Uber Cuba 0115

Todo el mundo solo. Todo el mundo triste. Todo el mundo desesperado, al borde de la autodestrucción. O de la masacre del otro. 

De ahí salieron las ráfagas semiautomáticas de Alexander Alazo en contra de la embajada cubana en Washington, DC. De esa soledad, de esa tristeza, de esa desesperación.

Nada excitante, al contrario. Tedio de una muerte masificada. Paranoia sin contenido, esquizofrenia inercial. 

El legado de la Revolución es ese estado de locura que ya ni recuerda sus causas, por lo que es imposible de curar.

Mis últimas semanas en Uber han sido de una grisura amarga. Como un vaho. Vacío al cuadrado, al cubo. Un silencio siniestro, para colmo medio desafinado. Como acorde de pájaro carroñero. 

No sé, tal vez no valga la pena intentar una definición. O tal vez ya la he logrado, sin intentarlo.

En cualquier caso, el virus de China ya no es el virus de China, sino el de toda la civilización occidental. El nuevo azote de Norteamérica. Haciendo de la pequeña cabina de mi taxi un cementerio sin sentido. Una cápsula interestelar, donde todos los astronautas son asesinados de antemano en el guion. Coronahollywood de clase Z.

Aquí nosotros somos los aliens, los octogésimo-octavos pasajeros de un coche funerario con chofer, pero sin cadáver: un cenotafio. Monumento a la muerte, pero sin muerto, mientras conducimos por calles poscubanas que nos desconocen y desconocemos, a lo largo y estrecho de este año antes tan remoto: el 2020 de una era inaugurada con Jesucristo y culminada con Trump.

Nada ocurre. Nada se nos ocurre. Coagulación intraverbal diseminada. Colapso clínico del capitalismo. 

En las últimas semanas, creo que no llego ni a los cien dólares de ganancia. Y eso que manejo el Uber durante casi todo el día. Y parte de la noche. A veces, incluso, de madrugada.

Lo más probable es que Alexander Alazo sea familia mía. Porque una parte de mis Lazo exiliados al inicio de la Revolución, se encasquetó esa A mayúscula delante del apellido. Lo hicieron para dejar atrás un pasado insular de corruptelas y quién sabe si también de crímenes. Y, de hecho, al parecer lograron conservar todos sus fondos desfalcados al tesoro público de aquella republiqueta cubana, hoy tan idealizada. Tan idilio sin ideología.

Los nuevos Alazo nunca más contactaron con los viejos Lazo que nos quedamos allá en la Isla de la Libertad. Los Alazo no querían saber nada de aquella libertad bella como la vida, por la que los Lazo lo estábamos dando todo, codo a codo, hasta la sombra cuando era necesario, aunque bien sabíamos que nunca iba a ser suficiente. 

Porque a los Lazo de Cuba no solo nos pedían entregar las mismas manos de acariciar compañeras o construir escuelas convertidas en cuarteles: Cuba también nos pedían los ojos que alguna vez tuvieron lágrimas, los labios resecos y cuarteados de tanto afirmar el sueño (el único gran sueño del que nunca íbamos a despertar), y hasta las piernas duras y nudosas de correr y correr delante de la muerte (la mayor parte del tiempo, hacia la muerte).

En fin, que los Alazo desaparecidos en el exilio se desentendieron de una Revolución de los fidelescastros, por los fidelescastros y para los fidelescastros. 

Al menos, esa fue su intención. O, al menos, eso nos imaginábamos los Lazo todavía atrapados en el laberinto de la nación.

Ahora, de pronto, con karma ecuánime, se les sale este electrón libre de la ecuación: un primo tardío o un sobrino por asociación que vive en su Nissan Pathfinder de Estado en Estado de la Unión, con cocaína en el maletero y una AK-47 igualita a la que Fidel Castro le dio a Salvador Allende para que se matara. Y este pariente mío, no tan distante como pudiera pensarse, se despierta justo a las 2:02 a.m. de Washington y le cae a tiros a la embajada cubana en la calle 16 del North West.

Yo he estado allí. Al contrario de Alazo, yo he sido un pobre Lazo desarmado (nadie me regaló una AK de ningún modelo). Por entonces, yo andaba sin carro y, en consecuencia, sin cocaína en el maletero. Yo también he tenido esa misma pesadilla de treinta casquillos recogidos en plena calle por la policía federal. En más de un sentido, yo soy mucho más Alazo que este Alexander Alazo, cuyos abogados clamarán ahora que padece de esquizofrenia y delirio de persecución.

Pero no es verdad. 

En absoluto. 

Esto se los garantizo yo, un Lazo corredizo sin A estrangulada delante. 

Lo que ocurre es que todo el mundo está solo. Todo el mundo está triste. Todo el mundo está desesperado, al borde de la autodestrucción. O de la masacre del otro. 

De ahí es que salen las ráfagas semiautomáticas de Orlando Luis Pardo Lazo.

De esa soledad, de esa tristeza, de esa desesperación.




Uber Cuba 0114 - Orlando Luis Pardo Lazo

Uber Cuba 0114

Orlando Luis Pardo Lazo

Fue a finales de marzo de 2020 cuando me enteré, gracias a un cubano youtuber de Kentucky, que el virusestaba haciendo estragos de muerte en La Habana. Y que, por supuesto, la prensa de la Isla lo estaba ocultando.


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