José Franco: “Ya veremos qué queda del arte cubano contemporáneo”

José Franco Codinach nació en La Habana en 1958, estudió en la Escuela Nacional de Arte y en el Instituto Superior de Arte de La Habana, donde se graduó de Artes Plásticas y donde ejerció como profesor durante muchos años. Dejó Cuba en 1992 para residir temporalmente en Nueva York, cuando recibió la beca Guggenheim, y en 1993 se instaló definitivamente en Buenos Aires. 

José Franco es una figura mayor del arte cubano desde los años ochenta. Su práctica artística es prolífica, y difícilmente clasificable. Como suele ocurrir en lo que se ha dado en llamar posmodernidad, su obra se inscribe en una renovación constante y no se limita a un medio único o particular, sino que los abarca o explora casi todos: la pintura, el dibujo, la escultura, el objeto, la instalación, la escenografía teatral, etc. Es un artista independiente respecto a las posiciones doctrinarias del mundo del arte, un “Franco-tirador” que manifiesta una apertura plástica que conduce a una circulación renovada de la mirada.

Su iconografía emblemática parte del enlazamiento e imbricación de imágenes y texturas en las que se funden el reino mineral, vegetal, animal y humano, para explorar las zonas fronterizas entre la naturaleza y el espíritu, la vida y la tecnología, lo real y lo surreal, lo primitivo y lo moderno. Las obras de Franco son combinaciones zoomorfas, fitomorfas, antropomorfas, que se unen por gradaciones sucesivas, tendiendo siempre a elevarse de lo simple a lo compuesto, de los seres inorgánicos e insensibles a los seres sensibles, y de estos a los animales, obra suprema de la creación.

José Franco pinta la piel del mundo. No establece una escala jerárquica entre las criaturas; estas se unen entre sí por múltiples equilibrios y forman una cadena, ya que cada una se halla esencialmente combinada con el todo. Así, sirviendo cada parte de la naturaleza a la perfección del conjunto, sea en el gran cosmos que es la universalidad del mundo, sea en el microcosmos que es el ser viviente, cada elemento creado por Pepe Franco es un sistema de fuerzas coordinadas al equilibrio de nuestro sistema y al presentimiento de la armonía y del orden del universo. 

José Franco se esfuerza en encontrar el polo inmutable en la eterna fluctuación de las cosas creadas.

Empecemos por un autorretrato: háblame de tu infancia en Cuba, de tu familia…

Provengo de una familia de clase media trabajadora; mi padre y mi madre eran lo que se dice oficinistas: mi padre contador y mi madre secretaria. 

La mayoría de los miembros de mi familia no tenía ninguna relación con el arte, excepto mi padre, que era lo que podríamos llamar un autodidacta. Pudo viajar muy joven a Nueva York y ver los museos; además leía mucho, y supo inculcarme el amor a la lectura. 

Mi infancia fue como la de cualquier niño de esa época. Vivía cerca del mar, así que todo era calle, mar y libertad el día entero. También me gustaba mucho el dibujo y trabajar con plastilina.

Cuando tenía diez años mis padres fueron condenados a tres años de prisión por un delito político que no cometieron, y eso cambió drásticamente mi infancia. Me mudé de barrio y me fui a vivir con mis tías. Cambié de escuela y empecé a pasar mucho tiempo solo y con menos libertad. 

Ahora, con la distancia, creo que esto despertó en mí mucha creatividad. Dibujaba mucho, realizaba marionetas y objetos con cualquier material que encontraba: cartones, alambres, etc. Aún hoy conservo algunos de esos dibujos. 

También pienso que, como leía mucho, eso me ayudó en aquella época y marcó de alguna manera la forma en que utilizo los materiales con los que trabajo.

¿Cuál fue tu primera emoción estética? ¿Cuándo se convirtió el arte en el centro de tu vida?

Siempre me gustó dibujar; de niño pasaba horas copiando los muñequitos de la televisión, para después dibujárselos de memoria a mis amigos.

El hijo de Eduardo Abela (gran artista cubano) y su esposa eran muy amigos de mis padres; él siempre me incentivó a dibujar. Pero realmente fue mi visita al Salón de Mayo de La Habana la que me disparó la emoción por el arte. 

