Uber Cuba 0070

· Uber Cuba 0069


Las cosas que les pasan a los cubanos en los Uber Pools de Miami no nos pasan en ninguna otra parte. Heterotopía a pulso. Aquí Foucault no sería filósofo ni mucho menos francés, sino un simple chofer.

Cosas cómicas, cosas amargas. Crónicas de la euforia y la debacle. Mentiras piadosas para no darnos cuenta de lo que nos ha pasado. Como nación. Y en persona. Porque la Revolución Cubana, más que una cárcel colectiva sin nombre, es una cuestión muy personal firmada y luego difamada por ti, te llames como te llames.

En mi caso, por si no lo recuerdas, por si hasta el odio de los cubanos me olvida, mi nombre es Orlando Luis Pardo Lazo. El único escritor vivo hoy en Cuba. Y fuera de Cuba, el último de los mohicubanos.

Estoy tentado de contar un par de peripecias sexuales que pasaron ante mis ojos en Uber Pool. Pero ya habrá tiempo para eso. Sin prisa, compatriotas pornógrafos. Hay más Miami que vida. Y más vida que biografía venérea.

Iba a contar también la vez que vi morir a un pobre hombre en el asiento de atrás. Minutos antes, me había dicho que vivía en los altos de la antigua sandwichería de Porvenir y Luyanó. Ahora el señor extendía las manos hacia mí y lo único que le entendí fue:

―No me dejen solos, hijos de puta.

Hablaba en plural. Extraño, ¿no? Este cubano anónimo se estaba muriendo y todavía se dirigía en pleno al pueblo cubano. Como desde una cabina sangrienta de Radio Reloj. Así y todo, el pobre tipo hizo mucho más que Fidel Castro, que murió asqueado de sus propias heces y no se atrevió a pronunciar para los cubanos ni una sola palabra. Ni testamento dejó, el muy cobarde.

Pero tampoco haré ese cuento ahora. Estoy a medio camino de todo. Todo lo abandono por la mitad. Y no sé por qué no se me sale de la cabeza la vez que coincidí en un taxi Uber Pool con Carlos Alberto Montaner.

Al principio, no lo reconocí. Encorvado. Demasiado silencio, demasiado sombrío. Pero después, cuando él sí me reconoció a mí, y se enderezó, siendo altísimo incluso para el promedio de los cubanos, y encima me sonrió, fue como si dentro de aquel carro hubiera amanecido un sol soberano, cálido y conmovedor. Un astro rey dorado y con ribetes democráticos.

Carlos, Carlos Alberto, Carlos Alberto Montaner. Música para espantar ciudadanos.

Todavía recuerdo el terror que me inspiraba su nombre en Cuba. Perdóname, Carlos. Antes de salir de Cuba, yo estaba convencido de que él sería al único cubano del exilio que no me atrevería ni a saludar. Perdónanos, Carlos Alberto. 

Porque después de 40 años deshabitando en la Cuba comemierda de los Castros, en ese país perverso que ha desaparecido por el genocidio cultural que significó la Revolución Cubana, la frase carlos-alberto-montaner podía significar tanto el estigma público (es decir, la histeria estatal) como varios años de cárcel. Sobran los ejemplos, querido Carlos Alberto Montaner.

No hablamos mucho. Y en lo poco que hablamos, no nos dijimos nada. Total, si ya los dos lo sabíamos todo. De hecho, los cubanos como raza ya lo saben todo también. Pero se engañan, insisten en hablar para mentirse miserablemente. Léase, para desperdiciar la vida que el castrismo antes les desperdició. En una especie de venganza contra ellos mismos.

Por suerte, Carlos Alberto Montaner y Orlando Luis Pardo Lazo, durante el trayecto de un Uber Pool en Miami, escapamos de esa tétrica tradición nacional. Fuimos un poco menos cubanos de hoy y un poco más cubanos del mañana: esa ilusión, esa imposibilidad.

Él se quedó cerca de la bahía de Biscayne, en el lobby de un edificiazo moderno. Como los que se estaban construyendo a finales de los años cincuenta en La Habana. Al ritmo de las bombas y los atentados contra las mejores instituciones y personalidades de la República. Mientras los cubanos dormían.

No quisiera poner palabras ahora en la boca del más luminoso y radical de los intelectuales cubanos. Pero al despedirse volví a entrever en sus facciones el modo trémulo y fosco de cuando Montaner se montó en el Uber Pool. Su cara era, como se dice vulgarmente, un poema. Como si en lugar de decirme el arquetípico “cuídate, Orlando Luis”, nuestro pobre Carlos Alberto me hubiera dicho:

―Nos dejaron solos, hijos de puta.

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