Uber Cuba 0066

· Uber Cuba 0065


6-6-6, el número de la Bestia: eso decía el taxi en el parabrisas. 

Una pegatina en rojo y negro que lucía cagaíta a la bandera del 26 de Julio.

El chofer notó enseguida mi curiosidad. Y se disculpó conmigo muy cortésmente, en inglés de norteamericano ilustrado. Lo cual hoy por hoy constituye en los Estados Unidos, por cierto, otra curiosidad, pues la ignorancia ya ha sido institucionalizada como parte de la guerra de todo el pueblo a favor de la justicia social.

Bien, pues, resultó ser que el tipo era miembro de una secta satánica, según me explicó. Con carnet de miembro oficial y todo. Incluida una fotico con pezuñas y tarros y estrella bocarriba de fondo. Casi una portada de libro de aquel joven escritor rockero cubano llamado Raúl Aguiar (un nombre de preuniversitario urbano). Nada, que hasta el Diablo parece haber sido sindicalizado y ser simpatizante de izquierdas en este país: es el llamado left-handed path de la magia.

En fin, el Mal.

Pensé que estaba en presencia de otro anormal. Es lo normal aquí. Pero no. El chofer me bajó una trova más bien sensata sobre la misión de su ONG, El Templo Satánico, una marca registrada de la Federación de Iglesias Unidas LLC.

―Fomentar la benevolencia y la empatía entre todas las personas. Rechazar la autoridad tiránica. Promover el sentido común y la justicia. Orientarnos por la conciencia humana para emprender objetivos nobles guiados por la voluntad individual. El Templo Satánico ofende a muchas personas sólo porque las ofende Satanás, pero eso no le da a nadie el derecho de silenciarnos.

Aquel discurso no podía ser más democrático. Un satanismo así es justo lo que necesitamos en la sociedad civil cubana, tan pacata y tan incapaz de una simple idea original. Basta ya de angelitos vestidos de blanco y gritando consignas como demonios en plena calle. Sin Satanás, la supuesta transición democrática cubana no será más que una farsa: otra manifestación terrena del fidelismo fundamentalista que mantiene al futuro de Cuba tan fosilizado.

Y así mismo se lo dije al chofer de mi Uber satánico, en inglés mitad ingenuo y mitad infernal.

100% agree ―dijo con una sonrisita nefanda de haberme reclutado sin siquiera intentarlo, por obra y gracia de su Antiseñor―. Never separate Art and Activism. Never let your Activism be artless, and never allow your Art to be orthodox.

Cojones, pensé, esto es Artivismo a pulso. La mismísima Tania Bruguera debió de haberse inspirado para sus descargas performativas en algún viajecito con este chofer, de una punta de Manhattan hasta la otra punta de Queens.

Miré su nombre con discreción en mi Uber App: decía “Douglas Misicko”. Enseguida él se dio cuenta de mi interés y no me dio tiempo a otra cosa que a estrecharle la mano:

―Lucien Greaves, un placer ―se autopresentó con otro nombre―: satanista y, en mis tiempos libres lejos del taxi, neurocirujano. Graduado de Harvard.

Coñó. Apretó el norteamericano ilustrado. Este tipo sí que se le escapó al mismísimo diablo.

―Pero nuestra batalla más grande es ahora en contra la maldad de Twitter ―añadió―. No nos ha bloqueado todavía, a pesar de las denuncias de los que no creen que Dios está fuera de lo físico y, por tanto, su propia perfección le impide interactuar con el reino imperfecto de lo corporal. Pero Twitter se niega ilegalmente a verificar nuestras cuentas. ¿Y eso, sabes cómo se llama?

No me atreví a responderle con algún concepto profano antes de bajarme de su Satán-móvil. Pero Douglas Misicko o Lucien Greaves lo hizo de inmediato por mí:

It´s called discrimination and retaliation.

Le di 5 estrellas y le dejé un comentario larguísimo, elogioso. Tenía toda la razón y nada más que toda la razón.

Esa misma noche, tan pronto llegué al Airbnb donde me estaba quedando, cerré pa´l carajo hasta la más raquítica de mis redes sociales.

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