En ese momento La Habana era increíble; por primera vez en Cuba había artistas de todos los lugares del mundo, y muchas exposiciones. En 1967 hicieron el mural colectivo que se transmitió en directo por la televisión. 

También recuerdo perfectamente cuando vi el cuadro de René Magritte que era una bola en el aire con una cara separada del cuerpo; me llamó muchísimo la atención. Creo que en ese momento tomé conciencia de lo que era el arte, y también de que el arte podía decir otras cosas, que no fueran solo la copia de la realidad.

¿Qué formación tuviste? ¿Cómo valoras la enseñanza que recibiste? 

En algún sentido, mi enseñanza fue interesante. La comencé desde muy niño, cuando ingresé a estudiar en una escuela vocacional por la noche, que después se convirtió en la Escuela Elemental de Arte de 23 y C, donde se daban clases para adolescentes o gente mayor; es decir, para mucha gente con distintos intereses y distintas edades. 

En esa época yo vivía en el Vedado, cerca de la escuela y de todas las galerías de arte, por lo cual me hacía un circuito de visitas. Recuerdo una en especial, dentro del edifico del Habana Libre, que era muy pequeña pero buena. En la Casa de la Cultura Checa o en la Casa de las Américas también había muestras que yo solía ir a ver. Muchas de esas experiencias me llevaron a decidir estudiar arte.

Entré en la Academia de Arte San Alejandro, donde estudié pintura y grabado, pero me interesaba mucho la escultura. Continué mis estudios en el Instituto Superior de Arte (ISA), donde comenzamos con programas soviéticos. Un tiempo después se llevó a cabo una reestructuración, grandes cambios de los contenidos, y se lograron actualizar, desde una nueva mirada, los programas de enseñanza de arte contemporáneo. 

Gracias a la incorporación de artistas como docentes (Flavio Garciandía, José Bedia o Consuelo Castañeda, entre otros) y al ingreso de nuevas generaciones de artistas, el ISA se convirtió en un lugar donde te graduabas con una tesis que era una obra o un proyecto artístico que debía estar bastante encaminado. Se empezó a trabajar a partir de los cuestionamientos sobre las ideas, el material y el porqué de la obra. Muchos de los alumnos que desarrollaron luego una carrera internacional, partieron de esas ideas desarrolladas en el ISA.

¿De qué manera has evolucionado como artista? 

No sé si el arte es algo que evolucione realmente. Creo que uno tiene una serie de ideas que forman su cuerpo de obra, pero la base siempre es la misma. Al igual que se dice que un escritor escribe siempre el mismo libro, creo que los artistas visuales mantienen la misma idea o concepto, aunque cambien de soporte, de material, de forma o de estilo. 

Las obras tienen múltiples lecturas que escapan a lo que uno hace. No me gusta la obra que necesita un texto o un especialista para que la explique. Trabajo con una idea y trato de transmitirla, pero muchas veces el espectador o el crítico la ven de una manera distinta a la mía. Me sorprendo mucho cuando veo las lecturas o asociaciones que hacen de mi trabajo y que yo no había tenido en cuenta al realizarlo. No me molestan esas lecturas, más bien me llaman la atención esas distintas miradas, que muchas veces son muy interesantes.

¿Qué artistas te han influenciado y a cuáles sigues admirando? 

Uno de los movimientos que más me influenciaron, y creo que también a muchos de mi generación, fue el Pop Art. El surrealismo me marcó mucho también, en particular René Magritte, que es casi un artista conceptual. 

Artistas como Jasper Johns, Robert Rauschenberg, Frank Stella, Roberto Matta y Joseph Beuys, me mostraron cómo se podía trabajar materiales con apropiaciones diferentes o utilizar objetos cotidianos, hacer instalaciones, etcétera, para expresar un concepto. 

Esta influencia es la que me llevó a trabajar con apropiaciones, como las que realicé con la obra de Rousseau, de Lam y de varios más; siempre buscando artistas que, como yo, trabajaran el tema de la naturaleza y su relación con el arte en épocas, momentos y contextos diferentes. 

A pesar de ser artistas tan distintos, admiro sus obras y sigo mirándolos y revisándolos constantemente. 

