escuela —como lo fue en el barracón del siglo xix— garantizaba el dominio de la situación desde la base.


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Controlar, implementando el acoso y la extorsión, los aspectos más simples de la vida cotidiana (el sueño, el aseo, la alimentación), hace que las energías más valiosas se empleen en la supervivencia y se agoten ahí, anulando casi por completo la posibilidad de que un pensamiento más político acontezca. Seguridad como sinónimo de control. No se trata de asegurar a nadie ni nada, se trata de garantizar lo homogéneo, aunque sea por medio del terror.   


Galería


Seguridad del albergue – Galería.




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El Hombre Nuevo de malvavisco

Julio Llópiz-Casal

Raúl Martínez cayó en desgracia a inicios de los años 70, como muchos de sus colegas: por librepensador, por intelectual y por maricón.





                                

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