‘Miss Violence’: sonrisas de una insólita normalidad

Miss Violence (Alexandros Avranas, 2013) es parte del cataclismo que estremece al cine griego desde hace una década.

Como ocurriría con cualquier pueblo que perdiese la mitad de su PIB en tan solo 10 años, la ingenuidad difícilmente está a la orden del día entre los helenos. Lejos ya de la campechanía y afabilidad folclórica de Zorba el griego, la seña de identidad del cine en Grecia ha mutado.

Recordándonos un poco a latitudes más escandinavas, la sordidez y la incomodidad se han adentrado en todas las historias que tiene para contarnos. Otros directores como Athina Rachel Tsangari (Attenberg, 2010), o el pujante Yorgos Lanthimos (Canino, 2009), confirman este punto de vista.

¿Pero qué es aquello que hace a Miss Violence tan interesante?


[ A partir de ahora este artículo puede contener spoilers ]

Miss Violence, Edgar Pozo

La película comienza mostrándonos una numerosa familia aparentemente perfecta que celebra con el undécimo cumpleaños de una de sus miembros. Vemos un matrimonio mayor, un niño, una niña, dos chicas adolescentes y una mujer adulta que afirma estar embarazada. En medio del festejo, la cumpleañera se lanza por un balcón con una sonrisa en los labios.

Tras este hecho, el espectador irá descubriendo lo poco grato del entorno familiar. El padre de familia, esposo, padre y abuelo a la vez, maneja todo con mano de hierro: exige una milimétrica obediencia de sus órdenes y una lealtad inquebrantable. Los sentimientos y emociones están rigurosamente calculados con la intención de dar la imagen de familia ideal.

Acosados por la situación económica, pronto se descubrirá el precio a pagar por el statu quo. No deseoso de trabajar en algo que le aleje del poder de su casa, el patriarca de familia maneja una red de prostitución con sus propias hijas. Tras finalmente cruzar la línea de prostituir a la niña más pequeña de la familia, el páter es brutalmente asesinado por su esposa. Esta también sonríe. ¡Pero su sonrisa es la misma que la de su nieta al suicidarse!

Este último elemento parece desconcertante. No tiene sentido. ¿Por qué iba a ser la sonrisa de dolor del principio la misma que la sonrisa de liberación del final? Pero es solo a través de este desconcierto que podemos empezar nuestra trina odisea.

Tras la crisis de 2008, la clase media mediterránea comenzó a resquebrajarse a una rampante velocidad. El caso griego fue el más extremo. La causa de este cuestionable páter familias no es sin embargo más que esta: el mantenimiento de la normalidad.

Despojado de sus riquezas, el pueblo heleno fue también despojado de su inocencia. La cinta nos muestra que esa clase media “normal” nunca existió. 


Miss Violence, Edgar Pozo

La pregunta aquí es doble en un sentido muy hermoso. Si fallamos a contestar “¿Por qué es así el estado de las cosas?”, tal vez podemos probar a responder “¿Quién se beneficia?”. Nos estamos preguntando sobre la legitimación, querido lector.

Es claro que una mesa llena de comida en el desayuno, o poder disfrutar viendo la tele después de cenar, son elementos que legitiman muchos regímenes de poder. La apariencia de bienestar frente a los amigos es otro, especialmente en una sociedad individualizada que cierra la puerta de la calle con llave. 

Lo interesante aquí es: si al menos la mitad de la familia está siendo forzosamente prostituida para mantener lo que hay, ¿cómo se mantiene esa falsa normalidad? La legitimación cae en aquellos pobres elementos que desconocen todo: el niño y la niña. Es en torno a ellos que gira toda la película. Es su bienestar el que impide que los personajes se maten entre ellos.

Pero es tras prostituir a su nieta más pequeña que el abusador comete el error que lo destronará. Con ese acto, posiciona el balance de poder de una manera claramente patriarcal en una familia mayoritariamente femenina. Como una metrópoli que delega el poder de sus colonias en un ejército de negros y a la vez que es abiertamente racista. Como un dictador militar que sube los impuestos a su casta dirigente para enriquecerse de manera personal. 

Con una malévola sonrisa, la abuela toma las riendas y, como hiciera su marido, cierra la puerta de la calle con llave.


Miss Violence, Edgar Pozo

El previo reinado autoritario ha conseguido unos personajes emocionalmente discordantes, que no sienten nada. Sonríen, pero no de alegría. El dibujo en sus labios, más que una sonrisa, parece un gesto de aflicción dado vuelta. La maldad solo engendra maldad. 

Tráiler





* Edgar Pozo es autor del blog Homo Movens.


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