Desde la distancia, ¿cómo juzgas a tu generación, la de los años ochenta? 

En realidad, creo que en la generación de los ochenta hay dos etapas o dos grandes grupos: la primera comienza con el grupo que participó en la exposición Volumen I y con los primeros graduados del ISA, entre los que me encuentro. Este primer grupo cambió la forma de ver el arte cubano, modificó la forma de la enseñanza y la comprensión del arte contemporáneo. 

Fuimos una generación muy creativa, pero demasiado aislada del panorama mundial del sistema de mercado, de las galerías y de los museos. No era fácil viajar ni conseguir materiales e información. Nuestra contribución fue más hacia adentro. Nuestras obras y nuestra forma de ver el arte contemporáneo, nuestro interés por insertarnos en lo que pasaba en el mundo y romper con lo más tradicional del arte cubano, nuestra voluntad de hacer en Cuba un arte más universal que rompiera con las estéticas y obras de la época, fueron nuestros principales aportes a las siguientes generaciones de artistas cubanos.

El segundo grupo de artistas, de fines de los años ochenta, fueron nuestros alumnos. Este grupo estuvo más ligado a nuevos lenguajes (nuevos al menos en Cuba, en ese momento) como el grafiti, la performance y acciones callejeras. Se formaron colectivos de artistas como Puré, Arte Calle y muchos más. Trabajaban sus obras haciendo énfasis en lo contestatario y lo político. A menudo fueron víctimas de censura o restricciones de todo tipo, razón por la cual los críticos de arte hablan más de esa época. Esto ha llevado muchas veces a confundir lo que se llama, de manera general, la generación de los ochenta. 

¿Cómo valoras el arte cubano contemporáneo?

El arte cubano contemporáneo es quizás el resultado de todos estos cambios en la educación artística. Cuba empezó a situarse también en el punto de mira de los galeristas, las subastas y el mercado del arte internacional, y el arte cubano se puso de moda, como en otro momento el arte chino o el ruso

A fines de los noventa, los artistas tuvieron la posibilidad de viajar con mayor facilidad, moverse con la libertad que nosotros no habíamos tenido, y hasta vivir en el extranjero durante cierto tiempo. Pudieron vender su obra fuera de la isla y vivir dentro, lo que les permitió mostrar buenas obras y también un trabajo mucho más comercial, o sea, lo que buscaba el mercado del arte en el arte cubano. 

Ya veremos qué queda verdaderamente del arte cubano contemporáneo. 

¿Conoces la influencia que has tenido en otros artistas cubanos?

Me veo como un bicho raro en el panorama del arte cubano. Mi trabajo versa más sobre problemas universales. No sé si mi trabajo pudo influir a otros artistas. Puede ser que en mi etapa como profesor yo haya influido en las ideas de los alumnos.

¿Qué relación mantienes con los artistas cubanos? ¿Y con los otros? 

Tengo mucha relación con los artistas cubanos, muchos son amigos míos; trato de estar al tanto de lo que están haciendo, donde quiera que estén. También tengo relaciones con artistas de países como Brasil, Argentina, Estados Unidos, Uruguay, Colombia.

Háblame de tu proceso de creación.

Mi proceso de creación es extraño; lo desencadena la necesidad de decir algo, y eso comenzó con mi tesis del ISA, titulada Abstracción y realidad. Mi idea era que lo microscópico y lo macrocósmico constituían abstracciones, y partían de elementos naturales y reales para esta operación. De ahí surgió la idea de un pop de la naturaleza; o sea, utilizar fragmentos de elementos naturales de manera ampliada hasta convertirlos en algo abstracto, ver la belleza natural que la vida cotidiana no te deja ver.

Luego pasé a utilizar elementos de la naturaleza y del entorno humano de manera simbólica, como contraposiciones. Por ejemplo: la ecología y la tecnología, el blanco y el negro, lo positivo y lo negativo, la cebra y el leopardo, el poder y la sumisión, el carnívoro y el herbívoro, el yin y el yang.

