Uber Cuba 0116

En el taxi se subió una mujer embarazada.

Joven. Treintañera, tal vez. Pero lucía mucho más joven, porque su piel tenía ese relumbre propio de los seres que van a dar una nueva vida a la luz.

O acaso fuera al revés. Porque lo cierto es que nunca he entendido bien esa frase (el español se me ha hecho una lengua arcana): dar a luz…

Quizá sea eso, que las mujeres paren literalmente una cuota universal de la luz.

En cualquier caso, mi embarazada tenía una expresión de prisa y dolor. Le dolía la barriga y el alma. Me pidió que la llevara a la carrera al portón de urgencias del hospital BJC.

Y hacia allí me precipité, como un bólido. Pisando el acelerador de mi Chevy Cruze.

No es la primera vez que vuelo hasta allí.

Una noche fui presintiendo mi muerte. Tenía la presión sanguínea por los cielos (aunque Estados Unidos sea un país sin cielos), o al menos eso creía yo. A la vuelta de un par de horas, finalmente me atendieron. Me tomaron la presión. Ya me había bajado, por supuesto. Y entonces me dejaron ir, después de pagarles unos cientos de dólares al hospital privado.

Otra noche corrí hasta allí con una muchacha norteamericana, casi cadáver entre mis brazos. Se había suicidado tomando unas pastillas de Adderall con unos largos sorbos de vino barato. Le salió mal, por suerte, y sobrevivió. 

Al parecer, el Adderall hecho en USA es de pésima calidad. Para no mencionar al vino, acaso comprado en Schnucks.

―¿Estás de parto? ―le pregunté, por preguntarle algo, a mi embarazada.

Ella me miró, contenta de contestarme, a pesar de las ráfagas fértiles de su dolor.

―No, estamos de parto ―me dijo―. Voy a parir una hija tuya. Se llamará Luna Isabel. Será tu única hija y te va a adorar.

Casi meto un frenazo. Casi me vuelco bajo el semáforo de Kingshighway y la Interestatal 64. Mi única hija por poco nace a la cañona dentro de mi Chevy Cruz, saltando ensangrentada de entre las piernas de aquella embarazada anglófona.

My daughter, pensé en inglés, my sweet little daughter.

¡Por fin una niña, qué bendición!

Ha venido a nacer de la manera menos imaginada. 

Has venido a nacer de la manera menos imaginada.

Justo ahora, en la primavera pandémica del 2020, cuando yo ya estoy todo doblado de dolor (como tu madre en el asiento trasero ahora) bajo la misma edad con que mi padre tuvo a su único hijo, que fue el que más lo adoró.

No quise contradecirla. Yo no sé vivir si no vivo en la mentira. Pero las mujeres, cuando se deciden a hablar, siempre hablan con la verdad.

Why Luna Isabel? ―me dio curiosidad.

No era necesario que me contestara. 

No era necesario que me contestaras, oh Luna, tú que siempre estuviste a mi lado, isabelumbrándome en los momentos más terribles, y que desde mi infancia fuiste el misterio que velaste por mi terror, y el consuelo en mis noches más bellas y desesperadas a ras de un desierto llamado La Habana.

De hecho, Luna, mi hijita, has sido tú mi propia madre, bañándome en un calor que ninguna mujer sino tú supo brindarme. 

En medio de la barbarie benéfica y el verbo vil, en los lugares más tiernos y tenebrosos del totalitarismo cubano. En el mar, en el mal. Allá arriba estabas tú, acompañándome de nube en nube. Eras mi consuelo y la rosa náutica para que no se extraviara el niño papá que en vida nunca viajó.

Como una gran diosa, Luna izada, mi verdadera diosa, fuiste tú la que me protegió de tantas calamidades en clave comunitaria, de tanta infamia en nuestra islita sin trazas de individualidad: el país al que nunca retornarás.

Por eso ahora en el taxi, como antes en la tiranía, yo elevo mis ojos color tiempo o color tarde y te vuelvo a mirar, siempre la misma tú, siempre tú otra. Una Luna de rostro sin expresión de dolor, sin amargura y sin ansiedad, sino un redondel recortado de compasión hacia mí: tu único hijo.

Por favor, Luna o Isabel o Luna Isabel, no me estalles súbitamente en pedazos en plena cara, como una ráfaga de cascabel, cascabel, bel, bel, bel. To the sobbing of the bells, bells, bells. Keeping time, time, time, to the rolling of the bells, bells, bells. To the tolling of the bells, bells, bells. To the moaning and the groaning of the Luna Isabel




Uber Cuba 115 - Orlando Luis Pardo Lazo

Uber Cuba 0115

Orlando Luis Pardo Lazo

Todo el mundo solo. Todo el mundo triste. Todo el mundo desesperado, al borde de la autodestrucción. De ahí salieron las ráfagas semiautomáticas de Alexander Alazo en contra de la embajada cubana en Washington, DC. De esa soledad, de esa tristeza, de esa desesperación. Tedio de una muerte masificada. Paranoia sin contenido, esquizofrenia inercial.


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