Uber Cuba 0058

· Uber Cuba 0057


Mujer y todo, tuve que meterle su buena gaznata. Lucía histérica y media. Sudaba frío. Pensé que le iba a dar un infarto dentro del taxi. Es mejor prevenir en estos casos de féminas tan desquiciadas.

No hacía ni una semana desde que yo maneja mi Uber, tranquilo, tranquilito, tratando de ganarme algunos quilos por encima de mi escueto estipendio estudiantil, ¡y pum!, de pronto ya tenía mi primer conflicto serio con una norteamericana. 

Están del carajo en este país. No sólo la gente, sino el país mismo está del carajo. Ni mil Donald Trump lo salvan. Hay que irse. Hay que huir cuanto antes.

La tipa empezó a decirme que le había cogido muy tarde, que era un mal día para ella, que odiaba su trabajo, que odiaba a su vecina, que odiaba a la raza blanca (ella era la más blanca de las blancas), que odiaba al presidente (por supuesto), y que me odiaba a mí por escucharla y escucharla mientras manejaba mi Uber sin hacerle el menor caso a su discurso, como si ella fuera una loca de mierda.

En efecto, yo la escuchaba y la escuchaba mientras manejaba mi Uber sin hacerle el menor caso a su discurso. Y ella, efectivamente, era una loca de mierda. Pero preferí no decirle mi opinión al respecto. La Primera Enmienda no nos obliga a ejercer el derecho a la libertad de expresión.

Pero la tipa insistía. La norteamericana, como todas las norteamericanas, escalaba más y más una situación que ella misma se había inventado en un rincón de su cerebrito de hembra mal orgasmeada. Hasta que me pidió que parase el taxi ahí mismo, en medio de la 64 Interestatal. 

Comemierda, comepinga. 

Y entonces, cuando vio que yo no le hacía el menor caso, sino que me cagaba puntualmente en su patetismo de papaya a la caza de un acosador, la pasajera trató de quitarme por la fuerza el timón.

Comemierdona, comepingona. 

Ahí fue cuando le bajé un bofetón mitad con la mano, mitad con el antebrazo, y mitad con el codo. No sé. Que se jodiera. Bastante que ella me había jodido ya. 

Le viré la cara. Se la puse a cimbrar, los ojos dando volteretas como un par de trompos. Con un hilillo de sangre incluido, desde la nariz a los labios. Y entonces la muy perrita rabiosa se calmó. Mansa. Domesticada. Dócil como una yegüita de tracción. De atracción. 

Me puso una mano en la entrepierna. Se relamió los labios partidos. Y me dijo:

Fuck me now. Fuck while you fucking drive. Fuck me hard no matters if we fucking crash and die fucking.

Recordé una cita de no recuerdo qué autor. Es verdad que en los Estados Unidos la locura sexual está por todas partes, excepto en el sexo como tal. 

Pobre país de enfermitos y reprimidos, pensé. Pobre de nosotros, pensé, los cubanos con penes, perdidos en esta nación obnoxia, vaciada vagina adentro hasta su mismísima carencia crónica de corazón. 

¿Quién me lo iba a decir en Cuba? Increíble, Fidel Castro siempre nos dijo a los cubanos la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad sobre los Estados Unidos de América. 

Pobre Fidel Castro, pensé. Y ni uno solo de los cubanos le creímos nunca ni cojones. Pobre pueblo desagradecido, pensé. Mientras la norteamericana de marras me masturbaba y se masturbaba magnánimamente en mi Uber. Mujer de mierda multitask.

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