Me interesa mucho la relación entre lo real y lo virtual, o sea, elementos que parecen salir del cuadro y elementos que verdaderamente salen del cuadro. A veces voy de una forma a otra, hago un dibujo y lo llevo a un objeto o viceversa: parto de un objeto para hacer un dibujo. Siempre me ha interesado romper la estructura del cuadro tradicional, convertirlo en objeto, agregar elementos como colas, plumas, teléfonos, sillas, zapatos, etcétera.

Durante mucho tiempo mi trabajo fue muy reflexivo, pensaba mucho el trabajo. En esa época trabajaba mucho con aerógrafo, por lo cual tenía que tener muy claro el resultado. Luego de estar dos años en Francia y ver mucha pintura, sobre todo del Renacimiento, dejé el aerógrafo y retomé el pincel. 

Antes disfrutaba más el acto de pensar; ahora estoy disfrutando el acto físico de pintar, que es casi una experiencia zen.

Otros disparadores míos son los objetos; casi siempre los encuentro en la calle: sillas, teléfonos, zapatos, planchas, etcétera. Ellos me sugieren las ideas y las relaciones. Por último, me gusta partir de manchas, y que las mismas me sugieran qué hacer.

¿Creas todos los días? ¿En qué momento? 

No trabajo todos los días. En cambio, creo que uno siempre está trabajando en su cabeza. Trabajo cuando quiero desarrollar una idea, y entonces sí: lo hago todos los días. Me gusta más trabajar por la mañana, es cuando más claro estoy.

¿Qué importancia le das al dibujo en tu obra?

El dibujo es muy importante para mí, es como la escritura de las ideas. Hago un garabato y eso me da la idea de todo el trabajo.

¿Cuándo sabes que una obra está terminada?

Una obra está terminada cuando creo que he logrado transmitir mi idea. A veces implica mucho trabajo físico, otras veces sale muy fácil.

¿Qué particularidad tiene la pintura o el dibujo para que continuamente se anuncie su muerte y su resurrección?

La pintura y el dibujo son medios, herramientas, como las instalaciones, la fotografía, lo digital: sirven para expresar algo. Se dijo que la fotografía mataba la pintura, que el cine mataba al teatro, que la televisión mataba al cine, el video, etcétera. Sin embargo, si vas a una Bienal o Feria de Arte, verás todo tipo de soportes o ideas desarrolladas de mil maneras. El arte siempre va a servir para una idea, y cada uno va a escoger el medio que le parezca más convincente para representarla.

¿Creas sin pensar en un público, sean amigos, coleccionistas, galeristas…?

Uno crea pensando primero en la idea, y cómo realizarla y estar conforme con el resultado. En mi caso, pienso en un público hipotético a quien le pudiera gustar mi trabajo, sobre todo en amigos, pero no en los demás. 

¿Qué relación mantienes con las otras artes? Supongo que tu biblioteca puede decir mucho de tu obra. ¿Qué libros predominan en ella? ¿Cuál es la importancia de las otras artes en tu vida y en tu trabajo?

Mi relación con las otras artes es importante, sobre todo con la música y la literatura.

Por suerte, tengo una biblioteca muy extensa de libros físicos (cosa que va desapareciendo por el avance de lo digital); abarca desde la literatura (principalmente novelas) y el arte, hasta manuales de la naturaleza. 

Yo no puedo pintar sin música; tengo discos de vinilo, casetes y reproductor digital. Las letras (tanto de las canciones como de la literatura) a menudo me dan ideas: Borges, Pink Floyd… También toco la armónica, como violín de Ingres, y eso me ayuda a pensar y a relajar.

He tenido la posibilidad de trabajar realizando escenografías para teatro y danza, pero, por suerte, partiendo siempre de mi obra.

¿Qué opinión te merece el mercado del arte y el lugar que ocupa el dinero hoy día en este mundo?

Creo que el mercado del arte, o sea, el dinero, lo marca casi todo: no solo la creación, sino también el dilema de lo que es el arte

Por suerte, nuestra generación sobrevivió bastante sin estar conectada con el mercado del arte (trabajábamos por amor al arte, como se dice). En mi caso, siempre he trabajado en el terreno pedagógico, lo que te da cierta libertad de poder realizar la obra que quieres, y si se mueve en el mercado mejor, pero no te marca un camino.

¿Qué relación tienes con los galeristas?

