Uber Cuba 0069

· Uber Cuba 0068


Cuando no puedo dormir, me levanto y salgo a hacer un poco de Uber por la madrugada, a veces hasta poco antes el amanecer. 

A esa hora casi siempre aparece gente que va a viajar. Pasajeros apurados que se van en el primer vuelo que despega del Lambert Airport, con destino de ser posible lo más lejos posible de esta ciudad.

Saint Louis, Satan Louis. Cómo distinguir.

Pero ayer me pasó una cosa peculiar. Por eso te la estoy contando. 

Le entró una solicitud anónima al App de mi taxi Uber. Tampoco es la primera vez que me pasa. 

Recogí al cliente no en una casa, sino en el parqueo trasero de la catedral católica de Central West End, una mole maravillosa cuyas joyas de arte fueron bendecidas a finales del siglo pasado por el Papa Juan Pablo II en persona.

La mujer o muchacha ni me saludó. Se montó callada. Lucía triste, más que pensativa. Pero muy segura de sí misma. Y me pidió verbalmente que la llevara a una dirección que enseguida me di cuenta que era mi dirección. 

¡Así son los Estados Unidos! Sabe Dios desde cuándo esa muchacha o mujer vivía en mi edificio y, sin embargo, nunca nos habíamos conocido. Ni siquiera cruzado un instante en la escalera. O acaso en el cuarto de las lavadoras y secadoras tragamonedas. 

O tal vez sí nos habíamos topado más de una vez, pero en cada caso ambos lo habíamos olvidado al instante. América, la amnésica.

Cuando llegamos a nuestro edificio, por fin me miró. Tenía los ojos de mi madre y sus facciones aguajiradas de cuando jovencita, más o menos en los años del triunfo de la Revolución. No tuvo que decirme más nada. Los dos entendimos que los dos lo habíamos entendido.

Me dijo, sin dejar de mirarme, que todo estaba bien, que no me preocupara por boberías. Y lo dijo sin mover apenas los labios. Me estaba hablando desde un sitio mucho más secreto que la garganta.

Se alegró de verme algo más recuperado desde su último viaje. Y me aseguró que yo estaba manejando más confiado, aunque seguía corriendo demasiado para su gusto, frenando justo bajo los semáforos cuando ya parecía demasiado tarde.

Y lo era. Tarde, como nunca hubiéramos imaginado que se nos iba a hacer tarde.

Lo más importante, dijo, era que yo tenía que tratar de dormir más horas. Me notaba como cansado. Y tenía razón. El exilio, exhausta.

Entonces, antes de bajarse del carro, pero sin un solo gesto de despedida, me obligó a prometerle que yo iba a prepararme un té de pasiflora cada noche antes de irme a acostar. Y me volvió a recordar que yo tuviera un hijo cuanto antes, por favor. Con cualquier mujer, siempre que fuera una mujer que me quisiera. Porque yo ya no era tan jovencito. Me había llegado la hora de sentar cabeza.

Alejándose de espaldas, la oí decir, sin virar el rostro hacia mí, que no llamara a Cuba todavía. Que esperara un poco, hasta que amaneciera.

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