Uber Cuba 0067

· Uber Cuba 0066


Íbamos a millón bajando por la Calle 16 del North West, en Washington DC. Y era ya tarde y estábamos muy cansados. O la luz de los postes públicos era muy poca o la depresión nos traía medio ciegos desde Vienna/Fairfax en Virginia. 

O tal vez todo lo anterior, pero dicho de carretilla en una sola oración: íbamos a millón bajando por la Calle 16 del North West en Washington DC y era ya tarde y estábamos muy cansados o la luz de los postes públicos era muy poca o la depresión nos traía medio ciegos desde Vienna/Fairfax en Virginia.

Lo cierto fue que cuando sentimos el topetazo ya era demasiado tarde. No había nada que hacer. 

De todas formas, por reflejo humano o instinto de conservación (en este caso, instinto de autodestrucción), la muchacha que hacía su part-time insomne como chofer del Uber metió un frenazo tan chirriante como irresponsable. 

Cojones. Que casi nos matamos también. 

Los airbags se dispararon como si fueran bombas y yo sentí que me habían rajado el cráneo por la mitad. Además de que con esos bultos encajados entre los huesos se nos hacía imposible ni respirar.

Claustrofobia post-mortem en la NW 16th Street de la capital norteamericana, justo frente a la mansión neoclásica que funge, desde 1902 por lo menos, como la embajada cubana en las entrañas del monstruo imperial.

Convencido de que me iba a morir y todo, todavía tuve tiempo de pensar: 

―No es por nada, caballeros, pero a la hora de escribir… ¡mira que comía pinga Martí!

Salimos del taxi como peor pudimos. 

Había un hombre inmóvil, tendido en paralelo con la raya amarilla del pavimento. Mi chofercita rubia lo había matado sin duda alguna. 

Me acerqué y le di un abrazo por detrás, a la extranjerita que estaba en su propio país. Sin pedirle permiso, sin conocerla. Bajo la luna funeraria del exilio. La muerte es así. No necesita permiso, no necesita conocernos para reconocernos. 

Era una muchacha pequeña, próxima, cotidiana, apenas perceptible, que increíblemente de verdad había nacido en los Estados Unidos de América. Porque la realidad real es que ya nadie nace del todo en este país.

No salió ni un solo vecino a ver what-the-coño había pasado allá afuera. Es decir, aquí afuera. Lo cual es lógico, por lo demás, pues se trata de una nación sin vecinos. Para colmo, superpoblada.

La luz del semáforo colgado por el cuello sobre el cruce con Columbia Road parpadeaba en rojo y amarillo a la vez. Los fotones fatuos se chorreaban como lluvia de alcantarilla sobre el asfalto. Rojo sangre, amarillo bilis. La chofercita del Uber comenzó a llorar.

No, eso no. Por favor.

Don´t worry, please ―le dije en el inglés más tierno que desde niño yo traía enterrado en el pecho―. I will declare to the police that I was the driver, my love.

Tal vez mi pobre papá me había enseñado inglés sólo para esto. Tal vez sus lecciones en los años setenta en casa, con los libros clandestinos de Leonardo Sorzano Jorrín, fueron sólo para que yo sobreviviera a esta escena, y le dijera “te amo” a una rubita angloparlante que un silencio después se echaría en mis brazos a llorar todavía más.

Cuando por fin se calmó un poco, me acerqué como por descuido al cadáver. Sin soltar nunca la mano de la Uber-asesina que yo acababa de exonerar de todos sus cargos en primer grado, arriesgándome así a la silla eléctrica o acaso a una deportación de cabeza a La Habana.

El muerto había caído bocarriba, de cara a la luna llena sin Cuba. Lo reconocí enseguida. Me dio miedo, me dio espanto. Era José Ramón Cabañas, el embajador en Washington de la tiranía cubana. 

Pero, por supuesto, para entonces esto ya no tenía la menor importancia, mi amor.

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