Creo que la que tenemos todos los artistas: si te venden y promueven tu trabajo, estás contento y está todo bien; de lo contrario, no, jajaja…

¿Qué papel le concedes al arte en nuestra sociedad actual?

Creo que en esta época de pandemia el arte ha demostrado su verdadero valor. Todas las artes han ayudado a las personas que se encontraban en confinamiento. Internet ha permitido que se puedan ver películas, oír música, leer libros, visitar museos, y también que el arte juegue un papel educador. 

Hay miles de clases de arte, de pintura, de dibujo, de música, que han logrado que mucha gente no enloquezca. Hay mucha gente que antes no se acercaba a un museo y que ahora lo está haciendo virtualmente.

Creo que el arte tiene muchas funciones, y esto se percibe cuando entra en nuestras vidas desde muchos y distintos lugares y connotaciones. Afecta los sentimientos, los sentidos, la educación, lo político… El arte es un reparador.

¿Cómo valoras tu experiencia pedagógica? ¿Qué impacto ha tenido en tu obra?

Fui profesor varios años, primero en la Escuela Elemental y después en el ISA. Creo que algo de lo que discutía y pensaba con mis alumnos quedó por algún lado. 

Tuve de alumnos a Reynerio Tamayo, Carlos Estévez, Luis GómezTania BrugueraAldito Menéndez, Nilo Castillo, Rafael López Ramos y muchos otros. 

Pienso que más que influenciar o enseñar con la obra, los profesores ayudamos a los alumnos a pensar y a buscar su propio camino, y ellos también nos cuestionan y nos hacen pensar. En eso, creo, residió la importancia del ISA.

¿Cuándo y por qué decidiste exiliarte?

Exiliar y emigrar son dos palabras complicadas cuando se habla de Cuba; están ligadas a lo político y lo económico, respectivamente. 

En los años ochenta, los artistas solo viajaban con algún permiso especial, representando a Cuba en alguna Bienal o evento sin carácter comercial. Era inconcebible viajar como se hizo después, y mucho menos vivir o trabajar en otro país. Tampoco se podía pensar en trabajar con alguna galería o museo que no fuera estatal. Eran necesarios un sinfín de permisos para salir y entrar de Cuba; por tanto, casi toda la generación de los ochenta, poco a poco y con diferentes motivos (políticos, económicos o familiares), fue mudándose a otros países como México, Estados Unidos, España y, en mi caso, Argentina. 

¿Qué queda de Cuba en tu vida y en tu arte?

Sin temor a equivocarme, creo que soy más cubano que nunca; he leído más literatura cubana y escuchado más música cubana que toda la que leí y escuché cuando vivía allá. Mi trabajo está conectado con el que realizaba en Cuba y, de hecho, escribí un texto que se llama “Un hombre es una isla”, del cual te dejo un pedazo, para terminar:

Un hombre es una isla cuando rememora, cuando escucha música, lee libros, 
Y tiene la nostalgia de las cosas que dejó.
Un hombre es una isla cuando escribe, pinta, compone o piensa en su lengua,
En un lugar otro, como si fuera su isla. 
Por eso un hombre es una isla.
Siempre digo que mi isla soy yo, dondequiera que me detenga,
En el país que sea.
Los dos metros cuadrados donde estoy parado son mi isla, son mi yo y serán siempre Cuba.
Un hombre es una isla, aun cuando tienda puentes, líneas aéreas y WhatsApps, Twitters o llamadas telefónicas, aun cuando esté con toda la humanidad y nos ayudemos unos a otros. Un hombre es una isla.
En la Edad Media, los castigos más grandes que existían eran la pena de muerte…
O el destierro. Un hombre fuera de su país, siempre, siempre, será una isla. 


Galería


José Franco – Galería.




José Bedia

José Bedia: “Los curadores quieren pasar como los verdaderos artistas”

François Vallée

“Yo ya estaba exiliado mentalmente antes de irme de Cuba, aunque nadie se enterara. Esto sucedió, paradójicamente, encontrándome fuera de Cuba: en Angola, en 1985. La decisión se produjo después de que impedí, a punta de fusil, que los compañeros de mi camión violaran a una mujer local enfrente de sus tres hijos”.


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