Uber Cuba 0080

· Uber Cuba 0079


Los caracoles no se arrastran: 
están más cerca de la tierra.
La vida es silbar

Estuve esperando y esperando y no caía ningún pasajero. Era esa hora muerta de la tarde en que nadie va ni viene todavía de la escuela o el trabajo. Así que metí el carro en el parqueo de un Walgreens o Walmart y me puse a ver una película cubana en la laptop, mientras esperaba que en el teléfono la campanita de mi Uber App me alertara del próximo viaje de alquiler.

La película era La vida es silbar, de Fernando Pérez. Una película cubana, por supuesto. No veo las de otra nacionalidad desde que salí de Cuba en el 2013. Y, como todas las películas cubanas, una película hecha de arqueología y amor.

Al final del filme se habla del año 2020 en La Habana como si fuera una cosa remota, remotísima, casi de ciencia ficción (es la impronta de Eduardo del Llano como guionista). Un tiempo probablemente ya sin restos de la Revolución, y donde todos los ciudadanos de la Isla por fin íbamos a ser felices, gracias al acto elemental de silbar. También, al parecer, de patinar. 

Veinte años atrás, cuando se estrenó La vida es silbar, el 2020 era ciertamente el futuro. Tal como en mi infancia y adolescencia el futuro era entonces el año 2000. Ciclos irreciclables, irreversibles, irreparables. Helo aquí, aquel futuro fastuoso de finales de siglo y milenio, convertido ahora en un presente precario de comienzos de nada, que parece más bien un embudo: cada vez somos menos los que quedamos aquí.

Por eso esta película es de pronto una película de fantasmas. Incluso la idea de “aquí” ya no significa mucho. O, en todo caso, significa “allí”, “allá”, “acullá”, en todas partes. Es decir, en ninguna. Los cubanos estamos deslocalizados, pura onda cuántica de las partículas sin patria.

No recodaba que la película fuese tan larga. Y tan lentona. O acaso soy yo, que he ido perdiendo la paciencia con los achaques de la edad y la rabia de ser un frustrado así en la política como en el amor. 

Igual me pareció que duró casi tres horas, toda una eternidad para estar sentado dentro de un carro. Con aire acondicionado, pero bajo el sol asesino de Missouri a mitad de junio.

Cuando empezaron los créditos del final, ya había anochecido en el parqueo del Walmart o Walgreens. Ni un solo pasajero del mundo requirió el concurso de mis modestos esfuerzos. La compañía Uber estaba en baja. O me habían dado de baja a mí en tanto chofer, por no dejarle pasar ni un chistecito socialistoide a mi clientela.

Me dolían los ojos de tanto mirar la laptop. Me dolía la cabeza de tanto recordar las circunstancias del Orlando Luis Pardo Lazo que vio la película en un cine finisecular de La Habana. Me dolía el corazón ante tanta ingenuidad fílmica (es la impronta de Eduardo del Llano como guionista) y tanta indolencia existencial por parte de esos espectadores aún llamados el pueblo cubano: nosotros, los sobremurientes.

A nadie en los Estados Unidos le importa La vida es silbar. Eso es un hecho. Nadie se identifica con su pobre simbología poética y, por eso mismo, tan conmovedora para mí y los míos. Con esas escenas sobreactuadas, por momentos como de mala imitación del cine mudo. Y con esos diálogos a medias, como corresponde a una obra de arte que lleva la firma infame de la dictadura más larga de las Américas (y ese límite sí que no lo cruzan los doblesentidos de Eduardo del Llano). 

Ver la secuencia final a ras del 2020 cinematográfico, pero ahora a ras del 2020 real, me resultó sobrecogedor. Como una coda sin haber ejecutado la sinfonía, si es que las sinfonías culminan con una coda antes del telón. 

Vi el cuerpo de Isabel Santos por última vez desnudo. Me hubiera tendido sobre ella a dormir, a rezar para que nunca se terminen los años noventa, como en un esquizopoema de Susana Pérez, la hija del director. 

Vi las facciones resistentemente juveniles de Luis Alberto García, hoy hirsuto en canas y metido en polémicas patéticas de medio palo en Facebook.

Y, sobre todo, vi mi ciudad, nuestra ciudad imperial: La Habana. Y tuve la revelación de que esa ciudad y yo ya habíamos consumido nuestro tiempo juntos sobre La Tierra. No nos dio tiempo ni a despedirnos el martes 5 de marzo de 2013, coincidentemente a las 4 y 44 de la tarde, como tampoco pudieron despedirse tantos y tantos cubanos escapados a la cañona de Cuba. Pero esa ausencia de ritual no quita el resultado radical: no nos veríamos las caras nunca más, madre Habana.

Apagué el App de Uber en mi teléfono celular. Otro día más ganando unos pocos quilos prietos partidos por la mitad. Hay que joderse.

Salí del carro y me fui caminando para mi casa. Tal vez incluso en algún momento cogería una guagua, como en Cuba. Caminar en el exilio es demasiado deprimente: en los Estados Unidos, por ejemplo, además de no haber personas, tampoco hay ni paisaje.

Dejé a mi Rambler parqueado a ver si una grúa se lo llevaba y lo hacía chatarra de una puta vez. Esto no nos hubiera pasado en Cuba. Por el camino iba pensando, para no decir silbando:

―Fernando Pérez, mentiroso. La Habana del 2020 no tiene ni pizca de futuro: La Habana del año que viene será el peor bofetón de los muchos que nos ha metido el pasado.

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