Uber Cuba 0077

· Uber Cuba 0076


El 2019 es ya el futuro, por si aún no se enteran. Ni uno solo de los cubanos imaginamos jamás llegar a este año. Es una fecha fantasma, en la que los cubanos seguimos creyéndonos que aún estamos en el siglo XX y encima hasta creemos que el siglo XX fue el siglo de la Revolución.

Pienso en todo esto mientras manejo mi taxi Uber por ahí. Muchas veces no sé ni a dónde voy, mucho menos en dónde estoy. Da igual. Todo está programado en un App de mi iPhone 10 XS Max. Todo se guarda en la nube de Apple. La realidad real es ahora una imitación de los eventos que ocurren en el planeta digital. Las personas somos menos que fantasmas. Píxeles, más que ectoplasma.

Este mediodía me dio miedo de quedarme ciego de pronto en medio del exilio cubano. Todo se veía tan blanco bajo el sol de Missouri, tan blanqueado bajo la costra de luz de un país sin paisaje, como es claramente el caso de los Estados Unidos. Todo tan silente, tan sordo todo. Tan insulso.

Manejo y manejo mi taxi Uber de una punta a otra punta de la ciudad sagrada de Saint Louis. Me entran más y más solicitudes de pasajeros hechos no de piel sino de píxeles. Tengo apenas un par de minutos para responder o perder la carrera. Pero este mediodía de mierda he decidido no contestarle a nadie. Que se jodan. Que los recoja otro. 

Mi objetivo del día es sólo gastar y gastar hasta la última gota de gasolina de mi Hyundai, hasta ver en cuál esquina desconocida me quedo botado en esta ciudad que yo no he elegido, como mismo ella tampoco me ha elegido a mí. Enemigos íntimos, a muerte: Saint Louis y San Orlando Luis.

Bajo las ventanillas. Respiro el vapor del asfalto tercermundista que sudan los ghettos de este Estado del Midwest norteamericano. Huele a marihuana, huele a inmigrantes, huele a segregación, huele a disabilities por todas partes. América ya no quiere ni sabe ganar dinero. Tampoco quiere ni sabe querer a nadie. Es la continuidad de la guerra civil, pero por otros medios. Además de, por supuesto, de ser un castrismo cultural galopante por los cuatro costados, que se come a las mentecitas nuevas de esta nación a golpe de ideología de izquierdas y Adderall corporativo.

Subo las ventanillas. Respiro el perfume cancerígeno del ambientador colgado en cada boca del aire acondicionado. Miro el interior de mi Hyundai. Parece una cápsula de avión a punto de catapultarme. Parece un quirófano. Parece, también, un ataúd.

En este cajón de un metro por un metro cuadrado se me va la vida, pienso. En esta caja de zapatos vacía cabe la biografía sin vida del pueblo cubano, pienso. 

Somos una partida de apátridas que se cayó de culo en el futuro fósil del 2019 y todavía ni nos damos cuenta de lo que nos pasó. Ni uno solo de nosotros imaginamos llegar a esta fecha. Ni uno solo parece dispuesto a creer que ya no estamos en el siglo XX, y encima arrastramos todavía la memoria moribunda de que el siglo XX ha sido el siglo de la Revolución.

No es daño antropológico. Es artrosis del alma. Una cosa atroz, que viene de “atraso”: la imposibilidad de ser otros tras la experiencia extrema de una sociedad cerrada a cal y canto, como las tumbas de los cementerios en idioma extranjero a donde van a dar nuestros esqueletos.

Se me acaba la gasolina. Estoy en el medio de ninguna parte. Parece un barrio pobre de afronorteamericanos, que son los más rabiosos en contra del sistema blanco bancario. Estoy de pinga. Por menos que esto me meten un tiro o una gang con ganja me corta las nalgas al estilo de un crucigrama, sin comerla ni beberla. 

Esto no me hubiera pasado en Cuba. Esto no nos hubiera pasado en Cuba.

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